¿Qué habrías hecho tú en la Guerra Civil?

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Teruel durante la Guerra Civil, 1936. Fotografía: Getty.

Niño, aquí llevamos dos días que no paran de llevarse hombres, pues seguramente se han llevado sus ciento cincuenta hombres, todos los inútiles, cojos, mancos y tuertos, fueron [a] Almenara y se han llevado al primo del chacho Francisco, al del chacho Manuel y a todos los que han pillado aunque haya sido en las calles, lo mismo ha pasado en Jaén, y en todas partes. 

Carta de Juan Moral Villargordo a Francisco Moral y Moral, octubre de 1938. Zona republicana, recogida en Voces de la trinchera, de James Matthews.

Les contesto yo primero: salir corriendo. Mi padre me dijo que comprendió el significado de las guerras la noche del 23-F. Yo, si llegase el momento de enfrentarme a una situación de esas características, no sé si lo comprendería, pero sí que no me verían el pelo. Solo tendría dignidad para callarme la boca el resto de mi vida, porque soy un cobarde con principios. Igualmente, es por todos conocido que los locos suelen ser muy valientes. De hecho, la propia existencia del término voluntarios para designar a los que van a la guerra motu proprio ya pone bastante de relieve, aunque sea semánticamente, cuál es el parecer del resto, la inmensa mayoría. 

Mis puntos de vista no son muy originales. En caso contrario, el principal motivo para acudir a la guerra —que te matan por traidor si no vas— no existiría. Este es uno de los matices en los que se pierde muchas veces el recuerdo de la guerra civil española. De forma interesada, se ha difundido la versión de que fue un conflicto irremediable, que la situación estaba determinada a resolverse solo de esa manera, lo cual es rigurosamente falso. Todo lo que ocurrió fue accidental, como tantos episodios de la historia aún más célebres. Solo es admisible debatir sobre si ese desenlace fue, por desgracia, el peor de todos los imaginables o todavía podría haber ocurrido algo peor.

La primera falacia o idea de relativo rigor que se ha extendido es lo de la lucha entre hermanos, familias, etc. Una cosa es que se dieran casos, y otra que los españoles estuvieran divididos de igual manera que los dos bandos que entraron en combate y que su deseo fuese matarse a tiros. Un libro de reciente aparición sirve para aclarar esas duras. Soldados de Franco. Reclutamiento forzoso, experiencia de guerra y desmovilización militar, de Francisco J. Leira Castiñeira. En él se indica que, de entre la «media España» que se sublevó contra la legalidad constitucional, amplias capas lo hicieron obligados, lógicamente, a punta de pistola. 

El 10 de agosto de 1936 todos los jóvenes de entre veintiún y veinticinco años de Galicia, Castilla y León y parte de Andalucía fueron obligados a incorporarse a las filas de los insurgentes por decreto. Sus nombres aparecieron en los periódicos, por si había dudas. Fueron entre 69 000 y 75 000, contando con los que ya estaban haciendo la mili. Este reclutamiento tuvo una doble finalidad, señala el autor: no solo fortalecía las tropas golpistas, también servía para controlar la retaguardia, porque militarizaba a muchos individuos sospechosos de poder realizar actos disidentes. En el frente, de la conducta de muchos de ellos dependía lo que pudiera sucederles a sus familias en la retaguardia. Una situación especialmente comprometida para los padres de familia. 

Según explica el historiador: «Con el aislamiento de un mozo, este quedaba fichado, así como su familia y entorno, que quedaba a merced de los designios de su comportamiento en el Ejército, un aspecto vinculado al aparato represivo de los insurgentes». De hecho, nunca antes en España se había impuesto el servicio militar obligatorio de todos los hombres «útiles». Antes, no sin controversia, las quintas habían sido por sorteo, del que se podía quedar exento con el pago de una cuota, algo que no estaba al acceso de todo el mundo y que, en la práctica, servía para que solo fueran los que no tenían recursos económicos. También existía un sistema de sustitución en el que un mozo podía ir a la mili en lugar de otro a cambio de una remuneración. Más de lo mismo. Si no se podía pagar, quedaba huir o automutilarse. Muchos aprovechaban ese momento para emigrar a otro continente.

A estos chavales reclutados en el inicio de la Guerra Civil por el bando fascista se les fueron uniendo los prisioneros que iban haciendo las tropas, los evadidos que se iban encontrando y todos los jóvenes en edad militar de los territorios que iban conquistando. En marzo de 1936 crearon las Comisiones de Clasificación de Presentados y Prisioneros para incorporar también a su ejército a los presos de las cárceles. Solo dejaron dentro a los que tenían delitos de sangre. A toda la nueva carne de cañón se la catalogaba en tres categorías: afectos, dudosos y desafectos. De esta condición dependía estar vigilados o acabar en un batallón de trabajadores, cuando no, directamente, en un campo de concentración. La duración de la guerra iba a ser incierta, por lo que la tendencia fue incorporar al mayor número posible de jóvenes. 

Son hechos que dan buena cuenta del supuesto fervor con el que la mayoría de la población se tuvo que ir a la trinchera, por muchos miles de voluntarios que hubiera en ambos bandos. Una situación que pone de manifiesto la máxima sobre los primeros en morir en las guerras, que no son sino quienes no se lo esperan. Como cuenta el libro: «Así lo recordaría también de por vida un preso al ver cómo el médico gallego Rafael Vega Barrera, de buena posición social y ya condenado a muerte, se daba de cabezazos en el calabozo, lamentando no haber huido en su momento». Aunque Mola, arquitecto del golpe de Estado, era consciente de que se necesitaba un clamor detrás de los soldados, que no fuera solo un pronunciamiento al estilo decimonónico, si exceptuamos Navarra, no consiguió que el apoyo civil tuviese ninguna relevancia en la sublevación. Normalmente, grupos de falangistas sustituyeron o vigilaron a la policía donde se impuso la sublevación y hasta ahí. 

En el otro lado la situación no difería. Es cierto que los militantes de los partidos y sindicatos formaron milicias y exigieron que el Gobierno les entregara las armas. Sin embargo, el resto de la población, conforme se fue estructurando el Ejército Popular de la República, fue llamado a filas obligatoriamente. El origen de estos soldados tuvo que ver con criterios geográficos y de concentración demográfica. Por eso, Cataluña, que aguantó hasta febrero del 39, aportó casi un tercio de los reclutas de ese ejército. No sin resistencias. Como citaba el general Vicente Rojo en sus memorias, ¡Alerta los pueblos!, hubo deserciones que llegaban a contar incluso con la colaboración de los alcaldes: 

En el ambiente político que ha sido bosquejado íbamos a afrontar la acometida más fuerte de todas las realizadas por el enemigo: con una organización del Estado viciada en sus raíces; con una baja moral en retaguardia; con una falta de deseos de cooperar a la guerra en las autoridades subalternas, tan manifiesta, que hasta los propios alcaldes encubrían, cuando no fomentaban, las deserciones (…). La dureza que tenía la lucha me preocupaba, pues no encontraba una solución viable para poderla alimentar. Su consecuencia inmediata era un desgaste extraordinario, no solo por las bajas, sino también por los fugitivos y desertores, procedentes, casi en su totalidad, de los últimos hombres incorporados a las unidades combatientes. Se insistió en el envío de hombres desde la región Central… cuando a las unidades se les pedía un concurso no solían dar lo mejor. Así resultó que los primeros hombres llegados de la zona central eran francamente defectuosos como combatientes, pues en una gran parte eran catalanes que regresaban voluntariamente a la región, y movidos, muchos de ellos, más por el deseo de unirse a sus familias, que por el de luchar.

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Bilbao, 1937. Fotografía: Getty.

El caso de la movilización forzosa de reclutas en el bando republicano ha contado con estudios específicos muy recientes de James Matthews, de la Universidad de Oxford. En su tesis, se centraba en la figura que fue mayoritaria, la de todos aquellos que acabaron en el frente en contra de su voluntad al encuentro de los de los párrafos anteriores, que se hallaban en la misma situación. Un ángulo interesante, porque ponía el foco en los que se enfrentaban sin mediar ideología, que es lo que se ha analizado con más frecuencia de esta guerra, la cuestión política. 

Las cifras hablan por sí solas: si al principio de la guerra la República contó con 120 000 voluntarios, a su término había movilizado a 27 reemplazos obligatorios, un total de 1 700 000 hombres. Los últimos, la llamada «Quinta del Biberón», eran 30 000 soldados, la gran mayoría menores de edad, algunos de catorce años. La movilización forzosa, sostiene este historiador, era fruto del fracaso de las milicias de voluntarios en el terreno militar y de la falta de más voluntarios. Se impuso la obligatoriedad para reclutar tropas y un estricto orden jerárquico para que fuesen eficaces en el campo de batalla. 

La República instituyó para este fin los Centros de Reclutamiento, Instrucción y Movilización. Los CRIM. El poder se concentró en los funcionarios, fundamentalmente alcaldes, que tenían los archivos de partidas de nacimiento y el censo. Ellos decidían y, como es natural, protegieron a los privilegiados que pudieron obtener su favor, como se quejaba Vicente Rojo. La instrucción en el bando republicano fue muy pobre y corta: a veces los reclutas se iban al frente directamente. 

Matthews reflexiona sobre la motivación de estos soldados. Siempre se ha dudado de que un ciudadano se exponga a una muerte horrorosa a veinte grados bajo cero por sus valores democráticos; sin embargo, el historiador considera que los reclutas de los totalitarismos tampoco hacían lo mismo por amor al líder. Con citas de oficiales de la Wehrmacht y del general comunista español, Enrique Líster, llegaba a la conclusión de que lo que motivaba en el combate a soldados de leva eran detalles como tener bebercio por la noche, comida caliente cuando hacía frío y que los sanitarios retirasen rápido a los heridos. El alemán iba más lejos: con estar vivos un día más, ya se encontraban tremendamente felices y motivados.

En Voces de la trinchera. Cartas de combatientes republicanos en la guerra civil española, del mismo autor, una recopilación de la correspondencia de los soldados de reclutamiento obligatorio de las fuerzas de la República en el Frente de Andalucía mostraba que existía la confraternización con el enemigo para hacer trueques con ellos o negociar y pactar algún alto el fuego irregular o al margen de sus superiores y, algo más relevante, el verdadero odio era sobre todo para los extranjeros, los fascistas italianos y alemanes, a los que se les tenía por invasores. Mussolini metió 70 000 soldados. Sin embargo, es su actitud ante el conflicto la que más pone de manifiesto la ganas que tenían de una guerra. Veamos seis extractos de toda esa recopilación de cartas: 

En los 16 meses que llevo, pues ahora, según dicen, se termina, pues en Valencia hay un jaleo en que esto se termina y ojalá sea verdad, pues estoy de la guerra hasta los c… [sic], esto solo es para cuatro pillos.

Juana, hoy hace 15 meses que me incorporé y me parece que hace 15 años, si al menos se acabase bien pronto esta mierda de la que todos estamos muy hartos.

Estoy muy harto de guerra y tierras andaluzas: tengo unas ganas de que esto se termine que no te podrás dar una idea: dos años que llevamos ya derramando sangre por cuatro granujas.

Padre, de lo que me dicen que ya se llevan las quintas 22 y 23 y 24, pues terminarán por no dejar uno y así es como se terminará pronto la guerra, no quedando hombres ni comida.

Recuerdo que hago 27 años: desde los 25 estoy perdiendo el tiempo. Pobre juventud que lo está dejando todo en el frente. Cada día me encuentro más desanimado.

Antonio, sabrás que he estado parlamentando con los fascistas… me dijeron que a ver si podía llevarles un poco de arroz, que hace más de un año que no lo prueban y cuentan que están muy hartos de guerra, pero qué van a hacer, que están obligados… me contestaron que estaban conformes, que al que lo ha liado esto no llegan las balas, que disfrutan de buen coche y buen café y ellos pasando calamidades.

El dato curioso de nuestra guerra es que la República pagó bien a sus soldados. Los milicianos y primeros quintos recibieron diez pesetas diarias. Eran los mejor pagados de Europa. Las comidas abundantes y el coñac se convirtieron en la mejor motivación antes de entrar en combate. El historiador inglés señala que los veteranos ya predecían las ofensivas según la calidad del rancho. Según Líster, en sus memorias Nuestra guerra, no había bandera que compitiera con un plato caliente: «Esa comida, no es para ellos [los combatientes] solamente un alimento material que les ayuda a reparar sus fuerzas, sino que alimenta al mismo tiempo su seguridad en que no están aislados del mundo, su confianza en quienes los mandan, en todo el aparato militar, y refuerza inmediatamente su moral combativa». En otro fragmento, insistía, «el reparto a medianoche de café caliente y un trago de coñac a los hombres que, frente a Trijueque, estaban metidos hasta la rodilla en el agua helada (…). Todo esto tenía, en cada uno de estos momentos concretos, mucha más importancia para los combatientes y causaba en su moral un efecto mayor que diez órdenes militares y veinte discursos». 

Todas estas historias y enseñanzas son más viejas que la tos. Sobre todo, fueron frecuentes tras la Gran Guerra, que dejó a un continente aterrorizado, y ya se ve el éxito que tuvieron, que la posguerra concluyó en la Segunda Guerra Mundial. El caso de la Guerra Civil fue evidente. Cuando era patente para todo el globo terráqueo la tragedia y el cataclismo que supuso en España, los que la provocaron pusieron en marcha la maquinaria propagandística para justificar lo injustificable. En los años posteriores, tal vez exista la ilusión de que no hubo guerras, pero lo que se hizo fue exportarlas lejos del mundo del confort, porque lo esencial sigue repitiéndose en la plácida Europa. Todo el que quiere atentar contra los derechos de los demás se las arregla para desestabilizar con odios y guarrerías varias cuyas consecuencias no le suelen salpicar lo más mínimo o no espera que lo hagan. Ya dijo cierto escritor que se puede confiar en las malas personas porque no cambian jamás. 

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20 Comentarios

  1. En el “El bueno, el feo y el malo” , en la escena de la batalla del puente, dice un oficial yanqui borracho, “Ojalá alguien volara ese maldito puente para que fueran a matarse a otro sitio”. Esa escena y esa frase siempre me ha obsesionado. No sé por qué, la verdad.

    Pero me gusta. ;)

    • Yo no puedo por menos de recordar esta otra: “Si hubiese una guerra entre chinos… ¿cómo sabríamos quién gana?”

    • No era así exactamente. El capitán borracho deseaba que el puente desapareciera para que la batalla no tuviera sentido y así poder ahorrar vidas. Tuco le copia la idea para que fueran a matarse a otro lado y les dejaran el camino expedito para poder alcanzar el cementerio de Sad Hill.
      Un saludo :-D

  2. Lo sabríamos según si los que ganan empiezan a exterminar a los que no son chinos de forma obsesiva o tratan de vivir entre ellos como gente normal. Puto imbécil sin gracia.

    • Tampoco es que tu tengas mucha gracia. Salir con una película cuando están hablando de la Guerra Civil es mear fuera de tiesto. Casi me quedo con el de los chinos.

  3. “Las comidas abundantes y el coñac se convirtieron en la mejor motivación antes de entrar en combate”.

    Cada uno lo cuenta según le fue en el baile o como lo percibió subjetivamente en el mejor de los casos, o como era en el sitio en el que estuvieron. (Por no hablar de los intoxicadores que repiten sin fundamento lo que no han vivido ni conocido por testimonios directos, sino por propaganda idealizada, que son lo que más abunda hoy en día).

    El (los) testimonio(s) directo(s) que conozco es que en el frente se pasaba hambre, y andaban comidos de piojos y de frío.

    Para el desayuno les daban media taza (tazón metálico de campaña) de café aguado o achicoria y un chusco de pan. Para comer, media taza de vino y el mismo chusco de pan, y con eso aguantaban todo el día.

    El rancho, no llegaba o no había. Rara vez comían de plato caliente y se buscaban la vida de lo que encontraban en el campo o en el río para poder comer. Alguna vez reventaba algún caballo por obús o metralla, y entonces podían comer una escudilla de guiso aguado con cuatro trozos de patata y un trozo de carne pequeño durante dos o tres días.

    Como el reparto se hacía rápido y aprisa, el pan te lo echaban al regazo, o a la tierra, o a la camilla de tela, que estaba empapada de sangre. Entonces tenían que limpiar el chusco con la navaja para quitarle la sangre y poder comérselo.

    Todo era muy miserable y había mucha desidia. Nadie quería estar allí, salvo algunos fanatizados que hacían de comisario político a las espaldas y con los que había que tener mucho cuidado, pues no dudaban en sonsacar, delatar o matar ante cualquier signo de desafección.

  4. Casualmente ando yo estos días de vacaciones y me he traído para leer A sangre y fuego, y también Chaves Nogales hizo lo mismo, y se largó por no chapotear en los charcos de sangre.
    Dándole vueltas a la pregunta del título, no estando ya en edad militar, simpatizando sin duda alguna con la República y viviendo en “zona roja” según los parámetros del 36, tendría que pasarme las noches haciendo guardia en la puerta de un vecino octogenario que tengo. El hombre es de misa dominical, de derechas. Una de las personas más amables, educadas y encantadoras con las que me he cruzado en la vida. Claro que pensando esto caí en la cuenta de que siendo poco más que un tibio socialdemócrata, teniendo un pequeño negocio, llevando mal que el gobierno me toque los huevos (que es lo que suele hacer), siendo en definitiva un burgués también tendría que vigilar mi propio pellejo. Y dados los antecedentes si no me aplico la medicina propuesta y me largo, tendría que seguir haciéndolo cuando ganaran los fascistas. Todo muy triste.

  5. Mi abuelo estuvo en la guerra. El pobre tras dos años en la mili le tocó ir al frente.
    Le tocó el bando franquista ( era gallego).
    Era la persona más amable y buena que he conocido,pero no quería hablar de esa época.
    Apenas sé tres anécdotas:

    – Una vez caminando por un desfiladero en Asturias se les cayó el burro q llevaba la comida por un barranco y dice q sintieron una desesperación enorme,más que si hubiese caído un soldado.

    – Nunca volvió a comer lentejas en su vida pq las de esa época se las servían a veces con cucarachas.

    – Al saber coser fue sastre de los generales y al acabar la guerra un general le dio una máquina de coser q aún conservamos.

    – Nunca fue franquista ni de derechas,pero cada vez que sonaba el himno español en el discurso del rey se levantaba como un resorte del sillón.

    En definitiva la mayoría de los chicos que fueron a esa guerra no les quedó más remedio que ir simplemente porque le tocó el estallido en una zona u otra sin tener ninguna ideología política clara.

    Es fácil opinar lo que habríamos hecho,pero muy difícil saber lo que realmente hariamos en una situación tan desesperada.

    Por cierto mi abuela siempre dijo que peor que la guerra fue la inmediata posguerra donde había aún más hambre.

  6. Dadas mis ideas políticas de izquierdas, y si hubiera vivido en el lugar que vivo ahora (Barcelona), pillar el primer tren para Francia, cosa que ya planeé con otros compañeros de mili el 23-24 de febrero de 1981, también estaba cerca, en Vitoria. Y una vez en Francia, en 1941, a pillar un barco a Estados Unidos.

    • Francia era un país de derechas en aquel entonces. Y EEUU rechazaba a los inmigrantes por motivos de asilo político. Aparte que las autoridades fascistas de la época se ocuparon de “desnacionalizar” a los elementos “desafectos” con sus regímenes creando por primera vez la figura del refugiado. Quedarías sin papeles. Lo más probable que te ocurriera, de querer pasar a Francia sería lo que les aconteció a buena parte de los republicanos de la época: campo de concentración en el Norte de África.
      Yo soy de la opinión de Orsonwelles.

      • Me refería al 18 de julio de 1936, no a finales de enero y febrero de 1939. Amigos de mis abuelos escaparon en verano de 1936 y se pudieron establecer en Burdeos, claro que también lo pasaron mal durante la ocupación nazi. Y respecto a Estados Unidos, creo que un montón de alemanes se establecieron allí en el periodo 1933-1939.

  7. Pues yo sería de los primeros en marcharme. Con o sin familia. No me gustaría acabar fusilado por un bando como le pasó a uno de mis bisabuelos. O muerto en el frente luchando en el bando de los que mataron a mi padre, como les pasó a dos de mis tíos abuelos.

    • Su bisabuelo,su padre y sus tíos abuelos lucharon en la misma guerra civil del 36?
      No sé Rick parece falso…

      • Mi bisiabuelo fue fusilado en Zaragoza en septiembre de 1936. Tenía tres hijos. El mayor, mi abuelo, quedó al cargo de mi bisiabuela viuda. Los otros dos hijos, mis tíos abuelos, fueron enrolados en el ejercito franquista y murieron en el frente. Ya sé que parece ilógico, absurdo y kafkiano, pero así fue.

  8. Si ves una guerra venir lo único racional que puedes hacer es poner tierra de por medio. Por imperativo geográfico, todo español de más de 18 años debería hablar francés con cierta fluidez, por si acaso.

  9. Lo de la reclutación forzosa ya se sabía. Incluso despues. Conocí a dos personas mayores, donde ambos me contaron practicamente la misma situacion.
    Uno en Sevilla y otro en Cordoba, donde despues de la guerra aun seguían haciendo el servicio militar.
    Una mañana, los formaron en el patio…contanban del 1 al 5, y el que hacia el 5, daba un paso al frente (sin saber para que). Al señor que conoci (que estaba en Córdoba) le tocó el 5…. enrrolado como “voluntario” en la Division Azul. Estuvo en Rusia, (tuvo suerte) de ahí solo trajo metralla en pierna y brazo.

    Me llama la atencion, (como es lo lógico) decimos muchos…en caso de guerra….largarse, huir, escapar… etc, sin embargo, hoy día, cuando son otros los que lo hacen…. los queremos devolver o simplemente ignorar.

  10. Los anacronismos no sirven para nada. Pero, vamos, no sé para qué movilizó el gobierno de Negrín a mi abuelo, con unos 36 años ya, si de todos modos pensaba tomar las de Villadiego. Tampoco sé por qué se fusilaba a reclutas jóvenes que desertaban. Es más, acabaron la guerra a trompicones, sin ninguna previsión, de ahí el desastre del puerto de Alicante. Lo del golpe de Casado, los combates en Madrid y en la base de Cartagena..pues, eso, quienes ahora están interesadísimos en “su” memoria histórica y en remover tumbas, incluída la de Franco, no son muy partidarios de rememorar esos hechos.

  11. Tengo enemigos declarados, Si se declarase una guerra, aprovecharía el caos para conseguir armas y cargarme a aproximadamente 3-4 personas (por legítima venganza) y muy posiblemente a sus descendientes. Después, en efecto, me largaría.

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