La edad de los árboles

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Alrededor de los árboles se han levantado centenares de tradiciones y leyendas. Organismos gigantescos que parece que están ahí desde siempre y que es probable que ahí continúen más allá de nuestras vidas. Quizás eso explique la desazón que podemos sentir al verlos caer ante el estruendo de una sierra eléctrica, la potencia de una cosechadora forestal o la persistencia de un hongo. Sus edades inconcebibles y sus misterios los divinizan.

El caso de la encina o carrasca (Quercus ilex) es paradigmático. Se trata de la más común de todas las especies autóctonas que tenemos en la península ibérica. Un árbol, además, presente en diferentes tradiciones mitológicas (la clava de Hércules estaba hecha de madera de encina) y recogido en el imaginario popular: «Me duele este niño hambriento/como una grandiosa espina,/y su vivir ceniciento/revuelve mi alma de encina», nos dice una estrofa de «El niño yuntero», de Miguel Hernández.

La carrasca ha sido árbol sagrado en toda la mediterránea y se trata de una de las especies más resistentes y longevas. Cuando pensamos en un árbol es fundamental tener en cuenta que sus ciclos de vida funcionan a escalas inasumibles para el ser humano. En el caso de la encina lo habitual es que lleguen a ser individuos reproductores cuando cumplen entre quince y veinte años, pero hay otras especies arbóreas que llegan a su madurez reproductiva pasados los ochenta años. Después de la fase de maduración viene la de expansión, y esta etapa en la vida de los árboles puede durar hasta entrados los mil años. Se trata de la fase más prolongada y las tasas de crecimiento son muy variables, incluso entre individuos de la misma especie. Por esa razón, es conveniente no caer en la trampa de estimar las edades de los árboles a partir de su tamaño. Pero, aunque existen diversos métodos científicos de estimación de la edad, lo que nos produce perplejidad sobre su vida no es solo su edad sino también su historia. Es decir: la historia del lugar que habitan.

Durante la primera mitad del siglo XIX, el científico estadounidense Alexander Catling Twining comprobó que cada árbol marcaba la incidencia de los cambios estacionales en sus anillos de crecimiento. Pero el norteamericano no fue, ni mucho menos, el descubridor de este fenómeno. Él volvió a estudiarlo muchos años después de que otros, como Leonardo da Vinci en el siglo XV o Linneo en el XVIII —además de algunos de menos renombre— trabajaran sobre el impacto del clima en los anillos de crecimiento para, por ejemplo, realizar la datación de acontecimientos ambientales extremos. Eso sí, aunque Twining no fue el padre de esta ciencia de nombre impronunciable —repita conmigo: dendrocronología—, su trabajo tiene una importancia capital en su desarrollo para conocer la historia de los bosques a través de la huella que los fenómenos naturales y antropogénicos dejaron en sus anillos.

Venceslao Fernández Flórez cuenta en la novela El bosque animado las historias de la fraga de Cecebre, en A Coruña. El libro es una forma de prosopopeya lírica de enfoque naturalista que el conocido autor gallego publicó en 1943. Los robles, los castaños, los pinos y los abedules de la fraga son los más viejos del lugar, y conversan entre ellos sobre lo que acontece en el bosque. Y bien tendría sentido querer escuchar la voz de los árboles, porque, si dejamos a un lado los bosques regulados según criterios de rentabilidad económica, es probable que estos sean los organismos que conforman de manera más estable el paisaje del transcurrir de nuestras vidas. Algunos de ellos son una forma de puentes romanos —puentes que no se han caído, claro— del reino Plantae.

Pero los árboles también mueren. Y comienzan a morir cuando finaliza su fase de expansión. Los pinos carrascos (Pinus halepensis) son muy comunes en el área mediterránea de la península y su edad máxima estimada rara vez alcanza los ciento setenta años; en cambio, las encinas y sus primos hermanos los robles (Quercus robur) llegan a vivir hasta mil años, gracias, entre otras cosas, a su estrategia de crecimiento y su capacidad de generar mutaciones somáticas heredadas. Mil años.

Retrocedamos solamente tres o cuatro siglos. En el año 1636 la compañía de teatro Cristóbal de Avendaño estrena La vida es sueño de Calderón de la Barca; en el año 1700 fallece Carlos II de España, dando así por extinguida la dinastía de los Austria en España; el británico Daniel Defoe publica Robinson Crusoe en el 1719. Estábamos en pleno Barroco —no en Inglaterra, donde se considera que este finaliza con la firma de la Paz de Utrecht— y muchos de los robles que encontramos actualmente en los bosques de la península ibérica eran, por aquel entonces, árboles jóvenes o incluso, en una sincronía imbatible, podrían estar germinando al tiempo que expiraba uno de los hombres poderosos más débiles de la historia: Carlos II, el Hechizado. Pero no, los robles no son los más longevos entre las especies arbóreas. Los tejos, los olivos, los cipreses, los castaños —y muchas otras especies presentes en otros territorios— pueden perfectamente vivir más de mil años. De hecho, se estima que el árbol más viejo de la península está en la sierra de Cazorla, en Jaén, y se trata de un tejo (Taxus baccata) que ha estado allí desde la época romana, pasando por los reinos germánicos, el Al-Ándalus, el Emirato de Córdoba, los califatos, los reinos de Taifas, los sultanatos, los reinos cristianos, llegando hasta lo que llamamos Edad Moderna, que se supone que se puso en marcha hace quinientos años. Este tejo tiene más de dos mil años, pero en el resto del planeta encontramos árboles con edades estimadas incluso superiores.

Teniendo en cuenta que la historia climática está plagada de variaciones notables —muchas de ellas abruptas— uno puede preguntarse cómo es posible que haya individuos de algunas especies que puedan vivir en áreas geográficas tan amplias y durante un tiempo tan prolongado. Para que esto pueda suceder los árboles tienen dos estrategias de supervivencia: la corrección genética y la modificación de sus patrones de comportamiento.

Hay especies de abedules y pinos que son extremadamente flexibles en su capacidad de adaptación a las condiciones climatológicas. Pero esto no es suficiente para justificar su versatilidad geográfica —encontramos poblaciones de abedul desde España hasta el norte de Finlandia— mantenida a lo largo de los siglos. El riesgo sostenido de la llegada de nuevas enfermedades al medio en que habitan o de cambios excesivamente drásticos en el clima harían inviable su transversalidad. Ahora una obviedad: los árboles no pueden moverse si las condiciones les son adversas. Por ello, hay especies que interpretan el clima desde la primera fase de la germinación y se adaptan para las condiciones que encuentran. Estas estrategias de acomodación se basan en su propia reprogramación genética, activando los genes adecuados para las características del medio en el que van a intentar envejecer. Pero no solo pueden hacerlo en etapas tempranas. Por ejemplo, los falsos abetos o abetos rojos (Picea abies) son capaces de modificar sus propios hábitos después de periodos de sequía extrema, para en el futuro ser más eficientes en el uso del agua que contiene el sustrato.

Los árboles son, por otra parte, testigos parsimoniosos de la historia. Mientras que el tomillo florece una o dos veces al año, algunos pequeños mamíferos como los conejos pueden tener cuatro camadas, los ratones una ventregada cada varias semanas, y algunas especies de artrópodos —como las efémeras o los tricópteros— se reproducen a las pocas horas de haberse convertido en insectos adultos. En cambio, los árboles parecen ajenos a esa máxima biológica que dicta que los organismos que tienen ciclos reproductivos más rápidos tienen una mayor capacidad de adaptación a los cambios en el medio. Cada vez que se transfieren trazas hereditarias, los genes pueden sufrir errores y, si hay suerte, estos errores pueden suponer una ventaja competitiva en los individuos. Así pues, cuanto más breve es el tiempo entre una generación y otra, más rápidamente se pueden adaptar las especies a los cambios en el ecosistema. Pero los árboles no funcionan de esa manera. Como ya sabemos, viven cientos o incluso miles de años y sus ciclos de reproducción se suceden, eso sí, cada pocos años, pero en general con tasas de éxito muy bajas. Pero, en realidad, su habitual pereza para reproducirse y las bajas tasas de éxito nos cuentan la historia de unos organismos (con características y estrategias muy variadas entre las distintas especies) que han colonizado gran parte de la tierra con alrededor de tres billones de individuos. Unos cuatrocientos árboles por cada ser humano sobre la faz de la tierra.

Porque los árboles necesitan crecer siempre. Generar nuevas ramas y hojas para poder captar la luz solar y hacer la fotosíntesis. Y cuando llegan a la fase senescente, una vez han perdido una parte considerable de su estructura de copa y tienen problemas para sobrevivir, muchos individuos generan rebrotes de base. Estos rebrotes serán árboles completamente nuevos pero genéticamente idénticos a sus mayores, de manera que los árboles vuelven a mirar a ciclo completo de vida en una forma de resurrección que, sostenida a lo largo de milenios, puede dar lugar a las colonias clonales.

Como el más llamativo ejemplo de este fenómeno, tenemos al Pando, el gigante temblón. Se trata de una colonia clonal de álamos temblones (Populus tremula) localizada en el estado de Utah, en Estados Unidos, que son, como hemos dicho, un solo individuo, que cubre cuarenta y tres hectáreas y tiene una edad estimada de ochenta mil años. O sea, que el trembling giant nació en algún momento del Paleolítico medio. Su última reproducción sexual —floración— data de hace diez mil años; desde entonces se ha seguido reproduciendo por estolones o rebrotes de base.

No se trata de la única colonia clonal existente, pero sí de la más importante conocida hasta este momento, además de ser el organismo vivo más voluminoso y pesado de nuestro planeta.

En la novela de Fernández Flórez —llevada al cine por José Luis Cuerda, con guion de Rafael Azcona— los animales, bajo la atenta mirada de los árboles, se saludan diciéndose «que el hombre te ignore» y, a juzgar por su capacidad para vivir largo y sobrevivir a los fenómenos naturales más ásperos, seguramente pensarán que, por favor, también los ignore a ellos.

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3 comentarios

  1. Fantástico artículo y asombrosos estos seres con los que compartimos planeta. La dendrocronología también ayuda a algunas obras de arte y Úrsula K. Leguin tiene uno de los cuentos con el enfoque más original que he podido leer, ‘Direction of the road’, en el que un roble cuenta su vida y el mundo en función de la velocidad a la que se le aproximan los viajeros. Caminando, a caballo, en carruaje… Hasta el vértigo de las autopistas. Recomendadísimo.

  2. «Ayuda a datar algunas obras de arte», quería decir en mi comentario anterior.

  3. daniel

    Elegante, inetersante y respetuoso texto de presentación a esos venerables compañeros de viaje de los cuales des del colegio no volvemos a saber gran cosa mas,
    puravida!

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