Hebras y nodos

Párrafos, señores, párrafos

párrafos

Hay una nostalgia tipográfica que me interesa mucho porque rara vez se reconoce como nostalgia y casi siempre aparece disfrazada de criterio. Uno la encuentra en comentarios, en conversaciones entre lectores, a veces incluso entre escritores, y suele expresarse con una mezcla muy particular de autoridad y cansancio, como quien recuerda una costumbre que el mundo abandonó demasiado deprisa: «Párrafos, señores, párrafos». Después venía el resto: «Para / escribir / así. / está la IA y LinkedIn». Lo leí dos veces. La primera con una sonrisa. La segunda con curiosidad. No porque me molestase. Había algo más interesante que una crítica. Había una forma de leer. Una forma de leer que durante mucho tiempo también fue una forma de prestigio. El párrafo compacto. El bloque oscuro sobre la página. La subordinada que abre otra subordinada y después otra más, como si el pensamiento serio tuviese necesariamente que ocupar espacio, mucho espacio, quizá porque durante años la literatura también necesitó demostrar que era exigente, casi una disciplina física, algo que se atravesaba más que recorrerse, y el lector aprendió a asociar esfuerzo con profundidad del mismo modo que aprendió a asociar bibliotecas con sabiduría o silencio con inteligencia, aunque ninguna de esas cosas sea necesariamente cierta. No es una tradición absurda. Tampoco una tradición equivocada. Es una tradición. Y, como todas las tradiciones, dejó objetos hermosos. Proust está ahí. Bernhard está ahí. El propio comentario estaba ahí. Porque conviene decir algo antes de continuar: yo no estoy en guerra con el párrafo largo. No podría estarlo. Sería una estupidez. Hay páginas de Proust que avanzan como una corriente lenta, sostenidas por una respiración interior que no necesita aire visual porque encuentra el ritmo dentro de la propia frase. Uno entra en En busca del tiempo perdido y comprende enseguida que el tamaño no tiene nada que ver con la asfixia. Con Bernhard ocurre otra cosa. El párrafo deja de parecer una unidad visual y se convierte en insistencia. Vuelve, rodea, repite, avanza. La lectura adquiere peso físico. Cortázar se mueve de otra manera. El texto cambia de paso. Parece recordar continuamente que leer también es desplazarse. Y después aparece Rulfo. Abrir Pedro Páramo sigue produciéndome una sensación extraña. El silencio participa. El espacio alrededor de las voces también escribe. La página no parece vacía; parece despejada. Nadie sale de Rulfo pensando que el aire ha debilitado el pensamiento. Ocurre justamente lo contrario. Pessoa entendió algo parecido. El fragmento nunca pareció una renuncia. Parecía una habitación. Uno entraba. Permanecía un momento. Salía. Por eso me cuesta aceptar la sospecha hacia el texto que respira, como si hubiese nacido ayer, como si fuese una concesión reciente. La literatura lleva mucho tiempo respirando de maneras distintas. Lo único que cambia es el prestigio, aquello que cada época decide admirar. Hubo años en que el bloque imponía respeto antes incluso de ser leído. Bastaba verlo. El negro sobre la página traía consigo una promesa de profundidad. A veces la cumplía. Otras veces no. Porque también conviene decir algo incómodo: algunos párrafos largos son simplemente malos. Igual que algunos breves son simplemente vacíos. La longitud nunca garantizó nada. Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío. Que todavía no estaba preparado. Que el lector serio atravesaba aquellas páginas sin dificultad y que yo simplemente tenía que aprender a hacerlo. Había algo ligeramente moral en esa relación con la lectura. El cansancio parecía una estación obligatoria. Si una página pesaba, uno seguía. Si una frase no terminaba nunca, uno seguía. Si el párrafo ocupaba media página y parecía escrito para una respiración que no era la propia, uno seguía también. Luego empecé a dejar algunas cosas. No fue una decisión literaria. Ni siquiera fue una decisión consciente. Simplemente llegó un momento en el que me di cuenta de que no iba a seguir haciendo cosas que llevaba años haciendo sin querer hacerlas nunca. Entonces ocurrió otra cosa. Empecé a escribir. Siempre había escrito. Pero nunca me había dedicado a escribir. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Escribir puede ser un hábito, una inclinación, una compañía silenciosa. Dedicarse a escribir implica empezar a decidir. Elegir la respiración. Elegir el ritmo. Elegir incluso aquello que uno ya no quiere imitar. Y ahí el párrafo volvió. Porque me di cuenta de algo incómodo: muchos de los textos que admiraba no eran textos que yo quisiera escribir. Los respetaba. Los seguía leyendo. Algunos incluso me parecían extraordinarios. Pero no quería vivir ahí. No quería esa arquitectura. Entonces apareció una pregunta muy sencilla: ¿y si el lector no necesitase atravesar un muro para encontrar una idea? ¿Y si la inteligencia no tuviese por qué presentarse siempre compacta? ¿Y si una frase que respira no estuviese renunciando a nada? Hay páginas que uno abre y ya parecen cansadas. No las ha leído todavía y ya pesan. El ojo entra y encuentra un muro. Un bloque compacto. Un continente entero sin ventanas. Muchas veces dentro hay cosas magníficas. No lo discuto. Pero el cuerpo ya reaccionó antes de que la cabeza empezara a pensar. Y el cuerpo también lee. Esto me parece importante decirlo porque a veces hablamos del lector como si fuese una conciencia flotante y olvidamos que tiene ojos, postura, respiración, cansancio, interrupciones, horarios imposibles, días mejores y peores. El lector llega con cuerpo. Y el texto decide qué hacer con él. No digo que tenga que acomodarlo. Tampoco que deba simplificarse. No estoy defendiendo una literatura amable ni rápida ni ligera. Estoy defendiendo algo mucho más humilde: el derecho a respirar. El derecho de una idea a existir unos segundos antes de ser empujada por la siguiente. El derecho del blanco a participar en la sintaxis. Porque el blanco también significa. A veces ordena. A veces separa. A veces simplemente deja entrar aire. Quizá por eso el comentario me hizo gracia. Porque criticaba exactamente esa forma y, sin embargo, descendía línea a línea hacia ella. Había algo hermoso en esa contradicción. Algo involuntario. Algo humano. El comentario no estaba atacando una estética. Estaba defendiendo una memoria. Una forma de reconocer la literatura. Yo también tuve esa memoria. Yo también pensé que la profundidad debía verse antes de leerse. Solo que un día dejé de necesitarlo. Y cuando eso ocurrió pasó algo extraño: apareció la escritura. No la escritura como ejercicio. La escritura como lugar. El sitio al que uno llega cuando deja ciertas cosas y empieza, por fin, a habitar otras. Por eso sigo pensando en aquel comentario. «Párrafos, señores, párrafos». Hoy lo releo y ya no escucho una corrección. Escucho una nostalgia. Una nostalgia sincera. Y quizá este texto no sea más que una respuesta a esa nostalgia. Una respuesta tranquila. Sin discusión. Porque no quiero convencer a nadie. No quiero que nadie abandone sus páginas compactas. Solo quería explicar por qué empecé a dejar entrar aire. El lector siempre tiene la razón. Oh yeah.

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17 comentarios

  1. «Porque no quiero convencer a nadie. No quiero que nadie abandone sus páginas compactas. Solo quería explicar por qué empecé a dejar entrar aire.»

    Es lo que se llama «predicar con el ejemplo»: un elogio de la multiplicación de los párrafos hecho con uno solo.

  2. En cuanto al fondo del asunto: cuando un libro es bueno, nadie se fija en la cantidad de párrafos. Cuando el texto interesa realmente, se olvida su disposición (salvo en casos excepcionales, como el de Proust – en «Sodome et Gomorrhe» hay na frase de 856 palabras).

    La recomendación vale más para el periodismo que para la literatura.

  3. Jaime Villamor

    Pablo, antes de nada, gracias por tus dos comentarios. Ya quisiera uno que todas las discrepancias fueran así. Da gusto encontrarse con lectores que discrepan con argumentos y, además, con sentido del humor.

    Y mira que mañana juega España una final del Mundial. Si alguien me llega a decir que iba a pasar la víspera hablando de párrafos, no me lo habría creído.

    Lo de «predicar con el ejemplo» me hizo sonreír. De hecho, cuando terminé el artículo, debería haber apostado una Estrella Galicia a que alguien acabaría señalando esa contradicción. Habría ganado.

    Hay, sin embargo, una pequeña trastienda que quizá explique mejor el ensayo. En realidad, todo nació de un comentario de otro lector, cuyo nick era yeah. Decía simplemente: «Párrafos, señores, párrafos. Para escribir así está la IA y LinkedIn». Me pareció una ocurrencia tan buena que decidí llevarle la contraria con un ensayo entero escrito en un único párrafo. No parecía la respuesta más proporcionada del mundo, pero a esas alturas ya era demasiado tarde para echarse atrás.

    Por si te hace gracia asomarte a la cocina del ensayo, el comentario que lo originó sigue ahí, en otro artículo de Jot Down: https://www.jotdown.es/2026/07/parrafos-senores-parrafos/

    En cualquier caso, gracias por la conversación. Entre un comentario como el tuyo y un «magnífico artículo» escrito por compromiso, me quedo con el tuyo sin pensarlo. Al final, una de las mejores cosas de escribir es descubrir que, a veces, la conversación que viene después merece tanto la pena como el propio artículo.

    • «Por si te hace gracia asomarte a la cocina del ensayo, el comentario que lo originó sigue ahí, en otro artículo de Jot Down:»

      Me interesa, pero tu enlace conduce a este mismo artículo…

      *
      Después de haber enviado los comentarios, tu artículo me ha recordado el problema contrario, del que habría que hablar también: el abuso de los puntos y aparte y de los párrafos que un Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo, hace en algunos de sus libros más improvisados (imagino que porque le pagaban por página escrita y necesitaba dinero).

      A propósito de Proust y de su fama, justificada, de escritor de frases interminables, se me olvidó decir que no es el único novelista que abusa de ellas : Victor Hugo en «Les Misérables» tiene una frase de 823 palabras.

      Otra cosa que recordé más tarde, a propósito de Proust: en sus largas cartas no dividía el texto en párrafos (¿para ahorrar papel?) y había inventado el signo » .—. » para indicar que uno nuevo comenzaba.

  4. Me ha gustado mucho el artículo. Y, sobre todo, el detalle que quizá algunos no hayan visto: todo un ensayo sobre los párrafos escrito en un único párrafo. Me parece una ironía brillante. El texto no habla realmente de párrafos; habla del prestigio que atribuimos a determinadas formas antes incluso de empezar a leer. Muy inteligente.

    • Jaime Villamor

      Manu, te agradezco mucho el comentario. Me hace especial ilusión porque has señalado un detalle que, siendo el más visible, era también el más fácil de pasar por alto. Confieso que durante unos días tuve la tentación de partir el ensayo en varios párrafos para ponérselo un poco más fácil al lector… pero me pareció que habría sido como escribir un elogio del silencio a base de megafonía. Al final decidí correr el riesgo y confiar en que alguien acabaría viendo la pequeña travesura. Tú la has visto, y eso tiene bastante más mérito que cualquier elogio al texto. Gracias por leer con tanta atención y por recordarme que, de vez en cuando, los guiños también encuentran destinatario. Oh, Yeah.

    • Macarena Pérez de Castro M.

      No puedo estar más de acuerdo. Aunque soy una escritora que no publica, escribo y, definitivamente, dejar que la página respire es casi un «must».

      • Jaime Villamor

        Macarena, muchas gracias por tu comentario. Me ha gustado mucho esa idea de que forma y fondo no deberían separarse. Creo que, en el fondo, todo el ensayo intentaba poner precisamente esa intuición a prueba. Me alegra mucho que lo hayas leído desde ese lugar y que te hayas sumado a la conversación. Bicos. Oh, Yeah.

      • Una página de Azorín sin párrafos respira mucho mejor que una de J.Benet con ellos. La respiración de un texto es su estilo, no su disposición tipográfica.

        • Jaime Villamor

          Pablo, creo que esa observación afina mucho la conversación. Y, en realidad, no estoy seguro de que estemos tan lejos.

          Estoy de acuerdo en que la respiración verdadera de un texto termina siendo su estilo. Si una página de Azorín respira y una de Benet no lo hace para un determinado lector, no será el punto y aparte quien lo decida. Ahí manda la escritura.

          Quizá donde yo pondría el matiz es en el instante anterior. Antes de que el estilo tenga ocasión de imponerse, el ojo ya ha empezado a leer. La disposición de la página crea una primera expectativa, una especie de promesa de lectura que luego el propio texto puede confirmar… o desmentir por completo.

          Por eso el ensayo hablaba tanto del cuerpo. No porque la tipografía sustituya al estilo, sino porque llega unos segundos antes que él.

          Y, si algo me está gustando de esta conversación, es comprobar que un comentario que empezó hablando de párrafos ha terminado hablando de Azorín, Benet, Proust y, en el fondo, de cómo leemos. Sospecho que eso ya justifica el ensayo por sí solo.

          Gracias por seguir tirando del hilo. Da gusto conversar así. Bicos. Oh, Yeah.

  5. A mí me ocurre justo lo contrario. Creo que el artículo intelectualiza un asunto bastante sencillo. Si un texto está bien escrito, los párrafos importan poco. Y si no lo está, tampoco lo arregla el aire entre líneas. Mucha reflexión para una cuestión que, en mi opinión, no necesitaba tanto recorrido.

    • Jaime Villamor

      Marta, gracias por leerlo y por comentar. Entiendo perfectamente lo que dices. De hecho, creo que la diferencia entre tu lectura y la mía está en que tú ves una cuestión sencilla donde yo veía un fenómeno curioso. No pretendía demostrar que los párrafos fueran más importantes de lo que son, sino preguntarme por qué, a veces, les concedemos tanta importancia antes incluso de empezar a leer. A mí me fascinan esas pequeñas manías de los lectores, porque muchas veces dicen más de nosotros que de los propios libros. En el fondo, todo este ensayo nació de un simple comentario. Quién iba a decir que un «Yeah» iba a dar para tanto. Bicos. Oh, Yeah.

    • Macarena Pérez de Castro M.

      Disculpa Marta, no estoy de acuerdo con un comentario que es más bien superficial. En el arte, forma y fondo no pueden, o no deben separarse.

  6. Jaime Villamor

    Pablo, me ha gustado mucho tu comentario. Sobre todo porque demuestra que el artículo siguió dando vueltas después de terminar la lectura. Y eso, para quien escribe un ensayo, es probablemente una de las mejores noticias posibles. Tienes toda la razón: el enlace era el mismo. Empiezo a sospechar que mi defensa del aire entre párrafos no siempre viene acompañada de aire entre enlaces. 😄 Esta vez sí prometo que va el bueno. Y me ha gustado especialmente eso que planteas del «problema contrario». Creo que ahí hay otro ensayo. Igual que un párrafo interminable puede acabar asfixiando al lector, también hay textos que convierten el punto y aparte en una especie de tic nervioso. Al final, sospecho que el problema nunca ha sido el tamaño del párrafo, sino la pérdida del ritmo. Por eso me cuesta creer que exista una medida ideal. Ahí están Rulfo, que hace hablar al silencio; Bernhard, que convierte la repetición en una forma de música; Saramago, que parece negociar con la puntuación en cada página; o Vila-Matas, que encuentra una respiración completamente distinta. Ninguno escribe igual y, sin embargo, todos acaban imponiendo su propia cadencia. En el fondo, creo que estamos diciendo algo bastante parecido: cuando un texto funciona, uno deja de contar párrafos, frases o comas. Lo único que quiere es seguir leyendo. Entre unos y otros hemos conseguido que una discusión sobre párrafos acabe convirtiéndose en una conversación sobre literatura. Y, sinceramente, creo que eso tiene bastante más interés que decidir cuántas líneas debe medir un párrafo. Bicos. P. D. Esta vez sí, dejo al final el enlace correcto al comentario que acabó provocando todo este lío. Creo que ayuda a entender de dónde nació el ensayo.

    https://www.jotdown.es/2026/05/la-dignidad-del-bano/

  7. Jaime Villamor

    AVISO DEL AUTOR

    Se busca a una persona.

    Responde al nick de Yeah.

    Un comentario suyo, publicado en La dignidad del baño, recientemente aparecido en Jot Down (Hebras y Nodos), acabó dando origen, sin que ninguno de los dos lo sospechara, a Párrafos, señores, párrafos.

    Desde entonces ha desaparecido.

    No sé si está de vacaciones. No sé si anda celebrando la clasificación de España. No sé si ha decidido cambiar de nick para que no lo encuentre.

    Pero necesito localizarlo.

    Yeah, estés donde estés, sal.

    Tranquilo. No quiero discutir contigo. Bastante nervioso me puse ya cuando leí tu comentario. Lo único que quiero es invitarte a una Estrella Galicia y darte las gracias.

    No todos los días un lector consigue que un escritor escriba un ensayo entero con unas pocas líneas.

    Si alguien conoce su paradero, que le diga que lo estoy buscando.

    No hay denuncia.

    No hay reproches.

    Solo una Estrella Galicia pendiente.

    Bicos. Oh, Yeah.

    Jaime Villamor

  8. El prestigio también tiene tipografía.

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