Anillos, trofeos, medallas olímpicas y traición: la versión deportiva de las treinta monedas de plata

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Luis Figo. Fotografía: Cordon Press.

Las treinta monedas de plata de Judas, junto con las presuntas veintitrés puñaladas a Julio César, son tal vez los mayores ejemplos históricos de uno de los pecados más fotogénicos: la traición, que se presenta como un drama en dos actos para el espectador. En un primer momento, cuando la traición en sí ya se ha producido pero aún no se ha descubierto el pastel, la única víctima parece ser la conciencia del traidor… si es que la tiene: hay abundante bibliografía y hemeroteca tendenciosa que se posiciona de forma clara al respecto. Pero cuando sale a la luz la vil verdad, siempre hay algún afectado que se siente dolorosamente engañado (cuando no crucificado o apuñalado). Si además el facineroso traidor es tu amante o un deportista carismático de tu equipo favorito, el futuro solo te ofrece dos alternativas plausibles: inmolarte a lo bonzo en la puerta de una tienda Apple abrazado a una caja de doce botellas de cerveza con zumo de limón como delirante gesto de repulsa absoluta al statu quo, o aceptar que las cosas son así y seguir adelante con tu vida rumiando bilis como el que mastica almendras amargas. En estos casos, siempre reconforta repetir como un mantra joyas de nuestro refranero: «Hay más peces en el mar. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. A todo cerdo le llega su San Martín… o su Camp Nou».

Blancos, llorones, pagad los sesenta millones

Dentro de la traición en el ámbito deportivo es posible diferenciar dos vertientes. Empecemos por la primera: cuando ciertos deportistas abandonan su equipo de toda la vida y los aficionados se sienten traicionados. El ejemplo paradigmático tiene, como ya supondrán, al futbolista Luis Figo como protagonista. No es novedad que Fútbol Club Barcelona y Real Madrid intercambien jugadores como si fueran hermanos gemelos que comparten ropa. La mayoría de casos de estas características se produjeron sin pena ni gloria, mientras que solo unos pocos fueron tomados por ciertos sectores de la afición como una afrenta personal. Bernd Schuster tuvo que salir escoltado por la policía tras su primer partido en el Camp Nou por un inocente detalle: dar la vuelta de honor con la Supercopa vistiendo la camiseta blanca. Este podría entenderse como un caso especial puesto que el temperamental alemán acabó su relación con los culés como el rosario de la aurora, brindando duras declaraciones, escupiendo en el té de Núñez cuando este no miraba y cosas así.

No obstante, con un carácter menos volcánico y unos modales tan exquisitos como su juego sobre el césped, Michael Laudrup tampoco fue acogido con hospitalidad precisamente en su primer partido del siglo con la camiseta del rival puesto que fue abucheado sin compasión. Pero aquello no fue nada comparado a lo que sufrió Figo, quien contaba con antecedentes que pintaban como inverosímil una espantada: era habitual verlo cantando cuando celebraba títulos con el Barcelona («blancos, llorones, saludad a los campeones»), desgastándose los labios besando el escudo del Barça y, finalmente, negando tres veces a Florentino Pérez antes de que sonara el gallo que anunciaba el fin del periodo electoral madridista. Pocos días después de confirmar su fe en la causa blaugrana en una entrevista trufada de titulares, Figo aparecía contra todo pronóstico junto a Pérez con la camiseta que no empaña entre sus manos rivalizando en blancura con su sonrisa. Y se lio parda. Su primer partido en el Camp Nou vistiendo la elástica madridista provocó una lluvia de billetes del Monopoly a modo de plaga bíblica a pequeña escala y generó diversos estudios que comparaban el nivel de decibelios de los abucheos con diferentes ruidos ensordecedores: aviones despegando, excavadoras picando, grupos de metal alemán ensayando, etc. Fue sin embargo su segunda visita, que aconteció tras recoger el Balón de Oro como jugador del Real Madrid, la que ha pasado a la historia por la inexplicable cabeza de cochinillo lanzada al campo, aunque hay quien es capaz de justificar en cierto modo este tipo de comportamiento: Joan Gaspart, presidente del FC Barcelona por entonces, aseguraba que «entendía» la ira de la afición puesto que Figo había ido «a provocar» lanzando córneres, como el que dice que si no quieres que te violen no lleves minifalda. 

Hay ocasiones en las que pienso en esa persona que, en su casa, decidió que qué mejor complemento para ver un intenso partido de fútbol que una cabeza de cochinillo asado. Es de imaginar que sintiera mareos por su audacia y tuviera que poner las piernas en alto para recuperarse. Ya fuera una decisión muy meditada en la soledad o respaldada con el apoyo de sus conocidos, el caso es que consiguió pasar, entendemos que a escondidas, la cabeza del gorrino y la tiró al campo. Bueno, eso es lo que captaron las cámaras, puede que también lanzara el costillar y algo de guarnición. Es de suponer que cuando lo cuenta en las barras de bar en Barcelona aún hoy conseguirá follar. Gratis, en ocasiones. Haciendo de abogado del diablo, entre lanzar carne asada y la indiferencia absoluta, se podría haber conformado con muchos puntos intermedios: levantar una ceja, lanzar un juramento que afecte a un santo de perfil bajo o negar con la cabeza.

Hasta ahora solo hemos citado ejemplos de futbolistas que emigraron, en busca de un futuro mejor, de la Ciudad Condal a la capital de España, pero obviamente en la afición merengue tampoco han encajado con toda la deportividad que cabría esperar que uno de los suyos acabara en el equipo catalán. El segundo gesto más absurdo en el mundo del fútbol, solo superado por el ya citado beso en el escudo, es no celebrar (o pedir perdón) cuando marcas a un exequipo. Considero que es preferible simular una lesión creíble (molestias en el pubis, elongación de flequillo, retraso mental severo, etc.) a no querer festejar un tanto puesto que pone en duda tu profesionalidad, aunque siempre habrá entre los aficionados quien valore estos gestos vacíos.

Por este motivo, cuando Luis Enrique celebró sin remilgos un gol en el Bernabéu como jugador del Barça, no le sentó del todo bien a la parroquia madridista que, como venganza, propagó rumores de difícil encaje en la genética mendeliana en los que se afirmaba que el asturiano compartía vestuario con su padre. Y es que los grandes competidores ven su camiseta como algo circunstancial: puede ser del color que sea que se partirán la cara por ella y celebrarán los triunfos que consigan como si fuese lo último que fueran a hacer en su vida. Otro ejemplo en esta línea es el baloncestista serbio Sasha Djordjevic, que tras varias temporadas en el Barça se marchó al Madrid y acabó celebrando ostensiblemente en el Palau Blaugrana la victoria como visitante en el quinto y decisivo partido de la final de la ACB del 2000. Por descontado, fue abroncado e invitado a retirarse del campo a empujones por alguno de sus excompañeros.

Si hablamos de baloncesto, el premio al mayor Judas se lo llevó indiscutiblemente LeBron James en el verano de 2010, no tanto por el destino (se fue de Cleveland a Miami, no es una rivalidad histórica que digamos) sino por las formas: anunció que dejaba los Cavaliers por los Heat en un programa de televisión. Cuando pronunció el famoso «llevo mi talento a Miami» se echó en falta en plató algún seguidor de los Cavs para que aquello acabara como el talk show de Laura Bozzo, en el que algún invitado terminaba llevándose una buena mano de hostias o, al menos, era zarandeado con violencia. Tras esta performance televisiva, James desbancó a Benedict Arnold (un general norteamericano que durante la guerra de la Independencia cambió de bando) como imagen del traidor nacional. En Cleveland, como podrán entender, no se lo tomaron muy bien: la gente quemaba públicamente la camiseta de LeBron, mutilaba muñecos vudú y, en definitiva, se vivía un clima similar a los momentos previos a la toma de La Bastilla. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio: James volvió a los Cavs después de cuatro fructíferas temporadas en los Heat (cuatro finales, dos anillos). Las indignadas declaraciones, incendiarias cartas abiertas a los medios y desplantes varios del propietario de los Cavs pasaron a segundo plano. Firma de contrato, apretones de manos, «vuelvo a casa», sonrisas, quién sabe si besos en la boca: aquí paz y después gloria. Y es que, volviendo al refranero, «nunca digas de esa agua no beberé o ese cura no es mi padre»: Fernando Alonso se cavó su propia tumba con su ya mágico «NUNCA volveré a McLaren» (las mayúsculas enfáticas son mías). Y ahí lo tienen, aunque en este caso la única traicionada fue su palabra.

En el baloncesto nacional el caso más sonado fue la marcha del Estudiantes de Alberto Herreros, a quien la demencia (la afición más radical estudiantil) nunca perdonó. El Real Madrid ha pescado con frecuencia en el caladero estudiantil (los hermanos Reyes, Antúnez, Orenga, Carlos Suárez, etc.) pero Herreros era la niña bonita. A los abucheos interminables y los esperados calificativos (pesetero, Judas, vendido…) que le dedicaban cada vez que volvía como visitante, le añadieron el «¿Dónde están los trofeos?» cuando el Madrid estuvo algunas temporadas en blanco. El aficionado madridista tomó buena nota y le aplica la misma medicina al ahora blaugrana Ante Tomic que se fue del Madrid «para ganar títulos». 

Mi nacionalidad es esta, pero si no le gusta tengo otras

El otro tipo de traición deportiva tiene que ver con los colores nacionales. Dejando de lado casos singulares en los que el pecado se transforma en delito como el goteo constante de deserciones de deportistas cubanos cada vez que acuden a un evento internacional, o la caída en desgracia del ajedrecista Bobby Fischer, que pasó de ser un símbolo estadounidense que se enfrentaba al comunismo a traidor de la patria, lo habitual es que se genere cierta polémica por la elección de una nacionalidad a la que defender. 

Obtener la nacionalidad de un país puede ser tan simple como firmar unos papeles o tan difícil como realizar una serie de pruebas que rivalizan en dificultad con una combinación entre El tiempo es oro y el pentatlón moderno. Qatar es uno de los países que presenta requisitos digamos más relajados para obtener su nacionalidad. Así, la selección qatarí de balonmano que disputó el Mundial 2015 como anfitriona contaba con ocho nacionalizados (un español, un tunecino, un bosnio, un francés, un cubano y tres montenegrinos) y parecía una plantilla fichada a golpe de talonario por un oligarca ruso o un jeque árabe. Ups.

En otras situaciones, los deportistas acceden a nacionalizarse no ya por intereses económicos, sino puramente deportivos. Nikola Mirotic y Serge Ibaka se decantaron por España por nuestro carácter extrovertido, nuestra merecida fama de buenos conversadores y porque nuestro combinado nacional está al más alto nivel mundial o, al menos, a un nivel algo superior a Montenegro y Congo, respectivamente. En cambio, en esta época decidirte entre la canarinha o la roja en fútbol es un verdadero dilema. Diego Costa finalmente se embarcó con España y bien que se lo recordaron con sorna los aficionados brasileños en el Mundial de 2014. Fíjense si será una decisión difícil, que los hermanos Thiago y Rafinha Alcántara, hijos del mítico Mazinho, han tomado caminos divergentes: uno representa internacionalmente a España y el otro a Brasil. 

También se busca una nación refugio cuando el deportista es consciente de que participar representando a su país es prácticamente imposible por el talento de sus compatriotas, especialmente en el caso del baloncesto si eres norteamericano. Así, no es extraño encontrar estadounidenses nacionalizados en exóticos combinados nacionales como en Macedonia (Bo McCalebb), Croacia (Dontaye Draper), Georgia (Jacob Pullen) o incluso Rusia (J. R. Holden, lo recordarán por la última canasta que nos privó del Eurobasket 2007). Un caso similar a este último que tuvo gran repercusión fue el de Becky Hammon. La baloncestista, una de las mejores jugadoras de la WNBA, al no verse incluida en la preselección de su país para los Juegos Olímpicos de Pekín decidió nacionalizarse rusa. El problema vino cuando USA Basketball hizo pública otra preselección en la que sí estaba Hammon y esta, herida en su orgullo y empeñada su palabra, siguió adelante con su decisión. Este gesto le valió un torrente de críticas hacia su patriotismo, incluso la seleccionadora la llamó indirectamente traidora (ah, de nuevo la palabra) a lo que Hammon vino a responder que a ella no le vinieran con lecciones, que la habían dejado de lado, que ella era americana de las de «Dios, familia y país» y que, al fin y al cabo, abrirse camino ante las adversidades forma parte del espíritu americano. El curso del torneo olímpico quiso que las semifinales arrojaran un Rusia-Estado Unidos rebosante de morbo aunque la neta superioridad de las norteamericanas y los nervios que atenazaron a Hammon, que jugó un partido pésimo, evitaron la sorpresa. No obstante, en el encuentro por el tercer y cuarto puesto frente a las chinas, Hammon se recompuso y sus veintidós puntos ayudaron decisivamente a que Rusia se colgara la medalla de bronce. Años más tarde, Becky Hammon se retiró del baloncesto profesional siendo considerada como una de las quince mejores jugadoras de la historia y es hoy en día la primera mujer entrenadora asistente en la NBA, en los San Antonio Spurs. Parece que la traidora sí que consiguió abrirse camino.

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16 Comentarios

  1. No hay traición comparable a la del pesetero portugués. El Barça quedó muy tocado durante unos años a causa de su bajeza e inmoralidad. Y tampoco se fue para ganar mucho más.. en fin un individuo sin conciencia.

    • Déjeme adivinar: usted es el de la cabeza de cerdo ¿a que sí? XD
      Bromas aparte; estos asuntos dolerían menos si los aficionados dejaran de engañarse. Aquel fútbol en que los jugadores sentían de verdad los colores de su equipo y se identificaban con la afición ya es no es más que un recuerdo. Alguna que otra honrosa excepción habrá. Pero será la excepción, no la regla.
      Lo que queda es un gran teatro, cada día un poco más absurdo. Para bien o para mal, el proceso ya lleva años, y parece imparable.

    • Pesetero con el Sporting de Lisboa, porque todos sabemos que Figo, Laudrup, Schuster, Luis Enrique… todos ellos eran de la cantera del club (sea Farsa o Real Mandril) y formados en esos clubes. Y claro, en un deporte de carácter casi amateur como el furgol… (a no, eso es el rugby).
      Si es que el furgolero medio no da pa mas, que todavía no ha aprendido que en todos los trabajos quieres mejorar tu sueldo y proyección salvo en balompié, que comes y pagas las facturas con el escudo.

    • Pero es que ustedes no saben la historia a estas alturas, dios mío lo que hace la caverna?

      Figo no se quería ir al Madrid, estaba totalmente hundido cuando se enteró que tenía que irse de Barcelona.El vivía como dios con su familia totalmente adaptada a la jet set de Barcelona

      Lo que pasa que firmo un precontrato con Florentino Perez pensando que Florentino Perez nunca nunca nunca iba ganar la presidencia al Real Madrid, y que el se llevaría un dinero igual sin tener que irse al Madrid, judío si pero no traidor.

      Y que mucho menos ganaría las elecciones contra uno de los presidentes que había ganado la copa de europa tras tantos años.
      Ahora pueden ver a Florentino Perez como el «presidente » pero de aquella era poco mas que otros de los frikis que se presentaban todos los años desde fuera del mundo del futbol a la presidencia tipo Juanito Navarro sin ningún tipo de oportunidad.

      Eso s,i fue una jugada genial de Florentino que prometió pagar los abonos de los aficionados si Figo no venía. Paradojicamente el que los pagaría sería Figo si rompía el precontrato, y su promesa de fichaje precisamente fue lo que hizo ganar las elecciones a Florentino, que curioso verdad.

      Queda muy bonito en las películas vender como que el poderío del Madrid, la camiseta bla bla bla hizo que le levantarán a su máxima estrella al rival pero nada de eso es así,, simplemente fue la jugada maestra de Florentino y el peseterismo de Figo, que si siquiera llega a imaginar que que Florentino estaría cerca de ganar las las elecciones no firma se acerca al precontrato ni a kilometros

      .

  2. Eso de no festejar los goles a tu antiguo equipo yo lo veo bien. Es un gesto de reconocimiento y respeto hacia la afición que en su momento te alentó a ti. Hay un algo anticuado en eso, lo reconozco, emparentado quizás con la dignidad y el honor, algo antiguo y valioso. Es una forma de decir que no eres solamente una veleta que se mueve según sopla el dinero. Es una forma de demostrar que es de bien nacidos ser agradecidos.

  3. Divertido escrito aunque se habría agradecido alguna descripción del estilo pero de traidores de otros equipos … hay vida más allá de los dos de siempre…
    Pd.
    Las placas hablan

  4. Si no recuerdo mal, Figo llega al Barcelona al ser sancionado por firmar contrato con dos equipos de la Serie A al mismo tiempo. La trayectoria previa dejaba claro que el luso estaba abierto a los cambios de camiseta.

    • Bueno, lo de duplicidad de contratos no lo llamaría cambio de camiseta. Es demasiado suave. Lo de irse al Madrid tampoco lo llamaría traición, pero judas sí, por aquello de negar. 😆

  5. En la NBA se me ocurren algunas otras pequeñas traiciones como Rodman pasando de los Pistons a los rivales que eran los Bulls o, más recientemente, Ray Allen yendo a, precisamente, los Heat de LeBron (todavía no se lo han perdonado sus ex compañeros de verde), Durant evidenciando que a Westbrook un cabreo le dura décadas y varios cambios de equipo y, el que más me duele, Kawhi dejando a los honorables Spurs que tanto lo habían amado para irse a Canadá y, lo que más jode, ganar un anillo.

    Muy divertida lectura, tío.

  6. Un dato erróneo del autor: el incidente de la cabeza de cerdo ocurrió en la tercera visita de Figo al Camp Nou (temporada 02-03) con resultado final 0-0. La primera vez fue la mencionada de los billetes de monopoly (2-0 temp.00-01) y la segunda en la temporada 01-02 con resultado 1-1.

  7. A mi me parece una falsedad, ya practicamente una costumbre. Y, si hay que hablar de falta de respeto, más bien lo veo una falta de respeto hacia tu actual afición…

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