¿Hay alguien ahí?

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alguien ahí
Ilustración: Trinidad Ballester.

Y ¿qué tipo de pareja busca?

Pues busco a alguien con quien pueda crear un relato 

que narre la angustia que siento ante la existencia.

El ser humano necesita un interlocutor para sostener los problemas que le pone por delante la existencia, alguien que lo ayude cuando aparecen las paradojas y las emociones contradictorias. También es necesario para cuando le llegan las dudas, que pueden convertirse en terreno fértil si somos capaces de producir una metáfora que las explique.

La gestión de las dificultades en la vida se mueve en una contradicción resbaladiza. Por un lado, la persona desea resolverlas y salir del trance con mayor experiencia y profundos aprendizajes que la fortalezcan. Por otro lado, está el deseo de que la salven de tener que afrontar estos mismos problemas, que se ocupe otro de ellos, aunque sea a costa de la propia libertad, como ocurre en muchas ocasiones. 

El inicio de cualquier aventura va acompañado de esta paradoja. Una actitud contradictoria en la que, por una parte, se desea iniciar la travesía y, por otra, esperamos que alguna fuerza superior aparte de nosotros el cáliz que la vida nos presenta. El impulso de acometer el viaje y la negativa a hacerlo conviven en los momentos iniciales de cualquier etapa vital1

Todo ello apunta a la necesidad de tener compañía en este tránsito. La forma de elegir interlocutores ha tenido diversas etapas y rostros a lo largo de la historia.

En la antigüedad, cuando el ser humano sentía zozobra por sus problemas terrenales miraba las estrellas del cielo buscando respuestas de estabilidad. «Así en la tierra como en el cielo», dice el deseo de alcanzar el orden y la estabilidad que ofrecía el firmamento frente al caos de la vida en la tierra.

Más adelante, las religiones —en especial las monoteístas— defendieron que las estrellas las había creado Dios, así que lo convirtieron en el único interlocutor válido. El que quiera respuestas de calidad debe hablar con él. La ventaja de este argumento es que la emisión de opiniones proviene de un ser superior, no de un igual que puede manejar una simple opinión del mismo valor que la mía. Y eso está bien para legitimar la resolución de empates.

El humanismo mantuvo que las estrellas eran, en realidad, un espejo en el que se ve el ser humano y que este había depositado en ellas sus expectativas vitales a lo largo de los siglos. Así que dirigió la atención al interior de la persona. La propuesta humanista era escuchar la propia voz y favorecer el autoconocimiento. En consecuencia, lo que importa es identificar y hacer valer el propio deseo. El juego es interesante: consiste en mostrar a las estrellas la propia preocupación y, tiempo más tarde, preguntarles a ellas sobre cómo será el propio futuro y acerca del comportamiento más adecuado que desempeñar en él. Esto es la base de las técnicas y los mecanismos de proyección adivinatoria.

Algunas versiones humanistas defendieron que la identidad no es personal, sino colectiva, de modo que las respuestas las tiene el árbol genealógico y la tribu a la que cada uno pertenece. Así que, en este caso, el interlocutor es tu mapa ancestral y maneja las respuestas a tus incógnitas y a los mecanismos de tu propio comportamiento que parezcan inexplicables. Desde esta perspectiva, es esencial conocer las reglas de funcionamiento de la memoria transgeneracional como, por ejemplo, los mecanismos de inclusión y exclusión de miembros que utiliza el clan, así como los dispositivos de equilibrio de las deudas entre sus miembros.

Además, la identidad no es única en el sentido de indivisible, sino que está compuesta de partes, polaridades o subpersonalidades que se turnan en la toma del protagonismo. De modo que conviene que actúe la más competente de ellas dependiendo del problema que se pretenda tratar. A veces es mejor que lidere la parte racional, otras veces es más conveniente la intuitiva, o la astuta, la afectiva, la distante… Incluso, en ocasiones hay que sacar a pasear la más enérgica. 

Cada pareja estimula en cada persona o le hace aflorar preferentemente una de sus partes. Y esto favorece sinergias más o menos productivas. Por eso es más interesante ser complementarios que parecidos. Por cierto, que algunos conflictos provienen de poner en juego con la actual pareja la parte que hacía aflorar el contacto con parejas anteriores, como si se activara una especie de memoria neurológica que traiciona nuestro comportamiento adaptativo a la nueva situación.

Últimamente, el interlocutor preferido por los seres humanos es el dato pretendidamente objetivo. O mejor, el conjunto de datos que pueden traducir lo cualitativo a una realidad cuantitativa que se pueda contar, medir o pesar. Es decir, el algoritmo o sistema de procesamiento de datos, que nos permite pronosticar cómo será el funcionamiento de la realidad en un futuro más o menos próximo. El marketing persuasivo tiene su fundamento en lo que estamos diciendo. 

La cantidad de datos personales que maneja internet y su combinación infinita permite al sistema pronosticar nuestras inclinaciones y deseos futuros. De este modo se puede predecir el comportamiento futuro de cada persona, o qué tipo de películas o libros preferirá, en función de las decisiones que haya tomado anteriormente.

El dios
que no existe
me cuida
yo soy su alimento
vive de mi delirio
de eso vive.

Y así, en vida
me lo retorna
como bumerán
como reflejo
como el agua y el espejo
un otro, interior
que busco afuera
cuando requiero.

(Trinidad Ballester)

En definitiva, el ser humano necesita de un interlocutor de calidad para buscar soluciones a los problemas que le preocupan y también para sacar de sí los asuntos que lo torturan. Quizá por esto, los primeros terapeutas se llamaron «exorcistas», especialistas en externalizar los propios demonios. Porque hay una diferencia fronteriza al pensar de qué modo los símbolos de la propia cultura nos influyen o cómo pueden llegar a poseernos. La diferencia está en la posibilidad de que el anfitrión de la angustia pueda manejar el propio control de la existencia o bien que experimente la necesidad imperiosa de cederlo a fuerzas externas, consolidando así procesos de alienación o enajenación. 

La expulsión del paraíso estuvo unida a la búsqueda de libertad de pensamiento e independencia de criterio; una búsqueda que se materializó con la acción de comer del árbol de la ciencia, un acto de autonomía protagónica que les costó a Adán y Eva la salida del Edén. De este modo, la suspensión de la armonía paradisiaca y la entrega a las dificultades de la existencia se fraguó con ese exilio y no se realizó de modo individual sino en pareja.

Puede decirse que la búsqueda de pareja va unida al viaje de la atención hacia el mundo exterior o al interior del sujeto. La identidad no se consigue exclusivamente por el trabajo del individuo, sino por el reconocimiento que otro hace de él, y esta búsqueda de sí mismo en la confirmación especular exterior es la que genera la metáfora más adecuada para calmar la propia búsqueda de sentido vital. Por eso precisamente acudimos al cine o al teatro, por eso leemos novelas y cuentos, para saber si ese relato es el que es capaz de explicar la experiencia subjetiva que tenemos del mundo.

Ahora bien, por encima de los distintos tipos de contratos o relaciones que se puedan establecer más o menos abiertas y más o menos comunales, lo esencial y noble es declarar la intención antes de actuar. Y la base de cualquier fórmula se sitúa en el tipo de relato conjunto que podemos construir. De ahí que existan diversos modelos de relación en pareja, a veces más democráticos, de mayor o menor sumisión, jerárquicos, autoritarios o libertarios, pero esto es otra historia2.

El encuentro en pareja también significa la fusión de dos árboles genealógicos, dos tribus que deben aprender a pedalear juntas y que necesitan diseñar sistemas de inclusión adaptativos y evolutivos. Porque todo lo individual que quede expulsado de lo colectivo, aunque sea en aras del bien común, generará heridas que, si no se resuelven, funcionarán como una herencia que habrá que solventar incluso en las siguientes generaciones. 

En síntesis, la búsqueda de pareja en cualquiera de sus modalidades tiene que ver con la exploración del relato más satisfactorio ante la experiencia que el ser humano tiene del mundo; una búsqueda que se realiza de modo especular, como si uno quisiera que la persona con la que se relaciona le devolviera la mejor imagen de sí misma, imagen que nunca podría obtener en soledad3.

Finalmente, es interesante observar cómo el discurso de la búsqueda de pareja se convierte en el secreto más aireado en la sociedad.


Notas

(1) Joseph Campbell, El héroe de las mil caras (Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1959).

(2) Giorgio Nardone et al., Modelos de familia (Herder, Barcelona, 2005).

(3) Lewis Carroll, Alicia a través del espejo (Ediciones del Sur, Córdoba, Argentina, 2004).

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2 Comentarios

  1. Muy bueno, siempre he pensado que en pareja y en función de la misma somos una u otra versión de quienes somos. Pienso tenemos que gustarnos a nosotros mismos en pareja, de lo contrario la cosa no funcionará.

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