Arte y Letras Historia

Explorador blanco, corazón negro

Explorador blanco corazón negro
Henry Morton Stanley en 1872. Foto: Smithsonian Institution (DP)

En noviembre de 1883, el explorador Henry Morton Stanley volvía a las cataratas que llevaron su nombre, el lugar en que el Lualaba se empieza a llamar Congo, y que ahora llamamos cataratas Boyoma. Era su tercera incursión por la zona, enviado, una vez más, por Leopoldo II, el rey constitucional de los belgas, y déspota y dueño de un país gigantesco ganado en una estrambótica lotería diplomática. Stanley venía remontando el río desde Leopoldville cuando empezó a encontrar signos de destrucción. Al acercarse a un poblado del que solo quedaban restos quemados, vio, inmóviles, a cientos de personas que los «miraban con lerda indiferencia, como si estuvieran más allá del bien y del mal».

Stanley escribía, sin la maestría de Conrad, una precuela real del corazón de las tinieblas, la negra visión europea de un río voraz y miasmático, oculto por la bruma y la selva impenetrable en la que resuenan ominosos tambores que anuncian antropófagos, pleno de peligros y malos augurios. Sin embargo, si este artículo habla del Congo no es para insistir en un mito literario en el que la población sirve como fondo para experiencias al límite de personajes ambivalentes. O sí, pero mirando desde el otro lado del espejo: el explorador blanco que admiramos, pese a su brutalidad, por la naturaleza inequívoca de sus hazañas, se convierte en un instrumento del desprecio por la vida y la libertad de personas que no tenían nada que ver con juegos imperiales y narraciones para ociosos nuevos ricos. Del negro corazón de los que eran recibidos como héroes en la civilizada Europa, y del negro corazón de los que diseñaron una tiranía supuestamente bienintencionada, usando para ello la negra tinta de tratados esperpénticos, es de eso de lo que quiero hablar.

Habíamos dejado a Stanley escribiendo sobre la lerda indiferencia de las miradas de negros más allá del bien y del mal. Continúa describiendo orillas quemadas y canoas carbonizadas puestas en pie, a modo de columnas, mientras suben por el río. «Detectamos un objeto, color pizarra, que flotaba río abajo», nos explica. El «objeto» eran los cadáveres atados de dos mujeres. Los negreros de Tippu Tip habían arrasado la región buscando esclavos. Más de dos mil —la mayoría mujeres con sus hijos—, encadenados y amontonados, quedaban de los miles que habían perecido intentado salvar a sus familiares. Stanley, en sus escritos, clama contra el horror que presencia. Reflexiona incluso sobre la posibilidad de vengar a esos pobres diablos. Sin embargo, termina renunciando por carecer de autoridad y por la necesidad de mantener buenas relaciones con los culpables de la masacre. La impostura hiede y viene de antiguo. Stanley no solo renunció a la venganza, sino que propuso a Tippu Tip como gobernador del Congo oriental. Leopoldo II aceptó y el negrero pudo campar a sus anchas durante cinco años, justo hasta que dejó de ser útil. En ese momento, y utilizando nuevamente la excusa de la persecución del esclavismo, Leopoldo desencadenó una guerra brutal en la que la mayoría de los soldados que usaron ambas partes eran nativos de las zonas cercanas al Lualaba, que solían darse festines con los prisioneros, a los que rompían brazos y piernas y sumergían en agua, aún vivos, para ablandar su carne con el sufrimiento, antes de echarlos al caldero.

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Un comentario

  1. Agustín Serrano

    Buen artículo, con una gran reflexión final. Que después de Leopoldo, Congo sufriera a Mobutu y otros, no exculpa nada por la parte que nos corresponde a los europeos.

    Estoy seguro de que el autor ha leído el ensayo «Congo», del historiador belga David Van Reybrouck. Si no lo ha hecho, se lo recomiendo.

    Un saludo.

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