
Viene de la segunda parte.
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La juventud y la belleza que entran por los sentidos, sostenía Boccaccio, contribuyen a la perfección de las facultades del alma. Lo sensorial y lo perecedero nos llevan de la mano hacia lo espiritual y lo inmortal. En principio, y solo en principio, parece ser el camino a la inversa el recorrido por Gustav von Aschenbach, el atormentado e inolvidable héroe de Muerte en Venecia. Nada tan esclarecedor o tan ambiguo, en este sentido, como la ensoñación por la que el protagonista de la novela de Thomas Mann se transforma en un Sócrates apócrifo dirigiéndose a su discípulo Fedro [1]. Aunque el extracto ha sido ya referido una y mil veces, retomo aquí sus primeras palabras: «Porque la belleza, Fedón, nótalo bien, solo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu».
Maravillosa afinidad de pensamiento entre los jóvenes boccaccianos y el intelectual decadente nos resulta este comienzo. ¿Por qué entonces, al continuar leyendo, advertimos que los argumentos de Aschenbach se apartan de esta incipiente confluencia para llevarnos, precisamente, a su contrario?: «Pero, ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna vez sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que este es un camino peligroso, un camino de pecado y perdición, que necesariamente lleva al extravío? Porque has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; (…) ¿Comprendes que necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser necesariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos?».
Se han escrito comentarios y análisis sin fin sobre el sentido de este extracto y su relación con el resto de la obra y, en concreto, sobre la verdadera interpretación del alma de Aschenbach. A mi juicio, ese «abandono la decisión a tu criterio» hace vano cualquier conato de conclusión definitiva. Pues, como mínimo, el lector se preguntará: ¿le es posible al poeta crear algo sublime y digno de ser recordado, sin ese extravío que lo vuelve como mínimo inapropiado para la aceptación social? Sin la sombra de Eros cerniéndose sobre su propia sombra mortal, ¿puede obrarse ese milagro? ¿Y no existimos todos los demás gracias a esas obras que le ponen visión, música y palabras a lo que sentimos, soñamos y anhelamos también más allá de la versión socialmente aceptada de nosotros mismos?
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Estupendo artículo y estupendos poemas.
Una prosa cautivante, señora. De su poema, con ese inicio de estupor y curiosidad, supe “a priori” que encontraría otras de las tantas y mínimas partículas sensoriales, sobre todo sonoras para dar, no digo un sentido, pero por lo menos mi aprobación a esta maravilla que nos rodea y de la cual, a menudo creemos no ser parte por el solo hecho de poseer una conciencia, pero me disculpe por lo siguiente: esa rayita, ese guion para intercalar otro pensamiento o una aclaración tan común en la traducción de los clásicos, y tanto en estos como en su excelente poesía, me ha despertado de la ensoñación del recorrido verbal y visivo de las palabras llamándome a una realidad inoportuna. Lo reconozco, es una nimiedad, una subjetividad mía y estoy seguro de que entenderá. Al fin y al cabo, es solo literatura, nuestro diario íntimo y espejo continuo.
He ido acumulando cosas hasta
encontrarme viejo, ropas de rebeldía,
zapatos que iban o venían siempre
en retirada porque desde lejos ya veía
mis espaldas; joyas pocas, las necesarias
para no llorarlas al entregarlas,
amores inoportunos, por ellas o por
algún otro, pero para qué lamentarse:
he venido a este mundo para construir
desde nidos hasta catedrales, consciente,
recién ahora, de viejo de los daños colaterales.
Muchísimas gracias por la lectura.