
Los corresponsales extranjeros suelen tener historias favoritas para los países de los que hablan. Resulta difícil discernir si las escogen pensando en lo que fascina a sus lectores o si, más bien, trasladan sus propios prejuicios y obsesiones a su cobertura. Da un poco igual: al final, el estereotipo se consolida en las mentes de emisores y receptores.
Pero una característica poco comentada (aunque fundamental) de los estereotipos es que suelen albergar rasgos contradictorios. Es, en cierta medida, inevitable: cualquier colección de generalizaciones simplistas lo tiene difícil para no incurrir en incoherencias tarde o temprano. La España de la última década ha sido el sujeto de dos historias discordantes que los periodistas foráneos gustaban de narrar. El nuestro era al mismo tiempo el país de la calidad de vida infinita y de la crisis estructural sempiterna. El de la esperanza de vida, la dieta mediterránea y el clima perfecto; pero también el del paro, la corrupción y la debacle inmobiliaria.
En la primera historia, España es el paraíso terrenal. Donde se vive más tiempo y esa misma vida puede llenarse con más horas de sol, un ritmo más pausado, unas grasas más saludables. En el segundo cuento, sin embargo, el Estado es disfuncional, corrupto, incapaz de crear oportunidades razonables.
La propia ciudadanía se ve identificada, al menos en parte, en estos retratos. Observan a la España de 2019 (y, con ello, a sí mismos) como un lugar que contiene al mismo tiempo aceite de oliva virgen extra a precio razonable y precariedad laboral a coste inevitable. Algunos, eso sí, prefieren centrarse más en el aceite. Otros, en los contratos temporales.
Este contexto debería tener alguna consecuencia, o al menos un reflejo siquiera, en las mentes de la ciudadanía. Particularmente, la depresión y la ansiedad se encuentran entre los trastornos psicológicos más extendidos de nuestro tiempo. O, al menos, entre los más debatidos. Hablar de ellos, sobre ellos, en torno a ellos (y a veces incluso parece que para ellos) se ha convertido en una pequeña obsesión para las generaciones millennial y centennial. Esto es, qué duda cabe, una excelente noticia. La desaparición del tabú facilita la búsqueda conjunta de causas y soluciones a problemas que, así nazcan del ámbito más privado, tienen un alcance indudablemente social.
En este debate que nace se entrelazan dos maneras pop bastante distintas de entender dicha dimensión pública de la depresión y la ansiedad. El relato estructural viene a decir que las condiciones externas difíciles (socioeconómicas, políticas) facilitan la aparición de desajustes internos. La guerra, la inestabilidad institucional, las crisis económicas, la pobreza, la desigualdad, etc., producen ansiedad, depresión y otros desórdenes similares porque sitúan a los individuos ante situaciones difíciles que afectan a su estado de ánimo, a la percepción de sí mismos y de sus trayectorias vitales. Por el contrario, la perspectiva contraria (que podríamos llamar naturalista, pero también instagrammer) parte de una noción naíf casi contraria, según la cual estos son problemas de ricos que se dan allá donde la exuberancia material ha creado demasiadas expectativas, irresolubles dilemas de elección, «gente tan pobre que solo tiene dinero».
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Me ha gustado mucho el enfoque del artículo. Un debate apasionante. ¿El éxito y la felicidad en la vida dependen de cada individuo o se explican por el contexto? El artículo llega a una conclusión coincidente con la mía personal. Ambas influyen, pero de una forma extraordinariamente compleja en cada caso individual. Focalizar el debate sobre el bienestar de la ciudadanía, solo en el ambiente, o sólo en el individuo, es excesivamente simplista.
En linea con el autor, es difícil sacar conclusiones apresuradas de una sola fuente de datos como son, en su caso, las enfermedades mentales. Excluir la tasa de suicidios del analisis me ha sorprendido.
Coincido en que sería interesante añadir el dato del número de suicidios, porque presenta una desigualdad entre sexos demasido evidente como para ignorarlo, especialmente si se trata de abarcar el problema con la minuciosidad que pretende este análisis. Prefiero pensar que el autor no lo ha dejado fuera a propósito para cuadrar la «narrativa redonda» de que a la mujer le va peor en todo por sistema, sería bastante irónico. En cualquier caso, buen artículo.
No es fácil delimitar el peso de cada uno de los múltiples factores que intervienen en la salud. Menos aún, en cuanto a la autopercepción de la misma, en la que el marco cultural tiene un peso decisivo. Por otra parte, se deben considerar siempre las tres dimensiones de la salud: física, mental y social. Y todas cuentan a la hora de valorarla. No obstante, existe un amplio acuerdo en que la renta es el primer factor de influencia en ella. En cualquier tipo de sociedad, la carga de enfermedad es mayor entre quienes cuentan con menos recursos económicos y, por ello, niveles educativos y sociales más bajos.