Yo, bastardo

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Lawrence of Arabia, 1962. Imagen: Horizon Pictures.

Este artículo está disponible en papel en nuestra Smart nº6 

EDMUNDO: […] ¿A qué ese nombre de bastardo? ¿Por qué no he de ser ilustre cuando las proporciones de mi cuerpo se hallan tan bien formadas, mi alma es tan noble y mi estatura tan perfecta como si hubiese nacido de una honesta matrona?

William Shakespeare, El rey Lear

El amor, para ellos, era una mera compensación a su maldición. Eran el astroso producto de la deshonra, el fruto de un error de cálculo. Accidentes carnales, perdedores antes de comenzar la partida. No eran culpables del delito haber sido concebidos fuera de los límites sociales del matrimoniopero sí destinatarios de una condena vital por ese pecado ajeno. Jamás serían legítimos, siempre alguien, en algún lugar, resentiría su existencia. Un hombre que renegó de ellos, una mujer que los engendró y los abandonó, o ambas cosas. Unos padres que a ojos de la sociedad no era una  pareja homologada para alumbrar a nadie más que a sus propios instintos. Toda su herencia era un estigma envenenado. Y por eso serían bastardos, hijos ilegítimos, seres espurios, no reconocidos. Sinónimos para siempre de abandono, vergüenza, error y culpa. A cambio, podían abrigarse en el apelativo más cálido de «hijos del amor», aunque se congelaran de ironía. 

Hoy ninguna biografía empieza por ahí. «Bastardo» no es el término biográfico que nos asalta al referir a Steve Jobs o Marilyn Monroe, o al menos no de esa literal manera. El léxico ha evolucionado dotando de nuevos matices a la bastardía, y la sociedad también. Hoy son «hijos de puta», ayer eran apestados. Escribimos de ellos como se escribe de los estigmas que han sido absorbidos por la historia, digeridos y devueltos con un nuevo significante. Todavía vive gente que destacaría que el mito cinematográfico o el genio de la tecnología lo fueron a pesar de ser bastardos, porque fue así durante unos cuantos siglos. No todos. Y no siempre. También en la deshonra hubo jerarquías, y los bastardos reales no estaban despojados de derechos porque podían llegar y de hecho, llegaron a ser reyes y reinas, duques, condes, obispos y papas.

Lo jodido era lo otro. Ser bastardo y no tener sangre real o nacer de la Edad Media en adelante. Porque, como decíamos, el baldón difícilmente superable que supuso la bastardía no fue así desde el principio de los tiempos. En Grecia y Roma, qué duda cabe, también se engendraban hijos fuera del matrimonio, se cometía adulterio y se sucumbía a los placeres del sexo extramarital, pero era visto como una ocurrencia cotidiana. No había estigma moral ni social para esos hijos, ni era motivo de burlas y ofensas; aunque precisamente fue en esta época cuando surgió el concepto «legítimo» que luego se pervirtió. Este no aludía a su concepción ni a su teórica anomalía, si no a una cuestión legal: la herencia de los padres. Los niños nacidos dentro del matrimonio eran los legítimos herederos, única distinción con sus hermanos que gozaban, por lo demás, de idéntica consideración social.

Pero cayó sobre ellos una maldición, una marca de fuego que sería imborrable hasta sus tatatataranietos. Llegaron los tiempos oscuros. «Ningún bastardo entrará en la asamblea del Señor, ninguno de sus descendientes, aun hasta la décima generación, entrará en la asamblea del Señor», se estableció en el Deuteronomio, en el Antiguo Testamento, una referencia que se replicó también en el Nuevo. Con la expansión del cristianismo, la ilegitimidad se convirtió en un flagelo, porque desgarraba la tela moral de una sociedad que debía temer a Dios. Y ese niño era la encarnación viviente de la inmoralidad, del sexo fuera de la santidad del matrimonio, y, por tanto, estaba maldito. Era un subproducto social, un desecho del pecado. 

Así surgieron los vertederos de hijos no deseados. En el de St. Asaph Union Workhouse, al norte de Gales, creció el que años después se convertiría en el explorador que partiría en busca del médico David Livingstone, Henry Morton Stanley. «Bastardo», escupía su partida de nacimiento; producto de un relato común, el de una madre pobre que se quedó embarazada sin estar casada. Temerosas del rigor de las leyes civiles y de la Iglesia, abandonaban a los hijos a su suerte, entregándolos a las órdenes religiosas o educándolos para siervos. 

Pero incluso aunque el seno de la familia tuviera cierta alcurnia o perteneciera a una estirpe adinerada, ser bastardo imprimía en esos hijos una vergüenza imperecedera. Ser ilegítimo se convertía en un oscuro secreto, en un arma cargada que el hijo portaría siempre, apuntando directamente hacia su cabeza. Leonardo da Vinci vivió en ese laberinto de furia y vergüenza debido a su condición. No fue notario porque su padre, Piero da Vinci, joven de una ilustre familia, le engendró con una campesina y jamás le reconoció oficialmente. Aunque, cuando falleció su madre, le acogió en el seno de su familia oficial y le garantizó una infancia acomodada, Leonardo nunca gozó del amparo legal de ser su primogénito. Expulsado del oficio que le correspondería por estirpe, Leonardo se volcó en las artes y las ciencias, y logró epatar al mundo. Pero jamás se desprendió de la untuosa mancha de la ilegitimidad, deshonra que también se reflejó en su arte. Sus primeros cuadros están firmados como «Leonardo», obviando un apellido del que no se sentía merecedor por su mancillado nacimiento. Temeroso siempre, a pesar de sus logros e innovaciones, de que alguien le recordase la palabra prohibida.

Y es que hubo un tiempo en el que «bastardo» era el Hiroshima de los agravios. La bomba que una vez lanzada obligaba a la rendición inmediata del acusado. Lo supo también el poeta Guillaume Apollinaire, inscrito en el registro de Roma como «hijo de madre anónima y padre desconocido», aunque él siempre supo sus orígenes. Su madre hija del camarlengo del papa Pío IX le reconoció más tarde, y su padre, un capitán del Estado Mayor del ejército de Fernando II de las Dos Sicilias, le tuteló hasta los cinco años. Volvió a abandonarle, haciéndole doblemente bastardo y generando el mayor misterio de su vida. ¿Quién era su padre? Apollinaire cubrió su ascendencia de un velo morboso de penumbra, permitiendo elucubrar a compañeros y colegas en todas las etapas de su vida, fomentando el enigma. En realidad, un bálsamo con el que cubrió la herida de su abandono, de una ilegitimidad que le persiguió hasta el final, cuando ya era el heraldo de las vanguardias y poco o nada debía importar quién le depositó en el mundo. «Pero bueno, mi querido maestro, ¿es usted, sí o no, el hijo de un prelado romano?», le acosaban los periodistas en aquel París de la revolución de las artes. 

Ser bastardo en Francia, especialmente después de 1804, comportaba un extra de discriminación. El Código Napoleónico les consideraba oficialmente «sin padres», no huérfanos, sino seres originados de una nada imposible. Las mujeres tenían derecho a renunciar a sus hijos, y si estos querían probar esa maternidad debían acudir a un tribunal de justicia. Un recurso que fue prohibido para los padres, dejando el reconocimiento solo en manos del capricho de los hombres, que podían reclamar al hijo en cualquier momento. El dramaturgo Alejandro Dumas tenía ya varios años cuando su padre, el legendario novelista al que le debía el nombre y la deshonra, le reconoció legalmente y le arrebató de brazos de su madre. Pero el joven, criado al abrigo de la buena sociedad parisina bajo un apellido sinónimo de bohemia, vivió la humillación por su bastardía como un infierno, haciéndole albergar un rencor que emulaba el afán de venganza de uno de los héroes de su progenitor, el conde de Montecristo. No la consumó, porque el tiempo se encargó de cauterizar la amargura, transfigurándola en combatividad contra las leyes que tanto dolor le habían causado. «Por haber nacido de un error, yo debía combatir los errores», decía, reivindicando los derechos sucesorios de los hijos ilegítimos y el derecho a investigar la paternidad. Fue uno de los primeros en defender la igualdad de hombres y mujeres que ya existía en Américao la legalización del divorcio, que evitaría abusos como el suyo. «El hombre ha creado dos morales, una para el hombre y otra para la mujer», criticaba. 

Bien lo sabía la actriz Sarah Bernhardt. Antes de que la sociedad le perdonara todo ser hija ilegítima y prostituta e hiciera de ella un mito, Sarah sufrió los rigores de este desequilibrio por ser una bastarda. Fue hija de una meretriz holandesa y un hombre anónimo, al que parece que ella sí conoció. Jamás quiso desvelarlo y se llevó el enigma a la tumba. Antes, repitió la historia y tuvo un hijo bastardo con el príncipe Charles De Ligne, que trató de reconocerlo años después cuando su madre había logrado la aprobación social a pesar de su espurio origen. Y es que, aunque vivió en la era del puritanismo, la divina Sarah, «la mujer que fue esencia de la femineidad», consiguió rendir al mundo a sus pies, una hija ilegítima de una familia judía que además se afanó en labrarse una vida en el oprobio bohemio tan irregular como su origen. 

Pero arañar un lugar en la historia no garantizó nunca desprenderse de la vergüenza íntima de ser un bastardo. Thomas Edward Lawrence se inició en la vida en un Londres donde ser hijo ilegítimo se consideraba nullis filius, hijo de nadie. El que acabaría emergiendo como ser singular bajo el sobrenombre de Lawrence de Arabia tenía como padre al terrateniente sir Thomas Robert Tighe Chapman, séptimo barón de Westmeath y descendiente del pirata fundador del estado de Virginia, sir Walter Raleigh. Su madre era Sarah Lawrence, la niñera que cuidaba a las hijas de la mujer oficial del aristócrata, el cual acabó abandonando todo para recomenzar junto a su familia ilegítima bajo otro apellido. Lawrence descubrió el tenebroso secreto tiempo después y le atormentó de por vida como una humillación íntima, sabedor de cómo la sociedad abominaba de los bastardos. El célebre mito vivió siempre temiendo que, debido a su popularidad, se empezase a indagar en su vida y tirando del hilo el mundo supiese que era un bastardo. Por eso renunció a su apellido, que le causaba un desprecio heredado y ocultaba la ultrajante anomalía. Se cambió el nombre por T. E. Shaw en honor a su amigo Bernard Shaw— pero la historia le arrebató su deseo, colocándole en ella con su nombre mancillado. 

Hoy ser bastardo es una nada líquida. En una sociedad donde el 40 % de los niños nacen fuera del matrimonio, ser bastardo es no ser nada. El tiempo ha borrado ese uso primigenio del término francés bâtard y del inglés bastard, o lo que es lo mismo: «sucio, no limpio», reduciéndolo a legajo biográfico. Aunque la discriminación legal para los hijos ilegítimos ha desaparecido hace tres días —en 2005 se eliminó en Francia la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos; Estados Unidos lo hizo en 1968 y en Inglaterra ya no existen los «hijos de nadie» desde 1989—, la estigmatización ha desaparecido socialmente, al menos en Occidente. 

Ahora ser «hijo del amor» o «fruto de la fornicación» son solo bellos giros literarios, vestigios de un estigma que tuvo bajo su yugo a gran parte de las figuras que cambiaron la historia, humillados por un pecado ajeno en una época en la que la familia no era una lotería que venía gratis con la vida, sino una cuestión de sangre y honor. El mundo lamentó las muertes de Lawrence de Arabia, Sarah Bernhardt, Guillaume Apollinaire, Leonardo da Vinci, Alejandro Dumas y tantos otros, como Eva Perón, Erasmo de Rotterdam o Jack London. Pero hubo también un tiempo en que se lamentó su nacimiento. 

EDMUNDO: Y ahora, dioses, pasad al bando de los bastardos.

William Shakespeare, El rey Lear.

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