Brujas, jueces, actores: diez hombres amotinados en Hollywood

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Dalton Trumbo ca. 1968. Fotografía: Cordon Press.

Hubo dos testigos a los que les fue muy bien ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Uno de ellos era actor, no muy exitoso, que cantaba y bailaba… su nombre era George Murphy. Se convirtió posteriormente en senador. Otro también actuaba, pero su carrera declinaba por entonces. Se llamaba Ronald Wilson Reagan y llegó a gobernador de California. Además, había un joven miembro en el Comité, apenas un novato… Era un tal Richard Milhous Nixon, que acabaría como presidente de Estados Unidos. Así que, bueno… creo que, después de todo, tuvimos suerte de que solo nos cayera un año de cárcel.

Al habla James Dalton Trumbo (Colorado, 1905-Los Ángeles, 1976). La cita pertenece a una charla que el escritor y guionista dio en UCLA en 1972 —por eso menciona a Reagan solo como gobernador—. Por entonces, Trumbo había ganado dos Óscar aunque prácticamente nadie lo supiera. Ninguno llevaba su nombre ni este aparecía en los créditos. Hasta 1975 no se le hizo entrega del premio por el guion de El bravo (1956) —justo un año antes de morir— y hasta 1993 la Academia no le otorgó de manera más que póstuma la estatuilla por Vacaciones en Roma (1953). Trumbo escribió ambos guiones aunque no los firmara. Estaba en la lista negra de supuestos comunistas señalados por el Comité de Actividades Antiamericanas después de la Segunda Guerra Mundial y trabajaba clandestinamente. 

«Trescientos sesenta y un represaliados en total, sesenta y cuatro delatores, veintiún rehabilitados sin delatar, treinta y cuatro inquisidores y colaboradores y veinte personas ajenas a los anteriores grupos», contabiliza el escritor Javier Coma en su libro Diccionario de la caza de brujas: las listas negras de Hollywood (Inédita). Una porción de la historia de la guerra fría algo menos conocida que el cuadro general de persecuciones políticas y sociales; y, en cualquier caso, rica en nombres y circunstancias, chismes y desgracias en el morboso mundo del cine.

Pero Trumbo no fue un simple represaliado. Formó parte de un grupo de diez hombres de la industria que, además de ser los primeros en pasar ante el Comité como acusados, no mintió, negó o dijo la verdad total o a medias, como harían decenas de hombres y mujeres. Trumbo y los otros nueve se negaron a responder a ciertas preguntas acogiéndose a su libertad de conciencia. Fueron los Diez de Hollywood. 

Entrevistas de trabajo

Es un error común vincular directamente el macartismo con la represión anticomunista en la industria de Hollywood. La acción del senador Joseph McCarthy poco tiene que ver con unos procesos que se produjeron antes, sobre todo a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. McCarthy, por su parte, no obtuvo la presidencia de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado (desde donde llevaría a cabo su famosa labor inquisitorial) hasta 1953. Son, por tanto, historias diferentes. Aunque con semejanzas y vasos comunicantes inevitables. 

El cine estadounidense en los años treinta era un sector con altas cotas de sindicalismo y politización. Son los tiempos intervencionistas del New Deal del presidente Roosevelt. Una fuerte bajada de sueldos en 1932 y la posterior creación de varias asociaciones y grupos de presión (como el Sindicato de Guionistas) afianzaron al gremio como un colectivo fuerte y en ascenso; de difícil lidia para los directivos de los estudios y de los más izquierdistas del país, sin que ello signifique, como se dijo vulgarmente, que fuera un nido de rojos. En paralelo, y ante el crecimiento de ciertas ideologías, Estados Unidos se armó con algunos organismos y leyes (como el puritano Código Hays de censura en el cine o la Smith Act, que prohibía la enseñanza del comunismo) en defensa de su sistema político pero también de cierto tradicionalismo y celoso estatus. El estallido de la Segunda Guerra Mundial paralizó temporalmente un conflicto doméstico larvado, de fuerzas centrífugas, que, con considerable probabilidad, iba a despertar si tanto estadounidenses como soviéticos salían reforzados de la guerra. Como así fue. Un problema tanto dentro como fuera del país.

En 1938 se creó la Comisión de Actividades Antiamericanas (HUAC por sus siglas en inglés), un comité investigador de actividad subversiva (tanto fascista como comunista) adherido a la Cámara de Representantes de EE. UU. Hasta 1947, con el nuevo mapa bipolar global y su creciente tensión, no se pone en marcha con verdadera virulencia. En el verano de dicho año, el presidente del Comité, John Parnell Thomas, supo dónde y a quién acudir primero. En una ronda de consultas en el Hotel Biltmore de Los Ángeles, Thomas obtuvo de los directivos de cine las primeras pistas para iniciar una limpia. Los primeros nombres para las citaciones del comité. Los primeros agraciados de un sector, en efecto, bajo sospecha.

En septiembre comenzó el show —y la palabra no está escogida por casualidad—. Las vistas del HUAC eran un ruidoso espectáculo con más de cien periodistas de todo el país, donde una palabra más alta o ingeniosa que otra provocaba vítores, aplausos o abucheos. Primero comparecieron los afines. Directivos como Jack Warner, productores como Walt Disney o actores como Gary Cooper. A este último le preguntó el comité: «Como persona relevante en su campo, ¿creería apropiado que el Congreso aprobara una ley que prohibiera el Partido Comunista en EE. UU?». Cooper respondió: «Creo que sería una buena idea. Pero no sé, nunca he leído a Marx y no conozco las bases del comunismo». Los actores Robert Taylor y Adolphe Menjou no fueron tan diplomáticos. «Si por mí fuera los mandaría a Rusia o a cualquier otro sitio desagradable», afirmó el primero. El segundo sentenció bravucón entre carcajadas de la sala: «Que se vayan a Texas. Allí los matarían nada más verlos». 

Sentar en un tribunal a personalidades del espectáculo (ya fueran testigos o acusados) garantizaba irresistibles cotas de atención mediática. Y por tanto de propaganda eficaz. «Es de esperar que los comunistas intenten desesperadamente hacerse un hueco en la industria del cine, ya que se trata de una poderosa arma de educación», aseguraba el mencionado Parnell Thomas. Con todo el país mirando, aquello no era un simple interrogatorio, sino una competición de adhesión y patriotismo. Una especie de entrevista de trabajo donde ganaba más réditos el más convencido anticomunista y el que fuera capaz de aportar más nombres pública o privadamente. Las delaciones eran la clave del mecanismo. «Sabíamos que no era solo cuestión de si tú eras comunista o no», explica el guionista Ring Lardner Jr, uno de los acusados. «Sabíamos que la siguiente pregunta iba a ser: “¿Y quién más?”».

Lauren Bacall y Humphrey Bogart lideran una marcha contra la caza de brujas en octubre de 1947. Fotografía: Corbis.

Los Diez de Hollywood

La primera lista negra la formaban diecinueve personas, aunque al final solo once fueron llamados a declarar. Eran siete guionistas, dos directores y un productor (Lester Cole, Dalton Trumbo, Alvah Bessie, Ring Lardner Jr, John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Herbert J. Biberman, Edward Dmytryk y Adrian Scott). Además, el acusado número once era el dramaturgo alemán Bertolt Brecht. Trumbo, retomando esa conferencia en UCLA, explica bien la surrealista suerte de Brecht aquellos días de 1947: «Él ya tenía experiencia con ciertos comités alemanes… Su testimonio fue espléndido. La comisión intentaba descifrar el significado revolucionario de su poesía y Bertolt les corregía mezclando inglés y alemán, y no se entendía nada. A la mañana siguiente, estaba de vuelta en Suiza. Perdimos un gran artista». Fue el primero de muchos creadores que se marcharon en camino inverso a los Wilder, Preminger o Lang de los años treinta, que dejaban atrás la Alemania nazi. Brecht no fue el único. Charles Chaplin o John Huston también continuaron sus carreras en Europa algunos años después, así como muchos otros artistas de varias disciplinas.

Trumbo continúa el relato de aquellos días anteriores a la vista: «Hablamos entre nosotros, cerramos filas y decidimos, al modo sindical, votando por unanimidad, que si se nos preguntaba a alguno de nosotros sobre cuestiones de conciencia, nos acogeríamos a la 1.ª Enmienda. No responderíamos». 

Una vez delante de los magistrados, los Diez fueron fieles a lo convenido. «¿Perteneces o alguna vez has pertenecido al Partido Comunista?». El guionista Albert Maltz respondió: «Después me preguntará por mis creencias religiosas… y si no le gustan, presionará a la gente de la industria para que no me den trabajo». Asediados por estas cuestiones, unos callaban, otros hablaban de otra cosa y algunos replicaban airadamente mientras el presidente del comité agitaba furioso su mazo recriminando al acusado, casi como un reproche paternal, una regañina con público, que no estaba contestando. «Sí que estoy respondiendo», espetó Trumbo. «Reto a la Comisión a que presente pruebas contra mí». Cuando el interrogatorio degeneraba en una bronca sin final, se llevaban de allí al acusado.

«Nos dijimos a nosotros mismos que esto no debería pasar», dijo Humphrey Bogart. «Vimos a policías llevarse a ciudadanos como si fueran criminales tras negarles el derecho a defenderse (…) Cada vez que el mazo del señor Thomas caía, golpeaba la 1.ª Enmienda de nuestra Constitución». Unas quinientas personalidades del cine norteamericano, entre los que estaban Bogart, Lauren Bacall, Henry Fonda o Gene Kelly, entre muchos otros, apoyaron públicamente a los acusados. Veintiocho de ellos cruzaron el país para estar presentes en el lugar del juicio, Washington D. C., dando visibilidad aquellos días al llamado Comité de la Primera Enmienda.

Según cuentan los propios protagonistas en un documental de la cadena PBS estadounidense (Legacy of the Hollywood Blacklist [1987]), la moral era alta y había confianza en tumbar legalmente la acción del HUAC, que creían anticonstitucional. «Los mejores abogados de la ciudad pensaban que ganaríamos», asegura Trumbo. Pero la fuerza de la patronal era enorme. En noviembre, los directivos se reunieron en el Hotel Astoria para alinear voluntades. El mensaje posterior, emitido por televisión, produjo una descomunal disuasión. «Serán despedidos sin compensación, y nunca más volverán a ser contratados, ninguno de los Diez de Hollywood, mientras no sean absueltos, colaboren o declaren bajo juramento que no son comunistas», avisaba Eric Johnston, presidente de la Motion Picture Association. El aviso valía para todo el gremio. «Desde ese momento», asegura Ring Lardner Jr, «el apoyo empezó a decaer». Incluido el de un Humphrey Bogart que en pocas semanas terminó escribiendo un artículo titulado «No soy comunista».

Los Diez fueron condenados. El Comité de Actividades Antiamericanas los procesó por desacato al Congreso de Estados Unidos y obstrucción a la justicia. El recurso al tribunal de apelación de Washington no prosperó, como tampoco lo hizo la apelación al Supremo de EE. UU. —no resuelta hasta 1950—. La condena: mil dólares de la época como multa y un año de cárcel. 

Bodas y desgracias

Consumado el castigo, la voluntad de los Diez de Hollywood se acabó quebrando por uno de sus eslabones. Era previsible dada la presión y el coste personal. En la primavera de 1951, el realizador Edward Dmytryk reculó. Pidió testificar ante el HUAC, reconoció su breve pertenencia al Partido Comunista en 1945 y delató a veintiséis compañeros supuestamente subversivos. El premio: su pena de prisión se quedó en seis meses y pudo rehabilitar su carrera profesional con mucha mayor rapidez que sus compañeros. «No quise ser un mártir de una causa en la que no creía», aseguró. En 1954, Dmytryk estrenaba El motín del Caine, con un tal Humphrey Bogart como rutilante protagonista.

La suerte de los Diez fue cruel en general. Una vez salieron de la cárcel, quedaron estigmatizados personal y profesionalmente. Sus filmografías se ralentizaron, algunas se detuvieron y desde luego se volvieron precarias. El exilio y el trabajo clandestino fueron recurso obligado para la mayoría. Algunos guionistas siguieron escribiendo utilizando tapaderas, nombres de personas que prestaban su identidad para firmar y vender unos guiones que no escribían; una suerte de negro literario para el cine. Lo ilustra bien la película The Front (1976), en la que Woody Allen hace de un buscavidas que quiere notoriedad y se presta para firmar los guiones de su amigo perseguido, un tal Arthur Miller. Un caso cercano a lo real porque el dramaturgo neoyorquino también fue señalado en la época y llamado a declarar.

Acaso Dalton Trumbo, sarcástico y desafiante, quizá el gran talento de los Diez (como mordazmente insinuaría Billy Wilder), representa el mejor ejemplo de tenacidad y éxito posterior. Siguió trabajando en su retiro forzado en México, junto a su familia, utilizando una decena de seudónimos distintos. Su labor no palideció. Lo atestiguan los dos Óscar ganados en secreto, como contábamos al principio, y una contribución esencial y testaruda a que la realidad se fuera imponiendo a la psicosis. En 1960 culmina su progresivo regreso a la vida pública (con las mareas políticas ya más calmadas) de la mano del actor y productor Kirk Douglas. Douglas estaba empeñado en contratar a Trumbo para llevar al cine la novela Espartaco (su autor, Howard Fast, también acabó en la cárcel, por cierto) y, de paso, dinamitar en lo posible la creciente hipocresía de una industria que seguía contratando a los apestados sin reconocerlo ni reconocerlos. El objetivo principal era que el nombre de Trumbo volviera a iluminarse en una gran pantalla. Como así sucedió. El estreno de la película es la fecha que algunos historiadores utilizan para marcar el final de la caza de brujas como proceso en general.

No deja de ser irónico, en cualquier caso, que dos de los grandes impulsores de estos procesos (Parnell Thomas al frente del HUAC y McCarthy capitaneando su subcomisión del Senado) acabaran mal y prematuramente, el primero en la cárcel en 1950 por fraude y el segundo completamente chamuscado por la ambición de investigar y señalar a importantes militares. McCarthy murió solo en 1957 a los cuarenta y ocho años y entre grandes problemas con el alcohol. Acaso representan el furor de una época que quizá pudo haberse detenido bastante antes. «Si el Tribunal Supremo hubiera revocado en su momento la sentencia de los Diez, quizá el macartismo posterior hubiera perdido gran parte de su soporte y su fuerza», reflexiona años después Albert Maltz.

Para 1955, la lista negra de Hollywood había crecido hasta alcanzar una cifra cercana a las doscientas cincuenta personas. Posiblemente el récord de más nombres saliendo de una sola boca pertenece al guionista Martin Berkeley, con ciento sesenta y dos delaciones de supuestos comunistas. El número de damnificados se multiplicó, con casos especialmente duros como el de John Garfield, que falleció por un infarto a los treinta y nueve años (la leyenda negra asegura que producido por el estrés de su proceso de acusación), o el del matrimonio Rosenberg, ejecutados por espionaje en 1953. Hay también algún suceso simpático al otro lado del río, como el de la segunda esposa de Ronald Reagan, la actriz Nancy Davis, que formaba parte de las listas negras por error. Reagan consiguió que la borraran y decidió casarse con ella para evitar rumores. Con sus nupcias, medras y delaciones, la Norteamérica reaccionaria fue más o menos coherente consigo misma, aunque aquello de cazar brujas terminara quedando trasnochado en unos años. Al contrario, la izquierda, en célebre cita de Orson Welles, se traicionó para salvar sus piscinas.

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2 comentarios

  1. Me ha encantado el artículo, está muy bien documentado. No conocía esta caza de brujas de Hollywood. Me parece terrible lo que se le puede hacer a otro ser humano solo por tener ideas diferentes.

    • pues pasa todo los días en Cataluña, desde hace años, por no ser independentista, o por no ser de la cuerda de los que mandan en La Vanguardia.

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