Un lugar entre Cittanova y Novigrad

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Edda Sbisá en algún rincón de Cerdeña. (Karlos Zurutuza)

Este es el resumen de los últimos sesenta años en la vida de Edda Sbisá: la arrancaron siendo niña de la costa adriática para realojarla en algún lugar de Cerdeña. Hoy, la nostalgia cubre una de las paredes de su pastelería con fotografías de lo que dejó atrás. ¿Esa M en las fachadas? Sirve para recordarle que no ha vuelto a salir de Mussolinia.

Edda Sbisá tenía los ojos tan azules como el mar de las fotos en su pared, el mismo que bañaba la costa de aquel confín italiano que desapareció con ella. La encontramos en Fertilia, uno de los pueblos construidos por Mussolini en la década de los treinta para realojar a colonos agrarios en zonas despobladas: tras drenarse la marisma, se empezó a cultivar la tierra con mano de obra llegada del Adriático oriental. No es casual que las calles de este pueblo levantado sobre una maqueta se llamen Istria, Fiume, Veneto… o que ese campanario cuya sombra las barre a diario recuerde vagamente al campanile de San Marcos de Venecia. Fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando la Yugoslavia de Tito recuperó tierras étnicamente eslavas incorporadas con anterioridad a Italia, pero también ocupó e hizo suyos enclaves italianos como los de Istria y Fiume —actualmente Rijeka, en Croacia—. Cuando los colonos llegaron aquí, Cerdeña era como la Fuerteventura a la que se desterró a Unamuno: una isla despoblada e inhóspita que exigía a las cabras lo mejor de sí mismas para poder sobrevivir.

Nos habría gustado conocer los detalles de la historia personal de Edda, el cómo y el cuándo llegó a la isla de los sardos, o si habría que buscar la receta de aquellos pasteles sobre su mostrador en su Istria natal. Desgraciadamente, aquel fue más un encontronazo fruto de la casualidad hace ya más de diez años que un encuentro meditado y disfrutado. No queda otra que conformarse con la Historia en mayúscula: la de los más de trescientos mil protagonistas de uno de los éxodos europeos recientes más desconocidos.

Leemos a Marisa Madieri en Verde agua (Minúscula, 2000): «Entre 1947 y 1948, a los italianos que quedaban aún en Fiume se les exigió que eligieran: adoptar la ciudadanía yugoslava o abandonar el país. Mi familia optó por Italia, y sufrió un año de marginación y persecuciones», escribía aquella fiumana cuya infancia se estrelló contra un campo de refugiados habilitado para los suyos en la vecina Trieste. Apenas ochenta kilómetros separan a ambas ciudades, pero la distancia geográfica no era un indicador fiable cuando el Telón de Acero se levantaba entre ellas. No mucho antes, aquel rincón del Adriático había sido una falla entre Venecia, el Imperio austrohúngaro y el otomano; un lugar en el que voceaban patriotas italianos de apellido alemán como Slataper, y también eslavos como Trumpiç, para quien pensar en italiano nunca menoscabó su fervoroso nacionalismo croata. Leemos sobre Erasmo Barciç quien, en 1860, argumentó a favor de una identidad eslava «única e indivisible» de la región. Lo hizo, eso sí, en un perfecto italiano del Véneto. No podía ser de otra manera en una encrucijada de pueblos y gentes como esta. Madieri, de hecho, recuerda a Anka Grkoviç, última esposa de su padre tras tres matrimonios anteriores: fue viuda Puhalj, viuda Beliç y viuda Gregorutti.

«Desde Voivodina hasta Dalmacia, de Dalmacia a Udine, de Udine a Trieste, su itinerario matrimonial se ha detenido por ahora en la calle Piccardi», contaba la fiumana sobre Anka, quien también acabaría convirtiéndose en viuda Madieri.

Centroeuropa se asoma por esta esquina al Mediterráneo a través de balconadas como Istria, véneta en su costa y eslava en su interior, aunque nunca faltaran los intentos de romper esa dualidad. En septiembre de 1919 entra en escena Gabriele D’Annunzio, un literato futurista italiano disfrazado ahora de libertador de Fiume; un demagogo de verbo incendiario que cuenta con dos mil hombres a su mando con los que consigue la retirada de las tropas aliadas que controlan la ciudad (la acción se sitúa el limbo posbélico en el que sigue sin haber quórum sobre cómo ha de disolverse el Imperio austrohúngaro). Para su sorpresa, Roma no solo rechaza la anexión del territorio, sino que impone un bloqueo sobre el poeta-soldado y su grupetto, exigiendo su rendición. Puede que empujado por el efecto de la cocaína —D’Annunzio era un gran consumidor—, el italiano no tarda en declarar la ciudad como Estado independiente: la Regencia Italiana de Carnaro. Incluso se redactó una constitución que basculaba entre el anarquismo y  el protofascismo. Ya antes de profundizar en la carta, nos maravillamos con lo de «la música como principio fundamental del Estado». Al fin y al cabo, D´Annunzio no era más que un histrión narcisista en busca de un escenario sobre el que gesticular y ser admirado. El delirio duró hasta que D`’Annunzio declara la guerra a Italia, justo un año después de su llegada a Fiume. El 24 de diciembre de 1920, Roma bombardea por mar y aire, forzando la retirada de los insurrectos. Aquel comediante compulsivo no solo sobrevive, sino que será rehabilitado por el rey Víctor Manuel III en 1924 (le otorgó el título hereditario de príncipe de Montenevoso). Los últimos años de su vida transcurrirán plácidos y sin sobresaltos hasta su muerte en 1938, cuando un ataque al corazón lo fulmina en su palacete del lago de Garda.

El paseo de D’Annunzio por la historia no deja de ser pintoresco, e incluso tendría cierta gracia de no ser porque, entre otras cosas, puso en marcha la apisonadora fascista que llegaría poco después desde la orilla opuesta del Adriático. Antes de seguir, hay que sombrear en la cronología el Tratado de Rapallo, firmado en 1920 entre el Reino de Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (se convertiría en Yugoslavia en 1929), y que concede a Roma la península de Istria, Fiume, la ciudad de Zara (actual Zadar, en Croacia) y un puñado de islas. Ahora sí, volvemos ya con el fascismo, con un Mussolini —gran admirador de D’Annunzio— alimentando el discurso antieslavo («orden animalesco»; «infestación») ya en la década de los veinte. La consigna es «italianizar», borrar la pátina híbrida original para que Fiume, Zara y el resto se conviertan en «ciudades italianas como cualquier otra». En Fiume, cittá de passione (Laterza, 2018), Raoul Pupo, historiador triestino desgrana así el «gran problema» de los fascistas italianos: «El otro, el enemigo, está dentro de los confines que, según la visión nacionalista, la naturaleza ha otorgado en exclusiva a los italianos». La solución, continúa el investigador, es la que aplicarán todos los Estados desde el Báltico al Egeo: la minoría debe quedarse al otro lado de la frontera.

La represión y la violencia fascistas serán respondidas con una resistencia feroz, e incluso a través de un movimiento clandestino armado como el TIGR (acrónimo formado por las iniciales de Trst-Istra-Goriça-Rijeka), que lanza una campaña de atentados con bomba contra intereses italianos y asesinatos de figuras prominentes dentro del Partido Nacional Fascista. Roma apretará hasta 1943, año de su capitulación y, durante los cuatro años siguientes, se vivirán auténticos episodios de limpieza étnica a manos de los partisanos titistas. La policía secreta yugoslava siembra el terror, con arrestos nocturnos de italianos a los que ya nadie volverá a ver con vida. Pupo apunta a cuatro mil quinientos italianos muertos entre 1943 y 1947 en aquel brutal ajuste de cuentas. Hay quien eleva las cifras hasta veinte mil.

Gulag

Los italianos se van. Abdon Pamich, futuro campeón olímpico de marcha atlética, acaba el primer día de colegio de 1947 subido a hombros de su hermano Giovanni, y en el primer tren hacia Trieste. Para entonces, siete mil han abandonado ya Fiume y otros diez mil han pedido ser «repatriados». Entrecomillamos porque la mayoría de ellos no había conocido otra patria que la del confín oriental. De no ser por los números, casi tan triste como el éxodo sería el contraéxodo de aquellos militantes comunistas italianos para quienes Yugoslavia no era la tierra de serbios, eslovenos y croatas, sino la proyección adriática de la Unión Soviética. Rondaban los tres mil, la mayoría llegados desde la vecina ciudad obrera de Monfalcone para ayudar en la construcción del socialismo. No les dará tiempo: la ruptura en 1948 entre Stalin y Tito pone a los monfalconeses contra la pared. Tito representa al líder del país en el que habían decidido apostar por un futuro de progreso e igualdad, sí, pero Stalin todavía es visto como el máximo líder de todo el movimiento proletario internacional. Los cuadros más politizados declaran abiertamente su adhesión a las tesis de Stalin contra Tito, y el líder yugoslavo no tarda en considerarlos «enemigos internos».

Arranca así un nuevo relato de represión con capítulos tan sombríos como el de Goli Otok, el gulag construido sobre la isla adriática del mismo nombre. En su novela autobiográfica Martin Muma (Il Ramo d’Oro, 2008), Ligio Zanini cuenta cómo los deportados, al llegar a la isla, tenían que pasar entre filas de otros internos obligados a correrles a palos y pedradas entre vivas a Tito y el partido: «¡Tito-partija!», «¡Tito-partija!». Paradójicamente, Zanini había saludado con entusiasmo la anexión de su tierra a Yugoslavia, convencido de que la llegada del comunismo traería paz y justicia para todos, incluidos los italianos de Istria como él. Su pueblo, Rovigno, se convertirá en Rovinj; Fiume en Rijeka, Cittanova en Novigrad. La isla de Veglia, donde murió el último hablante de la lengua dálmata en 1898, será Krk.

Mientras tanto, en Trieste, Marisa Madieri, corretea por el Silos, el campo de refugiados levantado para los desposeídos dálmatas, istrianos y fiumanos. La prófuga recuerda el lugar como un inmenso almacén de trigo construido durante el imperio de los Habsburgo cuyas tripas se habían cuarteado en una colmena de diminutos compartimentos de madera para alojar a las familias: «Un paisaje dantesco en un nocturno y humeante purgatorio». Empezar de cero tampoco será fácil para nadie. Aquella casta de parias llegados de la orilla opuesta del Adriático será instrumentalizada y negada a partes iguales por los peninsulares: los nacionalistas los exhiben para reavivar el rencor antieslavo, mientras que los demócratas los omiten para evitar ser confundidos con los nacionalistas. Ya en la calle se suma el desconocimiento sobre su drama. «¿Dice que nació en Fiume? Pero eso está en Yugoslavia, ¿no?», oirán muchos, antes de que un funcionario les niegue un sello con el que poder seguir respirando. Aquel «Nacido en Yugoslavia» pesa tanto como el estigma de «fascistas», o «eslavos»; de gente extraña en cualquier caso. Quien quiera conocerlos puede dejarse caer por el Palazzo Tonello, la sede que la Unione degli Istriani en Trieste. Fundada en 1956, la asociación intenta aglutinar a los supervivientes de aquel naufragio.

Es también en Trieste donde Madieri conocerá al que será su marido, el escritor Claudio Magris. La edición española de Verde agua incluye un posfacio del triestino en el que este recuerda cómo su mujer, poco antes de morir de cáncer en 1996, había retomado el croata que estudió por obligación de niña. «Escribiendo su historia y la de su familia, Marisa descubre que no es solo italiana y adquiere un sentimiento de particular cercanía y amistad con el mundo eslavo», escribe Magris de la que, dice, «podó todas y cada una» de las páginas de sus dos obras más conocidas: Danubio y Microcosmos. No habrá volumen como este último para acercarse a la fascinante complejidad del Adriático más septentrional.

Vamos cerrando este periplo que, como ya avisábamos, parte del intento frustrado de reconstruir la historia de Edda Sbisá, esa mujer que hacía pasteles en un extraño rincón de Cerdeña. Ignoramos si pasó por el Silos, si conoció sus olores. ¿Quizá compartió allí juegos con Madieri? ¿Y cómo salió de ahí? ¿Cuándo? Más allá de esos detalles, ni siquiera sabemos si aún vive. Aquel día nos pidió que le hiciéramos una foto, pero no en la pastelería sino en la calle, «con la chiesa». Y allí, enfundada en su delantal en mitad de la Piazza Venezia Giulia, parece viajar con la mirada hasta algún rincón perdido en la memoria.

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3 comentarios

  1. ¡Emocionante periplo histórico, señor! Un gusto leerlo. Me trae a la memora Eugenio Montale, premio nobel y su poesía a los limones después de la guerra.
    …más claro se escucha el susurro de las ramas amigas en el aire que casi no se mueve, y los sentidos de este olor que no sabe desprenderse de la tierra, y llueve sobre el pecho una dulzura inquieta. Aquí, en este lugar de divertidas pasiones por milagro enmudeció la guerra, aquí también nos toca a nosotros, los pobres, nuestra parte de riqueza… !y con esa fragancia de los limones!..
    Gracias.

  2. Parlache

    ¡Gracias!

  3. Pingback: MARISA MADIERI – El Camarote de Fernando

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