
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down nº31 especial WTF, ya disponible en nuestra tienda.
Una escritora se pone de moda (recordemos que la moda no es otra cosa que el reflejo de los gustos pasajeros de cierta colectividad y, por tanto, durante un tiempo, pueden despreciarse de manera sistemática los matices que presente cualquier juicio crítico). De repente, el hecho de decir que no te gusta lo que publica, o lo que simboliza en público, se convierte en un pecado, en una reacción supuestamente motivada por algún tipo de envidia o en pura insolencia. Si, además, dicha escritora comienza a adquirir cierto papel contestatario —esté o no justificado, con mayor o menor éxito— disentir resulta aún más grave. ¿Cómo oponerse a un icono? ¿Cómo jugar a ser David contra Goliat?
El caso de Virginia Woolf pertenece sin duda a esta categoría: convertida en un icono a partir de finales de los sesenta, cuando un sector del feminismo, interesado claramente en figuras que fueron víctimas del suicidio (la propia Woolf, pero también Alfonsina Storni, Sylvia Plath, Unica Zürn, Alejandra Pizarnik o Anne Sexton), la rescata de entre las docenas de mujeres valiosas de la primera parte del siglo XX y la coloca en el podio de la literatura del modernismo anglonorteamericano. Personalmente, estoy en contra de las clasificaciones porque son grandes productoras de injusticias y desigualdades, que quedan, además, patentes, gracias a otros bonitos factores como el amiguismo y las influencias, la endogamia y los favores debidos y por deber. Aunque, sin duda, el mayor problema de santificar a un ser humano es descubrir los pecados que, para colmo, ha dejado por escrito sin ningún remilgo.
El referente bíblico del pecado lo saco a colación porque la frase que da título a este artículo bebe también de la misma fuente, ese gran compendio de aventuras, enseñanzas y tragedias que es la Biblia. En el Evangelio según San Juan (19:22) aparece Pilatos y su célebre quod scripsi, scripsi o «lo que he escrito he escrito». No es de extrañar, por tanto, que llegado el momento de una posible entrada en la posteridad, Leonard Woolf, el marido de Virginia, se encargase, como gran editor que era, de darle forma a todo aquello que su mujer había escrito de manera más personal, es decir, lograr que los diarios de su mujer quedaran en una buena posición de salida a ese futuro que habitamos hoy. Así, de los veintiséis volúmenes, extrajo lo que no convenía y mantuvo los fragmentos más benévolos. El resultado de su collage, publicado en 1953 con el título de A Writer’s Diary, es una curiosa hagiografía en la que predominan las reflexiones sobre los procesos de escritura, los deseos literarios y algunas menudencias sobre la vida cotidiana de su mujer. Como cabía esperar, eliminó la mayor parte de lo que no convenía. Como quedaba mucho por leer y analizar, entraron con pies de plomo los biógrafos, y también los filólogos y otros especialistas de los estudios literarios y sacaron algunas cosas que nos dejaron con la boca abierta.
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Comparto que es cosa buena eso de estar al corriente de las miserias de los íconos, pero no me parece que su función quede empañada por ellas. No opino que el tratamiento de Virginia Woolf como ícono feminista o como inspiración sólo pueda provenir del desconocimiento de sus escritos personales o de sus acciones en vida. Un ícono puede tomar a una mujer notable y enarbolarla en un movimiento en el que difícilmente habría participado, igual que puede tomar una ficción masculina, Eva o Lilith, por ejemplo, y reconvertirla, o incluso una mujer malvada, y volverla heroica. Es más, las falencias y vicios de Virginia pueden dar espacio al anhelo de un futuro donde una mujer de su talla encuentre realización sin echar mano de tales estratagemas, o donde pueda solidarizar y comprender a otros sujetos tanto o más vulnerables en un mundo como el nuestro. El valor de Virginia Woolf para el movimiento feminista queda sancionado por mérito propio, pero en él se hacen parte todas las mujeres que como ella soñaron con dedicarse al oficio literario, lo hayan logrado o no. Claro que siempre es adecuado desenterrar a otras figuras que sirvan de mejor modelo, pero a lo mejor la construcción de íconos no pasa por ahí. El objetivo siempre será dotar de una historia a un objetivo todavía por concretarse. Un saludo, muy bueno el recorrido.
Muy bonito. Ahora, a aplicarlo a Neruda, quien fue denostado por la dictadura chilena, su Confieso que he vivido mal interpretado y el supuesto abandono a su hija, tergiversado. Ah no, ahí no aplica porque a los (me enferma usar esta palabra) «progrres» les encanta coincidir con la derecha.
Me es difícil opinar sobre este argumento. Por un lado reconozco que a ese “universal sistema endogámico”, los aristocráticos, incluyendo a los hombres de ciencia, es a quienes les debemos la mayoría de las conquistas que hoy nos permiten mirar con cierta esperanza el futuro, por sus “plumas”, no por sus actitudes o creencias privadas, pero cada vez que me cruzo con uno de ellos, en especial modo con los aristocráticos que por pura necesidad biológica han fagocitado a los plutócratas, se me presentan las primeras frases de la Constitución de los Atenienses: “… De hecho, yo no apruebo el tipo de constitución que los atenienses han elegido por este motivo: porque eligiendo tal tipo de constitución han querido que fuera la plebe a predominar sobre la “gente de bien. He aquí mi desaprobación. Sin embargo, del momento que han elegido esa manera, trataré de demostrar cómo saben mantener bien esa constitución y cómo se esfuerzan con éxito en todo aquello en lo cual los demás parece que se equivocan. Y en primer lugar diré esto: Sin dudas, por lo visto, en esta ciudad los pobres y la plebe tienen más importancia que los nobles o los ricos…”. Que me perdonen aquellos reyes “iluminados”, pero ese tufillo de superioridad los acompaña desde siempre que, no obstante, no les ha prohibido reflexionar con sinceridad. Pero fueron ellos, y no esa corriente humanista que siempre los enfrentó a inventar la “división de clases” y sus consecuencias: los odios. Muy buena lectura. Gracias
Hace poco, hablaba con una amiga de este mismo tema: hasta qué punto puede afectarnos conocer un/a autor/a en profundidad, personalidad y comportamiento, en el momento de juzgar su obra. Estuvimos de acuerdo en que hay que saber diferenciar la pieza y su significado, con respecto de la persona que se encuentra detrás.
El hecho de haber tomado la delantera como mujer parece suficiente motivo para colocarla como icono, tal y como se menciona en el artículo. Disponiendo de los actuales medios de información, sin duda, es muy importante poner en relieve aspectos personales, como las citas célebres: nunca pensé que su «No hay puertas, cerraduras o cerrojos que puedas ponerle a la libertad de mi mente» tuviera un significado tan oscuro. Con ejemplos como estos es cuando entiendes lo que significa leer una frase fuera de contexto y lo peligroso que supone difundirla (y más sabiendo que hay quien decide tatuársela).
Por otra parte, resulta triste cuando los seguidores de un artista empiezan a actuar de forma competitiva y ególatra, simplemente por el hecho de que se consideran artistas o porque su ídolo, aún sabiendo el comportamiento «poco limpio» que haya podido tener en vida, estaba justificado, simplemente, por el endiosamiento hacia lo que consideramos genios. El talento técnico no conlleva que alguien sea necesariamente una buena persona, porque, aunque pueda parecer obvio, esto muchas veces lo olvidamos.
Gracias por recordárnoslo con tu artículo.
Mira que en general me gustan tus artículos, pero este me ha dejado un mal sabor de boca. No soy una gran fan de Virginia Woolf, aunque me gusta (me gustaba más cuando era joven, no sé si ahora la querría releer), y no participo en absoluto de su canonización, pero no creo que eso justifique juicios de valor sobre alguien que, después de todo, nos interesa mayormente por su obra, no por su vida o por cómo eran sus relaciones con su marido. Los diarios normalmente son escritos privados, no creo que los diarios de nadie soporten un escrutinio de ese tipo, y menos con criterios de cien años después. Y respecto al antisemitismo, una anglicana de clase más o menos alta que en aquella época se casaba con un judío no podía ser especialmente antisemita, aunque pensamientos discriminatorios se pueden encontrar, si se buscan, en todo el mundo. Por lo demás, todos somos entes vulnerables y contradictorios, supongo que ella también. Ni me parece una novedad, ni me parece especialmente relevante.
Los argumentos para contrarrestar a los petardos que la canonizan o la convierten en icono de a saber qué no están en los diarios, ni tienen nada que ver con la señora Woolf.
Me parece muy oportuno hablar ahora sobre las cosas oscuras de Virginia. De repente, a quien se «canoniza» los «periodistas» de revistas de moda lxs dilapidan, porque así tienen público y a quien se dilapida, como Woody Allen, resulta que debemos respetarlo porque es un santo varón. No sólo eso, sino que veladamente, se trata de ignorantes tanto a los que gustan de unos como a los que se disgustan con otros. Bien, aprovechemos cada una lo que podamos de cada obra y sobretodo, no obviemos nunca nunca lo importante que es hacer visible la enfermedad mental. Ese si es un aprendizaje que podemos sacar de Virginia, que hay que sacar ese tabú y ayudar a las personas que lo sufren, que usted habla de ella obviandolo por completo.
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