Conversaciones con suicidas

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Alfonsina Storni en Mar del Plata en 1924. Foto: Archivo General de la Nación Argentina (DP).

¿Saltó Safo desde la última roca? ¿Fue capaz de asumir que nunca podría olvidar el amor no correspondido? Al escuchar un canto de sirena, el suicida siempre se la imagina bella, atractiva, necesaria. Alfonsina Storni reflexiona al respecto sentada sobre la arena de la playa de La Perla, en Mar del Plata. Ha dejado todo atado, muy bien atado. Se las ha ingeniado para que su hijo no sospeche la verdad: su madre se ha escapado del hotel para observar el mar en calma, aunque el joven crea que solo se trata de una noche más. Pero Alfonsina sabe que no. Alfonsina y, por supuesto, también Safo. Porque Safo es la poesía, se dice. Ella alcanzó la plenitud que nadie alcanzaría más tarde, por lo que su salto al vacío desde la roca estaba más que justificado. Y si la poesía, como diría después Jaime Gil de Biedma, es el único recurso para dialogar a la vez con tus contemporáneos y con tus antepasados, quién sabe si esto no es ahora un diálogo. Alfonsina sonríe, y sobre la escena sobrevuelan unos versos de la diosa de Lesbos:

Bajo tierra estarás,
nunca de ti, muerta,
memoria habrá.

(Safo)

Al cerrar los ojos, su memoria estalla. Recuerda las últimas tardes en el mundo real. Allí, la misma roca desde la que un día se suicidó Safo es utilizada hoy para apedrear a un amigo de Alfonsina: su querido Leopoldo Lugones. El viejo había acompañado su suicidio con la dosis perfecta de whisky. Todo suicidio debería acompañarse con whisky, pensó. Alfonsina lo recuerda perfectamente: el sucio bistró en Buenos Aires, vasos vacíos y los versos del Martín Fierro sobre la mesa. Pocos meses más tarde, Lugones sería encontrado muerto en un lugar tan sucio y maloliente como aquel viejo bistró porteño. Sobre la mesilla que hubo de presentarse como testigo al suicidio encontraron la botella de whisky, un vaso de agua, las huellas del cianuro y un texto que comenzaba así: «No he podido terminar el libro». El tiempo no se detiene: habían transcurrido ocho meses desde el suicidio de Lugones hasta la escena que ahora protagoniza Alfonsina, que sigue mirando al mar sin inmutarse.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
Su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
Que la muerte es así…, que así es la vida.

(Leopoldo Lugones)

También llega hasta la mente de Storni la agradable compañía de su querido Quiroga. Su historial suicida es inigualable: Horacio ha visto cómo su padre, su padrastro, su mujer, su mejor amigo y, por supuesto, su admirado Lugones eligen la puerta del suicidio para escapar de un siglo, el XX, que solo cumple treinta y seis años y ya decepciona. Las muertes de Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones están separadas por pocos meses y, sin embargo, tanta distancia… El suicidio cuenta con la seducción de lo desconocido: el vértigo empieza a atraer y deja de empujar. Para Horacio, sin embargo, la muerte era más un auxilio, la trama, el medio y no el fin. Así se lo había reconocido Alfonsina años atrás, con unos versos tan magistrales como premonitorios.

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.

(Alfonsina Storni para Horacio Quiroga)

Pero Gil de Biedma no sabe que la poesía no solo te permite dialogar con el pasado y el presente, sino también con un futuro que tiende a repetirse. Es por eso que Alejandra Pizarnik, varias décadas más tarde, escribiría en su diario un renglón definitorio: «Todos los años el mar realiza un acto de alegría. La causa: la posesión de su amada Alfonsina Storni». Porque el mar que ahora observa Alfonsina es el mismo que más tarde quiso arrastrar a Pizarnik. Y ella, solícita, dedicó gran parte de su vida a describir en un papel la atracción que esa masa de agua provocó en su ánimo. La muerte sobrevuela el poema de Alejandra, dictando esos versos que solo el suicida sabe traducir. Los versos de Lugones, Quiroga, Pizarnik y Storni siempre estuvieron ahí, pero fue necesaria la puerta del suicidio para que entraran en la literatura.

Un septiembre cualquiera alguien vio cómo el cuerpo de Pizarnik se había plegado ante decenas de barbitúricos. En uno de sus cuadernos, había escrito: «no quiero ir nada más que hasta el fondo». Y en el fondo, por primera vez y para siempre, había sitio para Alejandra.

Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.

(Alejandra Pizarnik)

Ni siquiera Julio Cortázar, íntimo amigo, fue capaz de ahuyentar los fantasmas que envolvían la frágil mente de Pizarnik. Se escribieron a menudo durante aquellas últimas noches, porque ella había dejado de contar como propios los días. «Yo te quiero viva, burra», le había escrito él, como desesperado por el rumbo de los acontecimientos que no llegaban. Ella había contestado: «Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de imposibilidad». A esas alturas, el espíritu de Artaud ya se había adueñado del futuro de Alejandra, y el mar estaba a punto de poseerla como, según la propia Pizarnik, había ocurrido con Alfonsina Storni. Dos meses después del suicidio de Alejandra, Cortázar recibió un sobre en cuyo interior reposaba una foto de ella tumbada sobre la arena, desnuda y tranquila. ¿Quién envió esa carta? Nadie lo supo nunca, aunque la única pista que hoy tenemos es la certeza, según sus propias palabras, de que Pizarnik nació muerta, y volvería solo cuando el amor la reclamase.

Puesto que el Hades no existe,
seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.

(Julio Cortázar para Alejandra Pizarnik)

Esto no le importa a Alfonsina, porque sabe que ella sigue ahí, al amparo de las olas. Las mismas olas que le habían dado título a una de las obras de su querida Virginia Woolf. Amaba a la escritora anglosajona. Ambas portando la bandera del modernismo, ambas haciendo del feminismo una forma de vida. A Virginia también le había atraído el flujo de agua que habría de llegar al fin. Porque el mar, dentro de esa corriente modernista que predicaron ambas, simbolizaba el fin, la muerte, el último estado. Para cuando Machado, otrora ilustre modernista, le hubo devuelto al mar la dignidad en plena guerra civil española («De mar a mar entre los dos la guerra»), Woolf y Storni ya se habían empapado de aquel final lo suficiente como para abrazarse a él por última vez. El caso de Virginia Woolf resultaría lo bastante dramático como para clavarse en este texto: se arrojó al río Ouse una primavera con los bolsillos repletos de piedras.

Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir.

(Virginia Woolf)

Las mismas olas que cruzaron por el párrafo anterior siguen transmitiéndole a Alfonsina la paz que no sintió fuera de ese mar que ahora observa a espaldas de su hijo. Muchos años después, Mercedes Sosa acabaría dedicándole una canción a ambos, al mar y a Storni, causando un revuelo sin precedentes en el mundo de la música. El tema fue versionado por cantantes tan dispares como Plácido Domingo, Calamaro, Serrat o Shakira. Del aquel polvo musical surgió el lodo del celuloide, dando origen así a la película que comparte nombre: Alfonsina y el mar, dirigida por David Sordella. La mirada hacia aquella vasta porción de agua se había hecho eterna.

Una voz antigua
de viento y de sal
te requiebra el alma
y la está llevando
y te vas hacia allá
como en sueños dormida,
Alfonsina vestida de mar.

(Mercedes Sosa)

No le quedan muchos más argumentos. Alfonsina se levanta y deja que el sonido lo cubra todo. Va paseando por la orilla, dejando sobre la arena una huella diminuta pero imborrable. Se reconoce en esa huella, como se reconocieron Safo, Lugones, Quiroga, Pizarnik, Cortázar, Machado, Woolf… Es la huella que la literatura ha dejado incrustada en la muerte. Introduce los pies en el mar, dejando que el agua le acaricie los tobillos con suavidad. La luz de la mañana ya golpea la escena, y ella puede verse reflejada en el ancho espejo. Cuentan que Gabriela Mistral, más tarde Nobel de Literatura, había sido avisada de la fealdad de Alfonsina cuando la poetisa chilena se empeñó en reunirse con ella. «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía, pues era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos», había exclamado Gabriela. Por primera vez, Alfonsina puede apreciar esa hermosura a través de su reflejo. Suspira. Vuelve a suspirar. Introduce sus piernas en el mar. Esta vez, el agua le llega hasta las rodillas.

Oh muerte, yo te amo, pero te adoro, vida…
cuando vaya en mi caja para siempre dormida,
haz que por vez postrera
penetre mis pupilas el sol de primavera.

(Alfonsina Storni)

Epílogo

El cadáver de Alfonsina Storni fue encontrado el 25 de octubre de 1938 sobre la arena de la playa de La Perla, en Mar del Plata. Su hijo se enteró del suicidio a través de la radio. Algunas teorías apuntan a que Alfonsina, como Safo, se arrojó al mar desde una roca. Otras, mucho más románticas, cuentan que la poetisa introdujo su cuerpo tranquilamente en el agua hasta desaparecer para siempre.

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4 Comentarios

  1. Recordar tu busto claro, tus omóplatos
    asomando como dunas en arenas con
    ventisca, esa forma de tu espalda y aquel
    bucle inquieto que todavía hoy se hamaca
    junto al salitre del aire y el ir y venir
    de las olas con los miles pensamientos
    de los que por aquí en soledad pasaron,
    a las gaviotas que flotaban fijas en el
    mar sin ninguna vela, la espuma de las
    crestas momentáneas y la bruma húmeda
    sobre el mar siempre embravecido.

    Del otro lado sigue estando la África, ¿No?
    preguntaste y tus ojos la buscaban
    en medio de la nada y sin gente en la playa.
    Era mucho mejor para vos el estar sola
    orillando el vientre primitivo de tu líquida
    y fría madre que te dio por hermana
    las amebas y los caracoles vacíos.

    (Qué ganas de volver a los orígenes,
    si no fuera por tu recuerdo ya me hubiera
    ido; cerrar los ojos felices, tomar el aire
    y entrar en el hogar líquido. Si se pudiera
    morir de alegría sin saber que se muere
    de tristeza, por esos milagros cotidianos
    de despertar y olfatear agua, arena y playa.
    Quisiera ser el antihéroe cobarde que huye,
    que abandona comandante y camaradas
    y se despega y desapega de todos, loco
    de alegría por el instinto de andar otra vez
    juntos con nuestros medios cuerpos desnudos
    descubriendo y abandonando las aguas).

    Un poeta cuyano, labrador y transformador de troncos en objetos cotidianos, sin morada fija, de buen beber y coloquio y con la justa dosis de misantropía.
    Merecido recuerdo de poetizas. Gracias por la lectura.

  2. Sólo una corrección: «Alfonsina y el Mar» es una canción con letra de Félix Luna y música de Ariel Ramírez; en bellísima versión de Mercedes, claro, pero no es de ella. Por lo demás, este artículo es todo lo que está bien.

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