Hágase un favor y vea Wild Wild Country

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Wild Wild Country (2018– ). Imagen: Netflix.

La moda de rescatar sucesos noticiosos del pasado para convertirlos en series de televisión nos está dando grandes alegrías. Los años setenta, ochenta y noventa estuvieron repletos de historias increíbles y hemos visto muy buenos programas basados en historias reales. Series dramáticas sobre el juicio de O. J. Simpson (American Crime Story I), la secta apocalíptica de David Koresh (Waco), el asesinato de Gianni Versace (American Crime Story II), por ejemplo. El nivel está siendo bastante alto y eso se aplica también a las series puramente documentales. Recuerden la escalofriante The Keepers, sobre la que escribí en su momento, que narraba un caso de abusos sexuales en un colegio católico y que fue sin duda una de las mejores series documentales de los últimos años, aunque con el inconveniente de que la historia contenía momentos tan desagradables que más de un capítulo era capaz de arruinarte el día. En cualquier caso, Netflix se apuntó un considerable tanto. Que bien les viene, porque el tema de las series de ficción está muy competido y en otros ámbitos, como el de los largometrajes de producción propia, no acaban de encontrar la fórmula.

Ahora vuelven a marcar gol con Wild Wild Country, que también va a ganarse un sitio de privilegio entre las series documentales de nuestro tiempo. Por fortuna, no es tan escalofriante. Y al acabar cada episodio no ves el mundo bajo una espesa neblina negra, como sucedía como The Keepers. Más bien, la sensación que te deja es la de estar contemplando una historia tan psicodélica, tan repleta de giros estrambóticos, que si te la contaran en una tertulia de bar pensarías que se la están inventando.

Todo gira en torno a una alocada secta que surgió en la India durante los setenta. Liderada por el gurú Bhagwan Shree Rajneesh, estaba conformada sobre todo por occidentales: hippies en busca del Nirvana y despistados de todo el mundo que, tras sufrir algún tipo de crisis existencial, decidían irse a la comuna para vestirse de rojo, bailar en pelotas y hacer ejercicios espirituales consistentes en gritar, meditar, cantar canciones horteras, sonreír todo el rato con cara de flipe y, por descontado, trabajar para el sostenimiento de la comuna y la imponente colección de Rolls Royce de su líder. Pues bien: en 1981, ante los crecientes problemas de los «rajneeshes» con las autoridades indias, el gurú Bhagwan decidió comprar un enorme terreno en los Estados Unidos para trasladar allí su Hermandad de las Sonrisas y los Abrazos. Y ahí es donde empieza lo bueno.

Donde antes solo había un baldío y con una velocidad himenóptera los rajneeshes construyeron una ciudad, provista de su propia central eléctrica, su sistema de alcantarillado, sus granjas, y ¡hasta su propio aeródromo! Hay que reconocer que, cancioncitas aparte, eran eficientes. Como estaban en mitad de la nada (la nada = Oregón), parecía que deberían haber pasado desapercibidos y que su presencia no debería haber molestado a nadie. Sin embargo, los habitantes de la cercana localidad de Antelope empezaron a sentirse inquietos con la creciente presencia de sectarios vestidos de rojo, naranja o escarlata, que parecían salidos de alguna película de invasiones alienígenas. Antelope era, por hacernos una idea, como un pueblecito perdido en mitad de Castilla, pero a lo yanqui. Tenía apenas medio centenar de pobladores, casi todos ellos jubilados conservadores y cristianos cuya idea de un retiro pacífico chocaba con la llegada de un contingente de melenudos que, según se decía, mantenían sexo de manera indiscriminada (¡el horror!) y cometían todo tipo de impiedades en su maléfica comuna.

Wild Wild Country (2018– ). Imagen: Netflix.

Y claro, desde el momento en que los periodistas descubrieron esta insólita historia, la cosa se salió de madre. Las televisiones locales primero, y las de todo el país después, empezaron a cubrir el surrealista conflicto entre los rajneeshes y los jubilados de Antelope. Los medios de derechas, sobre todo, denunciaban las escandalosas costumbres de la nueva Sodoma. Y los sectarios, a su vez, se defendían convirtiendo su comuna en un verdadero municipio, algo que la ley estadounidense permite a partir de varios miles de habitantes. Después usaron sus fondos para comprar edificios en Antelope, y su superioridad numérica para ganar las elecciones municipales. Los lugareños no recibieron con mucho agrado las medidas del nuevo consistorio, como la de renombrar el pueblo como Rajneeshpuram, la de vestir a la policía local de rosa (¡!) o la de empezar a enseñar sus ideas en el colegio público.

Convertido el hecho en noticia nacional, políticos oportunistas e instituciones escleróticas empezaron a buscar la manera de deshacerse de los rajneeshes, quienes respondían con actitudes cada vez más parecidas a los simpáticos métodos de las SA. Amor y amistad a raudales. La escalada de tensiones y desparrames legales, narrada con mucho detalle durante los seis episodios del documental, es increíblemente hipnótica. Hilarante en algunos momentos, retorcida en otros, y siempre de un portentoso surrealismo. No desvelaré más porque creo que es mejor que vea usted la serie sin tener mucha más idea de cómo evoluciona el asunto; solo diré que cada capítulo es más absorbente que el anterior y siempre lo deja a uno felizmente estupefacto. Al final de la serie uno tiene la sensación de estar viendo una historia concebida por un grupo de guionistas que hayan estado merendando galletas de marihuana. Pero no, fue real, todo lo que vemos en pantalla sucedió. Y eso es fascinante.

Wild Wild Country es fabulosamente entretenida pero además cuenta con una extraordinaria ventaja: los rajneeshes se pasaban el día cámara en mano, filmándolo todo a todas horas, así que el arsenal de imágenes es inagotable. Como espectador, uno realmente tiene la sensación de estar viéndolo todo desde dentro. Lo cual incluye no solamente secuencias del gurú Bhagwan que parecen salidas de algún tebeo de Mortadelo y Filemón, sino las ceremonias estrambóticas de los sectarios, incluyendo alguna realmente apoteósica en la que se dedican a gritar y llorar como descosidos —sin ropa, claro—, simulando peleas, violaciones y toda clase de exorcismos emocionales que ponen los pelos de punta, pero que también son extrañamente divertidos de contemplar. Aunque estas prácticas raras, en realidad, son lo de menos. Lo realmente potente de este documental, aparte de la inefable sucesión de acontecimientos cada vez más alucinógenos, son las personalidades de los implicados. La gran protagonista es la secretaria del gurú y portavoz de la secta, Ma Anand Sheela, una india de increíble carisma que, cuando estalló el escándalo, se paseaba por las televisiones derrochando insolencia y seguridad en sí misma, como si fuese una especie de mezcla entre Joan Jett y Johnny Rotten. La propia Sheela habla para los creadores del documental, pero lo mejor son sus filmaciones de aquella época: una mujer verdaderamente arrolladora. El propio Bhagwan se destapa también como un personaje increíble, sobre todo en los últimos capítulos. Tampoco podría olvidar los testimonios de algunos de los habitantes de Antelope, cuya cerrazón pueblerina los convierte en personajes dignos de una sitcom. Todo este material humano es difícil de describir con palabras, pero sí puedo decir que pocos documentales he visto que se parezcan tanto a una comedia negra de ficción. Los creadores del documental han sido muy hábiles al permitir que la historia se vaya desgranando paso a paso y dejar que el peso recaiga en todos esos personajes. Cuando nos familiarizamos con ellos y su contexto, la acción se torna endiabladamente entretenida. El solo hecho de contemplar cómo el mundo de sonrisas perennes de los rajneeshes se va agrietando cuando las cosas se tuercen lo mantiene a uno con la boca abierta.

Yo resumiría lo que Wild Wild Country produce con una palabra: asombro. La particular guerra entre una secta de chalados, un puñado de jubilados anclados en el siglo XIX y unas autoridades con instinto buitrero parece una historia demasiado buena para ser auténtica. Pero lo es. No por nada decimos que la realidad supera la ficción. No olvide las palomitas.

Wild Wild Country (2018– ). Imagen: Netflix.

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