El nacimiento del narcotráfico en Galicia: una historia de amor

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Foto: DP.

Seguro que la mayoría de ustedes habrán escuchado más de una y mil veces aquello tan manido de que el dinero solo trae desgracias, sobre todo en boca de quien no tiene el suficiente o, por el contrario, de quien acumula demasiado. Quizás ha llegado la hora de advertir a sus detractores que más desgracias trae el amor, y sin embargo no tiene tan mala fama como el crujiente y cálido peculio. Galicia es un excelente ejemplo de tal afirmación, asolada desde hace décadas por una plaga de proporciones bíblicas todavía por extirpar y denominada narcotráfico que, como podrán comprobar en las próximas líneas, se inició del modo más impredecible y cándido posible: gracias a una sencilla, salvaje y terriblemente inoportuna historia de amor. 

Vilanova de Arousa es un pequeño municipio costero situado en la parte occidental de la comarca de O Salnés al que alguien, no recuerdo exactamente quién, definió una vez como la tierra de los tristes. Ahí fue donde nació y se crio Adelaida, la pequeña de seis hermanos e hija de Manuel y Josefa, en aquellos años ilustres y respetados vecinos de la villa, aunque no faltará quien afirme que el estatus de la familia no ha cambiado demasiado a lo largo de todo este tiempo, pese a todo lo llovido. 

Quienes conocieron a la Adelaida de entonces cuentan de ella que era una persona bastante tímida, de trato agradable y con un punto de ingenuidad que es posible achacar, simplemente, a su tierna edad. Algunos la recuerdan guapa, muy guapa. Otros van más allá y aseguran que era tremendamente atractiva, pese a no contar por entonces con la edad suficiente como para explayarse ahora en las explicaciones sin parecer un depravado sexual. Lo que todos recuerdan como un estribillo de canción del verano es que su pelo negro contrastaba de manera hermosa con su piel clara y delicada, que tenía algo especial en la mirada y que nunca le faltaron pretendientes que la cortejaran en aquellas sesiones de tarde de la discoteca Tótem, donde las jóvenes parejas se besaban acurrucados sobre unos cómodos, y en penumbra, sillones de escay.   

En la plaza de las Palmeras, frente a los ojos inexpresivos de un busto de Ramón María de Valle-Inclán, el nativo más ilustre de Vilanova, se produjo una explosión de euforia vital como nunca se había visto en ningún pueblo de la zona. Allí se reunían las primeras pandillas de jóvenes vilanovenses que comenzaron a coquetear con las drogas. Ángel, uno de los pioneros, había regresado desde San Sebastián a la tierra de sus padres para trabajar a bordo de un barco remolcador propiedad de la empresa familiar. Él fue el primero en introducir LSD y hachís en el pueblo. Solía viajar hasta Ketama, en Marruecos, de donde regresaba con cinco o seis kilos de hachís para sostener su propio consumo y trapichear con los amigos, nada especialmente lucrativo. El ácido lo compraba en Holanda, donde aprovechaba también para hacerse con discos prohibidos por la dictadura, riesgo que alguno de sus amigos consideraba excesivo. Una cosa era que te parase la policía con un poco de costo o de ácido, pues la gran mayoría no sabían ni lo qué eran, pero otra muy distinta era que te encontrasen encima el Sticky Fingers de los Stones, con el pollón de Joe D’Allessandro insinuado bajo unos tejanos ajustados por obra y gracia de Andy Warhol. A Ángel lo asesinó años más tarde la Tigresa de ETA, Idoia López Riaño, en Pasajes de San Pedro. Con una bala en la sien, mientras él comía un bocadillo sentado junto a la puerta del bar Náutico, le segó la vida en nombre de la limpieza y virtud de la patria vasca.

Otro miembro ilustre de aquella pandilla era José Antonio, al que todo el mundo llamaba Chis sin que nadie pueda recordar exactamente el porqué. Como Ángel, Tati y algún otro, bajaba cada cierto tiempo a Sevilla para hacerse con algo de hachís, y con los primeros beneficios abrió una tienda de discos donde los más inquietos consumidores de música podían encontrar una oferta más vanguardista que la habitual de los bares y las gasolineras, lugares donde el gallego medio de entonces se nutría de ritmos. Natural de Sanxenxo, fue uno de los primeros en adoptar una estética descaradamente alternativa que pronto imitarían los demás, y, si uno hace caso del recuerdo y las descripciones de sus vecinos de entonces, bien podría imaginarlo como un miembro de facto de los Ramones pero con rabo, pezuñas y cuernos. 

De Chis se enamoró Adelaida en el Siete Colinas, un local nocturno que el joven había puesto en funcionamiento junto con algunos amigos en su pueblo natal y que, durante algunos veranos, se convirtió en el preferido de los jóvenes más desencantados con la rutina habitual que imponía el costumbrismo gallego y también de los turistas del resto de España y del norte de Portugal que abarrotaban la villa durante tres meses al año. El suyo fue un amor llevado hasta las últimas consecuencias desde el principio, apasionado y visceral, moderno y desenfadado, a la vista de todo el mundo, sin remilgos. A las pocas semanas de conocerse, Adelaida abandonó el hogar familiar para irse a vivir con Chis a una casa que este había alquilado en un pueblo cercano a Vilagarcía de Arousa. La noticia desató la furia del patriarca de la familia, poco acostumbrado a recibir afrentas por parte de cualquiera que hubiese comido alguna vez de su mano. Nadie podía acusarlo de ser la clase de hombre que regalaba confianzas y nunca imaginó que su propia hija, su pequeña Adelaida, sería capaz de humillarlo de aquella manera. 

A las pocas horas se plantó delante del primer nido de amor de la pareja, acompañado por el jefe de la policía municipal. No iba a consentir que aquel desgraciado, aquel hijo de mala madre que había lavado el cerebro a su hija, se saliese con la suya sin pagar un alto precio. Así relata la escena el periodista Felipe Suárez en su libro La Operación Nécora: 

Interrumpieron la animada tertulia musical que, envuelta en el humo de los canutos, mantenía el grupo.

—Venimos a llevarnos a Adelaida y luego os vamos a denunciar por corrupción de menores —dijo el inspector.

Los jóvenes estaban ocultando los porros como podían, cuando la enamorada Adelaida Charlín se levantó y dijo:

—No me voy. Acabo de cumplir dieciocho años y anteayer se aprobó la mayoría de edad.

La pareja continuó con su romance y pronto se unieron a la pandilla dos de los hermanos de Adelaida, Manolito y Melchor. Además de disfrutar del momento y las nuevas sustancias, enseguida se dieron cuenta del filón por explotar que habían introducido aquellos jóvenes que se pirraban por la música rock, practicaban sexo en grupo y se bañaban al amanecer en alguna de las playas vecinas, para dar por concluidos los fastos nocturnos. La infraestructura familiar dedicada al contrabando de tabaco podía resultar más provechosa con aquella nueva sustancia cuya demanda crecía cada día entre los jóvenes de las Rías Baixas; al parque de Las Palmeras de Vilanova llegaban todos los días jóvenes de Pontevedra, Ribadumia, Poio, Marín, Bueu, Cangas e incluso de Vigo, en busca de unas cuantas chinas de costo a un precio nada despreciable. 

El patriarca reconsideró su postura respecto al noviazgo de su hija con aquel tal Chis y, tras contactar con algunos proveedores marroquíes con los que compartían contactos gracias a los canales utilizados para blanqueo del dinero procedente del contrabando, la pareja fue cariñosamente aceptada en el seno de la familia, sonaron campanas de boda, y se trasladaron a vivir al sur de Portugal, al Algarve, a bordo de un barco bautizado como Le Bandit. Desde Portimao coordinaban el envío de kilos y kilos de hachís de Marruecos hasta Galicia, mientras disfrutaban de un amor ya bendecido, y en poco tiempo el clan familiar hizo acopio de tal cantidad de material que incluso la mayoría de los camellos andaluces preferían venir a comprar su mercancía a Galicia. El mayor clan del contrabando de «rubio de batea» conocido hasta la fecha se había convertido en el primer clan del narcotráfico gallego, gracias al amor de dos jóvenes idealistas que soñaron, un día, con algo más que bailar agarrados al ritmo de una buena orquesta en las fiestas parroquiales y comprar un panteón en el cementerio que dejar en herencia a las siguientes generaciones.

No se sabe qué ocurrió, a ciencia cierta, con aquella pasión desbordante y a primera vista inquebrantable. Posiblemente ocurrió lo que suele ocurrir con la mayoría, que simplemente se desgasta con el tiempo y el exceso de roce, enferma y muere. Hace unos años, a cuenta de un nuevo juicio contra gran parte de la familia, esta vez por blanqueo de capitales, la prensa publicó que la pareja se había divorciado, para disgusto de los más románticos lectores. Nos enteramos por el papel de que la ya no tan joven —ni tan ingenua— Adelaida había sido condenada a varios años de prisión junto a su nueva pareja sentimental y padre de sus hijos, un italiano de nombre Pascual Imparato. Y es que, quizás, es un suponer, el amor pueda ser precisamente eso: lo que sucede entre un hombre y una mujer hasta que se cruza por medio un italiano. Como escribió aquel inglés que confundió Charlines con Capuletos y Verona con Vilanova: «La separación es tan dulce pena que diré buenas noches hasta que amanezca».

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