Demokratía y guerra fría (II): El Telón de Bronce

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Temístocles. Fotografía: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

En estos momentos Atenas y Esparta son un remedo primitivo de los Estados Unidos y la URSS de finales de la Segunda Guerra Mundial; son aliados contra el mismo enemigo y tienen el conflicto de cara, y aparentemente son amiguitas. Pero se están jugando muchas papeletas para malos rollos futuros. Sus sistemas políticos son la noche y el día y ambas están destinadas a jugar papel de superpotencia. La diferencia es que Esparta no tiene ningunas ganas de gobernar el Egeo, por lo que esto implica en cuanto a crecer y transformarse, mientras que Atenas no solo lo mira con ojitos, sino que su metamorfosis ya ha comenzado. Cosa que a los lacedemonios tampoco es que les haga mucha gracia. Aunque hay buen rollo oficial entre ambos, quien vio venir el futuro con claridad fue, cómo no, Temístocles.

En cuanto las operaciones bélicas se alejaron de la Grecia continental, los espartanos propusieron, muy sutiles ellos, que estaría genial que se desmontaran todas las fortificaciones y murallas de las polis, con la excusa de que muchas ciudades aliadas del persa se habían tenido que tomar por asalto. Las risas fueron grandes en Atenas, que había sido saqueada por el enemigo y que en aquel mismo momento se encontraba enfrascada en poner sus muros en pie, objetivo en el que estaban pensando realmente los laconios. Temístocles, cual capitán Panaka, urdió una estratagema, plantándose en Esparta a entretenerlos con una patraña mientras mujeres y niños acababan las obras corriendo (479 a. C.). Para cuando los espartanos se asomaron por Atenas, la muralla se había completado a una velocidad que ni las constructoras hispánicas. Esto no les hizo demasiada gracia a los rústicos chicos sureños, que tomaron buena nota de la matrícula del ateniense.

Para acabar de liarla, el «Alto Mando Aliado» despachó la flota ateniense bajo mando espartano a pegar guantazos por ahí y tuvo lugar el feo asunto de la corrupción de Pausanias. Una vez destituido el lacedemonio y puesto al mando un ateniense, un «Telón de Bronce» iba a caer entre las polis. Esparta se desmarcó del asunto mientras que Atenas aceptó encantada de la vida ponerse al mando y para ello Arístides fundó una coalición, la Liga de Delos (477 a. C.). Delos-que-pagan, porque en esencia Atenas ponía los barcos, soldaditos y caballos y los demás aflojaban la cartera. Esta subcontratación de la cosa bélica traería consecuencias inimaginables. Pero de momento quedémonos con que los espartanos no olvidan, así que se las apañaron para acusar a Temístocles de estar implicado en la subversión de Pausanias. ¿Qué tiene que ver esto con la democracia? En pocas palabras, va a ser su sustento.

La flota ateniense. Fotografía: Cordon Press

La flota ha ganado la guerra, y ya no son los propietarios agrícolas y sus lanzas los que defienden Atenas en solitario. La marina no solo es el orgullo de la polis, sino su futuro. Es imprescindible para continuar las operaciones, mantener la Liga (y el cobro de contribución correspondiente) y arrojar al persa del resto de Grecia, así que los modestos van a querer ver su poder político aumentado e irrumpir a saco en la fiesta de la democracia. La facción «democrática» va a salir muy reforzada de la guerra y los acontecimientos posteriores, adquiriendo un tono claramente antiespartano y proexpansionista, como su líder. De hecho, una de las primeras medidas que tomará el demos es quitarse de en medio a la figura oligárquica del momento, Arístides, votando su ostracismo.

Pero paradójicamente, la facción aristocrática también va a reforzarse. Los hoplitas se han batido como machotes y el Areópago, reducto aristocrático, ha adquirido mucho prestigio tras dirigir la evacuación de la ciudad en momentos de grave peligro. Además, cuenta ahora con una joven promesa, el hijo de Milcíades, Cimón, que además ha heredado la inmensa fortuna de papi. Para colmo, muchos de sus cabecillas son strategos del ejército que tan brillantemente conduce la guerra contra Persia; el propio Cimón es puesto al mando de la expedición de la Liga para correr a gorrazos al persa hasta su tierra. Sin embargo, esta facción es partidaria de la amistad con Esparta, «home of the hoplites» polis oligárquica por antonomasia. La lucha política, pues, se va a recrudecer y tendrá como objetivo al hombre que ahora ostenta el título de «más popular de Atenas», el hombre en el cénit de su carrera, Temístocles, que se ha puesto además un poco chulito y al que los espartanos y sus amigos difaman. En 472 es condenado al ostracismo en una votación de la que se han encontrado abundantes ostrakón prefabricadas con su nombre ya impreso. Las irregularidades se inventaron ayer, como se ve.

Mientras tanto, la Liga de Delos se consolida a la vez que el fantasma del peligro persa se aleja. Cimón se hincha a repartir leches de tal modo que los aliados empiezan a plantearse que a lo mejor no hace falta ya la pseudo-OTAN esta. Sin embargo, a los atenienses les va muy bien esto de cobrar sus servicios militares por adelantado, y ese dinerito está haciendo mucho bien en Atenas, porque entre otras cosas servirá para sufragar la adquisición de muchos esclavos y la presencia en las asambleas de los más modestos; el imperialismo ateniense sostiene la democracia popular.

La organización de la Liga ya tiene mala pinta y no responde que digamos al modelo democrático: se reúnen dos órganos por separado, el de los atenienses y el del resto, así que ya se pueden imaginar qué clase de igualdad garantiza eso si el voto de Atenas vale por el de todos los demás juntos. Cuando se huelen que la Liga es un instrumento al servicio de la polis ática, algunas ciudades tratan de salirse. Pero la Liga de Delos es una especie de antecedente de instituciones futuras como la Iglesia católica o las compañías de telefonía móvil; es muy fácil entrar, pero salir es harina de otro costal. Naxos en 470 y Tasos en 465 tratan de borrarse del club y son correspondientemente represaliados por los atenienses, que mandan colonos —clerucos— a todas partes y se aseguran por encima de todo el cobro de sus servicios. ¿El persa? Bien, gracias.

Así están las cosas ahí fuera, pero… ¿qué ocurre en Atenas mientras tanto, una vez expulsado Temístocles? Pues el partido aristocrático, con Cimón a la cabeza, tratará de mantener a raya a los demócratas con un recurso muy actual; el evergetismo. ¿Qué es esto? Pues sencillamente que Cimón gastará parte de su dinero en abrir sus huertos, sus terrenos y su bolsillo para regalar al personal comida y sustento. Como nada es gratis en este mundo, una vez que pasas a ser mantenido de alguien te conviertes en su clientela, y como si de un precursor del camello moderno se tratara, si quieres seguir chupando del bote, en la ekklesía votarás lo que yo te diga. El pesebrismo se inventó hace veinticinco siglos. Así es como Cimón cree manejar el sistema político, pero un oportuno resbalón dará alas a sus enemigos políticos. En 462 a. C., Esparta sufre un tremendo terremoto y pide ayuda ante la rebelión de sus montones de hilotas. Cimón, que es muy proespartano él, convence a la asamblea de que le deje ir con cuatro mil hoplitas.

Cimón. Fotografía: Cordon Press.

Aparte de que los lacedemonios lo envían rápido a hacer gárgaras, porque no quieren saber nada de los atenienses y sus peligrosísimas innovaciones políticas, en su ausencia los cabecillas demócratas, Efialtes y el gran Pericles, han reformado la constitución de Atenas, sin referéndum ni nada. El Areópago es despojado de sus poderes auditores, que pasan a la boulé y la Asamblea del demos y se queda en lo justo para ver casos penales; los thetes ven su poder incrementado. 

Cimón volvió de Esparta con sus hoplitas todo despechado después de que sus amigos espartanos le dijeran que preferían una relación a distancia y que se fuera por donde había venido… solo para encontrarse un bonito ostracismo que le dejará fuera de combate en 462 a. C. Los ánimos en Atenas andaban revueltos y la respuesta de los lacedemonios no gustó mucho; de esta manera, la torpeza espartana demostró no tener límites, porque la influencia en Atenas de los partidarios de llevarse bien con los madelman peloponesios se redujo al nivel del salario mínimo español.

Esto dejó las manos libres a los demócratas para «rediseñar» la política exterior ateniense sin deberle nada a los pueblerinos del sur, por lo que se dedicaron a reforzar su imperio, con la flota en una mano y la lanza en la otra. Atenas no podía renunciar al pingüe negocio de la Liga de Delos, puesto que los ingresos que obtenían son directamente responsables de lo que exageradamente se conoce como «el siglo de Pericles», momento cumbre de la cultura, las artes y todo eso en lo que se gasta la pasta cuando sale por las orejas. Hay que decir, eso sí, que al menos tuvieron la deferencia de prescindir de parques temáticos desiertos y resquebrajados diseños de Calatrava y erigir obras de las que aún pueden verse. Pero no solo se empleaba el dinero para eso; lógicamente se invertía en barcos, caballos y guerreros, y también en una creación del propio Pericles: la subvención. También conocida como óbolo.

¿Para qué este invento del demonio? Básicamente porque para ejercer la politeia hay que ser un ocioso con mucho tiempo libre, y dicho perfil suele coincidir con el aristocrático. Las bases de la democracia, los marinos, se encontraban lejos de Atenas, persiguiendo al persa y metiendo aliados en cintura por el Egeo. Los hoplitas también tenían la cosa difícil para acudir a las asambleas, puesto que los que no guerreaban se dedicaban a sus tierras, y en general, para quien debía buscarse la vida currando era complicado pasarse por allá. Así que si bien la desarticulación (temporal) de la facción aristocrática acabó con la compra de voluntades que Cimón practicaba, la democrática tenía problemas para ejercer el poder desde una asamblea casi vacía compuesta por los más pudientes. En realidad, el óbolo no era mucho dinero, ni la mitad de un salario diario normal; pero poco es mejor que nada, así que los tribunales y las sesiones de la ekklesía comenzaron a llenarse de gente menesterosa que iba allí a cobrar, y si se tercia, a venderse. Una medida que en principio parecía una buena idea, destinada a que el pueblo pudiera tener algo de independencia política, acabó a la larga convirtiéndose en una fuente de problemas. Cosa que al pobre Pericles le va a pasar bastante a menudo, pero eso ya se verá más tarde.

Sea como fuere, finiquitada la práctica del evergetismo y por tanto el control de los ricachos sobre el demos a golpe de talonario, este volvió a tomar las riendas del Estado de la manita del gran Pericles. Que era un señor paradójico, puesto que se trataba de un líder democrático de origen y talante aristocrático; este extraño equilibrio contribuye también a la no menos paradójica situación de que los ciudadanos atenienses y su democracia se vuelvan bastante «aristocráticos» en sus decisiones. Que estaban estaban sobre todo encaminadas a mantener, ampliar y fortalecer el sistema que les permitía gobernarse: el imperialismo. Vamos a patearnos la política exterior de Washington… Atenas.

Se basó esta en dos líneas principales de actuación; una consistió en mangonear en el área alrededor del Ática, lo que incluía Grecia Central y las ciudades de la costa norte del Peloponeso. Un juego bastante peligroso, puesto que si bien los atenienses se limitaron a molestar a algunos miembros de la Liga del Peloponeso (quienes, como buenos griegos, peleaban entre ellos), afectaba indirectamente a Esparta, riesgo que al parecer les importaba tres pepinos. Así, Atenas se alió con Tesalia (expartidaria del persa en las Guerras Médicas) y Argos, en virtud de sus malas relaciones con Esparta, y también consiguió atraerse a Mégara, que como tenía un contencioso con Corinto, no vio mayor problema en pasarse a la Liga de Delos. Por fin Atenas podía rendir cuentas pendientes con potencias marítimas vecinas como Egina, Corinto y sus amiguitos.

Ciudades todas ellas que veían con mucha alarma la enorme expansión ateniense, que amenazaba con estrangularlas y someterlas, y ahí entroncamos con la segunda línea: la guerra con Persia como excusa para incorporar ciudades a la Liga de Delos, ergo a la cuenta de resultados. Después de la galleta tremenda que se llevaron en Eurimedonte los persas a manos de Cimón (antes de que lo largaran), la marcha de las operaciones iba cuesta abajo, y cada vez más los atenienses estaban más ocupados en instalar clerucos por ahí y en favorecer al partido del demos de las ciudades de la Liga que en otros asuntos. Esta exportación de la democracia en realidad era solo aparente, puesto que, si bien los atenienses en política interna no se metían, el demos de cada ciudad aliada en política exterior ni pinchaba ni cortaba, así que se trataba de una democracia bastante poco soberana que nos recuerda algo a todos.

Todo esto, además de suponer una escalada de tensión que acabará muy mal, como el agorero de Tucídides no se cansa de repetir, exigirá a Atenas un esfuerzo muy grande, y como ya sabían las viejas castellanas en su día, «quien mucho abarca, poco aprieta». Para resumir, la triple alianza Atenas-Argos-Mégara empezó a darse piñazos con Corinto & Asociados, lo que preocupó lo suficiente a los lacedemonios como para sacar a sus muchachos a pasear por Grecia central. Además, por entonces Atenas se había metido en Egipto a chinchar al persa; demasiados frentes abiertos, así que Pericles echó marcha atrás. En democrático consenso con la facción aristocrática y aprovechando que el ostracismo de Cimón caducaba, consiguió que el forrado ateniense negociara con sus amiguitos espartanos una tregua para acto seguido ir a hacer lo que más le gustaba: correr detrás de los persas cual toro sanferminero en pos de un grupo de australianos borrachos. Pero hete aquí que en Chipre Cimón palmó, y muerto el mayor partidario de la guerra, no quedó otro remedio que firmar la paz (de Calias, en 449 a. C.), muy necesaria para ambos bandos.

Sin embargo, este armisticio dejó a Atenas en un compromiso; una vez finiquitado el objetivo para el que se creó la Liga, los aliados comenzaron a pensar que iba siendo hora de disolver el club de los paganos. Cosa que a los atenienses ni se les pasaba por la cabeza, ya que los subsidios les permitían mantener veinte mil bocas de ciudadanos aproximadamente. Así que hizo justo lo contrario, reforzar el control sobre la Liga, animar amistosamente a punta de lanza a entrar a nuevos «amigos», reprimir las rebeliones contra esta hegemonía (Eubea, el incidente de Samos, Bizancio) y buscarse nuevos conflictos que la justificaran. Vuelta la burra al trigo: Esparta se enfada, se da un paseo por Beocia, se enseñan todos los dientes, se va salvando la situación como se puede, etcétera. Pero en el fondo, dado que ni Esparta ni Atenas modificaban sus políticas esenciales, todos sabían que el equilibrio no se podía mantener siempre y que al final se iba a liar parda. Uno de estos listos era por supuesto Pericles, que ya había creado un fondo de reserva de mil talentos de oro y tenía un plan bélico diseñado para cuando estallara lo que al final estalló en 431; la guerra mundial griega, más conocida como Guerra del Peloponeso.

(Continúa aquí)

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3 Comentarios

  1. Una buena manera de conocer ese período histórico que nos concierne. Leer los clásicos conlleva la posibilidad de extraviarse o aburrirse con tantas datas y lugares. Excelente lectura. Mil gracias. Me trae a la memoria un escrito de Tucídedes, El diálogo de los atenienses y los habitantes de la pequeña isla de Melo, exterminados porque no querían aliarse ni con unos ni con los otros, los espartanos durante la guerra del Peloponeso. Una mancha horrenda para la conociencia de Atenas que, cuando viene derrotada y humillada da la culpa de tal tragedia a aquella infame injusticia cometida. Los dioses, en aquellos tiempos, no fallaban.

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