No temas, voy a hablar de vudú

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Un devoto en la celebración anual de Ouidah, Benín,  2016. Foto: Akintunde Akinleye / Cordon.

Kali Ma! Kali Ma!

¿Quién no recuerda al intrépido arqueólogo Indiana Jones atado contra un mástil tratando de no ingerir la sangre de Kali, para así evitar convertirse en un zombi al servicio de Kali Ma? Quizá la imagen no os llegue muy clara a la memoria. Pero si a eso le sumáis la imagen del niño con un turbante en la cabeza que está al servicio del mismo sacerdote del templo manejando un muñeco muy bien caracterizado con los rasgos del doctor Jones: el látigo, su chaqueta, su sombrero fedora… seguro que entonces si os vienen a la memoria las contorsiones estremecedoras del arqueólogo cada vez que aquel muchacho clavaba un puñal en el muñeco o lo acercaba al fuego. Indy estaba siendo torturado a través de la conexión simpática que habían establecido entre él y ese muñeco. Un muñeco vudú.

Odio tener que meterme con Indiana Jones, pero al menos lo hago hablando del templo maldito, lo que supone un cierto alivio. Pero, ¿por qué debo hablar mal de la segunda aventura cinematográfica del doctor Jones?

El templo maldito, entre muchas otras obras, ha sido una de las responsables dentro de la cultura occidental de perpetuar la imagen y creencia estereotipada sobre el vudú. Esa que le otorga un halo satánico y maligno, relacionándolo siempre con rituales de magia negra, venganzas, males de ojo e incluso con los zombis.

Pero el vudú no es más que una religión —una más—. A falta de estadísticas fiables, se habla de más de treinta millones de seguidores en todo el mundo, es posible que más. En los países africanos donde germinó, en la bahía de Biafra y todo el golfo de Guinea —en lo que hoy son Nigeria, Benín, Togo y Ghana—, el cristianismo y el islam conviven armoniosamente con esta religión tradicional. Es muy común encontrar a personas que practiquen el cristianismo y el vudú al mismo tiempo. Incluso hay muchos que esconden su verdadera devoción por el vudú tras su islamismo o catolicismo, simplemente por sentirse más aceptados dependiendo del lugar en el que vivan. Especialmente si es en las ciudades.

Vudú significa en el lenguaje de la etnia fon «espíritu». Procede de la palabra vodoum, en esa misma lengua, y viene a significar algo así como «místico».

El vudú es una religión animista que cree en la presencia de espíritus en todo lo que nos rodea. Rocas, plantas, animales, todo lo material en general está cargado de un ente casi divino que está constantemente en contacto con los vivos. Todo posee un alma; poderosas fuerzas invisibles que gobiernan el mundo y las propias vidas y que se manifiestan claramente a los no muertos. El vudú venera la energía creativa o acé y no hace una separación entre el mundo material y el trascendente.

A diferencia de otras religiones, el vudú no tiene un «libro único», un manual de instrucciones interpretativas de preceptos sociales y morales como pueden ser el Corán o la Biblia. Precisamente este hecho, el que no haya fuentes escritas de mitología, teología o filosofía, ha sido uno de las impedimentos para que se haya producido una unidad en torno a lo que se considera vudú y para su expansión de forma unitaria.

Sí es cierto que existen mitos que hablan a veces del comportamiento de los dioses o los espíritus, pero lo hacen para explicar situaciones de causas pertenecientes al género humano, no tanto como para preguntarse o especular sobre la esencia, origen y motivaciones de esas poderosas fuerzas invisibles.

Dentro de las religiones de África del oeste existe una línea muy fina entre lo que es vudú, propiamente dicho, o simplemente religiones específicas de las etnias yoruba, ewe, mina, kabye o fon. En realidad todas ellas siguen un mismo patrón con diferencias muy sutiles. Pero sí es verdad que el vudú ha dado origen a otras muchas religiones que sí presentan diferencias notables con el vudú original.

El lugar donde se han desarrollado estas otras religiones se encuentra principalmente al otro lado del charco; en la zona del Caribe, Sudamérica y algunas zonas del sur de Norteamérica.

En los barcos cargados de esclavos africanos que partían hacia al nuevo continente se mezclaban diferentes religiones y diferentes mitologías de diferentes países, a las que se sumaban al llegar a las colonias españolas o portuguesas la obligatoriedad de practicar el catolicismo.

Las creencias tradicionales, como el vudú, fueron prohibidas; pero para que sus dioses no se viesen traicionados y pudiesen seguir contando con ellos, los adeptos al vudú realizaron una fusión entre la tradición y los nuevos santos católicos, practicando su religión a escondidas, y así evitar la caza de los colonizadores. De esas mezcolanzas surgieron el vudú de Haití, el de Puerto Rico, el de la República Dominicana, el de Luisiana, la santería —en Cuba—, la macumba, el candomblé —en Brasil— y también el hoodoo, o vudú de magia negra y satanismo.

La importancia de los antepasados

Ofrenda en el cementerio de Puerto Príncipe, Haití, 2017. Fotografía: Andrés Martínez Casares / Cordon.

Siguiendo las directrices del especialista y universalista en ciencias de las religiones, el rumano Mircea Eliade, Jonh Mbiti se encargó de abordar el capítulo dedicado a las religiones en África Occidental para completar la obra cumbre del primero: Historia de las creencias y las ideas religiosas. Según el autor keniata, «en África, las religiones se caracterizan por una orientación pragmática ajena a la filosofía o la contemplación mística». Y es que el vudú en África es utilizado para explicar a las nuevas generaciones cómo deben comportase y qué es lo que la comunidad espera de ellos. «Su principal diferencia radica en la insistencia por conseguir el logro óptimo de las relaciones dentro de la comunidad en la que viven», continúa Mbiti.  

Para los africanos, el vudú también es un conjunto de reglas éticas que sirven para mantener unida a la comunidad. La comunidad que forman desde los más ancianos a los recién llegados, pasando por todos los antepasados. La relación con estos últimos es la base principal de la religión del vudú en África. Es a ellos y no a los dioses a los que se les puede pedir ayuda o colaboración.

«El dios supremo hizo de tierra el cuerpo humano, después le dio vida soplando en él el aliento del dios del cielo […] Pero no solo se anima el cuerpo de este soplo, sino que también con los elementos provenientes de los antepasados como la inteligencia y el destino», escribe John Mbiti.

La figura de los antepasados, «que habitan en la orilla opuesta del río», hace hincapié no en la supervivencia individual, sino en perpetuar el bienestar de la comunidad familiar. Estos, que pueden encarnarse en otros seres humanos después de su muerte, se encargan de velar por la comunidad y castigar a quienes la ponen en peligro.

Esa es la esencia del vudú: la importancia del grupo, de la comunidad. De tal modo es así que el respeto y la obediencia de los hijos sobre los padres y abuelos son virtudes de una altísima estima en África. «Cuando muere un anciano, muere una biblioteca», esta frase —ya casi un mantra popular— del escritor maliense Amadou Hampâté Bâ es muy representativa de este pensamiento. No solo por lo que se refiere al conocimiento acumulado en el cuerpo de las personas ancianas sino porque, además, con la muerte de uno de los mayores del pueblo la tradición se tambalea, aunque sea por unos instantes. El soplo divino desaparece, y solo permanece entre ellos lo que corresponde a sus antepasados. Si la cadena de la tradición se rompe en algún momento con cualquier descuido «llevaría a una ignorancia e inexperiencia destructiva de la comunidad […] romper con la tradición puede acarrear una profunda desorientación antisocial de los individuos, como sucede con las brujas y los hechiceros», explica Mbiti.  

En las religiones de África del oeste se ha designado tradicionalmente a las mujeres como brujas y a los hombres como hechiceros. Estos no son ni más ni menos que aquellos que poseen conocimientos y capacidades para observar conscientemente y metódicamente las fuerzas cósmicas de la naturaleza, pero que utilizan esos conocimientos para un uso egoísta con funestos resultados para la comunidad. Por este motivo, las brujas y los hechiceros son considerados una amenaza interna para la comunidad y son expulsados si son detectados.

Abundan los casos de niños a los que se les acusa de brujería, de estar poseídos por algún espíritu maligno y a los que se envía a los templos vudú o hounfour para sanarse.

En realidad, según argumenta John Mbiti, «la creencia en la brujería refleja los puntos flacos del conjunto de las instituciones sociales».

Para la antropóloga Lucy Mair, el conocimiento de la brujería, en el fondo, «no es más que el conocimiento general de que la ira y el odio pueden, como tales, hacer daño a otros».  

La venganza, la muerte contra los enemigos están presentes en casi cualquier religión del mundo y de la historia. Los casos que más reconocemos en Occidente, en este sentido, son los de los dioses clásicos romanos y griegos. Las venganzas y la violencia que ejercían entre ellos mismos o contra los propios humanos son el eje de muchas de las epopeyas clásicas que todos conocemos, empezando por la Ilíada y la Odisea de Homero. Pero el vudú no es una religión donde la venganza tenga un peso específico. Es más, los dioses ni protegen ni castigan a los hombres; este papel recae sobre los antepasados. Los dioses tienen el poder de aniquilar a la especie humana, pero no tienen ningún interés en su devenir. Si hay mitos en el vudú que se refieren al ímpetu y violencia de los dioses, se refieren al resultado de la intervención de un dios en un hecho concreto, más que a la actitud que toma o a su intención en contra del hombre.

La cosmogonía vudú

Un creyente ataviado como Guédé, uno de los loas que encarnan la fertilidad y la muerte, en el cementerio de Puerto Príncipe, Haití, 2017. Fotografía: Andrés Martínez Casares / Cordon.

Dentro de este conjunto de religiones de África occidental que hemos englobado en un vudú general, solo los fon, yoruba y binis tienen una cosmogonía definida y jerarquizada. En ese panteón cada uno de los dioses domina una parte de la naturaleza y de sus fuerzas, así como también a los pueblos, naciones y personas individuales entre los que se incluyen todos los antepasados.

El dios creador es una figura andrógina denominada para los fon como Mawu-Lisa, del mismo modo que los yoruba la denominan Olodumaré. Este dios es la cúspide de la pirámide, gobierna toda la creación y ejerce soberanía sobre las demás divinidades, espíritus de la naturaleza, antepasados y hombres.

Mawu-Lisa u Olodumaré ejerce su hegemonía sobre otras doscientas sesenta deidades —orishas o loas— en el panteón vudú. Cada una de ellas es la responsable de cada uno de los territorios y lugares existentes, así como de todas las creaciones y expresiones de la naturaleza: árboles, rocas, animales, ríos, encrucijadas… Tienen un fuerte componente ligado a los elementos: viento, fuego, tierra y agua; así como un oráculo más sofisticados quizá que el de los taoístas.

Algunos de estos orishas o loas (fuente: Wiki mitología):

Da Zodji o Sakpata,: el hijo mayor al que se le confió la Tierra. El orisha de la riqueza o prosperidad.

Sogbo o Heviosso: segundo hijo de Mawu, a cargo del cielo, trueno o rayo y la lluvia.

Xu o Tovodun: Dios del océano.

Gu u Ogu: dios del hierro.

Aguê: quinto hijo de Mawu, responsable de supervisar la agricultura y los bosques.

Jo: dios de la invisibilidad y el aire.

Y uno de los más importantes por ser el enlace o intermediario entre los demás dioses hermanos y su creador padre/madre:

Lègba: hijo menor de Mawu que casi no recibió ninguna dote porque fueron recibidas entre sus hermanos mayores. Esto explica su naturaleza celosa. Sin embargo, se le considera el protector de la ciudad o el país, siempre que se le hagan ofrendas con regularidad. Es decir, si no se le atiende, puede ser un destructor.

Este conjunto de dioses, que residen en el paraíso o Guinee —Guinea—, tienen como objeto explicar el origen de lo creado y la presencia de la fuerza vital divina en el hombre. Pero los dioses ni dirigen ni mantienen la creación, como tampoco hacen nada para armonizar las fuerzas del cosmos. No olvidan su creación, pero no les interesa en gran medida.

Hay algo a tener en cuenta en este enorme panteón de más de doscientos dioses, y es que ninguno de ellos se asemeja a quien en la cultura católica denominamos como Satanás o el diablo. En el vudú no hay un dios del mal, como tampoco lo hay específicamente del bien. Fue la mezcla con las religiones occidentales la que dio origen a otro tipo de cultos más vinculados al satanismo como es el hoodoo.

Magia blanca y magia negra

Volvamos a Indiana Jones y a la escena en el templo de Kali. Sí, es cierto que en el vudú existen los rituales donde los sacerdotes —houngan se denomina a los hombres y mambo a las mujeres— como el del templo maldito llevan a cabo rituales donde los fetiches, los muñecos y los talismanes están muy presentes.

Son ritos de iniciación o rituales para sanar a los niños y niñas que han caído enfermos o poseídos y para los que no encuentran una curación. También se llevan a cabo escarificaciones con ese mismo motivo e incluso sacrificios a través de los que se busca fortalecer a las loas u orishas y así dotarlas del mayor poder posible. Para saber el grado de satisfacción de las loas estas se comunican con los fieles a través de la posesión.

Son muy populares —un atractivo turístico ya en ciudades como Ouidah, en Benín, el lugar de residencia del máximo representante de la religión vudú— estos rituales donde se pueden ver escenas de fieles que caen en trance bailando descontroladamente o contorsionándose en el suelo después de haber ingerido diferentes sustancias alucinógenas. Estos rituales pueden ser de curación, de protección o de iniciación como ya he dicho. Los llevan a cabo los hougan o las mambo, los sacerdotes que sirven a las loas con una sola mano, lo que quiere decir que solo ejercen la magia blanca. Pero cabe también la posibilidad de que los sacerdotes ejerzan el vudú con las dos manos, lo que daría paso a la posibilidad de utilizar también la magia negra para hacer enfermar, dañar o matar. En este caso, a este tipo de sacerdotes se les denomina bokor. Estos dicen tener la capacidad para llevar a cabo venganzas contra enemigos de un grupo o personas específicas. También pueden influenciar sobre los espíritus y sobre el amor o la atracción para hacer daño.

Desgraciadamente este tipo de magia negra es la que ha acabado por imponerse en el imaginario colectivo a pesar de que su origen y la gran parte de los que practican el vudú solo contemplen su parte creadora positiva. Como he dicho, quizá hayan sido las películas como Indiana Jones en el templo maldito o películas de terror de serie B, unidas a los gravísimos casos de extorsiones que se dan especialmente contra las mujeres nigerianas con el conocido Yuyu-vudú y que han tenido gran repercusión en los medios españoles.

Pero, en realidad, el vudú se podría definir simplemente «como un intento, por parte del hombre, de comprender la naturaleza de las fuerzas que actúan entre los vivos e identificar sus manifestaciones para protegerse de tales poderes y, en lo posible, servirse de ellos», explica John Mbiti. A esta definición habría que añadir que el vudú también es un conjunto de reglas éticas y morales para mantener el bienestar de la comunidad, el centro de las vidas de estos pueblos africanos.        

Y, claro, ahora que llegamos al final del artículo os preguntaréis: ¿qué pasa con los muñecos vudú?

Sí, como seguro que habéis intuido, en el vudú africano no existen los muñecos que establecen ese tipo de magia simpática con una persona. Esa clase de muñecos son más propios del hoodoo. Lo que sí existe es otro tipo de objetos con forma humana, denominados pwen, que tienen un efecto mágico protector. Suelen colocarse en altares para los dioses o a modo de lápida, o recordatorio, para los muertos.

Sí, después de todo, si nos ponemos quisquillosos, Indy tendría que haber escapado con más facilidad de aquel templo maldito y no hacernos sufrir tanto delante de la pantalla del cine o el televisor. Pero qué más da… Es una película entretenidísima a lo que no le puedo pedir más de lo que ya ha dado. Una cosa es el cine y la literatura de aventuras y otra la realidad, de la que todavía queda mucho por reconocer.

Ouidah, Benín, 2016. Fotografía: Akintunde Akinleye / Cordon.

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3 comentarios

  1. Genial artículo de Kike Gómez..muy apropiada para esta tarde de domingo…pues seguiremos intentando reconocer la realidad…

  2. Aquiles

    «en lo que hoy son Nigeria, Benín, Togo y Ghana—, el cristianismo y el islam conviven armoniosamente con esta religión tradicional»
    Esta parte es alguna especie de chiste supongo.

  3. laura

    interesa el tema

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