Ensayos sobre la ceguera

Publicado por y Juan José Gómez Cadenas

En nuestro último artículo discutíamos el problema de la desescalada del confinamiento y nos azorábamos ante la posibilidad de tener que hacerlo dando palos de ciego, en ausencia de datos mínimamente fiables sobre la prevalencia de la pandemia, la verdadera tasa de mortalidad, o el impacto de las distintas medidas de limitación del contacto humano. Aunque concentrábamos nuestro análisis en la situación en España, evidentemente casi todos los países de nuestro entorno se están planteando el mismo problema. Por desgracia, los temores que nos consumían hace dos semanas se van confirmando: el fiasco de los tests inutilizables se repite en un bucle esperpéntico, los muestreos serológicos empezarán (quizás) a la vez que el inicio de la desescalada… Por no hablar de la comedia de despropósitos alrededor del desconfinamiento parcial de los menores,  la que debía ser la primera gran medida de relajación, sostenida por numerosos estudios epidemiológicos [1].

En definitiva, poco o nada indica que España esté todavía en condiciones de apoyarse en tests y mecanismos de rastreo para encontrarse en alguno de los escenarios alentadores descritos en este excelente y sucinto artículo de Devi Sridhar, profesora de Salud Pública Global de la Universidad de Edimburgo. A día de hoy, no podemos descartar un escenario mucho más pesimista en el que nos veamos abocados a la repetición de ciclos de contagio y confinamiento, esperando que, al menos, las administraciones consigan reorganizar y reforzar el sistema sanitario y de atención a la población vulnerable para que resista mejor los nuevos picos.

Por supuesto, otros países se encuentran en situaciones comparables: la incertidumbre y la improvisación dominan la planificación de la desescalada también en Italia o Estados Unidos, mientras Bélgica no consigue aplanar la curva y supera ampliamente a España en muertes por habitante a pesar de estar en una fase anterior en la evolución de la epidemia. Pensar en lo que ocurrirá en países más pobres es, literalmente, contemplar el abismo.

Ya que hay que avanzar a tientas, en ausencia de los datos necesarios, urge explotar al máximo los pocos de que disponemos para saber dónde nos encontramos y qué impacto tienen las medidas. No es sencillo: ya hemos hablado en otras ocasiones de cómo la insuficiencia en el número de tests, o la limitación del número oficial de decesos a los casos hospitalarios, introduce sesgos difíciles de tratar. La información está enterrada bajo ese ruido.

Consideremos las dos medidas públicas más obvias de la epidemia en España: el número confirmado de nuevos contagios y el número diario de defunciones. En ambos casos, los mostramos con sus ajustes a dos modelos inspirados en versiones simplificadas de la evolución epidemiológica (figura 1):

Figura 1: Casos confirmados y número de defunciones diarios, según los datos oficiales en España. Las curvas roja y azul representan funciones matemáticas que tratan de ajustar (describir) los datos.

Por un lado el descenso desde el pico ya es más que evidente, afortunadamente. Por otra parte, el avispado lector advertirá sin duda que los datos siguen una tendencia mucho más suave antes del pico que despúes de este, lo que se refleja en las nerviosas noticias sobre los altibajos diarios del número de víctimas. Esto ocurre a pesar de que, el mismo día en que escribimos estas líneas (22 de abril), la serie histórica de decesos ha sido corregida debido a las discrepancias hechas públicas a mediados de mes; al mismo tiempo que la Comunidad de Madrid ha admitido que habría que añadir al menos 6334 víctimas, provenientes en su mayoría de residencias de personas dependientes, a las 7577 oficiales. De hecho, es fácil comprobar, usando las cifras totales de mortalidad, que en muchos países el número oficial de decesos por COVID-19 sigue siendo solo una fracción del número real.

He ahí una buena pista: si, en efecto, el exceso sobre la tasa habitual de mortalidad, basada en datos históricos, es esencialmente debida a la COVID-19 (y, quizás, también a una componente menos pronunciada de decesos colaterales debidos al colapso hospitalario, que bien podemos considerar en pie de igualdad con los directos), esa cifra será mucho más fiable que el afanoso y controvertido número de cifras oficiales. En España, las cifras de mortalidad se recogen, con actualizaciones diarias, en el sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III. No es un sistema perfecto: la incorporación del número de defunciones a los registros, y su posterior incorporación a MoMo, conlleva ciertos retrasos, inevitablemente mayores durante esta emergencia. Para evitar que este factor contamine el análisis, tomaremos solo los datos (para el total de España) entre el 10 de marzo, el último día en que la cifra de mortalidad coincide aproximadamente con el valor medio esperado, y el 15 de abril; excluyendo así los datos de la última semana, que aún podrían ser incompletos. Comparemos ahora con el número oficial (figura 2):

Figura 2. El panel izquierdo muestra el número oficial de decesos en España. El derecho, el exceso de mortalidad.

Noticias malas (que ya sabíamos): el número de decesos con esta estimación resulta al menos un 25-30% mayor que el oficial, lo que nos dejaría, a las puertas de la última semana de abril, con una tremenda cifra de más de seiscientas muertes por millón de habitantes. Noticias buenas entre la devastación que nos golpea: la bajada del exceso de defunciones es tan suave y, sobre todo, tan rápida como la subida. No hay rastro de los malhumores de la cifra oficial, con sus amenazantes mesetas. Los datos nos sugieren que, a principios de mayo, la mortalidad en España podría volver al intervalo habitual. Parece que el (¿primer?) gran pico casi ha pasado.

Aunque es necesario matizar esta nota de optimismo. Los datos que vemos recogen completamente los efectos del periodo de confinamiento estricto, pero aún no reflejan posibles impactos de la reanudación de muchas actividades tras la Semana Santa. Habrá que observar estos números con extremo cuidado en las próximas tres o cuatro semanas. Y, por qué no, a partir del lunes, respirar con cuidado la primavera que desde hace días se estrella contra nuestras ventanas después de semanas de aguacero. Qué duda cabe de que abril es el mes más cruel, como profetizaba T. S. Eliot; pero también es verdad, o eso queremos creer, que, a pesar de la tragedia que nos rodea, los errores de gestión, la falta de preparación y la oscuridad agazapada tras el cainismo político, no puede llover para siempre.


[1]
https://www.medrxiv.org/content/10.1101/2020.03.26.20044826v1.full.pdf
https://t.co/nP0Dt7i91O?amp=1
https://thelancet.com/journals/laninf/article/PIIS1473-3099(20)30162-6/fulltext
https://thelancet.com/journals/lanchi/article/PIIS2352-4642(20)30095-X/fulltext# seccestitle90

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2 Comentarios

  1. Se agradecen esfuerzo, aportación de datos y fuentes, prudencia en las afirmaciones.
    Saludos y Salud.

    PD: Párrafo final artículo en The Guardian. Devi Sridhar. Universidad de Edimburgo.

    «No hay una solución fácil. Los próximos meses incluirán un frágil acto de equilibrio
    entre los intereses de la salud pública, la sociedad y la economía, con gobiernos más
    dependientes entre sí que nunca. Si bien la mitad de la batalla consistirá en desarrollar
    las herramientas para tratar el virus (una vacuna, terapias antivirales y pruebas de
    diagnóstico rápido), la otra mitad será fabricar suficientes dosis, distribuirlas de manera
    justa y equitativa, y garantizar que lleguen a las personas de todo el mundo.»

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