
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente. (…) La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerle. No había nada de qué preocuparse.
Se trata de la primera y de las últimas frases de la saga Harry Potter. Entre los paréntesis, contenidas en los puntos suspensivos, quedan todas las peripecias que el joven mago vive hasta que, en definitiva, salva su mundo (que es también el nuestro). Se trata de unas frases que apenas nadie —ni siquiera los muy fanáticos— conseguiría citar de memoria, de un comienzo ya plenamente funcional (ninguna vocación de posteridad, ninguna aliteración) y de un cierre que adapta las fórmulas convencionales: esa que en nuestra tradición asocia la felicidad con un plato de perdices o aquella que sirve de remate para los cuentos en alemán —«y si aún no han muerto, es que hoy viven todavía»—.
A pesar de tantos desmayos y heridas, después tantos sustos hasta el último capítulo, finalmente, Harry, Hermione y Ron han sobrevivido y, como indica Fernando Savater en su ensayo La infancia recobrada, siendo los protagonistas de un cuento que termina, disponen aún de toda su vida por delante; seguirán preparados para que el lector haga con todo derecho la pregunta «¿y cómo sigue?», y para que su autora (e incluso otro escritor o guionista) les imponga —le sucedió al pobre Bilbo Bolsón tras El Hobbit— unas cuantas aventuras más. Puesto que Voldemort —la muerte— no ha triunfado, la vida sigue y la narración podría retomarse en cualquier momento.
Savater, por cierto, pertinaz defensor de la obra de Rowling, distingue en su libro entre novelas y narraciones, dos categorías tomadas de «El narrador» (un artículo de Walter Benjamin) cuyas diferencias expone. Así, la novela sería ese género burgués en el que se innova mediante el lenguaje, un delicado dispositivo que serviría para explorar las «convenciones secundarias» (las que se relacionan con la intimidad), en el que cobra más importancia la conciencia de los personajes que sus actos; y serían «narraciones» o «historias» todas las obras que trabajan con «formas consolidadas de la memoria», se centran tan solo (perspectiva antropocéntrica, la novela recogería otras fuerzas) en lo que les ocurre a los héroes, y podrían ser reproducidas (como los romances recitados por distintos juglares) por cualquier narrador (la voz del autor y su punto de vista son irrelevantes —salvo por su mayor o menor eficacia—). En resumen: la ya clásica distinción entre libros en los que «no pasa nada» y libros de «piratas, basiliscos y naves espaciales».
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De hecho, ya existe un epílogo después del epílogo: «HP y la herencia maldita», en forma de obra de teatro. Algún día quisiera verla representada sobre las tablas. No es lo mismo que leerla en notación teatral, digan lo que digan.
Y dos apuntes más; uno: cuando releo » Los tres mosqueteros» que leí en mi ya lejana infancia, siempre encuentro cosas nuevas. Como el libro no ha cambiado, debo haberlo hecho yo. Y «Veinte años después» me resultaba aburrido e inabordable hasta que alcancé la edad adulta.
Dos: es curioso que pongan al creador de pesadillas que fue Lovecraft a la altura de la «Gran Literatura». Lo cierto es que él mismo se tenía por un simple narrador, por usar el término que emplea el artículo. Nunca pensó dejar su estremecedora canción en la memoria de los hombres.
Como decía Borges: «Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.»
Fco_mig, eres un hermano de lecturas, es la primera vez que veo a los Tres Mosqueteros, a Veinte Años Después y a Borges en un mismo párrafo, cosa que
me parece maravillosa. En lo que mi experiencia se aparta un poco de la tuya es que yo leí Veinte Años Después en mi adolescencia, 16 o 17 años, y me atrapó de entrada. Creo que es el libro de la saga donde más se desarrollan las individualidades de los mosqueteros, y donde desarrollé un gran cariño por D’Artagnan y Porthos, una admiración que rebasa cualquier medida razonable por Athos, y donde también me distancié definitivamente de Aramís.
Volviendo a Harry Potter. Aunque se demostrase que muchos lectores de Rowling no han leído más nada. ¿No es algo bueno que gracias a ella, personas destinadas a no leer nada en su vida, hayan sabido lo que es el placer de la lectura?
Justamente. En cada generación nace gente que acabará dando culto a los libros, y esos necesitan una puerta de entrada. Harry Potter es mejor que muchas.
El resto, al menos, conseguiremos que no les resulte extraño el hábito de la lectura. Con eso ya habremos hecho mucho.
Desde luego, hay otras puertas, como Tolkien o Lovecraft o Verne, o incluso Salgari (aunque este no está aguantando tan bien el tirón). A partir de ahí, está el mundo que contiene mundos incontables… Y al que no todos desean el acceso. Es su decisión. Pensar por uno mismo cuesta, es más fácil que te lo den todo masticado.
Y aquí quiero romper una lanza por gente como Silver Kane (Francisco González Ledesma), Marcial Lafuente Estefania o A. Thorkent (Ángel Torres Quesada). También ellos son puertas, quizás menos brillantes, pero ofrecen otro acceso al que, para mí, es uno de los placeres más grandes al alcance de todos.
Quien tocó las puertas de mi imaginario y las abrió, o mejor, las abatió como ningún otro fue Tolkien. Aún hoy estoy por encontrar ese libro de fantasia épica que vuelva a inundarme de imágenes.
Recuerdo que los símbolos que evocaba el relato iban acompañados de las ilustraciones creadas por los hermanos Hildebrandt o Angus McBride, y esto, para un alma por entonces joven, constituía un refuerzo en la lectura sin parangón.
Cuando vi las portada (si, las portadas son importantes al menos en la preadolescencia) de Harry Potter, con ese trazo simple y para mi vacío (en cuanto que no hacía que mi imaginación se estremeciera) supe que esa saga no era para mi.
Carecía de algo «feo», de algo, digámoslo, sucio. Soy consciente de que en la saga de Potter hay gente que muere asesinada, que existe un malo malísimo muy feo… Pero no es lo mismo, y no sabría como explicar de forma satisfactoria qué es para mi lo que los diferencia. Quizá, y sólo quizá, sea que el mundo de Harry Potter está ubicado en una estación de tren, y el de Tolkien en ningún lado (y en todos).
Para terminar, me gustaría que el lector que esté leyendo esto y sea aférrimo de la saga del profesor de Oxford, vea el cuadro llamado «the fellowship» de los Hildebrandt brothers. A lo lejos, bajo un sol cálido que está por expirar, se intuyen las que podrían ser las montañas nubladas.
Quiero pensar que detrás de ellas (míralas bien), a lo lejos, en la más remota lejanía, donde el trazo del pincel de los hermanos pintores no ha llegado a manchar el lienzo, es donde nacen todas las grandes historias; donde vivimos.
Y allí, y lo se bien pues es mi alma quien me exhorta a decirlo, no hay ni una estación.
Sin entrar a comparar bondades (Tolkien es uno de mis favoritos, y entra en cualquier selección personal por breve que sea, junto a Borges), quiero hablar bien de Rowling, y resaltar algo que me parece un grandísimo acierto. En sus libros, a pesar de que la magia siempre está presente, esta nunca permite solucionar los problemas. Jamás hay soluciones mágicas. No hay atajos. Los niños magos tienen las mismas dificultades que los que no lo son.
Harry Potter consiguió que millones de niños y adolescentes leyeran libros de 500 páginas. Y no uno ni dos, sino siete. En una época en la que la televisión y los videjuegos ya era el pan de cada día de la juventud.
Ya sé que lo que voy a decir suena raro y hasta parece que busco polémica, pero lo digo como lo siento: JK Rowling merece el Nobel de Literatura mucho más que varios de los galardonados en los últimos 20 años, que serán muy cultos, pero no los conoce nadie. La calidad es importante, pero también lo es la exposición y el beneficio general que se le ha dado a la propia literatura.
Entonces según tú Paulo Cohelo también debería ser Premio Nobel, y hasta uno póstumo habría que dar a Corín Tellado. De risa. Por cierto, que tú no conozcas a esos autores cultos que mencionas no significa que nadie más lo haga: habla por ti.
Paulo no escribe para niños ni sus libros son de 500 páginas. Ni ha conseguido que millones de niños de 12 años lean varios de esos libros gordos, y sin dibujitos. Ponme un listado de autores que han hecho eso. Ya sólo por eso, lo merece.
De todas formas, para mí los premios Nobel que no son de ciencias (es decir, los que son más subjetivos) llevan años de capa caída. ¿Dylan o Ishiguro antes que Murakami en Literatura? ¿Obama, el que junto con la Clinton arrasó el norte de África y ahí los abandonó a su suerte, Premio Nobel de la Paz? Algo se me escapa…
Estoy totalmente de acuerdo; la arbitrariedad de los Nobel es hiriente. Si bien Dylan e Ishiguro me encantan, es cierto que no acabo de entender la base para otorgarles el Nobel, e incluso estoy de acuerdo con tu razonamiento: lo de JK Rowling es más meritorio (aunque en tal caso J R R Martin también merecería el Nobel al haber conseguido lo mismo, que millones de no-lectores-habituales se hayan calzado 5 tochos grandes como cajas de galletas campurrianas). Aunque el comentario sobre el Nobel de la Paz ya lo encuentro más sesgado. Tampoco lo comparto, pero la auténtica blasfemia es haberle dado ese premio a Henry Kissinger, por ejemplo. Eso sí que es escupirnos a todxs en la cara y decir a gritos «hey! este premio está en venta!». Y ojo que el de Ciencias también merece una mirada más atenta porque se han dado Nóbeles a trabajos «robados» a lo largo de su historia