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A barlovento

cadiz
Gustave Doré, 1832-1883

—Je continue. Voici ce qui se passa. Les commerçants de Cadix avaient un privilège d’après lequel ils devaient recevoir toutes les marchandises qui venaient des Indes occidentales.

(Jules Verne, Vingt mille lieues sous les mers, 1870)

Cádiz, luz y mar adentro

Un hombre espera su hora mirando la televisión rodeado de relojes de péndulo en la calle Desamparados. Allí, a pie de asfalto, los que van con la cabeza gacha atentos al móvil se pierden dinteles dedicados al dios del comercio y torres vigías en la distancia. No llegan a ver abundantes balcones de pecho de paloma y las placas en las calles dedicadas a escritores, matadores de toros y cantaores de flamenco. Sí, se trata de Cádiz. Y el duende. Territorio silvestre de peñas, comparsas y cofradías. Son calles bañadas por el sol, la sombra y el neoclásico. Espuma blanca de las olas que llegan, sobrecogidas, a la ciudad de la luz.

«La Gorda te da de comer», reza un restaurante. Un bar ofrece «cerveza más fría que el abrazo de una suegra». Y es que los gaditanos son abastecedores de salero para el mundo entero —y así lo hacen saber. Como dice la comparsa, «lo siento picha, no to er mundo puede ser de Cai». Y Carlos Edmundo Ory sí lo es pero no atiende a razones, ha saltado de su pedestal y se dispone a huir, soliviantado. No muy lejos, otro hombre se pasea a pecho desnudo, en la playa de la Caleta a finales de noviembre, sol mediante. Es un verso suelto, apenas en bañador incierto. Y es tierra de barcas lo que le rodea, a la espera en aquella punta del mar, al borde de lo que llegó a ser lo último conocido. Cádiz aquí limita como la capital más meridional de Europa. Y en la misma playa de la Caleta se destaca un edificio de influencia modernista y con tintes orientales, enfrente de un gran hospicio que ha visto mejores días y cerca de un árbol cuya rama, como pata de  elefante, se apoya sobre una enorme muleta de metal.

El inmueble pleno de cúpulas y que albergara un balneario dibuja una media luna blanca desde las alturas. Asemeja así a una pinza gigantesca abierta frente al entorno de la Caleta, zona de hundimiento de numerosos barcos. Se trata precisamente del CAS, el Centro de Arqueología Subacuática. Al frente, ultramar, y en las profundidades del océano, siempre, lo ignoto, lo temible por desconocido. Lo que sí es conocido es que en el litoral de la bahía de Cádiz se encuentran más de doscientos barcos hundidos. «Un inmenso naufragio (…), restos de un mundo perdido que se consume en la noche del mar». Cuando el escritor Pedro Gómez Valderrama acuñaba estas palabras se remitía a la antigüedad clásica, pero sus palabras cobran nueva vida frente a la inmensidad de lo todavía no hallado frente a Cádiz. Porque desde aquí el mar se antoja infinito… se pierde en la vista. No alcanzamos a ver el mar adentro y la extensión hacia las bahías a lo lejos dando la mano a simas abismales en un todo, los oceános, que ocupan el 71% de la superficie del planeta mal llamado Tierra. Y bajo la superficie, los naos que hicieron agua y tocaron fondo. Tres millones de pecios a nivel global, estima la UNESCO. Cientos de ciudades sumergidas… y tantas y tantas leyendas de tesoros por descubrir; el oro, la plata, las piedras preciosas.

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5 comentarios

  1. Tiene que haber un error de fecha o de redacción en «el otro puerto andaluz de Sevilla había disfrutado del monopolio de la ruta comercial con las Américas desde 1053».

  2. o sea, los viejos expoliadores – con la consiguiente destrucción de pueblos y culturas , ergo genocidio – , denunciando a los nuevos expoliadores – en definitiva un negocio extractivo mas -. pero que son presentados como unos malos-malísimos porque solo les preocupa rescatar el vil metal de los pecios mientras que estos académicos , convencidos de su superioridad moral , se amparan en conceptos tan relativos como el Patrimonio y la Historia , sí, pero el de los conquistadores y el de los expoliadores. España sigue soñándose..

    • Torre de marfil

      Manolín, apenas puedo leer su mensaje por el brillo que emana desde la alta torre de su moral. Desde ahí arriba podría darle un par de lecciones a Ícaro, no necesita alas para estar por encima de todos nosotros.

      Un saludo y que le aprovechen bien el autoflagelamiento de madrugada, expíe nuestros pecados pero sin perdonarnos porque, ¿para qué ser mejor que los demás si no puedes, además, insultarlos por su vileza?

  3. Los científicos tienen que separar muy bien sus profesiones de las ideas morales, éticas o políticas que les pueden acarrear sus descubrimientos, o simplemente realizándolas sin propaganda alguna en absoluta soledad. Que las tengan no hay dudas y hasta es saludable, visto que parecen más ciudadanos apáticos, como en exilio que normales, pero la deontología es inevitable: primero los hechos, y si es posible, como en este caso la preservación. Me importa poco que los adelantados que llevaron mi español, (solo eso: lo demás es discutible) a mis pagos hayan sido porquerizos, criminales, racistas, aventureros y ávidos etc. etc. Que los hay, los hay, y es una vergüenza anteponer el honor nacional o religioso a los hechos concretos.
    «Mientras te acuerdes de los muertos, de todos los muertos, aún aquellos que nos avergüenzan, los neardental por ejemplo, que por suerte se extinguieron, parientes repelentes, decía, tu felicidad será casi completa porque somos muertos con una sola posibilidad, una raza bizarra más amiga de la piedad que de la crueldad, aunque no lo parezca. Y tenemos esperanzas, vanas por supuesto, pero ¿qué hay mejor de tenerlas en lugar de no tener nada?»

  4. ¡Gracias!

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