Stranger Things, a la tercera va la divertida

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Ojo, viene con un montón de SPOILERS.

La cosa estaba así: los hermanos Matt y Ross Duffer se presentaron en 2016 con una Stranger Things muy competente que sabía embadurnarse con gracia en el fantástico ochentero, desde una tipografía que berreaba el nombre de Stephen King hasta un personaje que era como si a Carrie la hubiesen fraguado en Viaje alucinante al fondo de la mente, pasando por ese rebozado en el estilo Amblin. La empresa salió bien porque los Duffer Bros se montaron un monstruo de Frankenstein propio que a la hora de combinar los ingredientes demostraba personalidad, a diferencia de aquella Super 8 que básicamente era J. J. Abrams mirando por encima del hombro a Spielberg para copiarle el examen al tiempo que le acariciaba el lomo y le susurraba cochinadas.

Pero Stranger Things parecía una función de un solo truco y daba la impresión de ser una golosina cuyo sabor se diluiría si se optaba por seguir mascando. Una sensación que la segunda temporada se dio bastante prisa en confirmar al presentarse, solo quince meses después, luciendo mayor escala pero estirando una mitología que no daba para tanto y repitiendo tretas: lo de tirar de manualidades caseras para desenvolver la trama (algo muy spielbergiano) tuvo bastante gracia con ese abecedario a base de luces de Navidad durante la primera temporada, pero cuando en la secuela se dedicaron a hacer un mapa a base de garabatos, la idea del Art Attack fantástico se antojaba redundante por reutilizarse en el mismo escenario. Stranger Things 2 era más de lo mismo pero con menos salero y cuando intentó ser otra cosa cometió el pecado de hacerlo de la peor manera, utilizando de la forma más textual posible la triquiñuela narrativa de «meter al personaje en un bus» y cascándose un capítulo con punkis que parecía transcurrir en una dimensión paralela.

Pero, ignorando disimuladamente aquella excursión, la serie seguía resultando competente para los que la pillaban con ganas, aunque comenzaba a inducir bostezos en otra parte del público, aquellos que acabaron bajándose de sus Ochenta’s a la mitad de la segunda ronda o quienes la contemplaron por pura inercia. Quizás haber apostado por el formato de antología a lo American Horror Story le hubiese venido mejor, especialmente ahora que la propia American Horror presenta una nueva temporada que amenaza con acuchillar el año 1984, pero imaginar cosas que no han ocurrido ya entra en el campo minado de la fan fiction. Los propios Duffers debían de ser conscientes de cierto encallamiento con tantas prisas porque, a pesar de que fueron azuzados con el látigo parar acelerar el parto de la tercera criatura cuando la segunda aún no había sido presentada en sociedad, se han tomado un par de años para coser la nueva entrega.

Con una primera temporada muy redonda y una segunda funcional pero sin sorpresa alguna, la tercera necesitaba de algún truco nuevo para reavivar la llama. Y la estrategia elegida ha pasado por adentrarse en la comedia, un cambio de tono que le ha funcionado muy bien. 

El escenario y los jugadores

Stranger Things transcurría en el octubre de 1983 en Hawkins (Indiana), su secuela tuvo lugar en la misma ubicación pero un año más tarde y Stranger Things 3 ha optado por acomodarse sobre la toalla del verano piscinero de 1985. Para no comernos mucho la cabeza lo mejor es que aceptemos desde el principio que, por la razón que sea, los protagonistas de la historia llevan sus vidas con cierta normalidad tras haberse asomado al infierno, ver morir a seres queridos, visitado un universo paralelo lleno de mierdas y batallado contra hordas de perros demoníacos en las anteriores temporadas. Porque tan solo hay un par de menciones a lo traumático de todo lo ocurrido. En esta ocasión se reabren, otra vez, las puertas del Upside Down por el que se cuelan Cosas Extrañas con muy mala pinta, pero también se suman al jaleo la inauguración de un centro comercial que trastoca la vida del pueblo y un ejército  de rusos locos amigos de trastear con lo sobrenatural. 

En lo que respecta a los personajes, ahora Once (Millie Bobby Brown) y Mike (Finn Wolfhard) son dos novios besucones para desgracia de Jim Hopper (David Harbour). Joyce (Winona Ryder) sobrevive añorando a un Bob (Sean Astin) fenecido en anteriores capítulos (¿te acuerdas de Bob? ¡Ha vuelto! ¡En forma de flashback! Y durante cinco segundos), Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) trabajan juntos en un periódico local, Billy (Dacre Montgomery) se ha convertido en socorrista e imán de MILFs, Steve (Joe Keery) ha involucionado de malote con encanto a pardillo hasta el punto de trabajar vestido de marinero en una tienda de helados y Dustin (Gaten Matarazzo) regresa del campamento de ciencias para reencontrarse tanto con Steve como con el resto de la pandilla de su edad: Billie, Mike, Max (Sadie Sink), Lucas (Caleb McLaughlin) y Will (Noah Schnapp). Otros conocidos que se habían asomado anteriormente, en papeles con una función muy básica, adquieren ahora mayor entidad: Erica (Priah Ferguson) pasa de ser carne de GIFs a integrante de la tropa y Murray (Brett Gelman) resulta divertido y tiene más pinta que nunca de gastar las mañanas programando en BASIC una hoja de cálculo y las tardes quitándole el polvo a la colección de sombreros de papel de plata. 

Cómo no quererla. Imagen: Netflix.

Entre las nuevas incorporaciones con jeta conocida tenemos a un deleznable currante del periódico llamado Bruce e interpretado por ese Jake Busey que tiene la misma cara de tarado que su padre, y al Cary Elwes de La princesa prometida ejerciendo de alcalde del lugar. El descubrimiento es la actriz ¿sabes-que-es-la-hija-de-Uma-Thurman-y-Ethan-Hawke? Maya Hawke como Robin, compañera de curro de Steve y un personaje que funciona estupendamente, incluyendo cierta revelación final muy bien llevada. Lo de Alec Utgoff interpretando al doctor Alexie es directamente carne de fenómeno fan, pero más por cómo está escrito su papel que porque le dejen espacio para lucirse. Es un científico ruso de una organización malvada que se lo pasa teta en una feria de pueblo y se ríe viendo los Looney Tunes en la tele, lo difícil sería no quererle.

A estas alturas, este hombre ya tiene más de un centenar de clubs de fans. Imagen: Netflix.

Lo divertido y lo charcutero

En el Manual de Animar Franquicias Nacidas en los Ochenta figuran una serie de trucos comunes: matar a los indispensables de la función (Viernes 13: capítulo final, Pesadilla final: la muerte de Freddy o Viernes 13: el final. Jason se va al infierno), virar hacia la comedia (la saga Elm Street, la franquicia Muñeco diabólico o Gremlins 2) o enviar a todo el reparto a liarla por otras galaxias (Critters 4, Hellraiser IV o Jason X). Desgraciadamente, no parece que Once y su pandilla planeen visitar el espacio exterior en un futuro cercano, pero para compensar se cumple a medias lo de matar a personajes con cierto protagonismo y, sobre todo, se empapa más frecuentemente en el tono de la comedia. Y esto último es lo que más se agradece. Lo de la gente que la espicha lo comentaremos más adelante porque esto está plagado de spoilers.

Ese viraje de tono hacia el humor es una jugada inteligente tras una primera entrega que apostaba por el suspense y una segunda que introducía más acción (porque está claro que los Duffer son muy de Aliens). En anteriores temporadas, los ramalazos de humor se concentraban principalmente en secundarios cómicos como Dustin, Murray o Erica, pero ahora la historia gusta de remojarse más a menudo en la comedia y la argucia le funciona estupendamente. En el fondo, es una decisión que no desentona nada con el escenario de los centros comerciales estadounidenses y una década donde gozaron de cierta gloria un buen montón de películas y series ideadas para soltar unas risas despreocupadas. Curiosamente, Stranger Things 3 además de subirle el volumen al tono jocoso también apuesta por elevar los cubos de gore en pantalla. Y lo hace plantando como villano a un monstruo que está construido a base de seres vivos previamente convertidos en papilla. Que las vísceras sanguinolentas y la pulpa de las entrañas salpiquen más alto en la pantalla se agradece aunque vengan en formato CGI, porque no es justo jugar a llenarlo todo de cronenbergs a lo Rick y Morty  sin tener a mano una pesadilla carnicera que desfile orgullosa y retorcida por la pantalla.

Lo hemos llenado todo de cronenbergs, Morty. Imagen: Netflix.

Lo único malo es que los Duffer no se atreven a combinar la vertiente gore con la humorística, como si la charcutería y la comedia conviviesen en la misma serie en habitaciones separadas. Porque Stranger Things 3 no llega a marcarse un Posesión infernal gamberro (a pesar de tener una secuencia en una cabina y con un hacha) y se conforma con acoger ambas atmósferas de manera independiente: cuando la secuencia está de broma no suele dejar el campo abierto para aberraciones demoníacas. Y cuando el episodio se pone más oscuro no existe hueco para chistes o humor negro, pero sí para meter el dedo más adentro en la escabechina cárnica, ocurriendo esto último de manera completamente literal en el octavo episodio con lo de la pierna. ¿A quién se le ocurre que el mejor modo de sacar un bichejo de ahí es meter la mano por la herida como quien rebusca las llaves en el bolso? A Jonathan, a quién iba a ser.

La colección de cromos

El desfile referencial que se ha convertido en seña distintiva de la serie sigue resultando majo como parte del juguete. Estupendo lo de empezar con El día de los muertos (en una sesión de cine) y al mismo tiempo buscar un pretexto argumental (que el final boss se construya a sí mismo con los cuerpos de las personas que invade) para sacar a pasear unos zombis propios, que además dan juego para perpetrar secuencias en honor a La invasión de los ladrones de cuerpos y la casquería multiforme de La cosa. Simpático el detalle de colar a Terminator como personaje aunque los paseos de esa cara de palo por la historia acaben resultando algo cargantes. Evidentes los saludos a mano abierta a Aquel excitante curso, The Blob: el terror no tiene forma, Gremlins, Las vacaciones de una chiflada familia americana, Coocon (en la marquesina del cine) y las menciones a comics de X-Men, Wonder Woman o Green Latern. Aquí los directores incluso rompen sus propias normas y optan por salirse de la década ochentera para marcarse planos con regusto a Alien 3, o a una Parque Jurásico a la que también se cita de manera poco discreta cuando el alcalde parafrasea  a John Hammond al asegurar que no ha reparado en gastos. 

Probablemente lo mejor de todo sea la reverencia hacia aquella fabulosa Regreso al futuro de Robert Zemeckis. En Stranger Things 2 una de las referencias más sutiles (e ignoradas en general) era un guiño musical a Gremlins: unas notas traviesas que se colaban en la música ambiental (cuando a Dustin se le escapaba el bichejo que tenía como mascota) e imitaban con descaro la banda sonora de la peli de Joe Dante protagonizada por Gizmo. En Stranger Things 3 optan por recurrir al camino directo y utilizan directamente el legendario tema «Einstein Disintegrated», compuesto para la BSO de Regreso al futuro por Alan Silvestri, cuando Dustin y Mike logran comunicarse por los walkie talkies (como Doc y Marty McFly). Pero lo más descacharrante relacionado con los viajes del DeLorean sucede durante el diálogo que mantienen Steve y Robin tras contemplan la película de Zemeckis completamente drogados. Una charla que además reflejaba un error común que tuvieron muchos espectadores del film, el preguntarse por qué el título de la peli hablaba del futuro si el personaje viajaba al pasado:

Robin: Bueno, no estaba del todo concentrada ahí dentro, pero me ha parecido que la madre quería morrearse con su hijo.
Steve: Espera ¿la tía buena era la madre del prota? (1)
Robin: Sí, estoy segura.
Steve: Pero tenía la misma edad.
Robin: No, ha viajado al pasado.
Steve: ¿Y por qué se llama Regreso al futuro?
Robin: Él tiene que volver al futuro porque está en el pasado así que el futuro en realidad es el presente, que es su época.
Steve: ¿Qué?

El escenario de la temporada también sigue siendo divertido por su acumulación de utillaje pop ochentero: por las televisiones se asoma Magnum P.I. junto a El Pájaro Loco y los parroquianos de Cheers. El Ralph Macchio de Karate Kid hace suspirar a las niñas desde las páginas de las revistas. El centro comercial americano (ese mall repleto de ratas humanas) se convierte en eje de la vida consumista. Los personajes beben la efímera y desastrosa New Coke, tienen mochilas de Mi Pequeño Pony, visitan un Burger King que luce logo y tipografías desfasadas (mientras Netflix rellena cartera con la avalancha de product placement) y sucumben a la moda al ritmo del «Material Girl» de Madonna (Once) o la peluquería de laca y rizado ochentero (Nancy).

Otro de los guiños más simpáticos (y que ha pasado bastante desapercibido) es el arrojado a Escuela de jóvenes asesinos, o la película en la que Winona Ryder le comentaba a Christian Slater que prefería el granizado de cereza, el mismo por el que el bueno de Alexei la lía en el sexto episodio de esta temporada. Por aquí seguimos conservando la esperanza de que en futuras entregas Joyce asista al estreno en cines de Bitelchús y salga bastante confundida de la sala tras contemplarse a sí misma en formato gótica adolescente.

Stranger Things 3

Stranger Things 3 supera a la anterior temporada  por ser mucho más divertida y andar mejor guiada. Carece de la capacidad de sorpresa que tenía la primera, pero es consciente de ello y en el fondo ofrece la impresión de que le da igual. Le ayuda bastante también el gozar de un buen ritmo pese a trastear de nuevo con un reparto dividido en diferentes arcos argumentales, que confluyen convenientemente en el bendito centro comercial. Al mismo tiempo, sabe aprovechar que los principales protagonistas son más adolescentes que niños para encauzar sus motivaciones hacia el terreno del cine de John Hughes. Y lo mejor de todo es que nadie menciona en ningún momento lo ocurrido en aquel capítulo de la temporada dos con la pandilla punk de Once, como si nunca hubiese ocurrido.

La tropa. Imagen: Netflix.

La relación entre Once y Will da juego al optar por escarbar en los sentimientos de una pareja adolescente, y de paso permite que Max se convierta en cómplice de la desorientada (en cuestiones sociales) chavala con nombre numérico, Dustin sigue conservando mucho carisma ingenuo y el rol de Lucas está condenado a ser más presencial que otra cosa. El caso de Will es curioso porque, una vez que el personaje ha cumplido su función de artefacto narrativo en anteriores temporadas (fue el niño perdido en la primera y el poseído en la segunda), el chico se ha transformado en una mosca cojonera. Los Duffer declararon que no tenían intención de volver a «llevar a Will de ida y vuelta al infierno» y el propio actor no andaba contento con su papel en Stranger Things 2. Pero es que aquí lo han acabado convirtiendo en un Tinder para localizar a las criaturas demoníacas de los alrededores, en un chaval cargante cuya nuca tiene más protagonismo en pantalla que el personaje en sí.

Jim resulta mucho más detestable ahora y Joyce sigue un pelín histérica, pero combinados funcionan bien. Nancy y Jonathan continúan teniendo la química en números negativos aunque al menos su trama incluye ratas que explotan en unas papillas digitales logradas y asquerosamente encantadoras. Lo malo es que el hilo argumental en el que ambos participan también ofrece la sensación de que podía haber aprovechado más y de mejor manera la subtrama con los superiores machistorros del periódico local. Billy pasa de chulopiscinas a ser una marioneta del villano, y su personaje incluso tiene el detalle, muy malrollero e intencionado, de soltar a sus víctimas un discursito muy similar al de un violador, antes de entregárselas al monstruo que lo controla. En lo que respecta a la tropa aventurera compuesta por Robin, Steve, Erica y Dustin, simplemente lo molan todo. 

La típica escena en la que una camisa te roba todo el protagonismo. Imagen: Netflix.

Es cierto que la idea de los rusos habitando una base secreta en el lugar resulta rematadamente tonta, pero si hemos aceptado que Hawkins es un coladero de criaturas sobrenaturales también podemos reconocer que camuflar una instalación rusa como un centro comercial es la típica excusa absurda que podrían utilizar un montón de películas ochenteras. Y al menos aquí no tenemos a nadie intentando recaudar dinero para salvar un orfanato. Lo que sí que tenemos son instalaciones enemigas con conductos de ventilación tan grandes como para que quepa una persona (excepto cuando el guion requiere que se deslice por ellos alguien más pequeño) y sicarios tan despistados como para no ver que hay una mujer americana disfrazada de soldado ruso correteando por una base ultrasecreta en la que no existe fémina alguna a la vista. Como si la propia historia ya hubiese decidido que la ciencia ficción y el terror se le quedaban cortos y ya iba siendo hora de comenzar a tomar prestados tropos del cine de acción de los ochenta. Pero qué coño, vamos por la tercera parte de algo que hubiésemos preferido que no tuviese secuela y echando la vista atrás la cosa ya hace tiempo que se nos ha ido de las manos: en la primera temporada teníamos un demonio que no se asomaba mucho por la pantalla y a Joyce metida en un armario abrazando luces de Navidad. Aquí tenemos a un monstruo de tamaño descomunal arrasando un centro comercial entre toneladas de CGI mientras los chavales le atacan con bombas de fuegos artificiales y un Billy zombificado le planta cara. A estas alturas, y viendo como inevitable una cuarta temporada, ya lo que nos queda es esperar que al menos nos diviertan. Y eso Stranger Things 3 sabe hacerlo. 

Los últimos capítulos también se atreven a cargarse a personajes (Jim, Billy y Alexei) para hacer la finale más emocionante. La jugarreta tira de una emotividad premeditada, una que requirió de colar con calzador un paseo por los recuerdos más tiernos de Billy para que el público le pillase cariño, pero la verdad es que a los Duffer les funciona.

La tonadilla de La historia interminable

Una de las escenas que probablemente será más recordada de Stranger Things 3 sucede durante su clímax. Y no se trata de los espectaculares planos del monstruo encarando a Billy en el centro comercial, sino del dueto de Suzie (Gabriella Pizzolo) y Dustin cantando «Neverending Story» de Limahl, aquella canción que en 1984 llegó acompañando a la adaptación cinematográfica de La historia interminable. Se daba el caso de que Pizzolo y Matarazzo, además de excesos de zetas en los apellidos, también compartían experiencia canturreando profesionalmente (ambos habían participado en musicales de Broadway). Un  detalle que los hermanos Duffer tenían intención de aprovechar poniéndolos a entonar en pareja a través de las ondas de sus equipos de radioaficionados. La idea inicial era utilizar la canción «The Ent and the Entwife» de El Señor de los Anillos, pero dicha ocurrencia se descartó porque en Amazon Studios estaba ya preparando su propia serie sobre la Tierra Media de J. R. R. Tolkien, y resultaba mucho más seguro no tocarle los huevos a la competencia con temas de derechos.

Al guionista Curtis Gwinn se le ocurrió utilizar el hitazo de Limahl y lo que aconteció después no sorprenderá a nadie que estuviese en este planeta durante el año 84: tras rodar varias tomas, la pegajosísima canción se acomodó en la cabeza de todos los actores y miembros del equipo que andaban cerca, personas que más adelante confesarían haber tardaron demasiadas horas en lograr sacársela de encima definitivamente. En la pantalla, la secuencia musical es maravillosa porque pilla a todo el mundo en bragas, porque resulta divertida y sensible al mismo tiempo, porque se atreve a interrumpir el clímax sin molestarse en pedir permiso alguno y porque es la evidencia más rotunda de que la serie ha decidido rendirse por completo a la comedia.  

Esto ya es historia de la televisión. Imagen: Netflix.

Probablemente también porque «Neverending Story» es pegajosa de cojones y llega un momento en el que nubla los sentidos.

Stranger Things IV

La secuencia postcréditos insinúa que Jim podría estar vivo (al fin y al cabo se aseguraban de no mostrarlo muriendo en pantalla, el hombre simplemente desaparecía) al tener a un ruso mencionando la existencia de un prisionero americano. Un detalle que podría tratarse de un red herring consciente y juguetón.

Pero todo el mundo sabe que para la cuarta temporada la mejor opción sería dejarse de hostias y parar de marear la perdiz en Hawkins para enviar, de una vez por todas, a todo el reparto de aventuras por el espacio exterior.

Mallrats en apuros. Imagen: Netflix.

(1) Esto en la versión doblada al castellano. En su versión original lo que Steve dice es «Espera ¿la tía buena era la madre de Alex P. Keaton?» lo que lo hace un poquillo más gracioso.

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25 comentarios

  1. Resulta un auténtico misterio para mí el por qué del éxito de una serie que no cuenta absolutamente nada, se limita a que la niña ponga cara de estreñida para que le sangre la nariz y el niño mellado cecee, aderezado con las insufribles apariciones de la histérica y pésima actriz Winona Ryder. Homenajear no significa pinchar la lista de éxitos de los 80 y darle al random play. Por poner un ejemplo reciente, en la última y desafortunada temporada de GoT, el capítulo previo a la batalla contra los caminantes blancos era un gran homenaje al cine de John Ford, repleto de héroes íntegros sabedores de su trágico destino. Los Duffer deberían llamarse Bluffer, porque no han visto más que las 4 películas generacionales de los 80: unos auténticos vendedores de humo y crecepelo. No sé cuál es la peor serie de la historia (muchas candidatas) ni la mejor (quizá The Wire), pero de lo que no albergo ninguna duda es de cuál es la que ostenta el título de serie más sobrevalorada de la historia: sin duda, Stranger Things.

    • Sandor

      Menos mal que tú sí estás valorado justamente.

      • Podría dar más argumentos sobre por qué está sobrevalorada, aunque el carecer de argumento y ser un pastiche sea suficiente. Lo que parece a tenor de tu comentario es que perteneces a esa estirpe fanboy o fandom que no tolera que torpedeen su zona de confort criticando aquello que les gusta. Siento informarte que la realidad es otra cosa, no la mullida burbuja en la que se solazan quienes solo confrontan parabienes en foros y redes sociales.

        • Sandor

          Se veía de lejos que eras un fatuo pedorro que se cree lefa y no llega a agua de colonia, y esta farfolla demuestra que la valoración a primera vista era acertada. Por lo tanto: bien, valorado con acierto.

          • Veo que has aprovechado el curso básico CCC de Inmersión Escatológica. Ahora sube un peldaño más para el de Tolerar opiniones diferentes y No dejarse llevar por el algoritmo de Netflix.

            • Sandor

              Mucha pomposidad para ni siquiera haber caído en usar el otro adjetivo favorito de los engolados mindundis de internet que se creen machotes con el latiguito de su crítica: innecesaria. No valió la pena tanta pretenciosidad.

    • Sergius

      No sé si será ud consciente que es complicado aguantarse las ganas de mandarle a tomar viento directamente, tras semejante despliegue de sabelotodismo.

      «Mirad qué cool que soy, que me gusta The Wire, vosotros no tenéis ni idea». Buena serie, pero créame que proclamar su amor por ella no le va a hacer automáticamente más cool.

      Yo flipo con Leftovers mismamente pero entiendo que a mucha gente se le haga pesada. Y entiendo que otra gente alucine con Stranger things, que por otro lado me parece entretenida, a secas.

      No sé en qué momento la gente decidió que era imprescindible dejar patente su vinagrismo y decirles a los demás que no tienen ni puta idea o que directamente tienen el gusto en el ojete.

      • Esas conclusiones de que «los demás no tienen ni puta idea» las sacas tú. No pongas en mi boca palabras que no he dicho. No te aguantes las ganas de nada y muéstrate como eres, descúbrenos tu esencia.
        Yo flipé con las 2 primeras temporadas de Leftovers, la tercera me pareció infumable.
        Cuando opino sobre Stranger Things, principalmente aludo a que no tiene guion y no cuenta nada más que un pastiche con la lista de los 80 de Spotify en modo random. Entiendo que eso les evoque a algunos un reflejo proustiano, a mí me parece una tomadura de pelo.

    • Sergius

      Sobre el episodio de GOT; «… repleto de héroes íntegros»

      Héroes íntegros; Como si hubiese otra clase de héroes. El afán por adornar las palabras y llenarlo todo de adjetivos rimbombantes provoca que termine ud escribiendo tonterías de más.

      • Si fueras un poco más leído sabrías que los héroes tienen sombras y no siempre son íntegros. Sin ir más lejos, Nelson Mandela fue terrorista y Ghandi maltratador, por poner 2 ejemplos claros y consensuados de héroes (no) íntegros. Pero eso supondría un bagaje que sus ansias por dárselas de listo a cuenta de un epíteto desmienten.

        • Sergius

          Ha sido un breve pero entretenido intercambio, espero que no se hayan notado demasiado mis ganas de gresca. Le cedo el privilegio de tener la última palabra, pero haga el favor de no decepcionarme y déjeme extasiado en un mar de adjetivos.

          Pero cómo es posible que le decepcione el season finale de Leftovers, por el amor de DIO.

          • Pues sí, me pareció muy decepcionante y falta de ideas: lo que en las 2 primeras me aterraba y emocionaba en la tercera me pareció un tratado new-age de la peor calaña coelhiana, qué le voy a hacer.

    • Billy_Hunt

      Viendo lo que te dicen por ahí, te lo voy a poner sencillo. La serie es divertida, muy divertida. Lo es para mucha gente, muchísima gente. Me pngo a bverla, me descojono, y me olvido de todo. Punto.

    • Ozonnia Ojielo

      Pues yo me lo he pasado bien y me he entretenido, no pido más para un subproducto televisivo. Lo que no quita que también me lo pase bien de otra manera viendo Stalker de Tarkovsky por ejemplo.

  2. Jorge

    Una vez más USA ha demostrado saber hacer cine/series con emoción, con argumento y con una historia convincente que atrae al espectador desde el primer momento. El cine/series españolas nunca jamás en la vida llegarán a ese nivel. Por eso la referencia en cuanto a series es USA, no España.

    • Discutible cuando menos. Si nos atenemos al ratio calidad/medios, los británicos son los mejores haciendo series baratas con calidad suprema. Los nórdicos tampoco les van a la zaga. En USA claro que se hacen series excelentes, pero comparando los medios de que disponen la calidad general es bastante baja. El año pasado se produjeron en USA más de 400 series, de las que aceptables no habrá ni un 10 %.

      • perzolaga

        El año pasado se produjeron en USA más de 400 series, de las que aceptables no habrá ni un 10 %.

        • perzolaga

          Perdón, se me va ha ido el dedo (maldita publicidad)
          «El año pasado se produjeron en USA más de 400 series, de las que aceptables no habrá ni un 10 %» Con lo cual se cumple, una vez más, la ley de Sturgeon del 90%

      • Ya, pero en españa el porcentaje de series aceptables es del 0%. Y en USA el porcentaje de series aceptables es indudablemente más del 10%.

  3. Grego

    Un chiste para relajar el ambiente:
    En un futuro no muy lejano, tras un holocausto nuclear, la humanidad y el mundo tal y como lo conocemos queda destruido. Solo sobreviven algunas especies más fuertes y mejor adaptadas a la nueva realidad.
    Resulta que la cabra es una de ellas y un grupo consigue acceder al archivo cinematográfico de la Metro Holdwyn Mayer comenzando a zamparse los celuloides tras abrir sus latas contenedoras.
    Una de ellas se estaba comiendo el rollo de la película «Lo que el viento se llevó» y su compañera le pregunta:
    Qué ¿Te gusta esa película?
    A lo que responde la primera:
    Me gustó más el libro

  4. Como dijo Billy Wilder, el espectador medio no es ni muy listo, ni muy tonto. Esta ùltima temporada nos ha tratado como si todos los que mirâbamos fuéramos tontos. Cada capîtulo es posibilista y tramposo, lleno de cosas inverosîmiles. El colmo es, quizâs, ver a un grupo de renacuajos entrar en una base secreta rusa en Estados Unidos, en plena guerra Frîa, y salir tan campantes por donde han entrado. Puede que al espectador de La Casa de Papel le parezca muy lôgico, pero a mî me parece un disparate.La primera temporada estuvo bien, y eso que a mî los 80 no me parecieron una gran década desde el punto de vista musical o cinematogrâfico, pero las otras dos son bastante malas. Por supuesto, solo es una opiniôn.

  5. Alberto

    Para alguien que creció en los 80, y sin ánimo de dar la tabarra con el tema, la serie me tenía ganado en su primera temporada.
    Siguió una segunda que bajó mucho el listón y empecé a plantearme lo de siempre. ¿Merecería la pena ver una tercera?. Totalmente de acuerdo en cuanto a lo prescindible de su viaje punk, salvo quizás ese momentazo, para mí, del viaje en bus al ritmo del Runaway de Bon Jovi, temazo de su primer lp y que he vuelto a escuchar en otras películas posteriores.

    Y así llego a la tercera temporada, las orejas tiesas y las manos preparadas para un stop, seleccionar todo y suprimir, al más mínimo ¿cómo?. Sin embargo el resultado ha sido que me la comido con mucho gusto y placer. Para mí esta tercera temporada tiene todos los ingredientes necesarios para ser un gran entretenimiento, con ese Neverending brutal, tremendo regalo que elevó ese capítulo y la tercera temporada a los altares.

    Que vayan pensando los hermanos en darle cierre y lo hagan lo más pronto posible. Entiendo de ese modo la petición, modo ironía, de Diego Cuevas de mandarlos al espacio exterior. No importa lo que tarden con el nuevo material, pero que lo hagan con esa intención. El riesgo es serio. Primero que los chavales en breve van a dejar de serlo y cada vez será más difícil buscarle argumentos a medida. Y segundo, permanecer con nombre propio en el mundillo de las series merced a dos muy buenas temporadas, de momento y a la espera de lo que hagan, o ser simplemente una serie más que no supo parar a tiempo.

    Saludos

  6. The Lady of Shalott

    Caray… A mi me ha parecido muy mala. Malísima. Quiero decir, la primera temporada me gustó -como a todo el mundo- por lo evidente, por el tratado de ochenterismo ilustrado que te pone cara de emoji con corazones en los ojos y hace que te salten las emocionadas lágrimas como solo un buen cardado puede hacerlo. La segunda temporada ya fue el hostiazo y el momento en el que empiezas a decir «oye, no es tan buena, eh?», y esta tercera ha sido un despropósito, porfavor. El guión es lo más mediocre que me he calzado en mucho tiempo. Y claro, en el recuento final entre likes en las redes, camisetas del Primark, artículos y resto de bombo que se le da a la serie en comparación con su calidad, la conclusión es que está MUY sobrevalorada. No sé donde leía que esta temporada es un escaparate de merchandising y patrocinadores y ya. Nada más. Solo está hecha para hacer caja y punto. Quien ha salido ganando ha sido Coca-Cola, eso fijo.
    Si hay algo por lo que no siento que verla haya sido una completa pérdida de tiempo es porque me ha hecho reflexionar mucho sobre cómo ha cambiado el concepto del terror en el cine en estos treinta y tantos años. Me ha sorprendido lo violenta que se pone por momentos (por ejemplo Nancy reventándole la cara a un tio con un extintor, wtf?) o lo normalizada que está la casquería y yo con estos pelos. Osea, para los crios de los 80 La Cosa de Carpenter era una peli de miedo muy bruta, una de esas que no podías ver hasta que no tuvieras algo que depilarte. Sin embargo ahora me sorprende cómo las criaturas de 11 o 12 año ven lo mismo tan risueños y acto seguido se compran una camiseta en Zara con la imagen del follamentes, o como se llame. Querido Diego Cuevas, un artículo sobre la evolución del miedo/terror, sobre cómo lo aceptamos y hasta dónde coño vamos a llegar y que derroche ese talentazo que tú tienes sería algo maravilloso!!.

  7. Bituerto

    Vi dos capítulos de la segunda temporada, y a mí ya no me engañáis con la tercera. Estoy de los ochenta hasta los cojones ya. Que sí, que los que entonces eramos niños somos los que ahora tenemos los dineros para consumir, pero la broma ya ha durado suficiente. ¡Dejen nuestra infancia en paz, por favor!

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