
Y podían verse las olas deshaciéndose en agujas blancas,
como cristal que se arrojara contra las rocas.
(Virginia Woolf, Al faro)
Antes que los dedos espumosos acaricien la arena, antes que los brazos acuáticos trencen su danza en la orilla, antes que la espalda marina se curve en el impulso de su potencia, los labios de la ola trazan los márgenes inefables de su voz: grito, jadeo, susurro, el aliento triple que sella la métrica en movimiento. Entre aguas se despliega la novela más vanguardista de Virginia Woolf —Las olas, publicada en 1931— y a las aguas del río Ouse se entregó su autora diez años después, en el encuentro definitivo con la soledad amniótica de nacimiento y muerte. Sus obras se deslizan entre tiempos, humedeciendo el umbral entre tradición y renovación, ficción y compromiso político, desde aquella habitación propia que sigue inundando el presente de preguntas. ¿Cómo nos leemos? ¿Desde dónde nos escribimos? ¿Qué define las formas de la prosa y del silencio?
«Mi dificultad es que escribo siguiendo un ritmo, no un argumento. ¿Te dice algo esto? Y así, aunque para mí el ritmo es más natural que la narración, se opone totalmente a las tradiciones de la ficción», le confesaba Virginia Woolf a su amiga Ethel Smyth, en una carta del 18 de agosto de 1930. La conciencia de la ruptura de la norma lineal, es decir, de la prioridad asignada al desarrollo de la trama atraviesa el proceso de composición de Las olas y reverbera en la estructura de la novela: las voces de los seis personajes están intercaladas por interludios líricos que dibujan el mismo paisaje costero, desde el amanecer hasta la puesta de sol. La vida en tres actos de las olas, desde la efervescencia inicial y la elevación central hasta su deshacerse en la orilla, se desenvuelve en contrapunto con las vidas compartidas de los personajes, a través de la infancia, la juventud y la adultez. La alternancia de los soliloquios plasma el océano narrativo y baña la memoria en el presente de las voces que, como un organismo vivo, insinúan vivencias y cambios. El latido de los pensamientos palpita en el músculo acuoso que es la novela, las palabras bombean sentidos en la navegación íntima de cada personaje y en la experiencia de lectura que es tormenta y calma, cadencia, flujo, melodía.
Las olas se rompen y renacen en un compás virtuoso que fusiona forma y contenido en el equilibrio de soliloquios, pausas, descripciones. Porque «el estilo es un asunto sencillo; todo es ritmo. En cuanto lo comprendes, no puedes equivocarte de palabras», escribía Virginia Woolf el 16 de marzo de 1926 en una carta a Vita Sackville West. Y añadía: «Esto sobre la esencia del ritmo es muy profundo y va mucho más allá de las palabras. Una visión, una emoción, crean esta ola en la cabeza mucho antes de que surjan las palabras apropiadas. Y al escribir (esto es lo que creo ahora) una tiene que recapturar esto y asentar este funcionamiento (que aparentemente nada tiene que ver con las palabras), de modo que después, cuando se fragmenta y rueda por la cabeza, crea las palabras adecuadas». Así, mareas de matices acunan visiones y emociones, recortando fragmentos de memorias y anuncios de futuros. Y la novela se derrama y se recoge como una única ola, cabalgada por las voces que la componen, esas voces.
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Extraño que se cite una traducción de «Las olas» tan mediocre: «¿cuál es esa cosa que hay»… «no atempero mi belleza con la tacañería, no sea que esta me chamusque»… «Siempre hay […] otra discordancia que ha de ser escuchada?»…