Ana Milán: «El ego solo es confeti, luego hay que barrerlo»

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Esta entrevista se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº31 Especial WTF

La risa de Ana Milán (Alicante, 1973) la condensa bastante bien: atronadora, honesta, explosiva. Ríe y hace reír, veinte años lleva en ello. En Camera Café, en Paquita Salas, en Física o Química… Más de mil horas en pantalla, echen cuentas. Llorar la hemos visto poco, porque lo suyo son las mujeres con carácter de amianto. «Soberanas», dice ella. «Bordes», aún apostillará alguno con malicia, porque aún sobreviven los que añoran la fragilidad como virtud femenina, los que se apabullan con la fortaleza y la confunden con antipatía. 

Pero Ana Milán —que no Millán, no la enciendan— de eso, ni un pelo. Sabe que impone, pero se comporta como si no lo supiera. Se sienta con nosotros igual que muchos la han descubierto en los directos en Instagram con los que ha triunfado durante la pandemia: en pijama, con moño, chispeante, un metro setenta y siete de carisma y batallitas. Es inevitable no sentirse un poco amigo suyo, no querer serlo un ratito más. Posee una cualidad a la par insólita y contraintuitiva: hace sentir especial a todo aquel con el que hable. Siempre, sea quien sea. Sí, ella. Con su carrerón —ni un fracaso de audiencia, atiendan—, su mirada de villana pícara, su lenguaraz réplica. ¿Cómo logra no subrayar nuestra insignificancia, en comparación? Ah, misterio. Y pánico: en cualquier momento, tememos que tome el control y acabe haciendo ellas las preguntas. 

De hecho, así empezó. Dice que lo de actriz no estaba en los planes, pero suena distinto que cuando lo dicen otros. Como si fuera verdad. Como sus personajes, que comparten con ella el aplomo, la bravura y la acidez. Confiesa que le cuestan las mujeres rotas, aunque ella también se ha roto unas cuantas veces. Las mismas que se ha recompuesto. Habla de ello y exuda una plenitud envidiable, pero no derrotada: repite su edad, más que como número, como un maleficio para espantar los fantasmas ajenos. Se rodea de jóvenes, y así se siente, por contagio y por convicción. Lo del divismo, para la pantalla. Ana Milán —la de verdad— es otra. La divisamos, mejor que nunca, cuando suena el timbre y se interrumpe la charla. Una amiga le ha enviado un ramo de hortensias y se le empañan las pupilas. Suelta un taco para desengrasar.

Tus anécdotas y tus historietas durante la cuarentena han sido un éxito viral. «Reina del confinamiento», «musa confinada»…, te llaman de todo. ¿Es este tu pico de fama? 

Tengo poca conciencia aún de lo que ha sido esto. Me pasa con este boom como con la pandemia: que ves los números, pero todo parece irreal. El directo de ayer en Instagram, por ejemplo, que tiene como trescientas y pico mil visualizaciones, pero no deja de ser un número. Cuando haces una serie tampoco tienes conciencia mientras la haces, sino cuando sales a la calle y la gente se sabe el nombre de tu personaje, tu trama. Por eso ahora mismo estoy así, sin conciencia. Y, bueno, porque también es verdad que a mí la fama no me la han dado los directos, llevo conviviendo con ella veinte años. Ahora, cuando he salido a hacer la compra he notado que a la gente le ha pasado algo con esos directos. Si me preguntaras cómo se hace, cuál es la clave del éxito, te diría que ni idea. Yo un día me senté con la intención de hacer compañía porque me veía muy inútil. Había gente haciendo mascarillas, gente con impresoras 3D intentando hacer respiradores…, ¿y yo, qué mierda hago, que no sé coser un botón? Pensé: compañía. Viene inspirado un poco por mi amigo Sebastián, que vive en treinta y siete metros cuadrados, sin balcones. Pensaba mucho en él. Le dije que se viniera a casa y la pasáramos juntos, pero lo rechazó porque tenía fiebre. Pensé mucho en él, en las personas que pasaron todo esto solos en su casa. Así empezó. Éramos dos mil, y ayer pasaron cincuenta mil y se mantuvieron todo el rato dieciséis mil. Esas cifras, según me han dicho, no las hace casi nadie. Creo que el hecho de que no tuviera conciencia de ello ha ayudado a que sea como un café en casa con amigos. 

¿No es un poco el equivalente a las cifras que hacías en Yo soy Bea, del 40 por ciento de share? Son datos impensables hoy en día. 

Ya ves. Yo soy Bea llegó a hacer un 44 por ciento, que es el país entero. El día que mi personaje se quita la peluca [risas] y descubre quién es en realidad, cuánto lo gocé. Son cifras parecidas, es verdad. En cualquier caso, estoy enormemente agradecida, porque creo que me han regalado mucho más ellos a mí que yo a ellos. Cuando con ochenta años piense en esta puta pandemia, nunca me veré sufriendo. Y eso me lo han regalado ellos, con sus preguntas increíbles. Un recuerdo muy guay sobre algo que no es guay en absoluto. ¿Yo les he dado media hora de mis días? Sí, pero ellos me han regalado un recuerdo sobre algo muy trágico. Ha pasado de todo: me he descojonado, he llorado, hemos hablado de belleza y de Dios, de comida y de viajes… Es más lo que he recibido. 

Vamos un poco a los inicios. ¿Con qué habría flipado más la Ana del colegio Esclavas de María de Almansa si lo llega a saber? ¿Con que iba a cenar con Robert De Niro, a desfilar en la pasarela Cibeles, a escribir dos libros, a retransmitir un Mundial, a subirse a un escenario a cantar…?

[Risas] Ay, lo del Mundial, qué bueno que lo recuerdes. Yo estaba allí, en la plaza de Colón, media hora antes de la retransmisión, diciendo: «Pero ¿un penalti qué es?», y los técnicos me miraban perplejos. Yo ahí subida en un escenario preguntando obviedades… ¿Con qué habría flipado más? Pues no lo sé. Porque mira: yo soy quien soñaba de pequeña. Con variaciones, porque es verdad que imaginaba mi vida, sobre todo la familiar, de otra manera. Imaginaba que iba a tener muchos hijos, y tengo uno, que ha dado lata como siete… Pero, en lo personal, en lo interno, en cuanto a mente y equivocaciones, soy quien soñé ser. Y esto es con lo que más habría flipado. En lo anecdótico, habría flipado con todas. Y las que no he contado, que quedarán para el petit comité. 

Volaste del nido muy pronto, a los dieciséis. 

Sí, a los dieciséis ya vivía sola, aunque es verdad que eso no es lo mismo que independizarte. Mis padres me ayudaron como hasta los dieciocho o diecinueve. Pero yo era ultraindependiente, como lo es ahora mi hijo. Siempre he sido muy soberana, rebelde por defender como yo pensaba que era la vida. Era muy difícil doblegarme a una educación bastante estricta que ahora valoro mucho. Yo he conseguido valorar más la educación siendo madre que siendo hija. 

Cuando estudiabas periodismo, ¿a qué aspirabas? ¿Cuál era tu gran sueño? 

El mismo que tengo ahora: contar historias y escucharlas. Me interesan mucho las historias de la gente y cómo la gente las cuenta. Me importa poco cuánto tienen de verdad y cuánto tienen de recuerdo creado y transformado. Me interesa más el transformado, porque me dice quién es la persona. Desde muy pequeña me interesa el alma humana. El ser humano es tan delicado, tan bonito, su ecosistema fluctúa tanto, varía tanto dependiendo de las emociones, que son autónomas… No puedes controlar una emoción, son primarias y son nuestro dios interno. Entre escribir y ser actriz hay poca diferencia: o escribes el texto o te lo aprendes, decide. La historia es la misma. Es contar, es rascar un poquito, darle la vuelta a lo superficial. Mi pretensión siempre han sido las historias: me imaginaba escribiendo como me imaginaba cantando canciones: dentro de las almas. 

Tras la carrera empezaste a trabajar en La Guía del Ocio y la revista Tribuna. ¿Cómo fue esa entrevista que le hiciste a Antonio Gala? 

Mira, se me acaba de poner la piel de gallina de acordarme. Es un señor absolutamente maravilloso, educadísimo, de un conocimiento del alma femenina alucinante. Para mí, Antonio Gala es el yin de Pedro Almodóvar. Pedro es el yang de lo femenino, la revelación, cuando no puedes más, cuando la mujer se rompe…, y una vez que la mujer se ha roto, llega Antonio Gala. Es exquisito, habla con calma, te da un espacio para sentirte muy orgullosa de ser mujer y de las emociones que tanto tiempo y tanta gente han asociado a fragilidad o a debilidad. Y, en realidad, es delicadeza. Yo no soy nada frágil y soy tremendamente delicada. No necesito cuidado, necesito delicadeza. Aquella entrevista fue deliciosa, charlamos sobre la vida, sobre el amor… Él me preguntó si yo estaba enamorada, le dije que no y que hacía mucho tiempo que no lo estaba. Le pregunté: «¿Qué se hace mientras no llega el amor?», y él me contestó: «Prepararte para cuando llegue». Me pareció brutal y realmente modificó en algo mi vida, y a mí me apasiona la gente que me hace cambiar de opinión, tener un punto de inflexión, ver cosas que no veía. Fue un regalo. 

Dices de ti misma que eras buenísima como periodista. No es muy habitual reconocerse a uno el mérito así, sin falsa modestia. 

Es que así lo sentía yo, aunque esté muy feo decirlo. Pero es que vivimos continuamente mintiendo, y eso es muy cansado. Diciéndole a una amiga que le queda bien esa camiseta cuando no es verdad, por el temor a que se enfade. Vivimos con el miedo de decirle a nuestra pareja: «Pues, chico, realmente este mes yo no te he deseado ni un poquito». Que no pasa nada. Que puede haber desde un componente hormonal hasta algo que te está distrayendo. Pero con la intención de no herir nos hemos acostumbrado a mentir todo el rato. Yo sentía que era buena, lo primero, porque no seguía un patrón, y lo segundo, por algo que es muy importante para actuar: la escucha. ¿Cuántas veces hemos visto periodistas que en una respuesta tienen un puto tesoro, y se la saltan porque están siguiendo el guion? ¡Millones! Cuando el entrevistado dice: «Y en ese momento a mí se me partió la vida», y el entrevistador dice: «Cuéntame cuál es el último libro que has leído». ¿Puedes escuchar, que te acaba de decir que se le partió la vida? ¿Puedes desviarte un segundo para coger la carreterita secundaria que probablemente se convierta en una autopista? ¿Qué más da el último libro que haya leído? Los tienes todos en la librería, ubícate. Yo sentía que tenía buena escucha, y era lo que me llevaba a pensar que mis entrevistas no estaban nada mal. 

¿Cómo abandonas algo que te gusta tanto? 

Pues, mira, lo que me ocurrió ese verano fue lo siguiente: yo tenía un novio que me pidió matrimonio y le dije que no. A priori, y en esa conversación, parecía que no pasaba nada por rechazarlo, pero evidentemente sí pasó. Era alguien que me gustaba, y me sentí mal. Lo dejamos y tuve un tambaleo, pensando si me había equivocado, si no… Y hablando con Roberto Enríquez, me dijo: «Tía, este verano que tienes que estar en Madrid, ¿por qué no te haces un curso [de interpretación] en Juan Carlos Corazza? Que creo que te va a flipar, tú eres actriz». Y no salí de allí en cuatro años. A mi madre casi le da un terententén. Porque la niña estaba ya colocada: en una revista con sueldazo, jovencita, con un novio hincando rodilla… De hecho, mi madre, después de que yo comiera veinte años de esta profesión de actriz, y hasta el día que se murió, seguía diciendo: «Bueno, sí, pero tú tienes lo tuyo». Lo «mío» aquel verano fue una catarsis personal, y entonces entendí que había algo más y que yo tenía veintipocos años, que era el momento de lanzarme, de decir: «Veamos». Porque, además, las escuelas de interpretación son sitios maravillosos, laboratorios humanos. Ahí es el último sitio donde tú tienes que acertar. Ahí vas a equivocarte, a ver cuáles son tus límites, cuáles son tus trabas.

¿Cuáles son tus límites como actriz? 

Mira, estando como en segundo de Corazza me dan la obra de teatro de El chico de oro, de Clifford Odets. Mi papel era el de una prostituta de los barrios bajos, y ¿sabes qué ocurrió? Que nunca conseguí que me saliera. Nunca. Recuerdo que, cuando Manuel Morón me veía ensayar, me decía: «Ni la hueles». Me decía que tenía que investigar dónde estaba mi prostituta barata, porque todos somos todo. El «yo soy yo y mis circunstancias» es real. No se trata de que seas actriz y tengas un punto de glamur, no. Yo seré actriz y tengo ese punto porque he caído donde he caído, y punto. Si llego a nacer en un barrio de mierda, o en un país distinto, ahora mismo podría ser una prostituta de a diez euros la hora. El caso es que nunca llegué a ella. 

Y ahí, en la escuela, fue donde me di cuenta de que tenía un problema con mujeres más rotas, y que me resultan más fáciles de interpretar las mujeres más soberanas, autoritarias o con más carácter. Cuando me llegan papeles así, los puedo olfatear con más facilidad, pero si mañana me llega una prostituta de la calle Montera, sé que tengo mucho trabajo por delante. Me acuerdo de cuando me llegó, en El tiempo entre costuras, el papel de esa nazi… Porque, además, esa serie se grabó y se guardó tres años en un cajón de Antena 3, en plena crisis, y la emitieron mucho después. Desde que la grabé hasta que vi el capítulo pasaron años. Yo estaba en el sofá de mi casa con unos amigos viendo ese capítulo donde mi personaje está con Adriana Ugarte a los pies de una escalera. Y de repente, dije: «¡Ay, que la va a tirar!», como si no fuera yo. Y me daba miedo. No era spoiler, es que era gilipollas. Lo que te quiero decir con esto es que accedes a sitios muy desconocidos y apasionantes. Eso es un regalo, porque te hace ver la vida sin juicio. Yo me lo trabajo mucho: «No, Milán, no tienes ni idea de esa persona. No te has puesto en sus zapatos, has juzgado por un titular». 

Tu paso del periodismo a la interpretación es eso que dice Bardem, y tú citas mucho, de que «pasas de observar a ser observado». ¿Te acuerdas de en qué momento fuiste consciente de ello? 

Me acuerdo, porque fue muy pronto, cuando estaba haciendo 5mujeres.com. Y eso que el teatro no te convierte en famoso. Mis padres vinieron a verme y estábamos desayunando en una terraza en la sierra de Madrid al día siguiente, y unos chicos se acercaron y me dijeron que habían estado viéndome en el teatro el día anterior, que si les firmaba un autógrafo. Mi madre colapsó y yo tres veces más. Tengo mucha facilidad para poner cara de que todo es normal, pero por dentro estaba gritando: «¿Qué mierda se pone en un autógrafo? ¿Qué añado?». Nadie te enseña a eso. «¿Con cariño?». Pero si no lo conozco, no es real. «¿Con afecto?». No sé. Recuerdo vívidamente ese momento. 

Además de 5mujeres.com, también presentaste la versión femenina de Caiga Quien Caiga. Viéndolo con la perspectiva del tiempo, ¿te hace gracia que aquello se llamase solo «femenino» y no «feminista»?

Es cierto. Es el progreso natural de decenas de años de lucha. El cambio al que estamos asistiendo no nos lo hemos inventado nosotras, se lleva mucho trabajando en ello. Yo lo vivo como algo natural, como mentes masculinas en los despachos que se abren poco a poco al cambio. En mi caso, en CQC, fue Daniel Gavela, un hombre muy avanzado con una mente prodigiosa que entiende los medios de comunicación desde la raíz. No obstante, siempre pensaré que Caiga Quien Caiga ya estaba hecho. A pesar de haberlo hecho y sentirme muy honrada por haber sido la primera mujer que lo ha presentado, en este país estaba hecho por Wyoming, y nadie lo va a superar. Yo lo veía, y pensaba: «No estás mal, Milán, pero Wyoming es Wyoming». Y lo sigo pensando. 

Igual el problema fue replicar tan exactamente la fórmula…

Yo no tengo necesidad de que haya figuras femeninas metidas con calzador. Ninguna necesidad. Simplemente quiero las mismas oportunidades sin que otros piensen que es por una cuota o por una moda. Quiero que sea tan normal como que no haya que contar cuántos hombres o cuántas mujeres hay, porque simplemente lo marque el talento. En 5mujeres.com, por ejemplo, estaba Miguel Ángel Contreras, que lo ve de este modo, y Ana Rivas, que todavía lo ve más. Había equipos de mentes muy abiertas. 

Tu primer casting fue con Luis San Narciso para Siete vidas, ¿no? 

Sí, y yo estaba en la cocina de mi casa cuando me llamó Luis para decirme: «Oye, Ana, ¿te gustaría hacer un capítulo de Siete vidas?», y puse la misma cara que con el autógrafo. Aparenté normalidad, y cuando colgué, grité a los cuatro vientos, porque casi me da un ataque, que vinieron los vecinos y todo. 

Era un papel pequeño, casi de figurante, ¿no? «Chica que seduce a Javier Cámara». 

Ni siquiera «seduce». Yo simplemente leía el periódico y él ya se enamoraba. Luego volví como novia de Anabel Alonso, dos personajes distintos con muchos años de diferencia. 

«Soy actriz». ¿Cuándo lo dijiste, lo sentiste, por primera vez? ¿Ahí?

Cuando más actriz me he sentido es cuando no me ha sonado el teléfono y aún así seguía queriendo hacer lo mismo. Es fácil ser actriz cuando tienes el guion en casa y te recogen al día siguiente. Lo difícil de ser actriz es cuando no suena el teléfono. Para mí, la pulsión artística es mi salvavidas, lo que me hace de corcho. Yo tengo mis collages por un lado, tengo dos libros publicados, estoy con una novela, y estoy terminando otro libro. Eso me permite enraizarme, no tambalearme demasiado, pero he tenido muchos momentos de tambalearme, ¿eh? Porque hay una edad en la mujer en que pasas de ser la chica atractiva a la madre de la chica atractiva. Es difícil, da mucho vértigo y mucho susto. Yo sentí que era realmente actriz en las etapas en que no ha sonado el teléfono. 

Pero tú no has llegado a ese punto aún, ¿no? Porque tus papeles aún siguen teniendo entidad. Por decirlo de alguna manera, no te has «retirado del mercado». 

No, no me ha retirado del mercado porque creo que las cosas están cambiando. Inevitablemente siempre hay un punto de fuga y de mira en EE. UU. Si revisas sus grandes series, como The Good Fight, The Good Wife, Big Little Lies o El cuento de la criada, son mujeres de cincuenta y más. Es decir, está cambiando, la industria se está abriendo. No creo que le pasara lo mismo a Charo López. Eso lo ha sufrido más ella, una actriz increíble de una belleza excepcional a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta y a los sesenta. Tendrá noventa y nueve mil años y seguirá siendo una mujer excepcional y, sobre todo, una gran actriz. Sin embargo, la penalizaron por dejar de tener colágeno y elastina. Esto jamás ha pasado con un hombre. Pero las hijas de puta somos nosotras, cuidado. A ellos los llamamos «maduritos interesantes» o «fofisanos», y nosotras verbalizamos, mientras tanto, «cuarentonas». ¿Cómo? Nosotras seguimos comprando revistas femeninas que nos enseñan caras de diecisiete años que anuncian cremas antiedad, y además con Photoshop. Y las seguimos poniendo en el punto de mira como la única belleza posible. ¿De verdad alguien me va a decir que Julianne Moore o Meryl Streep no son mujeres bellas? Pero ¿tú las has visto? Ellos a los sesenta nos pueden parecer follables, pero nosotras no consentimos eso mismo hacia nosotras. Las revistas femeninas, en un 99 por ciento, están dirigidas por mujeres, y no se les ocurre poner a nadie de sesenta en una portada como alguien espectacular, y las hay. Todas nosotras hemos besado a un calvo, ¿cuándo han besado ellos a una tía calva? Pues eso. Esto es un trabajo nuestro, de verdad lo es. En el tema de la imagen aún nos queda mucho por trabajar y por avanzar. 

No es ningún secreto que la prensa rosa te ha hecho mucho daño. Es de las pocas veces en que te has mostrado públicamente cabreada, como nos contaste para el reportaje «Veneno rosa». 

Más que daño, lo que han hecho es despertar en mí la rabia de no jugar limpio. Ya que vas a ganar dinero con mi vida, di la verdad. Me rindo ante lo inevitable, que quieras sacarme en la revista, aunque no lo entiendo muy bien. Porque si yo quiero grabar a una persona anónima por la calle y hablar de su vida, necesito que esa persona me firme unos derechos. ¿Por qué no les tengo que firmar yo unos derechos para usar mi imagen, ponerla en una portada y ganar dinero con ello? Tú no puedes hacer camisetas de Coca-Cola sin que Coca-Cola te demande. Si no te da el permiso, no las puedes hacer. Mi cara es mi Coca-Cola. Me parece mal que ganes dinero con mi empresa, pero es que además estás mintiendo, y sin ningún problema, creando una imagen falsa sobre mí. Además, un juez llega y dice: «Es verdad, ha mentido, pero se llama “libertad de expresión”». ¿Por qué? ¡Si están mintiendo! 

No os va en el sueldo, como se suele alegar como contrapartida a la popularidad. 

No, claro que no. Porque eso ¿quién lo cobra? ¿En qué sueldo va eso? Mi sueldo son horas de estudio, horas de preparación, mucho dinero en el proceso de formación, recogidas a las seis y media de la mañana con doce horas de grabación. Mi sueldo es ese, y es un sueldo muy honesto y honrado. 

¿Con quién te gustaría tener una conversación profunda sobre esto? ¿Con el que escribe este tipo de prensa, con el que lo dirige, con el que lo consume…?

A mí me encantaría tener una reunión con un ministro de Cultura que cambiase las leyes y permitiese a los artistas tener una vida personal y acotada. Porque yo no he vendido nunca nada de mi vida. Esta conversación me gustaría tenerla con quien puede cambiar las leyes, porque ya sé las mil excusas que me va a dar el que dirige, y que yo las voy a rebatir. Es un debate sin fin. Tú sabrás lo que estás haciendo. Por eso me gustaría hablar esto con alguien que pudiera cambiar las leyes, para sentirme amparada en cosas muy básicas: no se miente sobre la gente, no se usa la imagen de la gente, ya está. Yo sobre mí he leído de bodas que han sido mentira, de novios que han sido mentira; estar acompañando a un amigo a comprar un anillo de compromiso para otra amiga mía y que me hicieran una foto con él y cascasen el titular de que era mi «nueva conquista». ¿Te imaginas esa llamada que recibí de mi amiga cuando lo vio? «Gorda, ¿qué es esto?», me decía. Me puse el plumas encima del pijama, cogí el coche, me fui a comprar la revista y me llevé las manos a la cabeza. «Ana Milán, enamorada de nuevo». ¡Vete a la mierda!

U otro tipo de artículos en los que decían que «no encuentro la estabilidad» porque había roto con mi pareja. Ah, vale, que mi estabilidad pasa por tener un solo hombre en toda mi vida. ¡Acabáramos, capillita! Qué mente hay que tener. Esto lo escribió Marina Pina. Me encantaría sentarme con ella delante de un café y decirle: dímelo a la cara. Dime a la cara que yo no encuentro la estabilidad. Y ahora, me lo desglosas. Y me cuentas, por favor, qué es para ti la estabilidad. 

Es curioso que, frente al avance imparable del feminismo, ese tipo de prensa siga siendo un reducto de ideas machistas que no se combaten en absoluto. 

Mientras toda la sociedad cambia, eso sigue ahí. Y, en ciertos aspectos, incluso va a peor. Porque, antiguamente, la revista llamaba al personaje, pactaba una entrevista, le pagaba por esa entrevista y ambos eran empresa. Y era mucho más honesto, porque todo lo que se leía estaba dicho por boca del protagonista, que decidía si entraba o no. Pero ¿qué hago si yo no quiero entrar a hablar de mi vida personal? ¿Por qué tienes que mentir sobre mí? Es que ya no es que hablen, es que mienten. Y ni siquiera me llaman para contrastar. 

«Siempre me guardo un perdón», has dicho. ¿Para esta situación también?

Para estas no tanto, porque no siento que lo pidan. Si a mí Marina Pina me llama y me dice: «Me equivoqué», yo efectivamente le diría: «Te equivocaste, amiga». Y a partir de ese momento se merecería mi respeto, y por supuesto mi perdón, que no soy Dios ni ando perdonando vidas. Perdono el daño ocasionado, pero no regalo perdones a quien no me los ha pedido. Porque lo va a volver a hacer. En su momento fui yo; en este momento estará escribiendo de otra persona y sacándose las cosas de donde le dé la gana. 

Vamos a algo un poco más luminoso. La gente que trabaja contigo destaca algo sobre ti: «Allá donde va, deja amigos». Hay un par de guionistas que nos han comentado el respeto que siempre tienes hacia su trabajo, que no tiene por qué ser habitual en un actor. 

Me emocionan que digan eso. No puedo decir más que gracias y que qué maravilla. Uno de los regalos de este trabajo es estar rodeada de tanto talento, que me resulta superestimulante, en cualquier ámbito. El talento ajeno me motiva, porque me hace querer estar a su altura, aprender de él. No es que quiera hacer amigos, es que me rindo ante el talento ajeno para enriquecer el propio. Porque el texto que yo me aprendo, que yo interpreto, lo ha escrito alguien. Recuerdo cuando estaba haciendo Camera Café y me llegaban los guiones. Jugaba a leérmelos sin mirar quién era el guionista y tratar de adivinarlo por el estilo. Podía olfatear en la primera página de quién era. Me sienta hasta mal decir la obviedad de que «respeto» el trabajo ajeno. Hombre, es que faltaría más. 

«Hay que sacarla a rastras de maquillaje y peluquería, está todo el día cotorreando…».

[Risas] Soy yo, soy yo. En Física o Química hicimos siete temporadas y dudo mucho que algún día yo pisara mi camerino. Tenía todas mis cosas en maquillaje y peluquería, ese era mi sitio. No hay lugar más divertido en un rodaje. Desayunaba con ellas, descansaba con ellas, comía con ellas, allí estaba mi bolso y mi abrigo… Y les daba mucho por culo, porque no era un sitio donde debiese tener mis cosas. Pero me busqué un rinconcito encima de una caja de cartón, porque me han dado grandes momentos. Momentos de mearme. 

Siempre destacas tu conexión con la gente joven, no te apabulla ni te asusta el relevo. 

Estamos muy equivocados los mayores. Esta famosa frase de que «no vemos el mundo como es, sino como somos» aplica solo a los cuarenta y tantos. Ellos, los jóvenes, ven el mundo como es. Porque nadie les ha roto el corazón, nadie les ha traicionado, están con el celofán puesto. Tienen la mirada nueva, fresca, una visión mucho más sencilla —que no simple— de las cosas. Es delicioso escucharlos. Y yo particularmente aprendo mucho de ellos y les pido mucho consejo. Porque me interesa mucho lo que tienen que decir, aunque me da rabia decirlo así, porque yo también me siento gente joven. Y lo consigo gracias a ellos. Yo sería mucho mayor si dos de mis mejores amigos no tuvieran veinticuatro y veintinueve años. Sería mucho peor, en realidad. Ni joven, ni más mayor. 

Me regalan muchos momentos de frescura, de entender por qué hay que preocuparse y, por qué no, de entender el lío en el que nos metemos los mayores con matrimonios, divorcios, hipotecas, los IBI, trabajos que no nos gustan… Ellos siempre tienen un espacio para el disfrute, para apartar la selectividad o que no encuentren curro. El mindfulness se lo ha inventado la gente joven, coño. ¿Quieres practicar mindfulness? ¡Ten amigos jóvenes! Son un aquí y ahora constante. Incluso cuando son inmaduros, son deliciosos. Porque a mí me conectan con esa energía de lo que empieza, que es la mejor de las energías del mundo. No hay nada más potente, no hay nada que tenga más huevos que alguien intentando abrirse camino en esta vida, con esa energía de lo que empieza. 

Esa es tu historia de amor con los Javis, ¿no?

Yo no puedo estar más orgullosa. Y mira, te voy a ser honesta: no te puedo decir que yo siempre supe que Javi tenía ese talento. Qué va, yo no tenía ni idea de que lo tenía, qué mierda. Vamos, de saberlo, me habría asociado con él en el primer capítulo de Física o Química. Sin embargo, sí he visto florecer ese talento. Porque eso que Javi Calvo sabe hacer yo no lo sé hacer con mis cuarenta y seis. Menuda leccioncita de humildad ha dado a todos. Sí, ese, «el que hacía de gay en Física o Química». Ese se ha juntado con uno que hacía de camarero y se han inventado algo en el mundo audiovisual que se ha exportado a todo el mundo con gran éxito. Así que: chis, guardemos silencio. Hinquemos la rodilla en el suelo y reconozcamos el talento. Y reconozcamos que, cuando se les da espacio a mentes que son prodigiosas, ocurren cosas. La última temporada de Paquita Salas, que es la única en la que yo no estoy, es tan buena, tan buena, que no me eché de menos. La estaba viendo entre carcajadas, lágrimas, admiración… Lo repito: es tan buena que no me eché de menos. No pensé: «Ay, qué rabia no estar», no. Porque la obra es superior al ego. Son una pasada. Así que puntito en boca y a aprender mucho de ellos. Y a escuchar a los jóvenes. Es tan importante como escuchar al de sesenta años, pero esto lo tenemos más interiorizado. Amo a los Javis por encima de mis posibilidades. 

Y eso que no confiaste mucho cuando te dieron el guion para tu papel en Paquita Salas. 

No, de hecho, pensé que iba a ser una mierda del tamaño de un piano de cola. Acepté por hacerle el favor a Javi, porque a un amigo no se le dice que no, pensando que eso lo iban a ver cuatro friquis en internet. Y, mira, me estaban haciendo uno de los regalos de mi carrera, y yo sin enterarme. Sin verlo venir, con mis cuarenta y tantos. 

En MasterChef te dijeron que habías sido mediocre. ¿Cómo digiere eso alguien que no ha tenido un fracaso en su carrera? 

Lo primero es que entendí que no era personal, entendí que estábamos haciendo televisión. Decir «mediocre» provoca un rechazo inicial. Pero me parece que, cuando aceptas las reglas del juego, que eres una aprendiz en algo que no has tocado en tu vida, tienes todo el derecho a ser mediocre. Probablemente tenían razón y era mediocre. Si me hubiesen dicho: «Como actriz eres muy mediocre», me hubiese herido en otro sitio, porque me esfuerzo mucho para no serlo. Es verdad que también me esforcé para cocinar, pero cabe una inmensa posibilidad de cagarla, porque hablamos de tres grandes chefs. Yo no recuerdo el momento, pero probablemente agaché la cabeza y dije que OK. Acepté las reglas del juego, porque yo no era la presentadora, no era quien juzgaba. 

Ahora estás presentando un programa de entrevistas para Netflix. ¿A quién te quieres llevar al talk-show? 

Me apetece mucho Najwa Nimri, porque me intriga saber cómo de rebelde es la rebelde. Porque las corazas siempre van en proporción al alma que cubren. Nunca un alma pequeña tiene una coraza grande. Las corazas grandes siempre esconden una delicadeza que a mí me interesa. Me apetece mucho Asier Etxeandia, porque no me cabe más admiración ni más ganas de batirme el cobre con él. 

Has escrito dos libros, que…

Más todos los prólogos que he escrito, que creo que ya sumarían otro. 

¿Y ahora otra novela, has dicho? 

Estoy con una novela que me está costando la misma vida, que es la vida de Josefa, una mujer que en este momento tiene setenta y tantos años. Es su vida contada de manera desordenada. Un alma libre nacida en unos años equivocados. 

Hace unos cuantos años decías que tu gran sueño era hacer «un “Bernarda Alba” o un Yerma». ¿Lo ves más cerca o más lejos? 

Es verdad que no sé si ahora me gustaría tanto hacer un «Bernarda Alba» como una mujer rota. Mujeres que, para llegar a estar completas o felices, tienen un largo camino porque la vida les ha dado duro. Esa mujer que se rompe, que es más profunda. Porque cuando vas creciendo, vas bajando al sótano. Los sótanos son sitios de los que se aprenden y dan bastante bagaje como actriz. Creo que te dan una profundidad. Es necesario que vayan pasando los años para que conozcas bien ese sótano. Como cuando uno entra en una habitación en su casa y no necesita encender la luz porque la conoce a la perfección. Es difícil saber dónde está el sótano a los veinte, pero a los cuarenta y seis te lo sabes perfectamente. En mi sótano yo tengo el polvo ordenado. Ahora me veo más preparada para hacer una mujer rota. El papel que espero ahora mismo no tiene tanto que ver con el papel en sí como con trabajar con ciertos directores que me emocionan mucho. Y no te voy a contar nada, no me pinches. 

¿Cine?

Hay cosas para tele y para cine. Hasta ahí puedo contar.

¿Qué papel te persigue más en la calle? ¿Olimpia, Victoria de la Vega, Sandra de la Vega…?

Puedo saber qué me van a llamar dependiendo de la persona que me pare. Si es una señora de sesenta, me localizan en Yo soy Bea; un tipo de cuarenta años me relaciona más con Camera Café; con veintitantos o treinta y pocos, con Física… Hay gente de teatro. Yo no me había dado cuenta, pero Juan Sanguino se puso a hacer las cuentas y me dijo: «Llevas más de mil horas de televisión». Guau, me quedé flipando. Yo no sé quién tiene eso. Camera fueron siete temporadas, Física, otras siete, Bea fueron dos años y pico… Mil horas de televisión. Me sentí como un piloto de Iberia. 

Pero tu gran guerra, dices, ha sido otra: ser madre. 

Es lo más difícil que he hecho nunca. Cuando era hija tenía clarísimo cómo lo iba a hacer, pero cuando me convertí en madre solo podía decirme: «¿Cómo coño se hace esto?». Marco, afortunadamente, es un ser humano con mucho carácter, muy soberano, con mucha personalidad. Criar a un niño así es tener la sensación continua de que te estás equivocando. No es fácil. A mí combinar una carrera con la crianza de un niño me ha resultado muy difícil. He tenido siempre la sensación de no llegar. 

Tú también eras soberana, no debiste de ponerlo sencillo…

Sí, yo no debí de ser fácil de criar. Yo empecé a admirar mucho a mi madre cuando dejé de ser solo hija. Cuando me convertí en madre, dije: «¡Arrea, qué mujerón!». 

¿Eras la pequeña de la familia?

Sí, Cristóbal me lleva diecisiete años y Maribel me lleva diez. Así que yo no tenía hermanos: tenía dos padres y dos madres, toda la atención y también todas las broncas. Creo que mi soberanía causó muchos disgustos, porque dejar volar a un hijo da mucho vértigo, y mis padres tuvieron la generosidad de hacerlo. Siempre he pensado que todo lo que soy me lo debo a mí, pero todo lo que no soy se lo debo a mis padres. Esto es muy importante, porque me educaron en una rectitud con mucho sentido del honor, en el sentido de que dar la palabra era ley, de que cuando mientes, sobre todo te mientes a ti misma. En mi casa había casi obligación de honor. Pero real. Si mi padre te daba la mano, podías estar seguro de que lo pactado se cumplía. Lo que no soy se lo debo a ellos, y lo que no eres es tan importante como lo que eres. O más. 

En tu casa estaba prohibido criticar… ¿De verdad? 

De verdad: mi madre, cuando surgía un comentario sobre otra persona que no estaba presente en la mesa, decía: «Aquí somos suficientes personas para hablar de nosotros». No se hablaba de nadie más. Era a rajatabla. Si vas a hablar, hablas bien. Y yo soy así. De poca gente me oirás hablar mal. Si intentabas la crítica, era penalizada, nadie entraba al trapo. «Haciendo eso eres una ordinaria», te decían. «No se juzga a la gente, no se critica, no sabes qué le ha pasado a esa persona.» Mira qué regalo. Yo he tratado de transmitir esto a Marco, e incluso a mis amigos. En mi casa no se critica a nadie. Hablemos de nosotros en una cena, no de los demás. Yo he desviado más de una conversación encaminada a eso, al critiqueo gratuito, que no es lo mismo que hablar de cosas anecdóticas. Otra de las cosas en mi casa que siempre se trataron maravillosamente fue la homosexualidad. Mis padres, qué avanzados, qué deliciosos, cuánta clase para dos personas que nunca pudieron ir al cole. Cuánta clase. Se hablaba con toda la normalidad y nunca escuché un comentario despectivo. ¿Sabes esa gente que hacía esos comentarios de mente estrecha, de «yo prefiero tener un hijo drogadicto a un hijo maricón»? Pues recuerdo a mi padre y a mi madre afeándoles el comentario, diciendo: «Hay gente que está mal de la cabeza». Y esto hace más de treinta años, ¿eh? Menuda clase. Yo estoy inmensamente agradecida. 

Con las redes sociales convertidas en un vertedero de odio, tú pareces salir indemne. Tienes pocos haters, te centras en tu «pandilla». 

Es que, vamos a ver: si lo malo viene y lo bueno lo podemos crear, ¿qué escogemos? Todos queremos que nos quieran, que nos traten bien, que nos legitimen. El ser humano posee un sistema muy delicado, hay que tratarlo bien. Y lo digo de verdad. Es necesario el like a alguien que te ha hecho un vídeo para decirle: «Gracias». Se ha sentado frente al ordenador y se ha currado eso, joder. «No te conozco, pero gracias.» En las redes sociales y en lo político yo no me voy a pelear con otro ser humano para defender unas siglas. Voy a entrar contigo en un debate educado donde tú me explicas y yo me explico y ojalá en algunas cosas modifiques mi cabeza, porque significará que me haces crecer. Pero yo no voy a insultar a nadie ni voy a debatir con nadie que insulta. 

Partamos de la base de que esa gente tiene un problema. Si yo veo un perro con la rabia, no me acerco. Hay que llevarlo a un veterinario, hay que tratarte. No le presto ni un minuto de mi tiempo: es la única manera que tenemos de transformar de verdad las vidas. Los átomos funcionan según la atención que reciben. Yo tengo cuarenta y seis años, no sé cuánto mierda me queda de vida, quiero estar bien. 

El otro día me preguntaban en un directo cuál sería el superpoder que me gustaría tener, y la verdad es que me encantaría poderle hacer así a la gente [reposa el índice en la frente] y que tuviesen paz en su cabeza. Porque desde la paz se ve todo más claro. Las redes tienen una cosa que a mí me sorprende mucho: que como todo el mundo es arquitecto, médico, abogado…, a mí me relaja mucho permitirme el derecho a no saber. A decir «no tengo ni idea», porque no tengo ese tiro de cámara. No sé cómo se trasplanta el corazón de un cerdo a un humano. Pero ¿cómo lo voy a saber? Sé que hay una pulsión en mí que es más de izquierdas porque el bienestar social me parece necesario. Por supuesto, para la salud. Pero, además, es que me parece necesario que el talento que posee cada uno pueda ser sacado a flote, independientemente de en qué casa hayas nacido, y de la suerte económica que hayan tenido tus padres. El meritoriaje me interesa mucho. Y por eso me interesa mucho que haya una buena cultura pública, ya no hablo de educación —que no se termina ni en el cole ni en la universidad—, sino de cultura pública. Y es una posición superegoísta, ¿eh? A mí me interesa el talento, y mi vida es mejor cuanta más gente de talento haya dirigiendo el mundo, las empresas, las películas. 

En uno de los directos echabas la bronca a aquellas mujeres que dicen eso de «a mí es que me gustan los malos». Se elevó como alegato feminista ese «si nos gustan los malos, lo único que hacemos es asegurarnos una vida de mierda». 

[Risas] Tal cual. A mí con el tema del feminismo me han educado las feministas. Yo también he ido en el coche y he dicho: «Mira: mujer». Hace… diez años. No me queda nada más que dar las gracias a muchas mujeres que se han formado y han abierto su cabeza y de esa manera han conseguido abrir la mía. Gracias por educarme, porque yo tampoco lo estaba viendo. Tan torpe como el más machista. 

También has intentado aprovechar tu popularidad para exponer a actores desconocidos.

Sí, a un chico que hizo un vídeo con un audio mío lo metí en mi directo. No lo dije, pero lo hice exactamente por eso, porque en este mundo hay una absoluta falta de oportunidades. 

¿Tú sufriste esa falta de oportunidades? 

No, la verdad. 

Dices que eres más una actriz de suerte que de vocación. 

Esto no estaba planeado en mi cabeza. He tenido mucha suerte, y te puedo asegurar que por ahí hay actrices mejores que yo que no la han tenido. Hay gente increíble. Yo he visto funciones de dramaturgas en cuchitriles, en garajes, que dices: «Madre mía, ese talento ya lo quisiera yo». 

¿Y cuál ha sido tu suerte? 

Mi suerte es la perseverancia. 

Eso no es suerte, es trabajo. 

No. También hay suerte de que te hayan educado así, de que te hayan educado para la frustración. Había una canción de Mecano que decía: «Aunque en foto aparentemos más / somos solo tres polillas / que de tanto dar contra el cristal / se han colado en la bombilla». Educar en la frustración es muy importante, porque somos una generación que, en cuanto tenemos un disgusto, nos arreamos un Lexatin, que cuando el wifi no conecta en los primeros cuatro segundos, le damos a reiniciar… Para que la vida rime, hay que dejar que la vida suceda. Las luces largas del ser humano, en realidad son muy cortas. No vemos más allá de días. No sabemos qué hay a la vuelta de la esquina. El viernes de la semana pasada recibí una llamada muy importante para mi carrera, y sucedió a las siete de la tarde de un confinamiento, y eso claro que no lo puedo ver. ¿Dónde está la perseverancia? En haber seguido sintiéndome actriz mientras no sonaba el teléfono. 

Pero, en realidad, no tienes tantos huecos en blanco en tu carrera…

Es que quizá el teléfono sonaba en cosas que yo no quería hacer. No sé si ha sido tanto en la realidad como en mi cabeza, pero yo lo he vivido así. Porque no ha habido tantos períodos en blanco, pero sí notaba que algo se estaba modificando. Aun así, respiras hondo y dices: «Que rime la vida, no pasa nada. Todo está bien». Yo creo que sí tengo suerte en algo: cuando pienso en mí, no pienso en una actriz. Con lo cual, hay otros espacios de mi vida que la llenan. Genera muchos problemas que te identifiques solo con tu profesión, puede ser muy duro. 

Tengo mis collages, que me dan la vida. Empecé a hacer esto hará dos años, una tarde de invierno de lluvia, cuando un amigo vino a casa con sus hijos. Y se trajo cosas para que se entretuvieran, unas revistas y unas tijeras. Los críos se pusieron a hacer collages y les dije: «¿Me enseñáis? ¿Me puedo poner con vosotros?». Hice el primero ese día, lo tengo ahí guardado, pero es tal mierda que te meas. Se marcharon y me quedé hasta las cuatro y media de la mañana, y todo el mundo que me conoce en profundidad sabe que yo a esas horas no soy persona. Al día siguiente, otra vez, y al siguiente, y al siguiente…, fue pasando algo. Es como estar dentro de mí. Sentada en esa mesa, con un bisturí cortando cuero, telas…, y con un 90 por ciento de probabilidad de que esté sonando Leiva. Él no lo sabe, y me encantaría que lo supiera, me encantaría regalarle uno. No sé si él lo quiere, pero me ha acompañado tanto, que qué menos. Me encantaría decirle: «Eh, gracias, te lo devuelvo». Leiva me ha enseñado mucho a saber quién soy. Es algo que también me pasa con Sabina. Cuando nombras las cosas, adquieren volumen; si no las nombras, son planas y están pegadas. Me han ayudado a nombrar un montón de cosas. El día que escuché «Del hueso una flor» me tuve que sentar, porque me dije: «Se llama así». 

«A los hombres les gustan las mujeres con carácter…».

«Pero luego no saben qué hacer con ellas». Lo he dicho, es así. Es mucho más fácil ir a besar a Blancanieves que ir a la madrastra y decirle: «Cuéntame». Esto también se está modificando lentamente, y con ello los hombres también salen ganando al aprender a manejarse con mujeres con carácter. A interactuar con ellas sin sentirse agredidos ni comidos, que no es lo que llevan haciendo toda la vida. No pasa nada, no hay que aturullarse. 

Yo he sido muy feliz con los hombres. Me he reído mucho más que he llorado. Porque a mí me gusta mucho tener carácter, y me gusta mucho la gente con carácter. Prefiero ver venir a alguien y acabar a gritos que acabar susurrando maldades. Mientras no se hiera y el respeto esté presente, no pasa nada, debatamos. ¿Te imaginas Alejandría sin debate? El debate nos hace estar vivos. En una pareja es importante que el lobo camine al lado del águila. Esto extrapólalo a todas las múltiples parejas que pueden existir. Claro que quiero tu protección como hombre, pero ¿quieres tú mi protección como mujer? Quiero que corras a mi lado, no necesito que vayas atrás. Pero ¿quieres que corra yo también a tu lado? Hace falta un espacio intermedio donde las dos energías se nutran y no sean competencia. Mi voz tiene que ser tan importante como la tuya, el otro tiene que esta dispuesto a dejarse convencer a veces.

Yo he tenido hombres maravillosos en mi vida que me han enseñado un montón de cosas, que me han querido muy bien, con los que me he reído mucho, con los que he aprendido…, y que han tenido un tiempo. Siento no cumplir las expectativas judeocristianas sobre las parejas. 

Es eterno mientras dura. 

Sí, Sabina lo dijo mejor que nadie. Y si volviera a vivir, a empezar de nuevo, querría aprender todo lo que he aprendido. Me he sentido muy amada. 

¿Más de lo que has querido? 

Está bastante equilibrado. Me he sentido muy amada y he aprendido mucho de ellos. ¿Me ahorraría alguno? Pues probablemente, amiga. Pero de verdad que podría contar las lecciones que me han enseñado, y además los tengo presentes. ¿En un momento dado se terminó por distintos planes de vida? Pues no pasa nada, gracias. Esto lo entendemos mucho mejor con los amigos. No nos sentimos fracasados en la amistad porque haya gente que ha salido de nuestras vidas, y hablamos con cariño de ellos. «Yo tenía un amigo con quince años…». Porque te enseñó cosas. ¿Es un fracaso de amistad? No. Pero esta cosa de que el matrimonio tiene que ser para toda la vida…, ¿lo dice quién? ¿Una religión que no practico? Yo he sido muy feliz, y soy muy feliz. 

¿Eres de las que cree en Dios y no en el sistema alrededor de Dios?

No creo en un sistema de la Iglesia, sobre todo en sus esferas más altas. He de reconocer que hay gente absolutamente maravillosa que lucha por un mundo mejor dentro de la Iglesia, faltaría más. Pero, vamos, que también lo hay dentro de los funcionarios, los voluntarios o los sanitarios. El otro día, con mi amiga Rosana, doné uno de mis collages y se recaudaron seiscientos euros que fueron a parar a Cruz Roja. Pero a mí me flipa que en las altas esferas de la Iglesia practiquen lo contrario de lo que predican. Yo me quedo pasmada, pero claro que creo en Dios. Pero en un dios, entiéndeme la ironía, pagano. Del disfrute. No me puedo imaginar un dios diciendo: «Te pillé, y te va a caer la del pulpo». No. Ni entiendo el pecado original, ni determinadas cosas que no siento como buenas para el ser humano. Sí que creo que existe Dios, y lo veo a diario, además. Es algo en lo que pienso mucho. ¿Tú no puto flipas con las mareas? ¿Te has parado a pensarlo? ¿Te has parado a pensar qué es eso que llamamos amor, pero que en 2020 seguimos sin poder definir, que no es tangible y que transforma nuestras vidas? Haz el ejercicio de sentarte en un sofá a pensar durante quince minutos solamente en esto. ¿Qué sucede? Y no me hables de procesos bioquímicos, justo antes de eso. Eso que hace que eches de menos a alguien, que estés conectado a alguien. Eso que, de repente, primavera tras primavera, hagan los almendros: ¡Puf! El mundo es un sitio que te flipa.

Reivindicas mucho tu libertad de estar en soledad 

Yo aprendí a estar sola. Yo no era así, le tenía pánico a estar sola. 

¿Cómo?

En un proceso personal duro, después de él. Ahí descubrí que era buena anfitriona para mí, que sabía lo que hacer conmigo. Ahora se ha convertido en una necesidad, necesito ratos de soledad. De hecho, mis amigos se descojonan porque de repente me llaman y me dicen: «Estoy en tu barrio. No subo, ¿no?». Y ya saben que voy a decir que no. Me lo respetan totalmente y, de hecho, se ríen de ello. «Voy este fin de semana a Madrid, pero no me voy a quedar en tu casa porque sé que no lo vas a aguantar.» Soy mejor anfitriona conmigo que con los demás. Ahora lo necesito, es muy delicioso estar Leiva y yo a solas. 

«Las mejores historias son unas tragicomedias», has dicho. ¿La tuya lo es?

Sí, sí, sí, del todo. No cabe otro género. Ni todo es drama, ni todo es comedia. Entre mis grandes lecciones está saber cuáles son mis batallas, cuáles son las que quiero librar. ¿Esta batalla me merece todo ese ejército? Yo antes era mucho más bélica y sacaba la artillería a la mínima. Ahora hago así, y silencio. El otro día me ponía uno en Twitter «pedazo de zorra», y eso que yo apenas tengo haters. Y lo silencio. Ni siquiera bloqueo: mira qué palabra más maravillosa, silenciar. No te bloqueo, te ignoro. No entro en el debate para que puedas airear que te he bloqueado. Nada, silenciar. Porque no eres una persona que pueda aportarme nada hasta que no modifiques esa actitud. 

«Ana es cuentista y estrella y diva y payasa, y chamana y jefa y madre y compañera y mujer maravilla», dice de ti tu amigo Alberto Rey. 

Joder, no sé si me veo. Sí sé que veo en él al Truman Capote de los años 2000. Eleva lo tangible, no necesita la pista de Studio 54, le vale su mesilla de noche para hacer algo bello, para manejarse muy bien en las altas esferas y muy bien en la fiesta gitana. 

Tú también eres así, ¿no? Porque tus amigos de verdad no pertenecen a tu mundo profesional.

Te diría que el noventa por ciento de mis amigos no pertenecen al mundo de la interpretación.

Más de tasquita que de taconazo. 

Totalmente. Ayer hablaba con mis representantes, y les decía: estrenos, fiestas y tal…, yo no. Voy cuando estrena mi amigo, a gozar a mi amigo y a aplaudir a mi amigo. Y a emocionarme y a sentir el orgullo y el regalo de la gente valiosa en mi vida. Pero ¿a ponerme el tacón? Estoy hasta aquí ya. La tasquita, la conversación, la intimidad, las risas…, el no ser actriz fuera de plató. Ostras, qué gusto. 

Cuando se espera de ti que seas encantadora, dices que te desenvuelves mal. Con directivos, jefazos… ¿Ahí no vale ser actriz? 

No. Yo ahí siempre pienso: «¿Qué hago aquí?». Estoy siempre al borde de ofenderlos, porque en realidad no quiero estar ahí. 

¿La has cagado alguna vez?

No. Soy muy prudente, y sé muy bien cómo marcharme. Me marcho de las fiestas mejor de lo que llego. Sin despedirme. La bomba de humo me la inventé yo. Si compras una, en el revés pone «Copyright: Ana Milán». No he metido la pata porque otra de las cosas que no soy es imprudente, que también se lo debo a mis padres. Siempre me he sido bastante fiel, es una de las ventajas de tener carácter. Eres maleable ante lo que te moldea. Pero ese tipo de situaciones, cuando tienes que impresionar a alguien, nunca son un tête à tête. Es alguien, llámese directivo, llámese actor protagonista, que recibe un montón de halagos, y a mí esas cosas me aturden. Me interesa poco el halago, me interesa más el proceso, tanto para otros como para mí. 

Eso en un mundo como el de la interpretación, tan basado en la atención y el ego…

Hay de todo, como los funcionarios, como los dentistas. Yo me he encontrado con compañeros que me han dado la vida, de la que he aprendido un montón. Y es gente supersensible. Y también me he encontrado con ególatras de libro que, lejos de provocarme rechazo, me provocan ternura, porque eso es confeti, nada más. El ego es confeti, y hay que barrerlo luego. 

¿La vanidad no es consustancial al actor?

Sí, es necesario para subirse a un escenario o estar delante de una cámara. El problema es cuando lo extrapolas a tu vida, y sobre todo a tus relaciones. Cuando te pierdes al otro por hablar solo de ti. A mí me interesa qué le pasa al hijo de mi amiga Susana. O a la Josefa de mi novela. Tendréis noticias de ella.

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14 Comentarios

  1. Como dice ella en esta entrevista: hay que dar las gracias por haber dedicado tiempo a ser entrevistada.

    Gracias.

    P.D.: Yo, que soy un total antitabaco, he alucinado con las fotos cigarrillo en labio.

    • Llevo 5 meses sin fumar y la visión de esas colillas también me produce cierto asco, pero por otra parte admiro a esta señora por dejarse retratar con ellas y no esconderse como hacen otros famosos.

      • Hombre, no es necesario estar amargado, tan sólo es una opinión de otro lector más que yo por ejemplo comparto. Habiendo leído entrevistas en esta misma web de gente con increíbles historias y background como Ian Paice (batería de Deep Purple), Fernando Arrabal (artista multidisciplinar), Antonio Arias (frontman de Lagartija Nick) o el futbolista Pedja Mijatovic por citar unos cuantos así de pronto, pues como que me he aburrido un poco. Esta gente ha ayudado a crear el rock duro, se ha codeado con Dalí y otras luminarias del siglo XX, ha hecho obras rompedoras del flamenco con Enrique Morente o han sido figuras futbolísticas en la mejor liga del mundo, que me digan si todo eso es aburrido. Eso sí, todos mis respetos para quien le interesen anécdotas sobre Master Cheff o Paquita Salas, porque para gustos colores.

      • Pues sí, una vida absolutamente normal que se esfuerza en hacernos creer que es excepcional. Aburrida y, para mí, pretenciosa.

  2. El teatro, ese trabajo, abre horizontes de libertad como lo es Ana. Que buena noticia saber que ella es una centinela del devenir . . .

  3. Pues a mí me ha encantado la entrevista, enhorabuena. No necesito leer historias extraordinarias para encontrar algo extraordinario. Y la vida de Ana Milán me parece muy ordinaria, y en su manera de procesarla veo algo extraordinario. Incluso sabio. Maravillosa lectura.

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