Vislumbres de la boa tragando a un elefante

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Vislumbres de la boa
Antoine de Saint-Exupéry (inferior) durante el rodaje de Courrier sud, 1937. Fotografía: Cordon Press.

Cuando tenía seis años lo llamaban «el Rey Sol». Era rubio de cabello ondulado, el primer hijo varón de aristócratas franceses. El padre, un vizconde cuyo apellido se remonta a las cruzadas; la madre, descendiente de un secretario real cuyos servicios fueron pagados con una baronía en el siglo XVIII. Este pequeño rey creció, por supuesto, entre dos castillos. Niño feliz, escribirá en uno de sus libros: «¿De dónde soy? Soy de mi infancia. Soy de mi infancia como se es de un país». boa

Nunca pretendió ser escritor, pero ya a los doce supo que sería piloto. Fue después de que el aviador Jules Védrines, celebridad en su época, le diera un paseo por el cielo en su monoplano. Volar entonces era nuevo, raro y peligroso. Tanto que, a los veintimínimos años, la familia de su prometida lo disuadió de perseguir esa carrera. La chica se llamaba Louise de Vilmorin y, muchos años después, sería la última mujer de otro escritor llamado André Malraux, quien por cierto llegó a comandar un grupo de pilotos voluntarios durante la guerra civil española. De cualquier manera, ella rompió el compromiso a los pocos meses y, con ello, el corazón del Rey Sol.

La decepción amorosa le inspiró su primer relato, «El aviador», que publicó Jean Prévost en la revista Le Navire d’Argent. A Prévost lo había conocido en casa de su prima Yvonne de Lestrange, igual que a André Gide y al editor Gaston Gallimard. Prévost, Gide y Gallimard fueron pronto los principales valedores de su creación literaria. Porque que no quisiera ser escritor no significa que no lo fuera. Escribía —y dibujaba— como respiraba, desde siempre; lo que pasa es que odiaba las reuniones de escritores. Le parecían, según le contó a una de sus amigas más queridas, Nelly de Vogüé, «comerciantes de literatura que se sientan a su mesa a una hora fija para cubrir un número previsto de páginas, como otra gente va a la oficina a vender tejas o camiones». Nelly, que lo conocía tan bien que escribió sobre él con seudónimo —Pierre Chevrier— hasta que fue una anciana, decía: «Él mismo no escribía más que movido por un deseo imperioso y animal que le hace apartar todo, a fin de conquistar su soledad creadora».

Esa soledad la encontró en Cabo Juby, adonde lo envió como jefe de plaza la compañía Latécoère, que cubría las rutas de correo aéreo entre Francia y las colonias saharianas. En ese rincón atlántico rodeado por tribus insurgentes, se ocupaba, con solo veintisiete años, de rescatar aviones y pilotos que hubieran caído en el desierto. El Rey Sol era capaz de seducir al jefe de cualquier tribu sublevada con sus maneras y su conversación. Por sus servicios en Cabo Juby, lo nombrarían después caballero de la Legión de Honor. En el silencio del fuerte, desarrolló aquel primer relato hasta convertirlo en una novela, Correo Sur. Le hacía compañía un pequeño zorro al que había amaestrado.

Desde el principio quedó claro que el avión era una herramienta que le permitía observar el mundo desde un lugar desde el que nadie lo había observado antes:

«La tierra, desde arriba, parecía desnuda y muerta; el avión desciende: ella se viste. Los bosques de nuevo la cubren; los valles, las laderas, imprimen en ella un oleaje: ella respira. Una montaña que sobrevuela, pecho gigante que yace, casi se infla hacia él».

El Rey Sol podía servirse de metáforas para hacer entender su pensamiento, pero dijo muy claro que no podía escribir sobre nada que no hubiera vivido. La pluma era consecuencia de su oficio, no viceversa. Toda su vida puede rastrearse en sus libros, estela de su avión. Los trabajaba a conciencia, redactando un mismo pasaje de tantas maneras como le fuera posible, cambiando, recortando, puliendo hasta dejar un diamante al lector. («La perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar»).

Tuvo tal éxito su primera novela que Gaston Gallimard le hizo firmar un contrato por siete novelas más. Es el mismo año que al Rey Sol lo nombraron jefe de Aeroposta Argentina. Él y su equipo abrieron la ruta de correo en la Patagonia, entre Comodoro Rivadavia y Punta Arenas, sobrevolando los Andes. Abrir, en este caso, era literal y épico: los aviones en esa época solo podían ascender hasta los tres mil metros, así que los pilotos tenían que buscar el camino idóneo entre las montañas, cegados por las nubes y la nieve. Morían con facilidad, pero la línea, el servicio de correo, no podía detenerse. Para él, la línea era un esfuerzo al servicio de un bien común que elevaba y trascendía a los individuos. Así intentó contarlo en Vuelo de noche, donde retrataba a su jefe, el estricto Didier Daurat, en el personaje de Rivière:

El hombre era una cera virgen que se debía amasar. Había que infundir alma a esa materia, crearle voluntad. No pensaba esclavizarlos mediante esa dureza, sino hacerlos superarse. Castigando todo atraso, cometía una injusticia, pero enardecía la voluntad, creaba esa voluntad. No permitiendo a los hombres regocijarse en el mal tiempo como una invitación al reposo, los mantenía ansiosos de la bonanza, por lo que la espera humillaba secretamente hasta al último mecánico. Aprovechaban el mejor resquicio abierto en la estructura: “¡Buen tiempo al norte, en marcha!”. Gracias a Rivière, en quince mil kilómetros, el culto al correo primaba sobre cualquier otra cosa.

Rivière decía, a veces:

—Estos hombres son felices, porque aman lo que hacen y lo aman porque soy duro.

Vuelo de noche ganó el premio Fémina. Con dos libros, el Rey Sol era un best seller indiscutible. Para entonces, había conocido en Buenos Aires a Consuelo Suncín, una salvadoreña que lo cautivó de inmediato con su gracia y sus historias extravagantes. Aunque tuvo muchos amores a lo largo de su vida, solo se casó una vez, con ella. Fue un matrimonio desventurado. Consuelo era toda una femme fatale, vanidosa, voluble, fantasiosa y caprichosa.

Poco después de acabar él su servicio en Argentina, la Aéropostale fue liquidada por un escándalo de corrupción. Sin compañía en la que integrarse —lo rechazó en su plantilla la flamante Air France—, trabajó como piloto de pruebas y llevando a cabo misiones especiales y retos pagados. En varios casos, las aventuras terminaron en accidentes graves. Uno de ellos, con treinta y cinco años, en el desierto de Libia. Para ayudarse económicamente, no tuvo más remedio que escribir para periódicos y revistas. Paris-Soir lo envió a Moscú (1935) y al frente de Madrid (1937) y L’Intransigeant, a Barcelona, recién comenzada la guerra civil. Lo odiaba. Consideraba el periodismo como un vampiro que le impedía dedicarse a lo que le importaba. Sus crónicas, eso sí, causaban sensación:

Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño, como pudo, se había hecho un hueco y dormía. Se dio vuelta durmiendo y su rostro se me apareció bajo la lamparilla. ¡Ah, qué rostro adorable! De esa pareja había nacido un fruto dorado. ¡De esos toscos trapos había nacido ese triunfo de la gracia y el encanto! Me incliné sobre esa frente lisa, sobre ese dulce hociquito, y me dije: «Este es un rostro de músico, este es Mozart niño, ¡qué bella promesa de la vida! Los principitos de las leyendas en nada se diferenciaban de él. Protegido, cuidado, cultivado, ¿qué no podría llegar a ser? Cuando en los jardines nace por mutación una rosa nueva, todos los jardineros se conmueven. Se aísla a la rosa, se la cultiva, se la favorece… Pero para los hombres no hay jardinero. Mozart niño será marcado como los demás por la máquina moldeadora. Mozart tendrá sus mayores alegrías de música corrompida en el hedor de los cafés cantantes. Mozart está condenado…».

En Guatemala, tierra de volcanes dormidos y despiertos, tuvo el quinto accidente de su carrera. Se rompió la mandíbula, la muñeca derecha y el brazo y el hombro izquierdos; las heridas se le infectaron y pasó seis semanas delirando en un hospital. Durante la convalecencia, elaboró su siguiente libro, Tierra de los hombres. «Solo seremos felices cuando tengamos conciencia de nuestro papel, incluso del más discreto. Solo entonces podremos vivir en paz y morir en paz, pues lo que da un sentido a la vida da sentido a la muerte». Tierra de los hombres, biblia laica, parecía una consecuencia directa del coma, pero en realidad eran sus artículos periodísticos reordenados y pulidos. La idea se la dio André Gide: si Joseph Conrad había contado la experiencia de la navegación en El espejo del mar, el Rey Sol debía hacer lo mismo con la experiencia de volar. Fue otro éxito rotundo.

Pero su prédica, universalista, honda, compleja, era vana en aquellos tiempos oscuros. Polarización, propaganda, tambores de guerra. El Rey Sol fue movilizado y, desde el aire, vio cómo los alemanes entraban en Francia en 1940 como el torrente de un río desbordado. Lo contó en Piloto de guerra, donde, una vez más, hacía hincapié en la fraternidad entre los hombres, aquello que une por encima de las ideologías. El libro fue prohibido por Charles de Gaulle en la Francia libre. El futuro instaurador de la V República francesa había declarado en plena guerra, demostrando una mezquina comprensión lectora, que el escritor piloto simpatizaba con los alemanes; el escritor piloto consideraba a De Gaulle un autoritario, inadecuado para conciliar el ánimo dividido entre los franceses. La grandeur de Francia, bandera ostentosa del general, lo dejaba al pairo. Dolido y asqueado por las posturas encontradas dentro del bando que defendía la libertad, partió a Nueva York.

Aún intentaría darse a entender en otro librito, casi un panfleto de sus ideas, Carta a un rehén. Está dirigido a su amigo Léon Werth, judío atrapado en la Francia ocupada. La amistad le era un sentimiento primordial:

¿Y no es la calidad de la alegría el fruto más precioso de la civilización a la que pertenecemos? Una tiranía totalitaria también podría satisfacer nuestras necesidades materiales. Pero no somos ganado de engorde. La prosperidad y la comodidad no bastan para satisfacernos. Para nosotros, que fuimos educados en el culto del respeto por el hombre, esos encuentros sencillos que a veces se transforman en fiestas maravillosas cuentan mucho…

Viviendo a la fuerza en un país extranjero del que se negaba a aprender la lengua, dibujaba a todas horas, en cartas, apuntes y servilletas de papel, a un petit bonhomme con bufanda y de cabello ondulado. Así se veía a sí mismo, decía, cuando el espejo se empeñaba en devolverle la imagen de un oso grande y calvo. «¿Por qué no le escribes un cuento a ese personaje?», le preguntó un editor, pues los editores siempre están proponiendo libros a los escritores aunque los escritores no tengan ganas de escribirlos. «Lo publicaremos en Navidad y lo venderemos para niños». El libro salió, pero, a diferencia de todos los suyos anteriores, nadie le hizo mucho caso.

Hoy está traducido a más de trescientas lenguas, incluido el dialecto árabe que se habla en Cabo Juby. Nunca se sabrá qué habría pensado de esto el Rey Sol. Antoine de Saint-Exupéry, como es sabido, desapareció, probablemente derribado, durante un vuelo de reconocimiento en la Segunda Guerra Mundial en 1944. El principito es el sombrero que impide ver a la boa tragando a un elefante.

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