
Cuando tenía seis años lo llamaban «el Rey Sol». Era rubio de cabello ondulado, el primer hijo varón de aristócratas franceses. El padre, un vizconde cuyo apellido se remonta a las cruzadas; la madre, descendiente de un secretario real cuyos servicios fueron pagados con una baronía en el siglo XVIII. Este pequeño rey creció, por supuesto, entre dos castillos. Niño feliz, escribirá en uno de sus libros: «¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como se es de un país». boa
Nunca pretendió ser escritor, pero ya a los doce supo que sería piloto. Fue después de que el aviador Jules Védrines, celebridad en su época, le diera un paseo por el cielo en su monoplano. Volar entonces era nuevo, raro y peligroso. Tanto que, a los veintimínimos años, la familia de su prometida lo disuadió de perseguir esa carrera. La chica se llamaba Louise de Vilmorin y, muchos años después, sería la última mujer de otro escritor llamado André Malraux, quien por cierto llegó a comandar un grupo de pilotos voluntarios durante la guerra civil española. De cualquier manera, ella rompió el compromiso a los pocos meses y, con ello, el corazón del Rey Sol.
La decepción amorosa le inspiró su primer relato, «El aviador», que publicó Jean Prévost en la revista Le Navire d’Argent. A Prévost lo había conocido en casa de su prima Yvonne de Lestrange, igual que a André Gide y al editor Gaston Gallimard. Prévost, Gide y Gallimard fueron pronto los principales valedores de su creación literaria. Porque que no quisiera ser escritor no significa que no lo fuera. Escribía —y dibujaba— como respiraba, desde siempre; lo que pasa es que odiaba las reuniones de escritores. Le parecían, según le contó a una de sus amigas más queridas, Nelly de Vogüé, «comerciantes de literatura que se sientan a su mesa a una hora fija para cubrir un número previsto de páginas, como otra gente va a la oficina a vender tejas o camiones». Nelly, que lo conocía tan bien que escribió sobre él con seudónimo —Pierre Chevrier— hasta que fue una anciana, decía: «Él mismo no escribía más que movido por un deseo imperioso y animal que le hace apartar todo, a fin de conquistar su soledad creadora».
Esa soledad la encontró en Cabo Juby, adonde lo envió como jefe de plaza la compañía Latécoère, que cubría las rutas de correo aéreo entre Francia y las colonias saharianas. En ese rincón atlántico rodeado por tribus insurgentes, se ocupaba, con solo veintisiete años, de rescatar aviones y pilotos que hubieran caído en el desierto. El Rey Sol era capaz de seducir al jefe de cualquier tribu sublevada con sus maneras y su conversación. Por sus servicios en Cabo Juby, lo nombrarían después caballero de la Legión de Honor. En el silencio del fuerte, desarrolló aquel primer relato hasta convertirlo en una novela, Correo Sur. Le hacía compañía un pequeño zorro al que había amaestrado.
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