Sociedad

Veneno rosa

Arundel Sussex 1950
Arundel, Sussex, 1950. Fotografía: Getty.

Pero él no fue su primer marido. Porque ella siempre ha destacado por su carácter enamoradizo.

Ella obró —y obra ahora— a dictados de corazón de mujer.

Ambas frases podrían hablar de la misma persona. De la misma mujer. Alguien a quien su profesión (cantante, actriz, presentadora) le ha dejado a la intemperie todo lo demás. Que se case, que se divorcie, que decida no hacerlo o que se acueste con una compañera de trabajo. No escogió ser objeto de escrutinio público, de titular constante, ni quiso erigirse como ejemplo de nada. «Pero va en el sueldo», le pían habitualmente. Un daño colateral de su exposición y éxito. Si no es ella quien —legítima, voluntaria y lucrativamente— destripa su intimidad, son otros los que se encargan de teclearla.

Por norma general, esto nos importa más bien poco. La prensa rosa es esa clase de subproducto que habita en un plano inferior que no nos compete ni interpela, porque no va dirigido a nosotros, lectores del New Yorker y Reader’s Digest. Bazofia de consumo en peluquerías, una nadería que sabemos infecta, que alimenta las pulsiones morbosas y voyeristas de «esa clase de personas» que nunca somos nosotros. El roserío puede ser muchas cosas (basura intelectual, entretenimiento vulgar, evasión inofensiva) pero hay algo que jamás será: relevante. ¿No sería absurdo atribuirle influencia a algo que apenas el 7 % de los españoles dicen consumir? (1)

No. En estos casos —y en la mayoría— «seguir la pista del dinero» deja pocos cabos sueltos: las cuatro cabeceras líderes de este género (Pronto, Hola!, Lecturas y Diez Minutos) (2) venden siete millones de ejemplares semanalmente y la inversión publicitaria en sus páginas no es precisamente exigua. La denominada «prensa seria» ha incorporado, engordado y revalorizado este tipo de contenidos durante los últimos años en sus secciones de «Gente» o «Sociedad», confiriéndole un espacio progresivamente más destacado. Y así otra serie de datos (desde la hemorragia de clics hasta el auge de los portales exclusivos) que nos confrontan con esa evidencia cuya fealdad cuesta asimilar: la prensa rosa influye, y mucho, en nuestra sociedad. No gozará de prestigio, pero infravalorar su impacto es un mezquino ejercicio de wishful thinking. Consignar la explotación de la intimidad de «los famosos» exclusivamente a reductos televisivos, a polígrafos o realities, implica atender solo a la parte más obscena y circense de un negocio que goza de una excelente salud también en su vertiente escrita. Es negarle una entidad que, nos guste o no, posee.

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2 comentarios

  1. Esto tiene que ver más con la «sororidad» que con el heteropatriarcado, como señala Leonor Waitling.

  2. Pingback: Kiko Matamoros: «No tengo cojones para escribir, me falta autoestima y me sobra pudor» - Jot Down Cultural Magazine

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