Zombie Beach y otras historias de Antigua

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zombie antigua
Una mujer vende camisetas en la playa de Saint John, Antigua, 2012. Fotografía: Getty.

Antigua is beautiful. Antigua is too beautiful. Sometimes the beauty of it seems unreal. Sometimes the beauty of it seems as if it were stage sets for a play.

(A Small Place, Jamaica Kincaid)

«Antigua es bonita. Antigua es demasiado bonita. A veces su belleza parece irreal. A veces su belleza parece el escenario de una obra de teatro». Se necesita algo más que tiempo y dinero para conocer Antigua; el escenario y a sus actores. A unos pocos extranjeros la isla los deja penetrar en ella lentamente. Se revela con cautela, a su propio ritmo, sin prisas. Pero, otras veces, se marchan sin haberla conocido.  

A su llegada, lo primero que ve el turista es un edificio enorme color crema detrás de la rotonda que hay a la salida del aeropuerto. Es la sede central del banco Stanford International. Recibe el nombre de su fundador, Allen Stanford, encarcelado en Norteamérica por ser el artífice de una estafa Ponzi. Muy cerca hay un estadio de críquet —el deporte más popular—, también erigido por Stanford. No ha sido el único mangante con intereses en esta pequeña isla de tan solo 280 km² y unos 68 000 habitantes. Proyectos notables para este lustro son los del grupo chino Yida International Investment, y los de Royalton Property y Robert de Niro; juntos suponen una inversión de más de mil quinientos millones de dólares americanos. El lujo, por supuesto, no es nada nuevo aquí. Incluso se puede conseguir la ciudadanía si se tiene medio millón para invertir y entrar a formar parte del grupo de potentados que deciden lo que se hace con la isla. 

Han decidido que se hacen luxury resorts. De camino a uno de estos complejos, pongamos que eres un alien que un día decide ver cómo es el de Jumby Bay, «transitas por una carretera muy mala … Te sientes genial y dices, “Vaya cambio esta carretera comparada con las autopistas tan buenas a las que estoy acostumbrado en Norteamérica”. (O peor, Europa)» —la escritora antiguana Jamaica Kincaid, en su librito titulado A Small Place, se ha metido en tu mente, y en la de la gente local—. Menos mal que las distancias son cortas y se tarda nada en llegar. En llegar a la playa, porque el resort está en una isla privada adonde solo se puede ir en barco, privado también, y no puedes hacerlo. Es espacio frecuentado por famosos como Will Smith, Kevin Spacey y Paul McCartney.

Como eres un alien listo te imaginas correctamente que el de Jumby Bay es probablemente como el resto de complejos, con villas escondidas entre cocoteros, plátanos y buganvillas, y con espacio de sobra entre villa y villa como para poder tener conversaciones y practicar sexo sin ser oído. Lo que puede que los huéspedes no sepan es que jumby, en creole de Antigua, significa fantasma, zombi, espíritu juguetón, espíritu maligno. Cerca del complejo hay un molino de azúcar en ruinas, vestigio de la época en que los afroantiguanos fueron esclavos, en torno al cual vagan jumbies y, ocasionalmente, los empleados del resort, que contemplan complacidos cómo al subir la marea los detritus salen a flote en la playa de aguas transparentes donde se bañan los ricos. Para el local, zombi o vivo, «el turista es un ser humano feo». El local recela del turista capitalista: «¿Sabes por qué la gente como yo no se siente cómoda siendo capitalista? Verás, es porque nosotros, desde que os conocemos, hemos sido capital, como las balas de algodón y los sacos de azúcar, y vosotros habéis sido los capitalistas crueles al mando, y la memoria de esto es tan fuerte, y la experiencia tan reciente, que no podemos comulgar con esta idea». Si algo te queda claro a ti, al alien, es que el local envidia la capacidad del turista para convertir la banalidad y el aburrimiento en que el local vive instalado en una fuente de placer.   

Dos mundos conviven en Antigua. Por un lado, el capital, las playas de arena blanca y aguas cristalinas. Por otro, la historia, el lado oscuro, la Antigua auténtica. Como muchas islas cercanas, Antigua cambió de manos varias veces. Los siboney y los arawaks fueron los primeros pobladores. Por algún motivo desconocido, la isla quedó posteriormente deshabitada, aunque los caribes la consideraban de su propiedad e hicieron frente a los ataques de los españoles a finales del siglo XV y principios del XVI . Finalmente, fueron los ingleses quienes consiguieron penetrar en la isla y que sus asentamientos prosperaran, a pesar de la feroz oposición de los caribes, en el siglo XVII. La invasión fue rápida. En 1640, la población no llegaba a 1000. En 1676, ya había 3500 pobladores y en 1678, 4480: 2308 de origen europeo y 2172 de origen africano. Tres años antes, solo 500 eran esclavos africanos.

Fue en este periodo de tiempo, el último cuarto del siglo XVII, cuando la economía de la isla, hasta entonces diversificada, comenzó a depender del monocultivo de la caña de azúcar, para lo que se importaron africanos esclavizados como mano de obra principal. En menos de cien años, los esclavos llegaron a ser el 90 % de la población. Antigua se convirtió en una gran fábrica de azúcar. La tierra se acumulaba en manos de una élite relativamente pequeña, la plantocracia. En sus haciendas, los esclavos trabajaban agrupados en cuadrillas y una jerarquía de amos, capataces blancos y capataces negros organizaba, dirigía y controlaba la producción. A los esclavos recién llegados se los distribuía en las barracas de los esclavos nacidos en Antigua para que estos los formaran y les enseñaran el idioma. Con ellos convivían algunos blancos pobres. Esto es importante porque en la organización económica y social de las grandes plantaciones se origina la estructura de la pirámide social y económica que ha perdurado en Antigua durante más de tres siglos. Sustituyamos plantócratas por empresarios. Sustituyamos plantaciones por resorts. Los supervisores, blancos y negros, continúan en su sitio. Sustituyamos esclavos por trabajadores en condiciones precarias, muy precarias; sus vidas valen menos que las de los esclavos, porque cuando uno muere el empresario no pierde un bien. «Cambiemos de sitio los barracones de las plantaciones», debieron de pensar los esclavos tras la emancipación en 1834, «y fundemos pequeñas poblaciones». 

Moverse por Antigua es viajar por carreteras —de doble sentido y llenas de baches— que no conducen a ninguna parte. Solo las vallas publicitarias disipan un poco la impresión de soledad, mientras un sol de justicia madura sobre la tierra sin cultivar —no llueve, solo cuando hay huracanes—. De pueblo a pueblo hay diez minutos en coche. Pueblos fundados por exesclavos analfabetos que, para su diseño, tenían como único modelo y fuente de inspiración los barracones de las plantaciones de las que fueron expulsados sin bienes ni dinero al conseguir la libertad. Es el siglo XXI y siguen viviendo apelmazados en pequeñas casas de madera, a veces sin servicios sanitarios y sin agua corriente o electricidad. Old Road, al sur de la isla, fue donde prosperaron los primeros asentamientos de europeos y donde increíblemente los locales saben indicar el lugar donde se encontraba una antigua plantación de tabaco, anterior al boom del azúcar. Bethesda es donde por primera vez los esclavos recibieron una educación formal. Liberta tiene una historia ligada a los misioneros de la hermandad de Moravia, como recuerda su preciosa iglesia. Cada pueblo tiene su historia, y todos se componen de casitas de madera como las cabañas de las plantaciones, puestos de comida callejeros, un bar o dos, iglesias en cada esquina y, en la parte más próspera, algunas viviendas de hormigón con techo plano. 

Desde la época de la esclavitud, las iglesias han estado en el centro de la vida de las comunidades afroantiguanas. Lugares de refugio, reunión, catarsis, cohesión. Iglesias metodistas, anglicanas, católicas, pentecostales, adventistas… —hay tantas denominaciones— fusionadas con antiguas tradiciones africanas cuyo objetivo es mantener una relación armoniosa con la naturaleza y los seres sobrenaturales, incluidos espíritus, dioses y ancestros. Junto a las historias de la Biblia los niños aprenden las historias de Anansi, un espíritu muy sabio, originario de la zona del Golfo de Guinea en África, que para comunicarse con los humanos adopta forma de araña. Tienen tanto que aprender de Anansi como de la Biblia. Creen en la obeah, conocido en otras islas como vudú. En el interior no es raro ver a feligreses cantando y bailando porque Usain Bolt sigue siendo el corredor más rápido de la historia o rezando para que otro Vivian Richards —el mejor jugador de críquet del mundo— nazca en Antigua. El ambiente es festivo. No tanto en los bares de al lado. La verdad es que la entrada en un bar local es darse de bruces contra una realidad para la que el alien no está preparado. Es difícil ver tanto patetismo concentrado en algo tan cotidiando como tomar una copa. La iluminación indirecta sobre las paredes sucias acentúa el ambiente espectral. No hay mujeres, solo hombres bebiendo ron o durmiendo con la cabeza apoyada sobre el mostrador. Gente ignorante, sin perspectivas, sin ningún gusto ni respeto por la vida, trigger happy —de gatillo fácil—, escuchan un dancehall estridente y consideran que el vino tiene muy poco alcohol. Ahí se bebe ron. No se puede ver nada parecido en una ciudad como Barcelona, donde el existencialismo es un teatrillo montado para los turistas.    

La ciudad, Saint John’s, es como la suma de todos los pueblos de la isla. Una ciudad hecha a remiendos, sin pies ni cabeza, sin una zona que se identifique claramente como centro de la ciudad. No es fácil conseguir datos de la cantidad de dinero invertido en la infraestructura, si es que se ha invertido algo, pero los resultados están a la vista —no existen los seguros de responsabilidad civil—. Imposible obtener datos de los Gobiernos que llevan mandando en la isla desde hace más de cincuenta años. Los padres de la independencia de 1981. Los miembros de una familia que «ha acaparado el poder político durante tantos años podrían no renunciar fácilmente al mismo, podrían no renunciar ni aun viéndose derrotados en las urnas, podrían no dejarse vencer en las urnas, podrían no permitir que hubiera urnas». La familia Bird. Lo que sí pudieron es prohibir la venta de A Small Place. El turista que llega a St. John’s en crucero verá enseguida un busto enorme del Bird que consiguió la independencia. Parece una falla valenciana.

Mejor no perder el tiempo y ver el museo —la antigua corte de justicia, y ocasionalmente salón de bailes, del siglo XVIII— y la catedral, que pese a ser anglicana tiene su entrada flanqueada con estatuas de tradición católica, el trofeo robado a un barco francés que se dirigía a Martinica en el tiempo de una de las guerras entre Inglaterra y Francia. En la congestión del tráfico de la ciudad no hay un coche que no sea nuevo. «¿Cómo se permiten esos coches tan buenos? ¿Y viven en casas tan lujosas como esos coches? Pues no». Pero algún lujo se tenían que permitir. Además, un coche puede durar más de diez años, mientras que las casas se las llevan los huracanes. Hasta el alien comprende la mentalidad del local. El choque de culturas en la isla es obvio, pero hay, sin embargo, pequeños lugares donde conviven locales, expats, caribeños, europeos, norteamericanos…  donde se saludan con una sonrisa y beben vino mientras la belleza del paisaje se apropia de sus consciencias. Un mundo muy pequeño, en un lugar pequeño, Antigua. 

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