Hágase un favor y vea «Tiger King»

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Imagen: Neflix.

Prepárese usted para flipar en colores.

El mundo, no hay ni que decirlo, está repleto de gente disfuncional. Sin embargo, y por desgracia, mucha de esa gente carece de interés. Es decir, todos hemos tenido compañeros de trabajo psicópatas, vecinos gilipollas y compañeros de andanzas nocturnas que deberían haber pasado una temporada de sanación en un frenopático (si es quede verdad no terminaron en él), pero eso no significa que se pueda elaborar un buen espectáculo con sus vidas. En la mayoría de los casos, me temo, el contemplar con detalle sus hazañas en un formato de serie documental nos produciría más hastío que otra cosa. Imaginen un documental sobre políticos españoles; por muy disfuncionales que nos parezcan, porque lo son prácticamente todos, no serían buen material para una serie. Casi puedo escuchar los bostezos desde aquí.

Hay, por el contrario, gente disfuncional que no solamente merece un documental, sino que es capaz de romper todos nuestros esquemas mentales sobre los límites entre la realidad y un delirio circense provocado durante la siesta por una indigestión de lentejas. Es esa gente cuyo carisma basta para sostener una escena; si en una misma historia reunimos no a una, ni a dos, sino a unas cuantas personas cuya estampa es hipnótica, entonces tenemos el material con el que se hacen los sueños. No sé cómo definir la emoción exacta que produce el visionado de Tiger King, pero la describiría como algo parecido a un íntimo agradecimiento por el hecho de que, en estos tiempos tan locos, haya un microcosmos incluso aún más loco al que poder asomarnos para desconectar de la realidad. Con la pequeña puntualización de que la gente que sale en Tiger King existe en la realidad. Lo cual todavía estoy intentando procesar.

Netflix, como he dicho muchas veces, ha tenido sus aciertos y sus errores con el contenido propio. Sus series de ficción son cal y arena; algunas son muy eficaces y entretenidas, otras muchas dejan que desear, y rara vez hay alguna realmente redonda. Sus películas, salvo honrosas excepciones, tienen un promedio de calidad no muy elevado. Si hablamos de documentales, no obstante, es ahí donde está su fuerte. No me refiero necesariamente al éxito que obtengan (aunque lo obtienen y, de hecho, parece que Tiger King puede alcanzar o superar el éxito obtenido por Stranger Things), sino a la capacidad de fascinación. Ya que mencionamos Stranger Things, me entretuvo —la primera temporada, al menos—, pero nunca me fascinó. Pero algunos documentales van mucho más allá de lo que había esperado al saber la temática. El mejor ejemplo es Wild Wild Country; sí, uno podría decir que se trata de un documental sobre una secta, pero esa breve frase no hace justicia a la espiral de flipe que el espectador experimenta episodio tras episodio hasta descubrir que no se trata de un documental sobre una secta y ya está, sino que es un auténtico viaje a otra dimensión, a una historia que ningún guionista podría llegar a concebir. También sería engañoso decir que el documental Fyre se limita a narrar el fracaso de un ambicioso macrofestival de música organizado por un estafador para sacarle el dinero a un público de «alto standing», porque ese breve resumen no refleja los momentos de hilaridad en los que un puñado de pijos experimenta su primer contacto con el Mundo Real y se abandona al llanto al darse cuenta de que no todas las camas del mundo son tan cómodas como las de la Mansión de Papá. Vamos, ¿quién quiere ver Stranger Things pudiendo contemplar el auténtico horror de los influencers abandonados en mitad de una paradisíaca isla justo cuando estalla una tormenta mientras descubren que el festival con el que esperaban alicatar su Instagram no existe?

Imagen: Neflix.

Lo mismo sucede con Tiger King. Es un documental, ergo describe una historia real. Pero ningún resumen conseguiría encapsular el viaje ácido que se prolonga a lo largo de siete episodios. Es decir, si le cuento a usted el planteamiento inicial ya le sonará raro, pero créame, no es nada. La serie empieza hablando sobre un criador de grandes felinos llamado Joe Exotic que acabó en la cárcel acusado de intento de asesinato por contratar un sicario para deshacerse de Carole Baskin, directora de una asociación dedicada a rescatar grandes felinos. Sí, el meollo se antoja curioso, pero parece una historia bastante directa. Y no, no lo es. El planteamiento es casi lo de menos. Nunca se me hubiese pasado por la cabeza que el mundillo de los aficionados a los grandes felinos diese tanto de sí. Mi experiencia con los felinos se limita a los gatos; no acostumbro a mantener contacto directo con tigres —no por nada, tengo otras aficiones que no incluyen a los depredadores más grandes que yo; llamémoslo «gen de la sabiduría prehistórica»—, aunque parece que los tigres criados en entornos domésticos son muy amigables. El problema es que cuando no son tan amigables hacen algo más que un arañazo; también en el documental vemos esto. Pero bueno, aunque uno nunca lo diría viendo su cara angelical en Armas de mujer, Melanie Griffith creció rodeada por leones y tigres y mírenla, no le pasó nada (es decir, estuvo con Don Johnson, pero ustedes ya me entienden). Pues bien, el mundillo de los criadores y los defensores de los felinos que vemos en Tiger King es una puñetera locura. Son estadounidenses, obviamente, porque en aquel país lo que es raro no se limita a ser raro, si no que es aberrante. Conocemos a varios criadores y a la susodicha defensora de los derechos de los felinos; todos ellos parecen salidos de la mayor noche de gloria etílica de un guionista en estado de gracia. También los abogados, los familiares de un desaparecido, no sé: todo el mundo que aparece aquí.

La espiral de flipe empieza ya en el primer episodio. Cuando los personajes empiezan a desfilar ante nuestros ojos es como si alguien hubiese abierto una compuerta mágica y una horda de personajes de películas de John Waters hubiesen asaltado nuestra dimensión, campando a sus anchas. Como en La niebla o Los pájaros, pero en vez de monstruos y aves asesinas tenemos rednecks y gente increíblemente estrafalaria. En serio, no hay palabras para descubrir la alineación de caracteres. ¿Saben eso de «la realidad supera la ficción»? David Lynch o los hermanos Coen hubiesen matado para disponer de semejante plantel de figuras en sus películas. Es decir, cuando uno imagina a criadores de tigres o a gente de asociaciones animalistas, pues espera cierto grado de surrealismo, es verdad (ya me perdonarán los criadores de tigres y los animalistas, pero admítanlo: tan normales, lo que se dice tan normales como los contables, ¡ustedes no son!). Sin embargo, estas preconcepciones se quedan cortas. En unos pocos minutos los personajes de Tiger King pulverizan toda medida en el surrealómetro y cualquier expectativa, por alocada que hubiera sido, se ve superada con amplitud. En serio, imagino a Waters viendo esto y tirándose de los pelos mientras exclama: «¿Por qué no se me ocurrió a mí?». Y resulta que, aunque tenemos el imponente espectáculo de un montón de tigres correteando y dando saltos y (a veces) tratando de comerse a gente, resulta que los tigres son lo de menos. Los humanos son infinitamente más interesantes. Ni en The Simpsons han llegado a tener semejante apoteosis de personajes absurdos en un episodio, y eso que allí se los podían inventar porque solo había que escribirlos y dibujarlos.

Imagen: Neflix.

El intríngulis de la fascinación que despierta Tiger King no está, pues, en la factura del documental. Que es muy buena, no me entiendan mal; es bonito ver que no han desperdiciado el material de base. Eso sí, la estructura no aporta nada esencialmente nuevo a un formato ya bien conocido. Las series documentales hace tiempo que han pillado el punto al espectador y básicamente tratan de imitar la estructura de una serie de ficción; plantean lo básico en el primer episodio y guardan sorpresas e informaciones relevantes para los episodios posteriores. Es una estructura que funciona especialmente bien en documentales donde hay historias criminales, judiciales o misteriosas, aunque tiene el problema que, de tanto usarla, se ha vuelto un tanto repetitiva y en muchos casos se adivina desde el principio cómo se desarrollará una serie de estas características. Una vez vistos Making a Murderer o The Keepers, y no digamos Wild Wild Country, es difícil que el formato nos sorprenda. No obstante, esa anticipación se viene abajo cuando la historia narrada es tan extravagante y tiene tantos recovecos extraños y, sobre todo, tantos personajes pintorescos como en Tiger King. El planteamiento inicial, lo del sicario, es casi lo más normal que va a ver usted aquí. Episodio tras episodio, las ramificaciones del asunto pondrán a prueba sus dotes de Anticipación de lo Flipante. Y lo bueno es que, aunque hay cosas truculentas y mucha mierda bajo las alfombras de los involucrados, y algunos momentos oscuros o chocantes, visitamos una subcultura tan hortera y tan colorida que las ocasiones para la carcajada y el más feliz estupor son incontables. Es una historia real, pero uno acaba teniendo la sensación de que está viendo dibujos animados; si hubiese aparecido Bob Esponja por una puerta ni siquiera me habría extrañado.

Si usted necesita unos cuantos episodios con los que ausentarse de la realidad para visitar esa otra realidad, auténtica pero increíble, de las guerras intestinas en el mundillo de los ¿tigréfilos? (¿cómo demonios se dirá?), Tiger King conseguirá que usted escape durante unos buenos ratos. Es una historia que no se parece a nada que usted haya conocido. Si ya ha visto Wild Wild Country, esto es la «continuación» que estaba esperando. Si no, hágame caso también y véala.

Imagen: Neflix.

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8 Comentarios

  1. Esto me recuerda a la serie de Trailer Park Boys, una serie de gente disfuncional en clave de mockumentary. Recomendabilísima también

  2. He visto los tres primeros capítulos y he flipado en colores como dice el autor. Ahora bien: también he visto la serie UNORTHODOX , maravillosa miniserie también de Netflix, y pensar que sucede en NY año actual me ha provocado más «flipe» que la primera.

    • Lo de Unorthodox se sabe a poco que uno esté al tanto de la cultura judía. En las películas de Woody Allen se suele deslizar de vez en cuando.

  3. Aunque ya se mencionó a la Voltio en un artículo en esta revista no hace tanto, lo del Palmar de Troya es la demostración de que en todas partes hay tarados fascinantes. Y por cierto, con Wild Wild Country me harté de flipar y reir. Habrá que darle una oportunidad.
    P.D. Como contable que soy, no se fíe de nuestra supuesta normalidad. Nos parecemos más a Michael Douglas en «Un día de furia» de lo que cualquiera se cree. Y además, en nuestro tiempo libre podemos ser defensores de los derechos de los animales salvajes, o quién sabe, incluso criar tigres…

    • ¿Tarados? Son creídos, mediocres y malvados. No hay jabón suficiente para limpiarte del contacto de tales personajillos si te topas con ellos en tu vida.

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