Tablas en el Café de Rick

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Casablanca, 1942. Fotografía: Warner Bros.

La primera vez que aparece en pantalla Rick Blaine, el protagonista de Casablanca, está sentado frente a un tablero de ajedrez. A su lado, una carta abierta permite suponer que quizá se trate de una partida por correspondencia. La vida de Rick es tan complicada como las jugadas sobre las que cavila. Se ve obligado a jugar contra sí mismo, cada movimiento que hace para garantizar su propia supervivencia es un doloroso jaque a sus antiguos ideales. Expatriado estadounidense que regenta un club nocturno en Marruecos, colonia de la Francia ocupada por el III Reich alemán, sabe que nada puede dejarse al azar en un negocio como el suyo, en un lugar como ese. Pero la ciudad en la que vive, Casablanca, también es lugar de paso de los fugitivos que intentan huir a América para librarse de las garras del fascismo europeo. Rick es un tipo cínico y solitario que alardea de una completa carencia de principios y parece importarle poco lo que suceda en el mundo mientras su Café Américain continúe funcionando. Pretende no distinguir entre tiranía y libertad, entre dictadura y democracia. En un entorno donde cada vida humana tiene un precio asequible, él sobrevive porque no se compromete con nadie y paga su cuota a villanos y asesinos: mantenerse vivo y mantener abierto su negocio en la Casablanca ocupada es una interminable partida de ajedrez de sobornos, oscuros favores e innombrables alianzas. Pero nadie cree que Rick se haya transformado del todo, por mucho que reniegue de un pasado idealista que una vez lo llevó a combatir contra Mussolini en Etiopía y contra Franco en España.

La idea de que Rick fuese presentado al público como jugador de ajedrez antes que ninguna otra cosa fue idea del propio Humphrey Bogart. Según parece, la carta que aparece junto a él en la secuencia es de verdad una partida por correspondencia que estaba jugando durante el rodaje. El actor era un entregado ajedrecista, con un nivel de juego excelente para un aficionado, y durante sus años de aspirante a actor había llegado a ganarse la vida disputando incontables partidas en las que apostaba pequeñas cantidades de dinero. Ganaba la mayor parte de las veces. Según algunos ajedrecistas profesionales estadounidenses, Bogart fue una de las celebridades que mejor han jugado. En la pantalla se preciaba de lanzar mensajes con su tablero, aun sabiendo que pocos entre el público los captarían. En Casablanca, película cuyo principal mensaje político era mostrar apoyo a la Francia ocupada por los nazis, su personaje aparece jugando una apertura conocida como «defensa francesa».

La amargura y cinismo de Rick tienen poco que ver con los acontecimientos de un mundo hundido por la guerra. La mujer a la que amó, Ilsa, lo abandonó sin motivo aparente cuando escapaban del París recién ocupado por los nazis. Desde el instante en que ella le envía una carta de despedida, Rick se convence de que ya no cree en nada. Es un hombre herido cuyo desengaño ha dejado aflorar su lado más vulnerable, un rechazo a los ideales, una temporal ceguera. En la partida de ajedrez que es el argumento de Casablanca, Rick, al principio, se niega a jugar, encerrado en una actitud defensiva y escapista. Hasta que, despojado por sorpresa de su escondite emocional, reacciona y empieza a mover todas las piezas a su alrededor para que la historia desemboque en un desenlace que, aunque no es el que él desearía, sí le parece el más lógico.

En ajedrez, el enroque es la jugada mediante la que el rey, la pieza más importante pero también la más vulnerable del tablero, se protege de todo, flanqueado por una poderosa torre y por una casi indestructible muralla de peones. En circunstancias ideales, el rey permanecerá escondido allí hasta el final de la partida. Para el rival existen dos maneras de intentar deshacer un enroque. La primera requiere mucha paciencia, un plan minucioso y, a ser posible, el asalto a otras partes del tablero para obligar al defensor a dispersar su atención en varios frentes. Esta forma sistemática de atacar el enroque es la más razonable y segura, pero tiene un inconveniente: es tan lenta que el jugador atacado puede también organizar su propio plan ofensivo. Por ello, los ajedrecistas más impacientes prefieren buscar vías más rápidas de hacer las cosas. La otra manera de deshacer un enroque es mucho más directa, sí, y más efectiva cuando sale bien, pero tan incierta que puede conducir no a la derrota fugaz del atacado, sino a la derrota del propio atacante. Esto es lo que en ajedrez se llama «sacrificio»; entregar material propio a cambio de poder realizar un plan ofensivo rápido y fulminante. El atacante lanza alguna de sus piezas contra el muro de peones del enroque enemigo, dejándola morir para abrir una brecha en la fortaleza donde se esconde el rey. La pérdida de esa pieza, salvo que venga precedida por un plan maestro propio de genios del tablero, es una medida casi desesperada. En caso de triunfo, eso sí, produce algunas de las más bellas partidas que puedan concebirse. Y no hay sacrificio más bello que el de la pieza más poderosa y determinante del ajedrez; no hay sacrificio como el sacrificio de la dama.

Cuando Ilsa aparece en el Café Américain, Rick siente que su enroque, su escondite emocional, se tambalea. Ha aparecido la dama, única pieza que dispone de poder suficiente para hacer temblar sus cimientos. Rick a duras penas consigue ocultar lo que siente; incluso deja, pese a sí mismo, que aflore su orgullo herido, reaccionando con un brutal insulto cuando ella intenta explicarle por qué lo abandonó. No parece preparado para olvidar. Pero pronto recupera su ficticia máscara de cínica frialdad, retorna a su actitud de negarse a jugar. Sí, sabe que cuando un ajedrecista se niega a llevar la iniciativa el único resultado posible es la derrota, porque el ajedrez premia los pasos adelante, nunca los retrocesos. Pero también sabe que cuando un paso adelante es erróneo, nunca podrá ser corregido y el jugador ha de asumir las consecuencias. Pero de nada sirve a Rick enrocarse ya. Aunque durante mucho tiempo se ha sentido traicionado, descubre que Ilsa es una mujer leal que le abandonó para volver con su marido, un hombre admirable al que creía muerto cuando ella y Rick mantuvieron su romance. Cuando la casualidad hace que ambos se encuentren en Casablanca, ella es consciente de que sigue enamorada de Rick.

Para un ajedrecista, conseguir capturar la dama rival es, casi siempre, el más fácil camino hacia la victoria. Pero el jugador también sabe que ningún rival de consideración entregaría su dama si eso no formase parte de un plan elaborado. Así, lanzar la dama contra un enroque para destruirlo y obtener el triunfo es la más celebrada, por difícil, hazaña táctica del juego. Es muy difícil ganar sin la dama cuando el rival conserva la propia; por eso, cuando un buen jugador la sacrifica, cabe sospechar que la entrega tiene trampa. Todo jugador experimentado se torna suspicaz ante tal sacrificio. Por instinto y por sistema, el ajedrecista necesita convertirse en alguien capaz de rechazar las recompensas fáciles e inmediatas, alguien capaz de no tomarlas con ansia sin antes indagar sobre las posibles consecuencias. Rick es un hombre enamorado, pero también es un buen jugador de ajedrez. Cuando Ilsa siente su amor reavivado y se entrega desesperadamente para conseguir derribar su enroque, Rick se muestra, para sorpresa del espectador, cauteloso. Por fin puede recuperar a la mujer por la que tanto ha sufrido, pero cuando esa victoria parece tan cerca, decide no aceptar la entrega de la dama. Sabe que hacerlo conducirá a la derrota.

Rick despierta de su letargo. Empieza a jugar, a tomar decisiones. Sabe que la dama, dispuesta todavía a sacrificarse por amor para sacarlo a él de su enroque, no aceptará que su sacrificio sea rechazado. Así que decide engañarla. Hace que ella crea que ambos huirán juntos. Engaña a las autoridades locales. Engaña a todos cuantos le rodean, como un buen jugador, para mover las piezas a su antojo, tejiendo un plan para que Ilsa escape a América junto a su marido y pueda así salvar la vida. Como la ama, prefiere que escape con otro a que muera con él. Y calcula sus movimientos como si estuviese ante el tablero, por fin empieza a ver las cosas claras. Acepta que no siempre se puede ganar. «Siempre nos quedará París» es la frase del ajedrecista que ofrece la mano a su rival, acordando un empate que no agrada a ninguno, pero que resulta ya inevitable. Ella, con una de las miradas más tristes que se recuerdan, accede a estrecharle la mano. Rick, el jugador de ajedrez, ha permitido que la inteligencia vuelva a reinar sobre el orgullo. Ha hecho lo más difícil, ha rechazado a la dama. Solo, podrá buscar un enroque en otra parte. No se puede ganar siempre y la partida del gran amor de su vida, qué se le va a hacer, acaba en tablas.

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5 Comentarios

  1. ¡Qué buen artículo! No conocía lo del ajedrez de Bogart y desde luego es una forma diferente de ver Casablanca, realmente interesante. ¡Gracias!!!!

  2. Hizo usted que anoche volviera a ver Casablanca y que, sorprendentemente, la disfrutara mucho. Tenía recuerdos de somero aburrimiento con ella, y hacía más de 20 años que no la veía.

    Gracias.

  3. Espero que te estén pagando por tus artículos y, además, a base de bien, porque tú estás siendo la revista.
    Felicidades.

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