Cine y TV

Seis letras, un castillo y mucho (muchísimo) polvo

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Imagen: Disney.

Me juego el tipo a que, si preguntásemos a todas las personas sobre la faz de la tierra por un sinónimo de infancia (salvando, claro, a las nuevas generaciones) la palabra Disney sería con creces la más repetida. Tampoco hay que ser demasiado lumbreras para intuirlo, vaya. Cuando los años todavía se podían contar con los dedos de las manos, la mayoría de nosotros —con los pies todavía colgando del sofá— clavábamos los ojos frente a la pantalla y nos tragábamos todo lo precedido por las seis letras mágicas que pendían de aquel inmenso e idílico castillo bicolor. 

El catálogo que se abría frente a nuestros ojos era inmenso. Desde ratones con voces estridentes hasta muñecos de madera con una convulsa atracción por la mentira, pasando por tipejos curiosísimos con una intención tan simpática como absurda: ser jóvenes eternamente. De esos quedan todavía fuera de Disney, pero vaya, eso ya es otro cuento. Historias de todas las formas, colores y sabores. Completas y diversas, sí, pero —y disculpen el atrevimiento— cojas. Muy cojas. Nosotras, claro, no teníamos todavía el alumbrado completo como para darnos cuenta. Con ocho años, ¿quién analiza la profundidad de los mensajes que se esconden detrás lo que sucede en ese mundo mágico de luz y de color? Nadie. A esa edad uno se limita a flipar en colores con la pomposidad de los vestidos, la furia de los dragones y la inmensidad de los castillos. Punto.

La cosa es que, sin saberlo, entre un éxtasis y el siguiente, estábamos devorando pequeñas dosis de toxinas con forma de sugerentes e impolutas manzanas rojas. Toxinas que, en muchos casos, se alojaban en el cerebro y se quedaban pegadas, convirtiéndose desde esa posición en un condicionante de la visión de la realidad del propietario de la cabeza en la cual bailaban esas ideas. Todos sabemos que, de niños, aprendemos por imitación. No es una locura pensar, por tanto, que las representaciones que se sucedieron ante nosotros en los primero años (fueran ficción o no), han determinado, en mayor o menor medida, lo que somos y, evidentemente, nuestra relación con el mundo. A ojos de un principiante en esto de la vida, ¿por qué iban los cuentos de Disney a ser diferentes a la realidad? 

Todos hemos querido ser princesas o príncipes alguna vez. Portar uno de esos imponentes y deslumbrantes vestidos largos acompañados de unos zapatos de cristal o cabalgar vistiendo solemnes trajes a lomos de fieles y peludos compañeros. Todos hemos soñado con ese castillo de altas torres, tantas veces repetido, en el que todas las historias —a diferencia de la vida real— tenían un tierno final feliz; en el que según dicen, comían perdices (elaboradas, digo yo, por algún estrella Michelin de la época). Claro que, pensándolo bien, es lógico. ¿Quién, cuando los años todavía se podían contar con los dedos de las manos, no iba a desear esa vida? Era ese sueño el que, de alguna manera, nos conectaba a la imaginación en la aburrida cotidianidad —sin varitas ni villanos— que nos tocaba vivir. 

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5 comentarios

  1. Constantino

    Ok. Háblenos ahora de Leticia Ortiz, Irene Montero y Begoña Gómez, por favor.

  2. Eduardo Roberto

    Me permita, señora o señorita, soltar una sonora risotada, por esas explosiones de prosa callejera que comparto, entiéndase bien. Me considero un varón con el debido y rígido velo masculino como cualquiera de mis congéneres que aquí comentan, y no sé si por castigo o por un retorcido diseño de la evolución, desde hace tiempo he comenzado a considerar que, si queremos salvar nuestra especie y su planeta, es mejor que queden ustedes como únicas representantes de la humanidad, un vocablo que cuando más pasa el tiempo, más inapropiado es. Una muestra son los comentarios sobre cualquier artículo de este rincón literario, prevalentemente masculinos y, en algunos casos, tristemente conflictivos. Tendría que haber más intervenciones femeninas para saber si son iguales o no. Confieso que es doloroso comprobar que nosotros hemos sido solo un accidente necesario en los planes evolutivos para multiplicar la vida: aterrizar en este mundo solo para cambiar el sexo de las mujeres que ustedes traen “de fábrica”, no es muy de halagueño, y es aún más ofensivo saber que podrían traer más mujeres sin nuestra colaboración, posibilidad prohibida para nos. Lo siguiente es una incertidumbre, de consiguiente no podrá ofenderse. No sabemos si ustedes parecen menos “listas” que nosotros debido al papel que les ha tocado, o realmente, y por una crueldad incomprensible de la evolución, lo son de “fábrica”. Yo me inclino por la primera. El único consuelo en un hipotético caso de población exclusivamente femenina, sería recordar (si queda algún camarada en tal utopía conservado piadosamente como objeto curioso) que fue gracias a nosotros si ustedes suplieron su falta de fuerza física con la ciencia y tecnología que le dejaríamos como herencia: robots que harían las tareas más brutas y vosotras con más tiempo libre para amar y traer otras gracias al aporte genético de amigas o desconocidas. Para salvar la cara espero que nuestra ciencia, que va perdiendo de apoco su componente masculina, logre modificar las informaciones genéticas en los futuros varoncitos para que sean un poco menos machos. Se podrá decir que mis reflexiones no están ni en cielo ni en tierra, pero es significativo comprobar que en la literatura de ciencia ficción, uno de los tantos subconscientes que poseemos, de los alíenos no sabemos de qué sexo son. Pareciera que en ellos, que por convención los consideramos muchos más inteligentes, esa ambigüedad ha sido superada. Gracias por la divertida (y ácida) lectura

  3. Aunque podamos estar de acuerdo con que el mensaje del cine de princesas está totalmente desfasado, no es menos cierto que en la actualidad esa temática está totalmente abandonada, tanto por Disney como por el resto de estudios de animación serios que existen. Las películas modernas de princesas, léase Vaiana, Fronzen, Enredados, etc. incluyen siempre personajes femeninos fuertes, que toman sus propias decisiones, que no se dejan salvar por hombres como fin último de su existencia y que, incluso en ocasiones, los rechazan.

    Hablar de lo que Disney hizo en los años 30 del siglo pasado, o en los 50, está muy bien. Todo se puede analizar hoy en día, pero siempre sin olvidar el contexto de aquellos años. Que desde 2020 es muy fácil criticar lo que se hizo hace décadas. Sinceramente, Disney como empresa nunca ha sido especialmente reaccionaria si la comparamos con su competencia.

    Ahora bien, los que somos padres y tenemos niñas que ven este tipo de películas, ya nos cuidamos muy mucho de explicarles que esto son cuentos clásicos, que la vida real no es así, y que besar a una chica cuando duerme sin su permiso es un delito. Además, la posible influencia que este tipo de películas clásicas pueda ejercer sobre la mentalidad de los niños de hoy queda totalmente anulada por la realidad en la que viven y por el resto de contenidos audiovisuales contemporáneos que consumen.

    • Totalmente de acuerdo con usted, Lope. Iría incluso un poco más lejos y diría que su apreciación del final de la Bella Durmiente como delito también me parece algo exagerada. Si ha visto usted la película entera y prestando suficiente atención sabrá que en el momento del citado ósculo:

      * Ocurre el suave beso y nada más que el suave beso.
      * En este punto los dos personajes ya se conocen y están enamorados.
      * El príncipe sabe perfectamente (por medio de las hadas) que el beso es la manera de salvar la vida de Aurora.

      De modo que diría que no sólo es delito, sino además un final bastante bonito. Disney, el Disney antiguo, ha hecho muchas cosas mal en su historia (lo de «Blancanieves» o la oda a la belleza de «La Sirenita» sí que es para echarse a correr), pero esa no es una de ellas. Este tipo de cosas es la que luego llama machismo hasta a los piropos más inocentes, así que cuidado también.

  4. Eduardo Roberto

    Un gustazo enorme haber leido su comentario, señor Lope.

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