
Asistimos en tiempo real, con mucha perplejidad, a las sacudidas que se suceden en lo que ahora se ha dado en llamar el hemisferio occidental. El mundo parece estar girando fuera de su eje.
Después de setenta años de una relativa estabilidad, construida bajo las premisas del consenso y la ley y sobre las ruinas de un siglo exhausto de conflictos, el péndulo vuelve a dirigirse al otro extremo ante el asombro de las generaciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial. No queda casi nadie que haya sido testigo de los horrores del siglo XX y los que aún viven no tienen la fuerza implacable de un dios capaz de detener la sinrazón. Las palabras no sirven y las imágenes ya no conmueven, quizá porque el conflicto es un estado más natural de lo que somos capaces de aceptar y eso, en cierto modo, nos anestesia.
Si miramos más allá de nuestros probables ochenta años de vida, la historia nos muestra que tienen más peso en ella los enfrentamientos que los años de calma. Buscar riquezas en territorios cercanos o muy lejanos ha sido una constante, un denominador común del discurrir humano, solo interrumpido por raros períodos de sosiego.
Reaparecen ahora los personalismos que soslayan al grupo, vuelven los aristoi, los emperadores y los autócratas que deciden sobre hombres y haciendas. La historiografía y la propia literatura no son ajenas a la fascinación que producen ciertos temperamentos que ellas mismas han contribuido a popularizar y, en tiempos como estos, se pone el foco en acontecimientos o individuos del pasado, buscando respuestas a lo que nos cuesta digerir del presente; será que resulta más atractivo lo formidable, lo execrable, lo disparatado… que la pura «normalidad», si es que eso existe. Es una de las señales de este nuevo ciclo.
La historia no se repite, aunque periódicamente recorra las mismas coordenadas; hay situaciones que nos suenan a déjà vu, nombres que llevan unos cuantos años, cuando no siglos, saltando de libro en libro y cuyas biografías superan con creces la ficción más sagaz, figuras que vuelven a asomar para ser interpretadas en clave de una actualidad que se parece mucho al entorno que las alumbró. Es el caso, entre otros muchos, de este tipo que nos ocupa, Lope de Aguirre el traidor, el peregrino, el príncipe de la libertad. Más que un personaje, un personajazo.
¿Quién era Lope de Aguirre?
La organización del Nuevo Mundo que llevaron a cabo los españoles a partir del siglo XV tuvo innumerables protagonistas, algunos muy conocidos y otros, bastantes más, hombres y mujeres anónimos cuyas vidas se esfumaron en tierras ignotas de clima insufrible, víctimas del hambre, los insectos o las mordeduras de serpientes, del fuego amigo o las flechas enemigas, ejecutados por cualquier causa, fuera nimia o criminal, y gentes que murieron de muerte natural lejos de sus orígenes.
Apellidos como Colón, Pinzón, Núñez de Balboa, Cortés, Pizarro, Orellana y un largo etcétera han aparecido en incontables páginas de historia o han sido convertidos en figura literaria, pero muy pocos han merecido la atención que ha tenido Lope de Aguirre. Los conquistadores se hacían acompañar de cronistas que tomaban nota de sus andanzas en forma de diarios que los historiadores han utilizado como fuentes directas, mientras que la literatura se ha interesado tanto por sus hazañas como por desentrañar las claves de sus naturalezas.
A Lope de Aguirre le siguieron el zafrense Pedrarias de Almesto, un tal Custodio Hernández del que no se tienen referencias, y Francisco Vázquez, que escribió un relato del viaje que hiciera junto a su capitán —por el que no sentía simpatía alguna— que tituló Jornada de Omagua y Dorado, enumerando las crueldades y las salidas de tono que merecerían a Aguirre el calificativo de loco durante los cuatro siglos siguientes. Otros cronistas abundaron sobre todo en sus crímenes hasta que, llegado el siglo XX, los eruditos Emiliano Jos y José de Arteche, por nombrar los más sobresalientes, se acercaron con rigor de científicos a la vida y obra de su paisano.
Escritores y cineastas también se han sentido atraídos por la personalidad del vasco: Torrente Ballester le dedicó una breve biografía en 1940 que tituló Lope de Aguirre, el peregrino, además de una pieza teatral en 1941, de índole vanguardista, que nunca vio la luz. Ramón J. Sender publicó en 1962 La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, con prólogo de Carmen Laforet, una novela histórica de las de verdad en la que se basaría el director alemán Werner Herzog para rodar en 1972 la película Aguirre, la cólera de Dios, protagonizada por un Klaus Kinski que más parece un actor de cine mudo que de método. Carlos Saura llevó a la pantalla la osadía de sus gestas en la magnífica El Dorado, en 1988, con Omero Antonutti como un Lope de Aguirre menos acartonado que el de Herzog.
No faltan los autores sudamericanos que vieron en el conquistador el primer rebelde con causa para la independencia de las colonias; para ellos fue un héroe, un adelantado, un insumiso ante el poder real que abjuraría de su rey, Felipe II, al que escribió una de las más famosas cartas que se conservan en los anales de la historia, poniéndolo más que verde.
De sus orígenes no hay mucha certeza porque él mismo se ocupó de colorearlos: nacido hacia 1511, siempre dijo ser natural de Oñate (Guipúzcoa), del barrio de Araoz, segundo hijo de Ochoa de Aguirre, aunque algunas fuentes afirman que la madre, al enviudar, casó de nuevas con este hidalgo que le daría nobleza y apellido, algo que él nunca reconoció.
Tuvo acceso a cierta educación —quizá descendía de un escribano—, como lo demuestran sus cartas, de las que se conservan tres, de redacción impecable, y las frecuentes arengas y discursos muy bien estructurados que recogieron sus biógrafos, no sin cierta admiración. Su verborrea y capacidad de convicción fueron paradigmáticas incluso para sus múltiples enemigos, que refirieron, como una de sus características, el diálogo frecuente con el auditorio; alguien que, si hubiera vivido en estos tiempos, se habría servido, con seguridad, de las redes sociales a su alcance.
Utilizó el euskera con sus más fieles, elegidos siempre por ser vascos, y se rodeó de toda clase de hombres entre los que no hacía distinción de trato si le eran leales; cimarrones, indios, mestizos y peninsulares gozaron de su respeto mientras pudiera confiar en ellos; eso sí, una mirada esquiva o una falta de rapidez en la respuesta podían ser motivo suficiente para ejecutar al desgraciado sin el más mínimo miramiento.
Desde niño fue un perla, inquieto e ingobernable, tanto que, en Elegías de varones ilustres de Indias, Juan de Castellanos escribió en 1589:
Debió de ser engendrado de Cerbero
Y en las tormentas del averno lago;
Según que de piedad tuvo penuria
Su madre debía ser alguna furia
La referencia a las tres furias de la mitología romana que personificaban el castigo y la venganza, en esta muy erudita descripción, no suaviza la creencia de sus congéneres de que no era más que un vulgar demente.
No estaba loco: era un sujeto al que los analistas actuales calificarían de psicópata paranoide, un ser antisocial, carente por completo de empatía, siempre en alerta, con una capacidad de previsión y una intuición fuera de lo normal, una mente privilegiada, arrojada, segura de sí misma, sin complejos, para quien las únicas leyes eran sus convicciones más profundas; alguien que apenas dormía, un estratega genial experto en adaptarse a todas las circunstancias y rediseñarlas a su conveniencia. Un tipo amado u odiado en extremo, capaz de sacrificar a su propia hija mestiza, Elvira, antes de verla convertida en «colchón de bellacos». Sorprendía su trato igualitario con las mujeres a las que respetaba y para las que exigía respeto, aunque Juan de Castellanos refiere su «horror hacia las mujeres malas de su cuerpo, a las que había de matar». El mismo trato igualitario dispensaba a todo aquel ser humano que, independientemente de su procedencia, se aviniera a sus reglas.
No era muy religioso, aunque sí creyente, no confiaba en frailes, y menos si eran dominicos, hombres al fin y al cabo que, lejos de la patria, hacían de sus vidas lo contrario de lo que predicaban; por este desapego ante la autoridad eclesiástica fue acusado de luterano, que era lo más grave que podía decirse de un español del siglo XVI.
La descripción de su físico no hace sino refrendar los rasgos psicológicos que se le atribuyeron: Vázquez describe a Lope como «muy pequeño de cuerpo y poca persona, mal agestado, la cara pequeña y chupada; los ojos, que, si miraba de hito, le estaban bullendo en el casco, especialmente cuando estaba enojado…». Era recio y fuerte, gran andarín y muy trabajador, siempre cargado con mucho peso de armas, cauteloso, amigo de los bajos e infames, engañador y «fementido». Una prenda que se «tomaba muchas veces de vino» aunque no por ello dejaba de perder la conciencia.
Causaba gran estupefacción entre los que le conocieron a pesar de que el modelo de aventurero que representaba fuera más que común en las tierras del Nuevo Mundo. No fue el único, pero sí el más significado.
Lope de Aguirre, traidor
La consigna oro, gloria y evangelio que animaba a los que cruzaban la mar océana se redujo con el tiempo a la búsqueda de metales preciosos, objetivo que tendría su clímax en la leyenda de El Dorado.
Según esta quimera, existía en el País de los Omaguas un lago repleto del áureo metal que se localizaba en el altiplano de Nueva Granada (Colombia), no lejos de Bogotá. Los indios, jugando al despiste, convirtieron un ritual que decían celebrar en la laguna circular de Guatavita en el anzuelo que condujo a miles de incautos hacia la muerte sin que ninguno consiguiera dar con el dichoso territorio.
Fueron muchas las expediciones —jornadas en el relato de Vázquez— a lo largo de los siglos XVI y XVII, aunque las más conocidas son las que protagonizaron Pizarro y Orellana y la que movió al virrey del Perú, el marqués de Cañete, a encargar al baztanés Pedro de Ursúa la que debía ser la definitiva. La dotación de hombres, naves y armas fue de las más ricas que se recuerdan y a ella pertenecía Lope de Aguirre en calidad de capitán, junto a Lorenzo Saldueño, Juan de Vargas y Fernando de Guzmán, entre otros.
Partieron el 26 de septiembre de 1560 y, tras descender el río Huallaga, desembocaron en el Marañón, afluente del Amazonas, sin encontrar ni rastro del país de los Omaguas. Aguirre no soportaba a Ursúa, al que consideraba de manera despectiva un francés, un señorito que se hacía acompañar por su amante Inés de Atienza, a la que dedicaba más tiempo del permitido a un conquistador. A finales de año urdió un complot contra su comandante, que murió apuñalado en la madrugada del primer día de 1561. Rápidamente sugirió el nombre del sevillano Fernando de Guzmán como príncipe de la expedición, el cual, aceptado el cargo, le nombraría maestre de campo. Sevillano y flojo eran sinónimos en la mente de Aguirre, así es que no tardó mucho en organizar otra conjura que acabó con la vida de Guzmán el día 22 de mayo.
Consumaba así la maquinación que lo convirtió en traidor, como él mismo se intitulaba, alzándose con el mando de los marañones (los integrantes de la expedición a los que soltó un discurso en el que les ofrecía la felicidad de poder hacer y deshacer a su antojo en el Perú) y, cambiando el rumbo de un viaje que ya no buscaba El Dorado, recorrió entre penurias y crueldades el río Amazonas. Llegados a la desembocadura, remontaron la costa hacia el norte, navegando de cabotaje por las Guayanas y la actual Venezuela, hasta llegar a la isla Margarita el 21 de julio de 1561.
Lope de Aguirre, el peregrino
El ya caudillo absoluto y sus marañones desembarcaron en lo que Juan de Castellanos pintó como un paraíso, gobernado por don Juan de Villandrando. Por primera vez encontraban gente civilizada que les recibió con honores sin imaginar que detrás de los halagos y parabienes de Aguirre se escondía la determinación de convertirse en el dueño de aquellas tierras, desafiando el poder real y eclesiástico.
Las espadas cortaron cabezas a troche y moche sin que los habitantes pudieran detener el baño de sangre que les convirtió en súbditos de un tirano. El dominico Francisco de Montesinos organizó una expedición para atajar esta barbarie, expedición que fracasó y que tuvo como cínico colofón una de las tres cartas, dirigida esta al fraile y firmada de su puño y letra, que hicieran famosa la pluma del oñatiarra.
La deserción de muchos de sus antiguos fieles, que se pasaron al bando leal a la corona, no hizo sino inflamar más la insumisión de Aguirre, que, resuelto a luchar contra lo que Arteche llama el «concepto aristócrata de la vida», plantó cara a las escuadras realistas en otro baño de sangre inesperado. Arengaba a sus fieles permitiéndoles que hicieran lo que quisieran con tal de no abandonarle y, con sus tropas cada vez más menguadas, partió de la isla el 31 de agosto camino de su verdadera obsesión: llegar al Perú atravesando la parte occidental de Venezuela, internarse en Colombia y, desde Popayán, tomar su sueño.
El 7 de septiembre llegaron al puerto de Borburata espantando a sus habitantes y tomando posesión de sus propiedades; desde allí se dirigieron a Nueva Valencia, en el interior, adonde llegó enfermo y maltrecho. Repuesto de sus fiebres, decidió enviar una carta al rey Felipe II que no tiene desperdicio: se presenta con una hoja de servicios impresionante, le cuenta sus andanzas sin ahorrarse los episodios más crueles de asesinatos —que justifica en los actos malvados de los mismos ajusticiados—, le aconseja al rey que no mande más desgraciados a aquellas tierras y, acto seguido, inicia una cadena de reproches al monarca por ingrato y desagradecido, le advierte que sale de su obediencia y, a modo de maldición, le señala el destino que le espera en el infierno y nunca en el cielo, por ambicioso y comodón. Despotrica de funcionarios y religiosos, le informa del avance del luteranismo y le acaba llamando menor de edad.
No obstante, y siendo como es un fijodalgo, se despide como tal «hijo de fieles vasallos en tierra vascongada y rebelde hasta la muerte por tu ingratitud», firmando como Lope de Aguirre, el Peregrino.
Con las fuerzas ya reblandecidas y cada vez más solo, se dirigió a Barquisimeto donde, víctima de una emboscada, fue apresado —no sin antes dar muerte a su hija Elvira— y arcabuceado por dos de sus propios hombres. Ahí murió, pero no acabó su castigo: se descuartizó el cadáver, las manos se enviaron a Mérida y Nueva Valencia, la cabeza se llevó a Tocuyo dentro de una jaula y el resto se lo comieron los perros.
Felipe II decretó, muy molesto con el rebelde, que «jamás haya memoria del traidor Lope de Aguirre», aunque, como se sabe, poco caso se le hizo.
Lope de Aguirre ¿príncipe de la libertad?
La epopeya de Lope de Aguirre tuvo su punto final el 27 de octubre de 1561, el mismo día en el que comenzó a tejerse su leyenda. No encontró El Dorado, cuya búsqueda abandonó por una empresa mucho más ambiciosa: convertirse en rey del Perú. En su periplo recorrió las tierras y costas de Venezuela, lugar del que no extrajo riquezas, pero en el que plantó —según la perspectiva de algunos autores— una semilla que daría sus frutos unos siglos más tarde: la de la rebeldía contra el poder establecido y contra el Imperio español, convirtiéndose, en palabras del peruano José Carlos Mariátegui, en el primer anticolonialista.
¿Fue la carta de Aguirre al rey Felipe II el primer grito de independencia en la América hispana? El propio Simón Bolívar, en sus discursos, lo señaló como un pionero en la insurrección de las colonias. Otros autores, como el venezolano Arturo Uslar Pietri, en El camino hacia El Dorado, publicado en 1947, retratan al vasco como una de las figuras más trágicas y, al mismo tiempo, trascendentes de todo el proceso de conquista y creación del Nuevo Mundo. Y fue otro venezolano, Miguel Otero Silva, que en 1979 publicó Lope de Aguirre, príncipe de la libertad, el que le otorgó el título de libertador.
No resulta extraño ni sorprendente que algunos hechos históricos se hayan empleado —y se empleen— para dar justificación a acciones y movimientos postreros.






