Billete de ida y vuelta en el «convoy de los 927»

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La 11ª División Acorazada del Ejército de los Estados Unidos durante la liberación del campo de concentración de Mauthausen el 6 de mayo de 1945. Escrito en sábanas, «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras». Fotografía: Donald R. Ornitz (?) / Francisco Boix (?) / National Archives and Records Administration (DP).

La ausencia de una cultura antifascista oficial en nuestro país sirve para que, entre otras cosas, los niños españoles no puedan aprender en el colegio que uno de los primeros trenes de ganado que se llenó de personas para enviarlas a un campo de concentración nazi en Europa estaba compuesto por españoles. Fue el tristemente célebre convoy de los 927 que salió del campo de refugiados de Angulema, en el sur de Francia, con dirección a Mauthausen, en Austria. 

En Madrid, en el barrio del Pilar, quedo con Eufemio, de ochenta años en el momento de escribir este reportaje. Tenía siete cuando subió a ese tren con sus padres el 24 de agosto de 1940. Es viernes, la boca de metro está rodeada de chavales arreglados para irse de fiesta. Gritan, ríen. Atravesamos los corrillos para buscar una cafetería y veo que cojea, pero anda a buen ritmo y no para de hablar. No se le notan los años que tiene. Por el camino me explica por qué cuando he llamado a su casa he preguntado por un tal Jaime. Él no se llama así, se llama Eufemio, pero Jaime es el nombre que le pusieron cuando le robaron, cuando le arrancaron de la mano de su madre de vuelta a España. Es que es una larga historia. 

Eufemio es hijo de Eufemio García y García. Nació en 1934. Tras sorber por primera vez el café cortado que nos sirven en un bar de La Vaguada atestado de gente, me enseña una foto de sus padres: «Es de 1932, mira qué bien vestidos estaban, él lleva traje y corbata, me han contado que vivíamos muy bien, que mi padre tenía secretaria y empleada del hogar». La guerra les sorprendió en Extremadura y de ahí huyeron a Barcelona. Me pregunto por qué, si eran de clase acomodada. Tal vez su padre fuese un alto funcionario republicano. Eufemio tampoco lo tiene claro: «Solo sé que iba con pistola, quizá tuviese algo que ver con las fuerzas de orden público. Lo que es seguro es que mis padres eran republicanos, porque no estaban casados por la Iglesia. Me contaron en su pueblo que tenía mucha labia, que una vez había dado un discurso en Madrid de varias horas. En el 36 era demasiado mayor para ir al frente, tenía cincuenta y seis años».

Días después busco en la hemeroteca referencias a su padre. Encuentro solo una en el Heraldo de Madrid, pero es plausible. Viernes 24 de enero de 1936, Eufemio García y García es nombrado presidente del Partido Republicano de Emancipación Española, una organización constituida años atrás a raíz del golpe de Estado de Sanjurjo en 1932, cuyo primer presidente se dirigía así en una carta al ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga: «Tengo el honor de participarle que puede contar con quinientos afiliados de Madrid dispuestos a ofrendar la vida cuantas veces fuera necesario para defender esta República contra las acometidas de los monárquicos malditos». 

De ser el padre de Eufemio, queda claro su compromiso con el régimen democrático y eso explica que se viera obligado a huir de los fascistas. «Nos fuimos hasta Barcelona —sigue Eufemio hijo—, allí nació mi hermana, que se llamó Libertad. Al volver a España, los curas no dejaron que se llamase así y le pusieron Pilar, por imposición, pero así se llama ahora».

Con dos hijos pequeños, al igual que tantos republicanos españoles, la familia de Eufemio huyó de la ofensiva fascista sobre Cataluña y terminó en uno de los campos de refugiados del sur de Francia, el de Les Alliers, en Angulema. En seis meses, cerca de quince mil españoles murieron en aquellos centros por el hambre y las enfermedades: «Recuerdo a los soldados senegaleses, muy duros con nosotros, allí estuvimos un año hasta que Francia entró en guerra. Muchos republicanos se fueron voluntarios al frente o a trabajar en las fortificaciones. Mi padre tenía ya sesenta años, era demasiado mayor y mi familia se quedó allí hasta que todos fuimos capturados por los nazis». 

En este punto, Eufemio me recomienda el libro de Carlos Hernández Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B, 2015), dice que ahí viene bien explicado todo lo que no es capaz de recordar puesto que era un niño. Abro el libro en casa y leo el relato de José Alcubierre, que entonces tenía catorce años. Su hermano había sido alto cargo de la Generalitat de Catalunya y su padre fue asesinado después de una paliza en el campo de concentración de Gusen. Él también subió al tren con su familia, que no tenía adónde huir: «No sabíamos adónde iba. Algunos decían que a Noruega, otros a Alemania, nadie sabía hacia dónde íbamos. Hoy día lo puedo decir, entonces no, pero hoy lo puedo decir: si hubiésemos sabido lo que íbamos a sufrir, muchos nos habríamos tirado del tren o hubiéramos intentado escapar o hacer algo. Lamentablemente no lo sabíamos y no lo hicimos». 

El suelo del vagón estaba cubierto de paja y solo había un bidón con agua en una esquina. Muchos creían que les llevaban a España, pero los que podían ver la orientación del sol por las rendijas del vagón sabían que iban hacia el norte, hacia el Reich. En cada parada que hacían, chavales de las Juventudes Hitlerianas les escupían y miraban con desprecio. Dice el libro: «En el primer convoy de la muerte de la historia, los lamentos que se escuchaban tenían acento andaluz, aragonés, murciano o catalán». 

Cuando llegaron a su destino, nadie sabía dónde estaban. No conocían ese pueblo austriaco, Mauthausen. Fue el momento que Eufemio nunca olvidará: «Mi padre estaba afeitándose, entonces llegó un intérprete y dijo que se bajasen todos los varones mayores de catorce años. Mi padre en ese momento no tenía la camisa y mi madre le dijo al hombre que esperase a que se la pusiera, pero este intérprete contestó: “Donde va a ir este señor no le va a hacer falta”. Mi padre se bajó y nunca más volvimos a verlo».

Otros niños, sigue Eufemio, fingían que tenían catorce años para poderse ir con sus padres, para no separarse de ellos, sin saber el tormento que les esperaba. En los vagones se quedaron solo las madres con los críos. Alcubierre recuerda en el libro: «Empezaron las mujeres a chillar: “¡Mi marido! ¡Mi hijo!”». Otro niño citado en la obra, Lázaro Nates, fue de los que bajó del tren. Según recuerda en estas páginas, los primeros en caer fueron los inválidos, los mutilados de guerra: «Yo vi cómo les subieron a un camión descubierto y se los llevaron. Y ya no les vimos más. Se ve que los liquidaron enseguida». Se sabe que las SS contaron cuatrocientos noventa prisioneros en el andén aquel día, pero en la entrada al campo solo registraron cuatrocientos treinta. Eufemio y su madre pensaron que a su padre también lo habían fusilado nada más bajar.

Mientras tanto, el tren, con las mujeres y los niños, permaneció cinco horas parado en la estación. Fue el tiempo que tardaron los oficiales, cuenta el autor, en consultar con sus superiores y estos con el Gobierno de Franco. El campo de concentración no estaba preparado para mujeres y niños. Berlín y Madrid acordaron repatriar a esos deportados. Eufemio se libró del campo de concentración, pero lo que vino después no fue ningún alivio, lo recuerda como lo peor de la experiencia. «Fuimos hasta Hendaya y de ahí a Irún, al llegar nos estaba esperando la policía y la guardia civil. De repente unas señoras se acercaron a mí y me cogieron. Se me querían llevar. Decían que eran mis tías, pero no las conocía de nada. Los guardias civiles intercedían por ellas. Mi madre se puso a gritar, pidió que se llevasen a mi hermana de dos años en lugar de a mí, pero no quisieron y me tuve que ir con ellas, me robaron. A muchos les pasó como a mí, nos separaron de nuestras madres. Fuimos los primeros niños robados del franquismo, como se hizo después en las maternidades de los hospitales».

La desinfección de presos españoles en el patio central del campo de concentración de Mauthausen, ca. 1941. Fotografía: Francisco Boix / German Federal Archives (CC).

Eufemio deja el café y se pide un Baileys. «Ahí comenzó lo peor», dice, y se me acerca para enseñarme las cicatrices que tiene en un lado de la cabeza. «Me daban palizas, me mordieron sus perros. Lo pasé fatal. Vivíamos cerca de Las Ventas, en Madrid, no sé para qué me cogieron si no me querían, eran dos mujeres, se llamaban Cristina y Amelia. Ellas me pusieron el nombre de Jaime». La vida en su casa fue tan espantosa que un día decidió fugarse. Cogió un tranvía y le dijo al policía que lo encontró que lo estaban maltratando. Tuvo que mediar el Tribunal Tutelar de Menores y Eufemio fue internado en un colegio. Allí, entre misa diaria y cantar el «Cara al sol», permaneció durante diez años en los que pudo aprender el oficio de zapatero. 

Cuando un día alguien fue a buscarle, se escondió aterrorizado. Todavía tenía grabada a fuego la experiencia en aquel andén de Irún, cuando literalmente le arrancaron de los brazos de su madre. Le sacó del colegio interno su padrastro, otro indeseable. Un hombre que había hecho fortuna en América en plantaciones de tabaco que se había casado con su madre. Lo quería para explotarlo trabajando: «Me sacó a los dieciocho años, tendría que haber estado allí hasta los veintiuno, la mayoría de edad en aquella época. Este hombre era un mujeriego y un desgraciado, nos tenía a mí, a mi madre y a sus otros hijos hacinados en veinte metros cuadrados en Aranjuez, no teníamos ni agua, la bebíamos de una alberca donde se regaban los campos». 

También escapó de esa pesadilla. «Un día le dije: como maltrate más a mi madre le pego con esta azada en la cabeza». Eufemio acabó en el norte, trabajando en las rutas de abastecimiento de metal de los altos hornos de Baracaldo: «Allí me puse malo, cogí coxalgia, una enfermedad de origen tuberculoso. Estuve dos años ingresado en el hospital de Basurto, pero me operaron mal, la herida ni cicatrizó y me dieron el alta». Con la cadera abierta, terminó en otro hospital, esta vez en Santander: «La herida estaba mal y no me hicieron ni análisis, ni radiografías, ni nada. El médico venía una vez al mes y no me atendía. Me dijeron que como ya no trabajaba, me habían dado de baja en la Seguridad Social y ya nadie pagaba por mí». 

Al final le hicieron un transplante de tibia en la cadera. Se quedó cojo para toda la vida. «Lo único bueno de todo aquello es que recuerdo la solidaridad de la gente de Bilbao, uno me daba de comer, otro me daba de dormir, se portaron conmigo de maravilla». Más tarde pudo dirigirse a Madrid y en la capital encontró un trabajo de administrativo donde conoció a su actual mujer, aunque se jubiló como portero de finca urbana. Había salido adelante en la vida, pero le quedaba el vacío tremendo de no saber qué había sido de su padre. 

«Varias personas con familiares en Mauthausen pedimos los certificados de defunción de nuestros padres. Mirando sus datos como prisioneros, vimos que habían sido trasladados el mismo día de Mauthausen a Gusen, un campo de concentración a cinco kilómetros. Y que allí habían muerto también el mismo día por enfermedad. ¡Cómo era posible la coincidencia!». La realidad era que los habían asesinado en las cámaras de gas.

«Hasta 2011 no volví a Mathausen. Vi la escalera, de ciento ochenta y seis escalones, que habían subido los prisioneros una y otra vez cargando con las piedras de la cantera ¡allí les molían a palos!». Los prisioneros españoles llevaban un triángulo azul. Oficialmente eran apátridas, pero sobre el triángulo les bordaban las iniciales «SP», de españoles. La esperanza de vida de estos reclusos fue de seis meses. En el cercano castillo de Hartheim, en Gusen, se gaseaba a doce españoles al día. También se les inyectaba gasolina directamente en el corazón y se les empleaba para toda suerte de experimentos médicos. «Lo peor de mi regreso a Mathausen fue entrar en los hornos crematorios, todavía olían a algo, estaban como sucios, no los habían tocado». 

Cuando Eufemio se enteró de que en Europa había indemnizaciones para los hijos de muertos deportados en la Segunda Guerra Mundial, fue a la sede del Ministerio de Defensa de España: «No me dijeron nada, ni siquiera dónde tenía que ir para pedir la pensión, me trataron con indiferencia, como que no iba con ellos». Entonces se fue a la embajada francesa en Madrid: «Ahí, cuando dije a qué iba, se dirigieron a mí con toda la atención y amabilidad, con muchísimo respeto, me facilitaron todos los documentos y llamaron a París para interesarse por mi caso. Mi hermana y yo no tardamos en recibir ese dinero y ahora trato de localizar a todos los que tienen ese derecho para que se lo den también a ellos antes de que mueran». 

Pasa un rato y ahora Eufemio por fin bromea. Me dice que pese a su cojera llegó a ser árbitro de fútbol durante muchos años. Pero pronto vuelve al asunto. «Cuando ya supe todo lo que había pasado, me di cuenta de que nunca había llorado, ni siquiera cuando me dijeron que mi madre se había muerto, que me quedé como estaba, porque no sabía sentir, ni placer ni dolor, y a partir de ahí por fin pude llorar». 

Me cita una frase repetidamente: «Los muertos no existen, salvo en nosotros». 

Eufemio García y García fue gaseado en diciembre de 1941. 4816 españoles murieron en los campos de exterminio de Mauthausen y Gusen.

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15 Comentarios

  1. Gran español, preocupado por el bienestar de sus compatriotas, el tito Paco. Entre sus muchas miserias esta resalta. Todo su discurso nauseabundo patriotero rancio tiene la prueba del algodón en cómo trató incluso en la distancia a estas familias españolas.
    Hablando de antifascismo y patriotismo. El que fue presidente de Francia, el conservador Sarkozy, entre sus primeras decisiones, estableció la lectura obligatoria en los institutos de la carta del joven comunista Guy Möquet, fusilado por la nazis, para inculcar en los jóvenes la belleza del heroísmo de los que mueren por la libertad de la patria.

    Mi mamá querida,
    mi hermanito adorado,
    mi amado papá,

    ¡Voy a morir! Lo que os pido, en particular a ti, mamaíta, es que seáis valientes. Yo lo soy y quiero serlo igual que lo han sido los que han pasado antes que yo.
    Cierto, hubiese querido vivir. Pero lo que deseo de todo corazón es que mi muerte sirva para algo. No tuve tiempo de besar a Jean. Ya no besaré más a mis dos hermanos Roger y Rino. ¡En verdad ya no podré hacerlo desgraciadamente!
    Espero que te sean enviadas todas mis cosas, ellas podrán servirle a Serge, que espero esté orgulloso de llevarlas algún día.
    A ti, papá, si te he dado, al igual que a mamá, dolores de cabeza, te saludo por última vez. Que sepas que he intentado seguir el camino que me trazaste. Un último adiós a todos mis amigos, a mi hermano que tanto quiero. Que estudie mucho para que se convierta en un hombre.
    ¡17 años y medio! ¡ mi vida ha sido corta!
    No tengo ningún reproche, sólo el de abandonaros.
    Moriré con Tintin, Michels.
    Mamá, lo que te pido, lo que quiero que me prometas, es que serás valiente y te sobrepondrás a tus penas. No puedo escribir nada más. Os dejo a todos, todas, mamá, Serge, papá, queriéndoos con todo mi corazón de niño. ¡Valor!

    Vuestro Guy que os quiere
    Guy

    Quelle belle différence avec l´Espagne!

    • El problema suyo es que sólo contempla como víctimas a los comunistas, quienes, por cierto, enseñaron a los nazis el funcionamiento de los «gulags», primigenios campos de exterminio.
      Al lado de Stalin (medalla de plata del genodisio) o Mao (medalla de oro), Hitler fue un aspirante (medalla de bronce).
      Usted enaltece la figura de Guy Möquet (del PC, ¿no?), pero se congratula en el asesinato de los que mandó su amado Philby a morir. Lo mismo esos otros no tenía padre, ni madre, ni un hermano a quien amar, ¿no?
      A mi entender, eso es sólo el ejercicio de un hipócrita. Lo mismo que Sarkozy, un pepero de «Les Républicains», dicho sea de paso, alimentando como sea el mito gaullista de la Francia resistente. Fue un francés, Pierre Pucheu, ministro del interior, quien envió a Guy Möquet al paredón. No fue un alemán. Y todo para tratar de hacer olvidar que sólo entre el 3% y el 5% de los franceses estuvieron en la resistencia. Los nazis se quedaron perplejos al contemplar cómo los gabachos eran más racistas que ellos (pues hasta distinguían entre los franceses a los francos -los señores- y los galos -la canalla-), mandaban a Polonia a los judíos con mayor eficacia que ellos y celebraban cada victoria del Führer más que en la propia Alemania. Véase por ejemplo, «Vichy France and the Jews» de Michael Marrus y Robert Paxton.

      Acerca del artículo, se omite el viejo secretito. Que la izquierda española fueron los primeros en conspirar en contra de la República. El Frente Popular quiso imponer la dictadura del proletariado, mientras que los sublevados y falangistas querían la dictadura del general. A la República, ésa de cuyos colores se apropian ahora los partidos de la izquierda, no la defendió nadie. La España de entonces estaba poco industrializada y era eminentemente agrícola y ganadera. Y los campesinos quieren mantener su pedazo de tierra y los ganaderos sus animales y pastos. Así que entre la dictadura del proletariado (popular entre los obreros de las ciudades) y la otra dictadura, adivinen con quién simpatizaron.

      • Hombre, faltaba el revisionista facha, aportándonos sus «datos» de magufo-historia! Claro que sí guapi, fue todo una conspiración judeo-masónica-comunista, menos mal que el incorrupto brazo de Santa Teresa guió a los benefactores de la Patria para limpiarla mediante el Santo Genocidio y que los de arriba pudieran seguir medrando con lo robado a los trabajadores.

      • Es curioso que en cada artículo que toca lo referente al sufrimiento de los exiliados Republicanos españoles durante el nazismo aparezca enseguida lo de “pues anda que los comunistas”. Acto seguido le sigue la majadería, muy en boga, de que los que hundieron la Republica fueron los de izquierdas y que Franco y sus matarifes hicieron lo que hicieron para “para salvar” España.

  2. Constantino, el payaso Constantino, con ciertos comentarios demuestra que es un inmoral, siempre subidito en su trono jupiterino.
    Se las da de puro y es sucio como los que comen perlas; se las da de limpio y tiene más soltura que nadie en las injurias.
    Como otro comentarista ya le dijo en el artículo de Churchill, desfogue en otro sitio y vaya para forocoches.

    Constantino, Master of the Universe, clown megalómano, Herschel Krustofsky

    https://www.youtube.com/watch?v=eVlBRgJCN74

    Hey, vosotros, ya he llegado
    aunque siempre estuve aquí,
    porque estoy por todos lados
    mírame bien ¿no me reconoces?
    soy el que te habla cuando escuchas voces
    Yo soy yo, soy siempre el mejor
    soy simplemente El Emperador
    llámame Rey, dime Señor
    perdona si te ciego con todo mi esplendor
    préstame atención, escucha este verso
    ha llegado El Amo Del Universo

    Master, Master, I´m the Master
    The Master of the Universe
    The Master of the Universe.

    Soy el más piadoso y el más perverso
    porque soy El Amo Del Universo
    puedo hacer el bien y hacer el mal
    puedo convertirte en estatua de sal
    soy moro, cristiano, judío converso
    ateo, budista, El Rey Del Universo

    Master, Master, I´m the Master
    The Master of the Universe
    The Master of the Universe.

    Soy grande, enorme, mas grande que el tamaño
    no podrías recorrerme ni en un millón de años
    soy todo, todo, todo, también soy la nada
    más de lo que puedes abarcar con la mirada
    todo esto es mío, tu me perteneces
    soy el del milagro de los panes y los peces

    Master, Master, I´m the Master
    The Master of the Universe
    The Master of the Universe.

    La noche que nací brillaban las estrellas
    y supe de repente que sería como ellas
    y supe de repente que sería como ellas…
    me fue revelada aquella noche La Verdad
    y entonces comprendí el valor de la humildad
    por eso soy así, humilde como un sabio
    olvida el asunto y bésame en los labios

    Master, Master, I´m the Master
    The Master of the Universe
    The Master of the Universe.

    • Sé cuando venzo en una discusión: cuando el contrario se agarra a argumentos «ad hominem».
      Insulte cuanto quiera. Se quedó sin argumentación. Guy Möquet y Philby. Jaque mate. La puntilla.
      Hable usted ahora de Corea del Norte. Hable de China. Hable de las purgas de Stalin. Hable de la masacre de Katyn. Hable de Holodomor. Hable del pacto Ribbentrop-Molotov. Por ejemplo.
      Yo condeno todos los asesinatos. Usted juega al parchis. Las finas rojas ni tocarlas. Pero indecentes son los demás. Ya. ¿Tiene a mano un espejo?
      La próxima vez que cite una canción, por cierto, debería emplear otro lenguaje que no sea el inglés, el habla del neoliberalismo. Parece que no conozca ninguna canción rusa o china.
      Me recuerda usted un poco a las beatas de rezo, que jamás leyeron la Biblia, pero se agarran a sus oraciones que repiten mecánicamente profesando un cristianismo imaginario. Le compadezco. Toda la vida profesando una fe que sólo existe en su fantasía.

      • Eso es lo que le preocupa a Krusty: ganar.

        No ha ganado nada, clown engreído. Se contradice y se lía. Tendría que mejorar mucho.

        Así que de ad hominem, nada, en sentido argumentativo. Ad hominem puro, descriptivo. Otra vez: es usted soberbio y macaco.

        Porque cuando suelta los chistecitos de marras es usted una mezcla de Cicerón y Demóstenes, ¿verdad?, sin ad hominem hacia mí. ¿No se da cuenta de que se le ve el cartón? Es usted el que me llamó antes cerdo, payaso, ignorante, «literato»… Se le habrá olvidado.

        No le voy a repetir los argumentos sobre los acontecimientos históricos, estos y/u otros, ya lo hice en otro momento, por un oído le entra, por el otro le sale, se sale por la tangente, acusa genéricamente de ignorancia e injuria en modo automático y light. Narcisismo y soberbia. Chimpancé subido a la rama y chillando. Si es joven, inmaduro. Si es mayor, cascado.

        Lo que sí le digo es que se la coge con papel de fumar, en función del tema, o se da golpes de pecho, como un gorila.

        Desmerecer a los españoles perseguidos y masacrados por los nazis o el sacrificio de tantos comunistas heroicos por la justicia y la libertad, con independencia de lo que hicieran o dejaran de hacer las izquierdas españolas o los regímenes comunistas, le pone a usted justamente en el punto de miseria humana que le corresponde. Un inmoral, como antes le dije.

        Que me quedo en Philby y Moquet… Qué mamarracho.

          • Si no me han insultado antes, sí.
            Y en ocasiones, ni siquiera contesto.

            No ha leído usted los intercambios anteriores, ha habido fuego graneado por ambas partes.

            • «Excusatio non petita, accusatio manifesta».
              Por cierto, esta tarde vino un señor con un forúnculo en el culo tremendo. No sé por qué, pero un grano tan feo y gordo me recordó a la calva del Lenin.
              Lo abrí, limpié y desinfecté, ahorrándole un abceso y probable fístula.
              Cuando vino, el hombre apenas podía andar. Y tras la pequeña intervención, se marchó feliz y contento.
              Moraleja: a todo mal grano le llega su «perestroika».

  3. «La ausencia de una cultura antifascista oficial» — lo siento, pero eso no es cierto. Hoy no hay ni cultura fascista ni lo contrario. Hay más bien cierta cultura sonbre la tolerancia, que es más equilibrada y es que debería de evitar que horrores como los expuestos en este texto jamás se vuelvan a repetir.

    • Toalmente de acuerdo. Estamos en una época en la que parece indispensable posicionarse a la hora de informar.

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