
El comienzo de este año 20 lo recordaré como una mezcla de extrañas sensaciones, y bien podría decir a posteriori que ya olían a la tormenta que se avecinaba. Tras los primeros casos del virus en China en el mes de enero, veíamos desde la distancia y con cierta incredulidad cómo la vida se paralizaba allí. Yo había estado en diciembre y me resultaba difícil imaginar que la vorágine de las ciudades chinas se pudiera parar tan de repente como lo hicieron. A primeros de febrero en un viaje a San Francisco noté, aún bastante perplejo, ciertos síntomas de los métodos de prevención que se empezaban a usar. Mucha gente con mascarilla y la extrañeza de que algunos conocidos me negaran un apretón de manos al encontrarlos. Y lo cierto es que aquello me molestó en ese momento. ¡Que gente más exagerada!, era entonces mi pensamiento.
En febrero seguí con mis viajes habituales, aunque en el aeropuerto de Marrakech tuve que emplear mis dotes de persuasión con el agente de aduanas marroquí para explicarle las razones de mis entradas a China ese invierno y que no había estado en contacto allí con el virus. A primeros de marzo, con la enfermedad expandiéndose junto a nosotros en el norte de Italia, mi percepción, mis sensaciones y mi miedo cambiaron por completo. Me convertí en uno de esos alarmistas, y agoreros, que no entendían la inacción de nuestras autoridades. Eran días que parecíamos vivir en la crónica de una muerte anunciada. Lo cierto es que mis temores no parecían ser compartidos por la mayoría y por doquier la gente actuaba sin vislumbrar el peligro que nos acechaba.
Lo que pasó posteriormente ya lo conocen todos ustedes. Contagios aumentando de manera exponencial, hospitales colapsados y una de las mayores tasas de mortalidad del mundo. El confinamiento severo fue la única salida a una reacción tardía que nos ha sumido a todos en una especie de hibernación colectiva como nunca habíamos experimentado. En estos meses de pandemia, las críticas, siempre necesarias, han sido a veces percibidas como ataques con intereses políticos o partidistas. En medio de una crisis sanitaria y social de esta envergadura debería haber prevalecido el análisis y las sugerencias constructivas para mejorar la situación. Una visión analítica y basada en las evidencias disponibles es la herramienta necesaria y debería ser siempre bienvenida. La crítica y la razón son valores que la sociedad debe preservar en todo momento, más aún durante las dificultades.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Como siempre, el profesor Artal describe perfectamente lo que muchos sentimos
Un placer leerlo
Gracias
Tengo una opinion diferente a usted. La pandemia (si tienes la suerte de no enfermar) esta siendo una bendicion.
Muchos evitamos trayectos, estamos mas tranquilos y llevamos una vida mejor que en la supuesta normalidad.
En una lista de pros y cons, los primero superan con creces los segundos. Me parece que usted, y otros, estan exagendando.
Respecto a la ciencia. Es obvio que no importa a nadie y menos a los politicos. Ya ve que en España tenemos un ministro ausente y como si nada.
Como le decia, yo espero que esto dure largo.