Vida y muerte de los calcetines blancos

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calcetines blancos
Foto: Bark. (CC)

Los calcetines blancos se las prometían felices cuando dieron el salto al estilismo de calle en los ochenta. Normal: dominaron el mundo entero durante algún tiempo. La vida les sonreía. Aquella época fue una caja de sorpresas. Una prenda deportiva, que apenas sobresalía en los gimnasios, trascendió el fitness e inundó pueblos y ciudades de todo el planeta. No tenías calcetines blancos, sino que los calcetines blancos te tenían a ti. Le prestabas tus pies, tus zapatos, tu alma. Eran los reyes, y te hacían sentirte así a ti. En los noventa, sin embargo, ya estaban acabados. Y si no tenías cuidado, también lo estabas tú. Se volvieron abominables. Te prohibían entrar con ellos en las discotecas. Fue tal la hostia que se dieron que jamás levantaron cabeza. Ni el carácter cíclico de la moda conseguiría rescatarlos. Fue una decadencia instantánea, absoluta, sin solución. Ni oportunidad hubo de sentir pena por ellos. 

Un asco universal arrasó su fama, de la que no quedó nada en pie, salvo algunos iconos de su esplendor, como los videoclips de Michael Jackson. De pronto, no bastaba con no ponérselos. Alguien podía descubrirlos por casualidad perdidos al fondo de tu cajón de los calcetines. Te interesaba deshacerte de ellos a toda costa, sin concesiones a la nostalgia ni a los viejos recuerdos. Es lo que hizo, por ejemplo, un primo mío en su primera semana en el instituto, después de que una compañera se riese de él por combinar calcetines blancos con castellanos: al llegar a casa los arrojó por el retrete. Al día siguiente hubo que llamar al fontanero. «Estaban pasados de moda», alegó cuando los padres preguntaron. 

Contaba el futbolista argentino Claudio Caniggia que, en los ochenta y los noventa, a los extranjeros que fichaban por un club italiano los llevaban el primer día a vestirse bien. Italia era mucha Italia. Cuando Van Basten recaló en el Milán, por ejemplo, un día lo sorprendieron con traje y calcetines blancos. «Perdona, ¿qué es esto?», le llamaron la atención los dueños del club. 

Aquella prenda pasó de ser fondo de armario a ser un crimen. En un momento dado te los ponías con bermudas, con chándal, con vaqueros, hasta con traje, para una boda y, casi de repente, no servían ni de juguete para perros. En cierto sentido, tuvimos que cambiar de vida de golpe. Hacer algo así requiere siempre una enorme voluntad, y una leve pero determinante maniobra. «Nunca volveré a ponerme calcetines blancos con zapatos», te juraste al advertir que empezaban a mirarte raro tus propios amigos. Lo hacías solemnemente, como cuando en el siglo V a. C. la oligarquía de los Treinta Tiranos prohibió por decreto en Atenas recordar la derrota militar ante Esparta, obligando a cada ciudadano pronunciar el juramento «No recordaré las desgracias». 

Cada cierto tiempo, sin embargo, pese a estar muertos, surge un nuevo intento por devolverlos a la vida esplendorosa. Puedes leer entonces un reportaje en el que el redactor afirma que los calcetines blancos vuelven con fuerza, y te explica cómo llevarlos para no ser arrinconado por la sociedad, aportando fotos de perfiles de Instagram. Ja. Hace solo unos meses, el mismísimo David Beckham apareció en un desfile, al lado de Anna Wintour, con un impecable traje gris clásico combinado con zapatos oscuros y calcetines blancos inmaculados. Fue un buen intento. Un intento buenísimo, pero, como los anteriores, inútil. La calle no volverá a rendirse a los calcetines blancos. Cuando una hegemonía cae, lo hace para siempre, aunque su recuerdo nunca se borra, como pasa con los calcetines blancos, presentes en demasiados millones de fotografías familiares.

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13 Comentarios

  1. Perdón, se metió mucho en los noventa. Y no has hecho mención a los zapatos de pala corta, que enseñaban todo el blanco posible.

  2. Para ir con ropa y zapatos “de vestir”, desde luego que no son apropiados (nunca lo fueron, en realidad) pero alguien pensó, aprovechando el postureo imperante en esa década que lo podría imponer y el caso es que como bien dice usted, durante un corto periodo, se consiguió el objetivo; ya se sabe que una abrumadora mayoría de la población son como ganado que sigue la senda que les dicta cualquier mastuerzo o alguna tuercebotas de esas y esos que ahora se hacen llamar “influencers”.
    Pero que conste que para uso deportivo siguen siendo los amos, o al menos eso creo yo.

    • Completamente de acuerdo.
      Y también con que, para uso deportivo, siguen siendo muy apropiados… yo todavía los uso; aunque, eso sí, también los tengo de otros colores, algo que hace años hubiera sido impensable.

      • ¡luchino, un abrazo! ¿Se pone usted los calcetines deportivos, blancos o de color, mientras baila esas jotas leonesas, al tiempo que blasfema como un poseso?
        Como el perro el hortelanooo
        son los amos de mi tierraaaa
        ni se atreven a salvalaaaa
        ni nos dejan defendeeeelaaaa…

        • Un abrazo, Maestro.
          Los calcetines blancos me los pongo para jugar al tenis. Hasta donde yo sé, la jota – leonesa o de ande sea – no es un deporte.
          La jota con que nos obsequia se la oí cantar a La Bullonera, grupo aragonés en la onda del gran J. A. Labordeta, cómo lo hechamos de menos, el PP actual también merece que alguien le mande a la m….

  3. El primer aviso llegó en el viaje de 3o de BUP (Madrid ,1988), cuando fuimos al teatro y escuché a unas chicas en la fila de atrás “mira, si hasta llevan calcetines blancos”.
    Al año siguiente (universidad, Barcelona) ya fue evidente, y los calcetines no pasaron de los primeros meses. Recuerdo comentar el tema con un compañero canario que también estaba perplejo “pero si allí los llevamos siempre !”. Y estamos hablando de una ingeniería, no quiero pensar el escarnio en derecho o económicas.
    Deduzco por mi experiencia que el movimiento abolicionista empezó en las capitales y llegó más tarde a ‘provincias’. En la actualidad hubiese sido todo mucho más simultáneo.

  4. Querer dar candidez a las extremidades
    más cercanas a la Tierra no sería
    aconsejable para aquellos que se las
    tiran de Santos, si bien haya sacrosantas
    y reales excepciones, pero prefiero ir
    de blanco como Merengues de pura raza,
    pantaloncillos, pecho, dorso y mangas
    cándidas pero con la cabeza libre
    y para el gol jamás en blanco.

  5. Como hecho curioso, un policia integrado en una unidad antiterrorista explicó que un etarra se dio cuenta que los estaban siguiendo porque uno de los agentes llevaba calcetines blancos. El terrorista pensó en su paranoia que era imposible cruzarse en un mismo día con dos personas distintas vistiendo tan insigne prenda de vestir,

  6. El Grandérrimo Jose Luis de Vilallonga, cuando escribía en el suplemento de El País, dedicó uno de sus artículos, precisamente, al tema de los calcetines blancos. No recuerdo el artículo en su totalidad (y no lo he encontrado) pero si tengo en la memoria la imagen descrita por él de una familia que había vestido el cadaver de un familiar, para el velatorio, con calcetines blancos.

  7. A ver, esto de que “no se puedan” llevar calcetines blancos con trajes oscuros “formales”, no deja de ser una convención más que ciertas minorías imponemos con despotismo al resto del personal, amparándonos en un pretendido “buen gusto” que vayan ustedes a saber quién lo instauró. Es verdad que son muy “cantones” y que los terroristas los ven a leguas de distancia en los tobillos de los policías que los siguen, pero un servidor, que no posee ni una sola prenda en su armario de color amarillo, en cambio tiene en el cajón de bañadores de playa, dos, con un amarillo rabioso que me caen perfectos; son los que mejor resaltan mi impecable bronceado a lo Cary Grant en época estival.

  8. Ya el solo hecho de haber convocado al Maestro Ciruela y a Luchino habla muy bien de los calcetines blancos. Por mi parte digo que siempre que uso calzado deportivo, lo hago con calcetines blancos.

    • Bueno, pues esta semana he visto una peli de Jacques Deray protagonizada por Alain Delon, “Trois hommes a abattre” (“El derecho a matar”, en España) en la que Alain se pasa gran parte del film con pantalones negros, zapatos negros de vestir y, con dos cojones, ¡calcetines blancos! que se le ven que no quieran ustedes saber. La película es de 1980, así que igual empezó él esa efímera moda; ya saben que si Alain Delon se ponía una boina negra con rabillo de las de toda la vida para arrear mulas en los pueblos españoles, faltaba el tiempo para que los seguidores de “influencers”, vaciaran las tiendas.

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