El infierno son los hijos

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el infierno son los hijos
Betiana Blum y China Zorrilla en Esperando la carroza, 1985. Imagen: Rosafrey / Susy Suranyi y Asociados.

Eso dijo doña Elisa, la vecina de la Elvira, la madre de la Pocha, la amiga de Matildita: que el infierno son los hijos. Eso dijo doña Elisa en el velorio de Mamá Cora, que Dios la tenga en su gloria, cuando cumplió su turno de avemarías y se escapó al living a tomar café con la Elvira y con la Nora. «Si el infierno existe —dijo—, debe estar tapizado de hijos». 

Doña Elisa no fuma en pipa ni viste chaquetas de tweed, pero es nihilista, existencialista y más sartreana que Sartre. Doña Elisa no tiene un cartelito con el lema «temet nosce» en el dintel de la puerta de la cocina, pero en todo lo demás es igualita que el Oráculo de Matrix. Lo mismo pontifica sobre las cualidades virtuales del mundo que sobre el tiempo de cocción que precisan los ravioles. A doña Elisa, sin embargo, le ocurre eso que les pasa frecuentemente a los físicos, a los matemáticos y a los filósofos cartesianos: que de tanto contemplar lo inmutable y lo eterno se vuelven despistados en el reino empírico, en el ámbito de lo concreto. El infierno debe estar tapizado de hijos, dijo, pero no reparó en el bochorno espantoso que hacía en aquella casa tan alargada y cavernosa —en aquella casa chorizo, como las llaman en Argentina— ni en que todo el mundo allí vestía predominantemente de un color: rojo furioso. Tampoco en que no había ni una gota de agua, ya que les habían cortado el suministro por la mañana. 

Aquella casa todavía existe. Está en el número 1232 de la calle Echenagucía, en el barrio bonaerense de Versalles. Es de 1929, art decó, una cucada de casa. Llegó a estar abandonada, pero ha sido restaurada, está habitada de nuevo y la Legislatura porteña le ha puesto una placa de mármol en la fachada —no de acero ni de titanio: de mármol— anunciando que allí «se filmó en 1985 la película Esperando la carroza», la gran comedia de la historia del cine argentino. Según los vecinos del barrio, los curiosos no van a menos; al contrario, cada día son más. Y no solo peregrinan hasta Echenagucía 1232; también van a Echenagucía 1255, donde está la terraza desde la que Mamá Cora observaba el trajín que desataba su propio velatorio; a Arregui 6000, donde vivían Antonio y Nora; y a la plaza Ciudad de Banff, donde Susana discutía con Nora y Nora se trastabillaba con los tacones como un cervatillo recién nacido. La casa de Jorge y Susana, por lo visto, es la que menos visitan los fanes de la película, y eso que está a cincuenta metros escasos de la casa principal y es el único domicilio, además de aquel, donde el espectador pasa una cantidad significativa de tiempo. Jorge y Susana eran los pobres de la familia y su casa era y sigue siendo la más humilde de todas. Muchos ven Esperando la carroza, pero, aprender, lo que se dice aprender, no aprenden nada. 

Es allí precisamente donde empieza la película, en la casa de Susana y Jorge —Mónica Villa y Julio de Grazia—. Es allí donde veremos a la pobre Susana lidiar con la cocina, el bebé, un marido que se niega a levantar la vista del periódico y una suegra octogenaria que es como tener un coche de choque desbocado dentro de casa. Mamá Cora —Antonio Gasalla; sí, un hombre— chochea, pero conserva la energía y se empeña en ayudar con las tareas domésticas, desatando pifostios a su paso y dejando tras de sí un reguero de pequeñas tragedias. Harta de todo, Susana acude como un tifón a casa de Sergio y Elvira —Juan Manuel Tenuta y China Zorrilla— y les exige a ellos y a Antonio y Nora —Luis Brandoni y Betiana Blum— que se repartan la responsabilidad de cuidar a la vieja. Mientras los hijos y las nueras discuten, Mamá Cora se escapa de casa y, poco después, no lejos de allí, alguien encuentra el cadáver de una mujer que se ha arrojado a las vías del tren. Convencidos de que es ella, los hijos y las nueras de Mamá Cora empiezan a discutir de nuevo, ahora para disputarse el derecho a celebrar el velatorio en su casa y a llevar la voz cantante en los ritos fúnebres. Mamá Cora, mientras tanto, observa la escena desde la casa de la vecina y se pregunta a santo de qué armarán tanto revuelo sus hijos y sus nietos.

Ahora dirá usted: ah, entonces es una comedia sobre costumbres, un enredo familiar. Ay, sí, pero es mucho más que eso. A esta película se le pueden aplicar muchos apelativos, ese no es el problema. El problema es que todos son ciertos. Si pregunta usted a un filólogo clásico, por ejemplo, le dirá que es un descenso a los infiernos de manual, una catábasis al estilo de Eurípides. Si pregunta a un gen z, por el contrario, le dirá que es un texto adelantadísimo a su tiempo, algo prácticamente antiboomer y antipatriarcal. A un reseñista de cine español mejor ni le pregunte: se arriesga a que le entone la letanía de referencias e influencias que ha sembrado en el cine de su país: Volver, El milagro de P. Tinto, Paquita Salas… Todas le deben algo a Esperando la carroza, pese a que la propia película siga siendo muy desconocida en España. Los argentinos la consideran obra cumbre de un género local, el grotesco criollo, y se ufanan de sus hechuras cien por cien argentinas, pero hasta eso comporta una paradoja. Esperando la carroza es una adaptación cinematográfica de una obra teatral de 1962, y esa obra teatral no es argentina, sino uruguaya. 

Esperando la carroza es muchas cosas a la vez, pero quizá no deba extrañar tanto. Jacobo Langsner, que escribió el libreto de la función y el guion cinematográfico posterior, fue rumano de nacimiento, uruguayo por nacionalización, argentino por elección y español durante su exilio. También era progresista y judío. El autor no suele ser la persona más cualificada para diseccionar su propia obra, pero con este haremos una excepción. «El punto esencial de lo que escribo —dijo él— se apoya en la hipocresía de la clase media a la que pertenezco». Así son sus personajes, en efecto. Por encima de todo, unos grandísimos hipócritas. Llevan una vida fundamentalmente verbal, donde existe lo que se proclama y lo que no se dice no existe. Solo tienen una patria, y su patria, por más que ellos digan, no tiene que ver con el suelo ni la bandera; es una clase social. Todo lo demás —el machismo, la aporofobia, la gerontofobia, el racismo, la intolerancia religiosa— es su auténtica bandera. No son así, nos dice Langsner, verdaderamente no lo son, pero es así como se comportan y para el caso es lo mismo, porque infligen igualmente el daño. La lección que imparte se parece, en cierto modo, a la que imparte Hannah Arendt. Salvando las distancias, él también nos está hablando sobre la banalidad del mal.  

En el fondo, Langsner quiere a sus personajes. Seguramente por eso Esperando la carroza remontó el vuelo tras un estreno con pocos vítores y se acabó convirtiendo en una película de culto, en una fábula universal. Hacía falta. Cuando uno cuenta esta historia con dramatismo, lo que sale es La casa de Bernarda Alba; cuando uno la cuenta con solemnidad, lo que sale es Cien años de soledad; pero este mismo cuento no se había contado con sentido del humor hasta que lo hizo Jacobo Langsner. El pecado de los Musicardi, a fin de cuentas, es creer la mentira fundamental que da cuerda al mundo, esa que nos creemos también usted y yo. Creen que ocupan un peldaño en una pirámide social y no ven la realidad: que son, más bien, el eslabón de una cadena trófica. Que el de arriba se come al de abajo y el de abajo se come al que tiene por debajo de él y que las formas de estar abajo son muchísimas: ser más pobre, ser más viejo, ser mujer. Por eso los hijos y las nueras de Mamá Cora creyeron que se había tirado a las vías del tren, y eso que solo había ido a casa de la vecina. Tan abajo estaba que se tiró, claro, normal, qué otra cosa se puede hacer cuando uno es pobre, es viejo y es mujer. Ya lo dijo doña Elisa, la vecina de la Elvira, la madre de la Pocha, la amiga de Matildita: «Si el infierno existe, debe estar tapizado de hijos».

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10 Comentarios

  1. Parece que el nuevo mecenas de JotDown es algún fondo inversor de Buenos Aires, porque de un tiempo a esta parte la mitad de los contenidos son sobre Argentina. Libros argentinos, comics argentinos, cine argentino, series argentinas… ¿No hay NADA dé interés en todos los demás países latinoamericanos (o hispanoamericanos, o iberoamericanos, como prefieran) para los redactores? Es que ya huele mucho a podrido que no se mencione absolutamente NADA de la vida cultural de cualquier otro sitio.

    • Estoy de acuerdo contigo, pero mira, no soy argentino y creo que Esperando la carroza es una muy buena película…desafortunadamente no le he visto más películas, pero esa China Zorrilla es magnífica, de quitarse el sombrero!

      • Cómo dato curioso China Zorrilla es uruguaya. El autor de la obra también. Es bastante común que Argentina se “apropie” de los uruguayos que destacan en su territorio. Cuando la apropiación es alevosa, o sea que no puede colar de ninguna manera, se utiliza el término “rioplatense”. En mi visión personal esta actitud en el fondo es un homenaje cariñoso, aunque a otros uruguayos les fastidia. Ahora bien, yo como uruguayo exijo reciprocidad, reclamo mi derecho a decir que “Les Luthiers” son rioplatenses.

        • Es que tampoco es que haya muchos argentinos que se vayan a triunfar a Uruguay, sólo les mandamos ricachones que desean pagar menos impuestos y despotricar con lo mal que se vive por acá, mientras el dinero que los mantiene sigue saliendo de este bendito país.

        • Vamos che, sin querer sonar a politicamente correcto, sólo siendo sincero, yo diría que China Zorrilla, Les Luthiers y Carlos Gardel son artistas latinoamericanos…

        • Genial, Rafael. Eres una especie de filófoso rioplatense al revés, o a contramano. (No sé que quiero decir con esto, pero no importa). Pues bien, si así está la cosa te prestamos Les Luthieres por un tiempo, pero vos nos pasás para siempre al Peje Mujica.

        • Hombre, por supuesto, haga a su gusto. puede llevarse una porción de Alfonsina Storni y de Borges también, ya que los argentinos nos hemos apropiado de Onetti, Quiroga y De Ibarborou.

  2. Excelente película, la vi por casualidad en un canal argentino de esos por cable. Tiene una mala leche de lo mejor, humor negro de primera, etc….sólo en algunos capítulos de Aquí no hay quien viva he visto algo parecido…

  3. […] El infierno son los hijos: “Eso dijo doña Elisa, la vecina de la Elvira, la madre de la Pocha, la amiga de Matildita: que el infierno son los hijos. Eso dijo doña Elisa en el velorio de Mamá Cora, que Dios la tenga en su gloria, cuando cumplió su turno de avemarías y se escapó al living a tomar café con la Elvira y con la Nora. «Si el infierno existe —dijo—, debe estar tapizado de hijos». Doña Elisa no fuma en pipa ni viste chaquetas de tweed, pero es nihilista, existencialista y más sartreana que Sartre.” […]

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