Historia de las pandemias (I): Plagas en la Antigüedad

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Plague in an Ancient City, de Michael Sweerts.

Por fuera, el cuerpo no estaba muy caliente al tacto. Tampoco pálido en apariencia, aunque sí rojizo, lívido y cubierto de pequeñas pústulas y úlceras. Por dentro, sin embargo, el cuerpo ardía. El paciente no podía soportar ropajes o sábanas incluso de la más ligera factura, ni estar de otro modo que completamente desnudo. Lo que más deseaban los enfermos era arrojarse al agua fría. Así lo hicieron quienes no estaban siendo atendidos; padeciendo las agonías de una sed insaciable, se sumergieron en los depósitos que recogen el agua de lluvia. Sin embargo, [para el alivio de los síntomas] no suponía mucha diferencia el que bebieran poco o mucho. Nunca cesaba de torturarlos la miserable sensación de no ser capaces de descansar o dormir. (…) Era el horrible espectáculo de los hombres muriendo como ovejas. (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso)

Al siglo V antes de nuestra se lo suele apodar «el siglo de Pericles», pero bien podríamos llamarlo el siglo de la primera pandemia. O, para ser más precisos, el siglo de la primera pandemia ampliamente documentada: la «plaga de Atenas». No fue la primera epidemia que traspasaba fronteras, pues habían ocurrido otras, pero estas no dejaron crónicas tan detalladas que hayan sobrevivido hasta nuestro tiempo. La plaga empezó a provocar estragos en Atenas en el año 430 a. C., apenas unos meses después de que hubiese estallado una guerra que enfrentaba a dos alianzas griegas: la Liga de Delos encabezada por Atenas y la Liga del Peloponeso encabezada por Esparta. Sin que lo hubiese esperado ninguna de las dos partes, un tercer combatiente invisible demostró ser más letal que cualquier ejército; durante tres oleadas ocurridas en un periodo de cinco años, la horrorosa plaga aniquiló a decenas de millares de griegos. Solo en Atenas hubo cien mil víctimas; la ciudad perdió la cuarta parte de la población en menos de un lustro.

La enfermedad había llegado desde el mar. Afectó primero a la ciudad costera de El Pireo, situada a unos pocos kilómetros de Atenas, que ejercía como puerto de entrada para los alimentos y mercancías que se consumían en la capital. Cuando empezaron a enfermar y morir cientos de personas, muchos creyeron que un comando de espartanos había conseguido sortear las murallas, infiltrándose en El Pireo para envenenar los depósitos de agua y alimentos. Poco después, la enfermedad se extendió a la propia Atenas, así que la hipótesis del envenenamiento se quedó corta para explicar una marea de mortalidad cuyas cifras empeoraban día tras día. El historiador ateniense Tucídides fue quien compuso la crónica clásica de aquella pandemia. No solo fue testigo testigo directo del brote de Atenas, sino que resultó contagiado él mismo, aunque estuvo entre los afortunados que pudieron recuperarse y contarlo. En sus escritos, Tucídides expresó un profundo horror ante «una pestilencia de tal extensión y mortalidad como no se recordaba en lugar alguno». Enumeró una larga lista de síntomas que piban presentándose con cada nuevo estadio de la enfermedad: fiebre, estornudos, dolores, inflamación ocular, tos, halitosis, sangrado faríngeo, vómitos, insomnio, llagas, pústulas, sensación de calor intolerable, sed insaciable, y, por último, una etapa de agresivas diarreas que provocaban una «extrema debilidad corporal» a la que, en un pavoroso porcentaje de casos, seguía la muerte. La enfermedad ni siquiera entendía de clases sociales. Pericles, el famoso y respetado líder de los atenienses, estaba dirigiendo las tropas de la alianza de Delos cuando recibió la noticia de que sus dos hijos habían contraído la plaga y habían muerto. Quedó sumido en el llanto y la desesperación. Pocos meses después, él mismo desarrolló síntomas y quedó tendido en una cama, incapaz de levantarse. No tardó en fallecer también.

Tucídides comentó con pesar que la mayor tasa de mortalidad se daba entre quienes cuidaban a los enfermos: «Los médicos no fueron de utilidad porque ignoraban cuál era la manera indicada de tratar la plaga, y ellos mismos morían en mayor cantidad que nadie, pues eran quienes visitaban a los enfermos con mayor frecuencia». Los atenienses pronto entendieron que no había manera de hacer frente al desastre. Ningún sistema de contención funcionaba. Quien tenía que morir, moría. La medicina no servía. Los recursos religiosos y mágicos como rezos, sacrificios y adivinaciones también se probaron inútiles, hasta el punto de que «la abrumadora naturaleza del desastre puso fin a todas esas prácticas». Ni los médicos ni los dioses podían aliviar los síntomas.

A pesar de la detallada descripción que Tucídides hizo de los síntomas, es muy difícil determinar qué enfermedad concreta provocó la plaga de Atenas. Es posible que nunca se llegue a saber. Se han formulado hipótesis para todos los gustos. Algunos creen que pudo ser una enfermedad hoy desaparecida, o una enfermedad que sigue existiendo pero ha perdido su poder letal, motivo por el que ya no somos capaces de reconocerla en el relato. Otros han señalado candidatas como la peste bubónica, la viruela, el tifus, o algún tipo de fiebre hemorrágica, pero la sintomatología no cuadra a la perfección en ninguno de los casos. Se ha especulado incluso con la posibilidad de que fuese una epidemia de ébola: se sabe que la plaga ateniense procedió de África, desde donde zarpaban casi todos los barcos que atracaban en El Pireo, y el propio Tucídides averiguó que el primer brote se había producido en Etiopía, desde donde la enfermedad se había extendido a Egipto, Libia y Persia antes de desembarcar en Grecia.

De las pandemias anteriores a la plaga ateniense se sabe poco, y conforme se retrocede en el tiempo, más difícil es obtener información fiable. En el año 1200 a. C., por ejemplo, una plaga mortal viajó desde China hasta Mesopotamia; hoy se cree, aunque no con seguridad, que pudo tratarse de la gripe. En el 1320 a. C., el Imperio hitita se vio sacudido por una oleada epidémica, probablemente de viruela, cuyos sucesivos rebrotes se prolongaron durante veinte años y diezmaron la población. Hubo epidemias todavía más antiguas que carecen de menciones escritas, pero que han podido ser confirmadas mediante descubrimientos arqueológicos. Por ejemplo, en algunas de las más antiguas momias egipcias se ha encontrado ADN del bacilo Mycobacterium tuberculosis; además, sus columnas vertebrales presentan lesiones consistentes con las que cabe esperar en la espondilitis tuberculosa, también conocida como enfermedad de Pott. Otro ejemplo: en algunos yacimientos de la Edad de Bronce se han encontrado restos humanos con material genético de la bacteria Yersinia pestis, responsable de la peste bubónica.

Las grandes pandemias, no obstante, eran mucho menos frecuentes en tiempos prehistóricos. Con anterioridad a la aparición de grandes ciudades, la extensión de las epidemias debió estar limitada por lo reducido y disperso de una población humana que, además, rara vez viajaba grandes distancias. Desde una perspectiva histórica, casi siempre han sido dos factores fundamentales los que han favorecido la rápida extensión de las pandemias: primero, una alta densidad de población; segundo, un intenso movimiento de personas y mercancías. Dicho con otras palabras: es un hecho probado que la civilización trajo consigo una mayor tasa de contagios. El aumento de asentamientos urbanos donde miles de personas compartían espacios reducidos, y la proliferación del comercio internacional, establecieron las condiciones que permitieron que las epidemias, hasta entonces localizadas en territorios concretos, empezasen a ser vez más catastróficas. Las epidemias localizadas habían causado dolor en poblaciones pequeñas, de eso no cabe duda, pero las pandemias que arrasaban diversos enclaves geográficos (y, en desgraciadas ocasiones, continentes enteros) adquirieron el poder de cambiar la faz de las naciones y hasta el rumbo de las épocas.

¿Cómo se explicaban las pandemias en tiempos antiguos? La respuesta es que depende de la época y el lugar. Aunque hoy nos parezca extraño, el concepto de contagio no siempre fue aceptado de manera universal. Hoy entendemos que el contagio de persona a persona es, junto a las picaduras de ciertos insectos como los mosquitos, el mecanismo fundamental por el que las epidemias se extienden. Pero, si hoy estamos seguros de que existe el contagio, se debe a que sabemos de la existencia de los gérmenes. Quienes no conocían los virus o las bacterias, no siempre tenían motivos para creer en la teoría del contagio. Es verdad que, aun sin haber descubierto los gérmenes, la teoría del contagio fue defendida por estudiosos de distintas culturas, ya desde la antigua Grecia. Pero esa idea no siempre fue aceptada por la gente de a pie (o por las autoridades), y muchos se resistieron a reconocer la existencia de un mecanismo puramente físico mediante el cual un individuo enfermo pudiese transmitir su mal a un individuo sano. Todavía menos habitual era que se contemplase la posibilidad de una transmisión asintomática. Así, muchas personas a lo largo de la historia desoyeron a los estudiosos y atribuyeron las enfermedades colectivas a los dioses y la magia. Incluso cuando optaban por explicaciones más terrenales, atribuían las epidemias a debilidades corporales provocadas por el estilo de vida, o a factores accidentales con potencial para afectar a toda una población, como los envenenamientos alimentarios o las contaminaciones de las fuentes de agua. Y, sobre todo, la explicación física preferida por muchos: la pestilencia procedente de lugares insalubres, en especial aquellos donde había cadáveres o materia orgánica en descomposición.

Hipócrates en la plaga de Atenas. (Alamy)

Los antiguos estudiosos griegos sí estaban entre quienes creían en el contagio, sobre todo después de haber experimentado la plaga ateniense. Tucídides vivió dos milenios antes de que fuesen descubiertos los microbios, pero nunca albergó dudas sobre el hecho, para él indiscutible, de que la plaga se había trasmitido de una persona a otra. Los griegos llegaron a considerar contagiosas enfermedades como la tuberculosis, la lepra, la rabia, la sarna y la oftalmía o inflamación de los ojos. No eran los únicos. Por aquella misma época, en la India, el médico Súsruta escribió un tratado conocido como Sushruta Samhita, (El tratado de Súsruta), donde explicó que enfermedades infecciosas como la lepra, la tuberculosis, los procesos febriles y diversas afecciones oculares podían transmitirse entre personas. De hecho, enumeró varias prácticas cotidianas en las que, según él, existía riesgo de contraer esos males: el acto sexual y otros tipos de contacto físico, el dormir en una misma cama aun sin contacto físico, el hablar cerca de otra persona, el comer en la misma mesa aun sin compartir alimentos y cubiertos, y el prestar ropajes, guirnaldas u otros accesorios de la vestimenta. Además de en textos griegos o indios, también en la Biblia hebrea se pueden encontrar referencias a males que los antiguos israelitas consideraban transmisibles, en especial enfermedades de la piel como la lepra, la leishmaniosis cutánea (que en realidad no es contagiosa, pero ellos pensaban que sí) o el bejel, una afección infantil causada por una bacteria idéntica a la que provoca la sífilis venérea.

Tucídides y Súsruta no supieron describir el mecanismo interno de la enfermedad, pero sí compartían la creencia de que el contagio no necesita necesariamente del contacto físico, y que la cercanía a un enfermo, aun sin tocarlo, bastaba para contagiarse de su mal. Otros autores antiguos llegarían a compartir esta misma observación, más llamativa durante las grandes epidemias. Pero, si desconocían los microbios, ¿cuál pensaban que era el agente contagioso? Una hipótesis común, tanto en Europa y África como en Oriente, achacaría las infecciones al aire contaminado que procedía de la corrupción de los tejidos. Este gas recibió diversos nombres: en la Europa grecolatina se lo llamaba miasma, término griego que significa «contaminación». En China se lo conocía como zhangki, y en India tenía el para nosotros los hispanoparlantes sonoro nombre putigandha, que significa «pestilencia». La aceptación tan extendida del concepto de miasma se debía a una observación universal: toda carne en descomposición produce gases pestilentes. Eso hizo que en diferentes culturas se interpretase el proceso infeccioso como el resultado de la aspiración de los gases procedentes de materia putrefacta.

La escuela médica imperante en la antigua Grecia era, por descontado, la teoría hipocrática. Según Hipócrates, la salud precisaba del equilibro entre los cuatro fluidos corporales fundamentales del cuerpo humano, o humores: sangre, bilis amarilla, bilis negra, y flema. El desequilibro de los humores se producía como efecto de un mal estilo de vida y una mala alimentación, o de diversos factores ambientales. Dependiendo de cuáles humores fuesen afectados, se manifestaban los síntomas de una u otra enfermedad. Los griegos, siempre amantes de la armonía teórica, vieron que los cuatro humores encajaban de forma bella y elegante con la teoría física de Empédocles, que definía toda materia como una combinación de cuatro elementos básicos: agua, fuego, tierra y aire. También encajaba con las cuatro estaciones del año. Y con las cuatro etapas de la vida humana: infancia, juventud, edad adulta y vejez. A la vista de estas cosas y de las pruebas físicas de las que disponían por entonces, la hipótesis de los humores se volvió casi indiscutible. De hecho, a Hipócrates se lo considera el padre de la medicina porque fue el primero en proponer un mecanismo físico, y no apoyado en lo sobrenatural, con el que explicar los procesos patológicos. También aportó cosas importantes a la epidemiología. Primero, como observador: en el 412 a. C. describió una gran epidemia, con síntomas que hoy pensamos compatibles con la gripe, y que afectó al norte de Grecia durante un año (de manera independiente, el romano Tito Livio escribió sobre una enfermedad similar ocurrida también en el año 412, así que hablamos de una pandemia europea). Hipócrates, además, fue el primero en clasificar las infecciones contagiosas en dos tipos: endémicas (con presencia constante en una población) y epidémicas (llegadas desde fuera). También distinguió entre patologías agudas y crónicas. Dividió las enfermedades en fases,  y para las más graves señaló una fase concreta, a la que llamó crisis, como el momento que determinaba si el paciente vivía o moría. La influencia de Hipócrates fue tan importante que hoy, más de dos mil años después, seguimos hablando del estado crítico.

En cuanto a la idea del contagio por miasma, encajaba bien dentro de la medicina hipocrática, aunque fue tomando varias formas conforme pasaba el tiempo. En su forma básica, el contagio por miasma se producía cuando una persona lo inspiraba. Una vez dentro del cuerpo, el miasma provocaba una pérdida de balance entre los humores, y esta ocasionaba la corrupción de los tejidos. Dicha corrupción sería responsable de dos procesos: por un lado, los síntomas de la enfermedad; por el otro, la creación de nuevo miasma. En esta fase, cuando el paciente respiraba, exhalaba el miasma procedente de la corrupción de sus propios tejidos, que podía a su vez ser inhalado por personas cercanas. De esta manera, los estudiosos griegos se explicaron tanto el contagio a distancia como las cadenas de contagio. Pero se toparon con una duda. El miasma no podía contagiar por el mero hecho de ser un gas pestilente, pues hay muchos tipos de aire pestilente y no todos ellos provocan infecciones. Así pues, ¿qué era exactamente lo que hacía que el miasma transmitiese una enfermedad contagiosa? Dedujeron que el aire corrupto no provocaba enfermedad como lo haría un gas venenoso, esto es, por efecto de su propia toxicidad intrínseca. Debía provocar la enfermedad mediante alguna sustancia invisible que no era el propio aire, sino que estaba contenida en él, y que era la verdadera responsable de la infección. Imaginaron que el miasma estaba repleto de pequeñas partículas de materia orgánica corrupta que no podían ser vistas, pero tenían el poder para causar enfermedades; los llamaron miásmata. Al ser inspirados por una persona, los miásmata quedaban depositados en su organismo, donde iniciaban un proceso de corrupción de manera parecida a como una manzana podrida hace que se pudran las demás manzanas de un cesto.

¿Cómo detectar el miasma? En principio, pensaban que era invisible y que su única característica física perceptible era el hedor. Pero Tucídides, durante la plaga ateniense, observó que muchos contagios se producían de manera inadvertida. En esos casos, los contagiados no habían sido capaces de detectar el olor del miasma. Dedujo que la pestilencia contagiosa no siempre tenía por qué ser detectable para el olfato humano. Se preguntó, en cambio, si los animales eran capaces de olerla, y esta curiosidad sirvió para demostrar (a ojos de los antiguos estudiosos griegos) la existencia del miasma. Durante el brote de Atenas, Tucídides fue testigo de un hecho que al principio lo dejó desconcertado: no pudo ver animales carroñeros en torno a los cadáveres humanos que eran depositados en el exterior de la ciudad. Esto era anormal. Por lo general, después de un desastre o una batalla, los cadáveres abandonados siempre atraían animales carroñeros; los más visibles y fáciles de distinguir en la distancia eran las aves. Pero las víctimas mortales de la plaga no atraían a los animales, y ni siquiera aparecían las aves rapaces sobrevolando a los muertos. Tucídides, intrigado, pensó que solo había dos maneras de explicar este fenómeno. Una posible causa era que durante los primeros días los animales carroñeros hubiesen acudido para alimentarse de los cadáveres y que, al contagiarse ellos mismos por comer carne contaminada, hubiesen muerto en masa, motivo por el que ya no se los veía. La otra posibilidad era que los animales, que por lo general tienen mejor olfato que los humanos, hubiesen sido capaces de detectar el miasma, y sencillamente hubiesen rechazado alimentarse con la carne contaminada. Cualquiera de esas dos opciones parecía probar la existencia del miasma: o bien era detectado por los animales salvajes, o bien les provocaba el contagio.

Esta deducción tan lógica, sin embargo, planteaba un nuevo problema. Si se asumía que el miasma era contagioso porque portaba miásmatas que eran producto de la putrefacción, el comportamiento de los animales carroñeros antes de la plaga parecía desmentirlo. Es decir: cuando no había plaga, los animales carroñeros comían carne descompuesta y por lo tanto teóricamente repleta de miásmatas, y no parecían contagiarse de nada. Esto hizo que los estudiosos griegos empezaran a sospechar que el miasma no era contagioso por el hecho de contener partículas de putrefacción. No era la putrefacción en sí misma la que provocaba enfermedades contagiosas. Tenía que existir otra sustancia que a veces surgía de la carne putrefacta o enferma, pero otras veces no estaba presente. Para explicar esta discrepancia, redefinieron la naturaleza teórica de los miásmata. Los compararon con otras partículas bien conocidas que flotaban en el aire, como las del polen o las esporas; partículas que, pese a no ser siempre visibles, tenían la capacidad de crear nuevas plantas desde la nada. El filósofo romano Lucrecio propuso la existencia de «semillas de enfermedad», que ya no eran simples partículas corruptas. Muchos otros autores, a lo largo de los siglos, recurrieron al mismo paralelismo con semillas o esporas. Del mismo modo que de una diminuta semilla puede nacer un gran árbol, de una diminuta partícula invisible, o de determinado número de ellas, puede surgir una enfermedad grave.

Ya en nuestra era, en tiempos del Imperio romano, el famoso médico griego Galeno se enfrentó a una pandemia conocida como «peste antonina» que comenzó con un brote, probablemente de viruela, entre los legionarios romanos estacionados en Persia. Los soldados que regresaron a casa diseminaron la enfermedad y esta, al cabo de poco tiempo, se extendió por todo el imperio. A lo largo de dos oleadas separadas por nueve años, se contagiaron veinte millones de personas  La tasa de mortalidad era aterradora: uno de cada cuatro pacientes sintomático fallecía. Llegaron a morir dos mil personas al día solamente en la ciudad de Roma. El historiador hispano Paulo Orosio, al rememorar aquella plaga, escribió que hubo aldeas españolas e italianas que quedaron «completamente vacías». También se contagiaron los galos y germanos que habitaban en las fronteras del imperio, aunque, dado el carácter iletrado de estos pueblos, están peor documentados los efectos demográficos que la plaga tuvo entre ellos.

Galeno, para explicar la rapidez con que se había extendido la pandemia, retomó la idea de unas esporas invisibles que provocaban la enfermedad. Además, sugirió que la acumulación de estas semillas en el organismo podía explicar el hecho sorprendente de que individuos que parecían recuperados recayesen de repente en la fase de síntomas más graves. Teniendo en cuenta que la microbiología no existía porque no había manera de detectar los gérmenes, las semillas y esporas continuaban siendo una muy buena explicación. Aunque hubo quien se acercó más a la verdad: el militar y erudito romano Marco Terencio Varrón llegó a especular con la existencia de criaturas tan pequeñas que eran invisibles y podían flotar en el aire. Al ser inspiradas, estas criaturas podían provocar enfermedades de manera activa. Varrón, claro, no podía demostrar la existencia de tales criaturas, pero estaba completamente convencido de su existencia. Las llamó animalcula (animálculos, animalillos), y no creía que estuviesen en todas partes, sino que se concentraban en los humedales, donde surgían por generación espontánea. Casi podríamos decir que Varrón fue el primer microbiólogo de la historia, aunque las criaturas que él imaginaba debían de parecerse poco a las bacterias y virus como los conocemos hoy. En este sentido, los animálculos de Varrón eran como los átomos de Leucipo y Demócrito: hoy no se consideran científicamente válidos, pero continúan asombrando porque demuestran una profunda intuición y una inteligencia clarividente en personas que no tenían medios tecnológicos para llegar a semejantes conclusiones mediante la observación. Eso sí, la ocurrencia de Varrón no ganó la partida a la teoría de las semillas, más querida por la mayoría de estudiosos. Quizá se explica en parte porque Varrón no habló de los animálculos infecciosos en un texto médico, sino en un tratado sobre agricultura, y lo hacía para advertir a los campesinos sobre los peligros de establecer sus hogares cerca de zonas pantanosas (antes de Varrón, la comprobada peligrosidad de las aguas estancadas ya había preocupado al agrónomo Lucio Jonio Columela, que también estaba convencido de que los pantanos eran fuente de enfermedades. Pero Columela se atuvo a la noción habitual de pestilencia y nunca imaginó criaturas microscópicas).

El ángel de la muerte golpea la puerta en la plaga de Roma. Grabado de Levasseur a partir de un original de Delaunay.

Las pandemias empeoraron con la llegada del primer milenio de nuestra era. Se extendían con rapidez por las regiones ricas porque estas eran las más densamente pobladas, las que disponían de mejores comunicaciones, y las que mantenían una mayor actividad comercial. regiones muy civilizadas, como las dos mitades del Imperio romano, Egipto o China, eran terrenos abonados para las pandemias. Asia central no estaba tan densamente poblada, pero las caravanas comerciales y las hordas nómadas atravesaban la región, portando las infecciones de un lugar a otro. En los territorios costeros, el atraque de un solo barco infectado podía desencadenar un caos sobre tierra firme. Tenían mejor suerte territorios insulares donde el comercio exterior aún no era intenso, como las islas británicas o Japón; eso sí, cuando una epidemia llegaba a las costas de estas islas, se encontraba con una población no solo menos acostumbrada a afrontar estos cataclismos, sino, lo peor, desprovista de inmunidad.

A partir del siglo VI, Europa empezó a ser asolada por una enfermedad que permaneció como misterio para muchos historiadores posteriores,pero que hoy es identificada como la primera gran pandemia de peste bubónica, anterior en varios siglos a la segunda (y mucho más famosa) pandemia bubónica, la Peste Negra. En un proceso típico de la peste bubónica, aunque también propio de otras pandemias como las de viruela, la peste golpeó con gran fuerza durante una oleada inicial muy extensa y destructiva; después llegaban otras oleadas que, aunque con impacto y extensión decreciente, se producían cada pocos años o cada pocas décadas. También era típico de esta enfermedad la aparición inesperada de rebrotes en regiones muy localizadas que habían sufrido una ola reciente. Sumando todas las oleadas y rebrotes, la primera gran pandemia de peste bubónica se prolongó durante más de doscientos años.

Comenzó en el año 541 con la llamada plaga de Justiniano, que duró unos ocho años y afectó a muchos territorios, cebándose con el Impreio Bizantino, mitad oriental del antiguo Imperio Romano. Aunque en la memoria colectiva y en la cultura general de nuestro tiempo no quede un recuerdo tan marcado de aquella pandemia como de la Peste Negra medieval, su poder de devastación fue comparable. La plaga de Justiniano mató a decenas de millones de personas, y se estima que pudo desaparecer entre un tercio y la mitad de la población europea en menos de una década. En términos mundiales, conllevó la pérdida, según diferentes estimaciones, de entre una décima parte y una cuarta parte de la población mundial. Durante el pico pandémico morían cinco mil personas al día solo en la ciudad de Constantinopla. La fase más cruenta de aquella primera oleada terminó en el 549, aunque aún habría rebrotes localizados durante varias décadas más, sobre todo en ciudades de Francia, región donde la plaga no se extinguió hasta comienzos del siguiente siglo. Después de aquel asalto inicial de peste bubónica, que fue con mucho el peor, la enfermedad retornaría a Europa y Próximo Oriente de manera esporádica durante algo más de dos siglos.

Cuando la plaga llegaba a una ciudad, había poco que se pudiera hacer salvo confinarse. Ya por entonces se hablaba de la higiene como una necesidad en el caso de brotes infecciosos, lo cual era muy razonable, pero, al menos en el caso de la peste bubónica, inútil. Solo el distanciamiento social era efectivo. Una vez más, las clases sociales importaban poco. Por supuesto, los pobres vivían hacinados y eran víctimas propiciatorias para el contagio, pero los ricos no siempre podían aislarse por completo, pues necesitaban del comercio para mantener su nivel de vida o siquiera para llenar sus despensas. Y el comercio era el método ideal para la transmisión de la peste. Algunos terratenientes agrarios quizá podían aislarse en una residencia campestre, pero los ricos solían vivir en las ciudades donde, por lo general, todos los alimentos eran importados. Así, cuando en el año 590 se produjo un brote en la ciudad de Roma, pobres y ricos enfermaron por igual. El brote llegó a matar al mismísimo papa Pelagio II, demostración de que nadie estaba a salvo. En el 627, cuando la peste se cebó con el reino sasánida de Mesopotamia, no solo mató a la mitad de la población (lo cual equivale casi a decir que mató a la mitad de la población pobre, pues pobre era casi todo el mundo), sino que el propio rey Kavad II se contagió y murió.

Hoy hablamos de las transformaciones sociales provocadas por el coronavirus SARS-CoV-2, pero las antiguas pandemias no solamente provocaban muertes y más pobreza, sino que, además de debilitar imperios enteros, originaban cambios imprevistos en términos étnicos y hasta religiosos. Entre los años 638 y 639, una ola de peste bubónica asoló Siria, país que justo entonces estaba sufriendo una terrible sequía. La peste diezmó la población nativa, que era mayoritariamente cristiana. Los musulmanes asentados en el territorio habían sido, hasta entonces, una minoría árabe ubicada en destacamentos militares. Encerrados en sus propias fortalezas, los árabes se libraron del contagio. Cuando Siria quedó despoblada, los soldados musulmanes animaron a que sus correligionarios la ocuparan. Eso sí, no olvidaron que habían sido los desastres los que les habían permitido conquistar el territorio, y recordarían la terrible época de la sequía y la peste como «el año de las cenizas».

En el 664, las islas británicas, hasta entonces indemnes, fueron asoladas por un brote de peste que se prolongó durante cinco años. Su inicio coincidió con un eclipse solar y un terremoto, así que los nativos se sintieron desconcertados y una fiebre supersticiosa se extendió por las islas. El territorio menos afectado por la peste fue Escocia, lo cual dio lugar a pintorescas creencias religiosas. En Escocia era habitual la presencia de misioneros irlandeses que viajaban hasta allí para extender la fe cristiana entre los habitantes locales, los pictos. Uno de esos misioneros irlandeses había sido Columba de Iona, que había ejercido como abad del monasterio situado en la isla escocesa de Iona. Tras su muerte, Columba fue santificado. Pues bien, cuando la peste llegó a las islas, era otro misionero irlandés, Adomnán de Iona, quien ejercía como abad en el mismo monasterio. Adomnán era un individuo muy influyente no solo en el plano religioso, sino también en el político, y siempre se escuchaba lo que él tenía que decir sobre casi cualquier asunto. Al llegar la plaga y resultar Escocia poco afectada, Adomnán afirmó que la enfermedad era un castigo divino y que los escoceses se habían salvado porque el difunto santo irlandés Columba había intercedido ante Dios. Por supuesto, Adomnán se consideraba uno de los protegidos por su ilustre compatriota celestial, y estaba tan convencido de la inmunidad que se le había concedido como premio a su tarea evangelizadora, que no tuvo inconveniente en relacionarse con los enfermos de peste. Como detalle curioso, ni Adomnán ni los miembros de su reducido séquito llegaron a enfermar, cosa que sin duda lo llenó de piadosa satisfacción, aunque quién sabe cuánto contribuyó él a extender la enfermedad sin saberlo, ejerciendo un papel que entonces no se concebía: el papel de portador asintomático.

Las dos últimas grandes oleadas de la primera pandemia de peste bubónica de la Antigüedad se produjeron en los años 698 y 746, cebándose una vez más con el Imperio bizantino y Oriente Medio, y golpeando, ya de paso, algunas regiones africanas. Después, en Europa se produjo un largo periodo de relativa calma pandémica que se vio favorecida, entre otros motivos, por la despoblación. De manera paradójica, el empobrecimiento de los antiguos imperios ayudó a protegerlos de las pandemias. Baste señalar que las oleadas de Europa occidental fueron teniendo menos impacto conforme la población se disgregaba en un proceso de ruralización que daría lugar al feudalismo. De hecho, y exceptuando la mencionada oleada británica, la mitad occidental del antiguo Imperio romano, sumida en el declive después del año VI, apenas volvió a ser tocada por la peste  Mientras tanto, la mitad oriental, más rica y más poblada, tuvo que soportar oleadas graves hasta bien entrado el siglo VIII. Tras eso, la peste bubónica desapareció del Mediterráneo y no se volvió a tener noticia de ella durante cientos de años,. Hasta el punto de que, cuando retornó en el siglo XIV para desatar una segunda pandemia internacional, los europeos pensaron que se enfrentaban a una enfermedad nunca vista, y no consiguieron asociarla con la pandemia del primer milenio.

(Continúa aquí)

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3 Comentarios

  1. Muy didáctico el artículo sobre las pandemias en la Antigüedad . Debería ser de lectura obligatoria para todo el mundo en las circunstancias actuales . En un futuro se hablará de la “Peste del Covid19” ocurrida en los años 20 del siglo XXI DC

  2. Ya nos habíamos olvidado de las grandes pandemias. Las creíamos cosa del pasado. Hasta que llegó el Coronavirus (así, con mayúsculas), para acabar con la última y mejor conquista del siglo veinte.
    Y nos ha encontrado igual de preparados de lo que estaban nuestros ancestros ante la Peste Negra. La única ventaja es que el SARS Cov 2 es más benigno.

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