Ochenta y cinco metros

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Un marinero del submarino USS MARLIN, 1943. Fotografía: Cordon Press.

En la Segunda Guerra Mundial, las tripulaciones de los submarinos padecieron la mortalidad más elevada de entre todos los cuerpos regulares, solo superada por unidades aberrantes que estaban fuera de la estructura militar normal, como las de los pilotos kamikazes japoneses, o como los pelotones de castigo, soviéticos y alemanes, que usaban a presos como carne de cañón. En ningún otro cuerpo del aire, el mar o la tierra era tan fácil morir. Tres de cada cuatro tripulantes de submarino no regresaban a casa; algunos caían prisioneros si tenían la suerte de que su capitán se rindiese al enemigo, pero la mayoría de las bajas eran hombres que se perdían en el océano para siempre. Los submarinos eran armas muy efectivas contras las flotas de superficie y hundieron una gran cantidad de buques, pero también eran muy vulnerables cuando eran detectados y, si uno era alcanzado por una carga de profundidad o, cosa de mala fortuna, chocaba con una mina, se convertía en un ataúd de metal. Cuando se hundía, todos sus hombres sabían que estaban condenados a morir. Era tan difícil que un tripulante escapase de un hundimiento que en la Royal Navy británica, durante todos los años de la guerra, solo cuatro marineros sobrevivieron a una situación semejante.

En 1941 no se había conseguido encontrar solución a este problema. En los submarinos existían cápsulas de escape unidas al resto del submarino mediante un compartimento estanco. En teoría, siempre que las cápsulas no estuviesen dañadas, permitían que algunos hombres salieran flotando a la superficie. En la práctica, sin embargo, no eran útiles. Solo servían para escapar desde una profundidad máxima de treinta metros. Desde más abajo, un hombre tenía muy pocas opciones de superar el terrible síndrome de descompresión que se produce cuando alguien asciende con rapidez hacia la superficie sin realizar paradas regulares para que su organismo se acostumbre gradualmente al cambio de presión. Aquellas cápsulas, que salían a flote por el mero hecho de estar llenas de aire, no podían regular su ascenso y era imposible detenerlas a medio camino. Sin esas paradas regulares, el cuerpo humano responde al cambio de presión convirtiendo el nitrógeno de la sangre en mortíferas burbujas, que se diseminan por todo el cuerpo, provocando terribles síntomas y fallos orgánicos que pueden causar la muerte instantánea o, a veces, después de haber salido del agua. En caso de ataque enemigo, el submarino necesitaba descender lo más posible, casi siempre por debajo de los treinta metros. Al final, los capitanes de submarinos británicos recibieron la orden de bloquear las cápsulas desde el exterior, lo que las dejaba inutilizables pero evitaba que se soltasen por accidente con las sacudidas de las cargas de profundidad, algo que podía provocar la inundación del submarino incluso si no era alcanzado de lleno.

Todo esto hacía impensable la supervivencia en caso de hundimiento, pero hubo un marinero británico, llamado John Capes, que afirmaba haberlo conseguido, y desde ochenta y cinco metros de profundidad. Casi nadie creyó su historia. Se le concedió una medalla, porque nadie pudo probar que no había naufragado y hubo testigos de que había aparecido inconsciente en una playa de la isla griega de Cefalonia. Casi desnudo, excepto por unas gafas de buceo y una rudimentaria mascarilla conectada a un pequeño depósito de oxígeno, rústico equipamiento conocido como «aparato de escape de Davis», que estaba presente en todos los submarinos de la Royal Navy, aunque nadie confiaba en que podía ser usado con éxito desde más abajo de los consabidos treinta metros. Cuando Capes se empeñó en que lo había conseguido desde casi tres veces la profundidad de supervivencia, las dudas estaban más que justificadas. Casi todo el mundo en la Marina dudaba de su testimonio.

Su fama de embustero no ayudó. Era un individuo peculiar, carismático, vividor y aficionado a la bebida. Se había alistado en un submarino antes de la guerra, en 1935, a los veinticinco años de edad, para trabajar en la sala de máquinas; aquel era un puesto ingrato, lo más bajo del escalafón, al que solían caer hombres de origen menos favorecido. Porque, aunque estar en una sala de máquinas era un periodo de aprendizaje inicial habitual, Capes era hijo de un diplomático y se esperaba que se graduase en una escuela de oficiales. En el Reino Unido, al menos por entonces, la posición social determinaba cuán alto se podía llegar en el ámbito militar. Pero el carácter de Capes no lo hacía idóneo para la oficialidad, y tampoco pareció molestarse en intentar usar sus contactos para obtener un puesto más cómodo. Nunca ascendió más allá del cargo de «fogonero mayor», jefe de la sala de máquinas, y cuando estalló la guerra se presentó voluntario para servir en ese mismo puesto. Caso raro de burgués que parecía disfrutar con la desagradable vida del submarino, Capes adornaba su vida con relatos de lo más pintoresco que casi ninguno de sus compañeros se tragaba.

En 1941 formaba parte de la tripulación del HMS Thrasher. Estando de permiso en la isla de Malta y quizá por efecto de la bebida, estampó un automóvil contra la carreta de un lugareño. Tenía que responder de los daños ante un tribunal civil, así que sus superiores le permitieron permanecer en la isla hasta la celebración del juicio. Para cuando terminó la vista y el asunto quedó resuelto, el Thrasher ya había zarpado con rumbo a Alejandría, donde tenía su base. Capes tenía que reincorporarse y necesitaba salir de Malta, pero los alemanes asediaban la isla y la única forma de cercarlos con relativa seguridad era bajo el agua. Pidió a los operarios de la sala de máquinas de otro submarino, el HMS Perseus, que lo llevasen como pasajero. Era habitual que tripulantes de un submarino utilizaran otro para este tipo de viajes; el problema fue que nadie en Malta anotó el abordaje de Capes en aquel submarino, lo que añadía nuevas dudas a que su historia hubiese sucedido de verdad. En cualquier caso, nunca se volvió a saber del Perseus, salvo por lo que Capes contó cuando reapareció año y medio más tarde.

Miembros de la Royal Navy británica se entrenan en el uso del DSEA (Davis Submerged Escape Apparatus, o aparato de escape submarino de Davis) en Portsmouth, Reino Unido, 1939. Fotografía: Getty.

Esta era su versión: el Perseus, con Capes como pasajero, se dirigió hacia el norte para realizar una misión en el mar Jónico. El submarino se detuvo cerca de la isla de Cefalonia con el fin de cargar baterías durante la noche, una operación de mantenimiento rutinaria. No parecía haber naves enemigas cerca, así que se esperaba una noche tranquila y sin contratiempos. Capes se tumbó en una peculiar litera, fabricada con un tubo de lanzamiento de torpedos que ya no se usaba, y hablaba con los tres hombres que estaban con él en la estancia, mientras se relajaba bebiendo ron de una botella de plástico (la usaba porque tenía un tapón de válvula, ideal para conservar su valioso alcohol, pues prevenía posibles derramamientos fortuitos). Todo estaba en calma hasta que, de repente y sin previo aviso, una infernal explosión lo sacudió todo; según dedujo Capes, el Perseus debía de haber chocado con una mina. El submarino empezó a inclinarse en vertical. Capes, aturdido, vio que los otros tres hombres habían sufrido severas heridas. Las paredes empezaron a crujir, amenazantes, y chorros de agua brotaban de las junturas del casco, aflojadas por la sacudida y estrujadas por la creciente presión del agua. Capes no pudo abrir la puerta de la sala para buscar ayuda, y supuso que el otro lado ya se había inundado. El submarino, herido de muerte, continuó descendiendo hasta que, con un ruido «capaz de destrozar los nervios», chocó con el fondo marino.

Capes miró el indicador de profundidad: marcaba ochenta y cinco metros bajo la superficie. Incluso usando la cápsula de escape que había en la misma sala, se antojaba imposible llegar con vida a la superficie desde tan abajo. La descompresión lo mataría. Aun así, no tenía elección: la otra opción era no usar la cápsula y morir ahogado. Abrió la escotilla de escape; la cápsula parecía intacta y no se había llenado de agua. Ayudó a los otros tres hombres a entrar; todos se pusieron el «aparato de escape de Davis», esto es, la mascarilla. Después, Capes activó el mando que separaba la cápsula del submarino. Pese a que el alto mando había dado orden de bloquearlas, Capes dijo que la del Perseus no lo estaba, porque se soltó e inició el ascenso hacia la superficie. Fue un penoso trayecto; las temidas burbujas de nitrógeno empezaron a formarse en su corriente sanguínea y una insoportable agonía se apoderó de él: «El dolor se volvió desesperante; mis pulmones y todo el resto de mi cuerpo parecían estar a punto de estallar en pedazos». Cuando la cápsula alcanzó la superficie, sin embargo, no solo estaba vivo, sino que continuaba consciente; eso no era garantía de supervivencia, pues los efectos de la descompresión podrían matarlo incluso horas después, pero al menos no había perecido en el ascenso como sus tres compañeros, que eran ya cadáveres cuando la cápsula flotaba en el frío mar Jónico.

John Capes se había quedado, pues, solo. En la distancia, pese a la oscuridad, pudo distinguir las elevaciones de la isla de Cefalonia, que estaba a unos ocho o diez kilómetros de distancia. Todavía llevando la máscara, empezó a nadar. En algún momento perdió la consciencia, pero la corriente terminó de llevarlo hacia la playa. Allí lo encontraron los lugareños, quienes lo mantuvieron oculto durante año y medio, llevándolo de casa en casa, compartiendo con él los muy pocos recursos de que disponían en una época de aguda escasez. Grecia, ocupada por el ejército italiano, era tierra muy peligrosa para un marinero aliado, pero Capes dijo que «siempre, en los momentos de desesperación, algún isleño, absolutamente pobre pero amistoso y patriota, arriesgaba su vida y la de su familia por mí. Uno incluso me dio su más preciada posesión, una burra llamada Mareeka. Aunque había una condición: tuve que tomar el solemne juramento de no comérmela». Capes, tan hambriento como los griegos que lo protegían, perdió treinta kilos durante aquellos dieciocho meses.

La Royal Navy tuvo noticia de que un marinero inglés se ocultaba en Cefalonia y consiguió rescatarlo en la primavera de 1943, en una operación propia de una película: enviaron un barco de pesca que lo sacó de la isla, y, para evitar los peligros de unas aguas costeras infestadas de enemigos, el barcucho efectuó un amplio rodeo de setecientos kilómetros para alcanzar las costas turcas sin ser detectado. Desde Turquía Capes pudo por fin viajar hasta Alejandría para reincorporarse a su antiguo puesto de fogonero mayor en el HMS Thrasher. Nadie, que se supiera, había sobrevivido a un ascenso como aquel desde más de treinta metros, mucho menos desde ochenta y cinco. Y era bien sabido que las cápsulas de escape ya no se usaban. Que John Capes afirmase haber escapado era como pretender que había regresado desde la tumba. Pero nadie podía probar que mentía, y los griegos que lo habían rescatado dieron testimonio de que Capes había naufragado llevando puesta la máscara Davis, y que había estado en la isla todo aquel tiempo, oculto, pero sin pretender escaquearse del servicio. En la Royal Navy no pudieron desmentir su versión, pese a los elementos sin duda increíbles que contenía, así que Capes fue condecorado. Eso sí, cuando su historia corrió de buque en buque, casi todos en la Marina lo tildaban abiertamente de mentiroso.

Terminada la guerra, Capes insistió en que su relato era verídico. Incluso escribió artículos en prensa para justificar su historia, pero su reputación continuó manchada durante décadas. John Capes murió en 1985, a los setenta y cinco años de edad, sin haber conseguido convencer a su país de que era un auténtico héroe de guerra y de que su condecoración, concedida a regañadientes, era merecida.

Doce años después de su muerte, en 1997, un equipo de buceadores griegos descubrió un submarino hundido frente a las costas de Cefalonia. Era el HMS Perseus. Reposaba sobre el fondo marino, en posición casi vertical, tal y como Capes había descrito en su día, y mostraba un boquete en el casco que parecía producto de una mina. En la sala de máquinas, al contrario que en el resto del submarino, no había cadáveres, y la cápsula de escape había desaparecido. Los buceadores vieron un tubo lanzatorpedos en el que había instalada una litera. Cerca de ella encontraron una botella de plástico que todavía contenía algo de ron. Todos los detalles coincidían con la historia de Capes, excepto uno: el submarino estaba hundido a cincuenta y dos metros de profundidad, treinta menos de los que él había dicho. ¿Por qué, si estaba diciendo la verdad, ya de por sí increíble, había exagerado la profundidad para hacerla todavía más difícil de creer?

Los buceadores también encontraron respuesta: algunos de los viejos aparatos de la sala de máquinas, como la brújula, todavía funcionaban. El indicador de profundidad, sin embargo, parecía haberse roto durante el hundimiento. Y, medio siglo después, la aguja continuaba atascada en la misma cifra que John Capes había visto antes de abandonar el Perseus: ochenta y cinco metros. Desde aquel día, el Reino Unido le dio a Capes, ya sin tapujos, la categoría de héroe. Él no llegó a vivir para contemplar ese momento, pero al menos había sido uno de los pocos hombres que había experimentado uno de los mayores milagros de la guerra: salir vivo del hundimiento de un submarino.

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4 comentarios

  1. Eduardo

    Qué buena historia. Gran artículo, enhorabuena, me ha encantado.

  2. Asterisco

    Fantástica historia. Muchas gracias

  3. Constantino

    No conocía este incidente. Impresionante lectura. Gracias.

  4. daniel

    Durante un rato, he recordado el placer de la lectura de aventuras,
    puravida!

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