Arte y Letras Historia

El sacrificio celeste de los serbios, Kosovo Polje (1389)

Batalla de Kosovo Polje
Batalla de Kosovo, de Adam Stefanović, óleo, 1870.

Hay ciertos lugarejos por los que uno pasaría sin más, sin clavar la vista en nada concreto. La campa de Kosovo Polje es uno de estos lugares en apariencia anodinos, situado a pocos kilómetros al norte de Pristina, la capital del territorio de Kosovo que hoy continúa enfrentando con animosidad a serbios y albanokosovares. ¿Qué vemos por estos alrededores? Campos yermos, algunos más verdecientes que otros, acotados si acaso por caminillos, vallas y cortas sobre el terreno. Aquí y allá se ven algunos racimos de casitas modestas. Unos alminares de cemento arrojan de fondo el humo de las fábricas circundantes.

La postal no resulta idílica ni tiene por qué serlo. Pero el enclave, más allá de la pobre pinturilla, es todo un escenario celeste y una inmortal alegoría terrena para el pueblo serbio. El 28 de junio de 1389, onomástica de san Vito, aconteció en este páramo la crucial batalla de Kosovo Polje entre los turcos otomanos del sultán Murat I y el gran ejército balcánico, liderado por el príncipe Lazar, titular de la Serbia del Morava. De ahí la extraña torre que, a modo de monolito fúnebre, evoca el martirio providencial de los serbios en este paraje. En otro punto del paisaje se detecta también un discreto y solitario cubículo. Señala la türbe de Murat el Divino, sucesor de Orhan I. Sus órganos, pero no su cuerpo, reposan en este pedazo de tierra, donde al cabo murió. Tanto el sultán como Lazar, que sería decapitado, murieron en esta significativa fecha, para unos hazañosa y heroica (los serbios), y olvidable para otros (los albanokosovares sobre todo).

No hay crónica histórica que se tercie, como corresponde a Kosovo Polje, que no acuda a un prólogo inmediatamente anterior. Desde mediados del siglo XIV el kral de la Gran Serbia, Esteban Dusan (el también emperador de los Rumelios y zar zristiano de Macedonia, como se autoproclamó con encantadora pomposidad), consiguió erigir un efímero imperio serbio basado en pequeños reinos y principados. Atraído por el hechizo dorado de Bizancio, murió en 1356 en el fallido asalto a sus famosas murallas. Su legado será triturado años más tarde por los otomanos de Murat en las severas batallas de Cernomen (1371), de Nis (1387) y, finalmente, de Kosovo Polje.

Los turcos otomanos venían desparramándose por los Balcanes desde años atrás en campañas de frontera. Los ríos, como el Danubio o el más lejano Maritsa, señalaban la marca. La tercera guerra civil bizantina entre Juan VI Cantacuceno y Juan V Paleólogo hizo que a partir de 1352, a petición expresa del Paleólogo, los turcos cruzaran los Dardanelos por la estratégica península de Galípoli para ayudarlo en su causa. Los historiadores coinciden en señalar este punto álgido para el devenir de Occidente: la entrada por vez primera de los turcos, acaudillados por Orhan I, desde Anatolia hacia Europa. En la guerra civil se impondrá Juan V, que reinará tristemente sobre Constantinopla, la devastada Tracia y algún que otro islote suelto sobre el mar Egeo. A partir de 1360 sus desvelos se orientan, precisamente, a contener a las mesnadas de turcos que iban ocupando el indomable espacio balcánico, primero con el propio Orhan y luego bajo la égida de su hijo Murat I (1360-1389). Los otomanos harán acopio de los terrenos conquistados, como será de hecho el caso de la región de Kosovo. Las tierras de frontera serán cedidas por el sultán a sus valerosos hombres en régimen de timares, en pago por sus servicios bélicos (los ulemas, sin embargo, establecerán que una quinta parte del botín obtenido le corresponderá al sultán así como la totalidad del terreno, según la prescripción del Corán). En esta tesitura, acosado por los turcos, Juan V se verá obligado a mancillar el cristianismo ortodoxo oriental al pedir asistencia a Roma, sugiriendo la unión ecuménica de las dos iglesias (incluso se convirtió al catolicismo a título personal). Al tanto que el limosnero de oro pedía protección, el gran Murat, prudente pero metódico, seguía dando fuelle a su campaña. Tomará Filipólis (actual Plovdiv) y Adrianópolis (Edirne) en 1361, ciudad a la que convertirá en capital otomana sobre los predios de Tracia.

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3 comentarios

  1. Las crónicas historiográficas más fiables son húngaras y hablan de una escaramuza en la que participaron los otomanos por un lado contra serbios… acompañados de albaneses, que eran también cristianos. Los húngaros querían ver qué venía por el sur para prepararse.

    El mito tiene una fuente principal, los poemas épicos, pero no se puede desdeñar la interpretación romántica que se les dio desde que los recopiló y publicó en Viena Vuk Stefanović Karadzic. Esa interpretación va pareja al desarrollo de Serbia como estado moderno en el siglo XIX, pasando por alto que la tras la batalla las relaciones con los otomanos y la nobleza serbia fueron buenas. Una noble serbia, hija del déspota Đurađ Branković, Mara Branković se casó con Murad II. Es a finales del siglo XV cuando esa relación cambia, sin ser la batalla de 1389 relevante.

  2. Se empieza tomando a Kadaré “maestro Ismail” como referente histórico y se acaba viendo a Pérez Reverte como experto en la guerra civil.

    Por cierto, la novela del albanés se merece otra lectura por su parte… sin acritud se lo digo.

  3. Beyazit siempre ha sido conocido en España como Bayaceto. Bayaceto el Rayo.

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