Prólogo y epílogo

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Venecia, sin turistas, a finales de agosto. Adrià Salido Zarco/NurPhoto

El comienzo de este año 20 lo recordaré como una mezcla de extrañas sensaciones, y bien podría decir a posteriori que ya olían a la tormenta que se avecinaba. Tras los primeros casos del virus en China en el mes de enero, veíamos desde la distancia y con cierta incredulidad cómo la vida se paralizaba allí. Yo había estado en diciembre y me resultaba difícil imaginar que la vorágine de las ciudades chinas se pudiera parar tan de repente como lo hicieron. A primeros de febrero en un viaje a San Francisco noté, aún bastante perplejo, ciertos síntomas de los métodos de prevención que se empezaban a usar. Mucha gente con mascarilla y la extrañeza de que algunos conocidos me negaran un apretón de manos al encontrarlos. Y lo cierto es que aquello me molestó en ese momento. ¡Que gente más exagerada!, era entonces mi pensamiento.

En febrero seguí con mis viajes habituales, aunque en el aeropuerto de Marrakech tuve que emplear mis dotes de persuasión con el agente de aduanas marroquí para explicarle las razones de mis entradas a China ese invierno y que no había estado en contacto allí con el virus. A primeros de marzo, con la enfermedad expandiéndose junto a nosotros en el norte de Italia, mi percepción, mis sensaciones y mi miedo cambiaron por completo. Me convertí en uno de esos alarmistas, y agoreros, que no entendían la inacción de nuestras autoridades. Eran días que parecíamos vivir en la crónica de una muerte anunciada. Lo cierto es que mis temores no parecían ser compartidos por la mayoría y por doquier la gente actuaba sin vislumbrar el peligro que nos acechaba.

Lo que pasó posteriormente ya lo conocen todos ustedes. Contagios aumentando de manera exponencial, hospitales colapsados y una de las mayores tasas de mortalidad del mundo. El confinamiento severo fue la única salida a una reacción tardía que nos ha sumido a todos en una especie de hibernación colectiva como nunca habíamos experimentado. En estos meses de pandemia, las críticas, siempre necesarias, han sido a veces percibidas como ataques con intereses políticos o partidistas. En medio de una crisis sanitaria y social de esta envergadura debería haber prevalecido el análisis y las sugerencias constructivas para mejorar la situación. Una visión analítica y basada en las evidencias disponibles es la herramienta necesaria y debería ser siempre bienvenida. La crítica y la razón son valores que la sociedad debe preservar en todo momento, más aún durante las dificultades.

Uno de los aprendizajes de esta pandemia ha sido cómo se ha puesto de manifiesto nuestra obvia dependencia de la ciencia y la tecnología, y el diferente impacto que ha tenido el virus en los países según se han aplicado las tecnologías existentes. Más o menos rigor científico ha desembocado en un mayor o menor número de muertes. Corea del Sur y Alemania han mostrado hasta ahora la forma más sofisticada de lucha contra el virus. Por otro lado, la endeblez de la estructura de la ciencia española se ha manifestado desgraciadamente de manera clara y rotunda. Como una gota más, no es de recibo que más de ciento setenta días después de declararse el estado de alarma aún no tengamos una aplicación de rastreo útil y operativa en todos y cada uno de nuestros móviles.

Los científicos, normalmente con poca presencia social, nos vimos relegados doblemente en el confinamiento al considerarse nuestra actividad como no esencial. Muchos mostraron un ánimo para contribuir a paliar el desastre con análisis de los datos disponibles, propuestas y estudios de diversos escenarios. En los días más oscuros de marzo, cuando todos andábamos afectados y desbordados por la situación, algunas voces se alzaron con claridad y contundencia. Mostrando los diversos escenarios de crecimiento de la epidemia y evaluando mediante modelos los riegos y las posibles soluciones. En estas mismas páginas de Jot Down se han apuntado de manera muy certera muchos de los escenarios de evolución de la pandemia.

La situación de final de agosto en España no puede ser más desoladora. De nuevo, contagios sin control y otra vez una sensación de inacción. Es cierto que solo el hombre tropieza dos veces en la misma piedra. Y es muy probable que sea un español el que lo haga de forma repetida. No les niego que les escribo en un estado de desasosiego. Que no puedo dejar de mirar las gráficas de evolución de casos intuyendo con claridad que volverán en grandes números los enfermos graves y los fallecidos dentro de unas pocas semanas. Quizás tenga que hacer caso a un amigo que me recomienda que solo debería caer en la desesperanza por problemas propios de salud o amor. Pero nunca por los comportamientos sociales que me disgusten, ya que estos se deben a profundas e inamovibles raíces antropológicas y biológicas.

Posiblemente es cierto, pero no puedo dejar de creer que es posible la mejora colectiva, a través de una buena escuela que instruya desde chiquillos hasta adultos universitarios. ¿De qué sirven si no nuestros esfuerzos pedagógicos por moldear mentes y voluntades hacia el camino de la razón? Será también cierta aquella frase de que toda instrucción es un acto inútil, excepto en aquellos escasos casos en los que es innecesaria. Probablemente los políticos e intelectuales han desistido de la mejora colectiva de los ciudadanos con comportamientos meramente partisanos, de barricadas y destructivos. También algo muy español y tristemente exportado a muchos países de Sudamérica que no levantan cabeza y cuentan sus muertos por millares.

Este texto es parte de lo que pretendía ser el prólogo de un libro que no llegó a ser. También quisiera que fuera un epílogo de más de medio año nefasto en el que salvo seguir viviendo, no recuerdo nada especialmente bueno. Como muchos de ustedes, estoy harto de taparme la cara, aunque lo haga con cuidado todo el tiempo, estoy harto de las videoconferencias, aunque sean mi ventana diaria al mundo, estoy harto de no dar la mano, de no viajar, de no vivir…

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2 Comentarios

  1. Tengo una opinion diferente a usted. La pandemia (si tienes la suerte de no enfermar) esta siendo una bendicion.
    Muchos evitamos trayectos, estamos mas tranquilos y llevamos una vida mejor que en la supuesta normalidad.
    En una lista de pros y cons, los primero superan con creces los segundos. Me parece que usted, y otros, estan exagendando.
    Respecto a la ciencia. Es obvio que no importa a nadie y menos a los politicos. Ya ve que en España tenemos un ministro ausente y como si nada.
    Como le decia, yo espero que esto dure largo.

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