
En aquel viejo balandro cuando algún invitado osaba preguntar por la televisión mi padre señalaba con desgana un tambucho de babor. Cuando el «televidente» lo abría, se encontraba con un montón de libros apilados. A un lado figuraban los nuestros, los de los chicos. Mi preferido era La isla del tesoro, aunque nunca dejé de releer El Corsario Negro, 20 000 leguas de viaje submarino, Cuentos de los mares del sur o Robinson Crusoe. Al otro lado estaban los notables, aquellos que mi padre guardaba con celo litúrgico. Libros que glosaban singladuras épicas de navegantes como Bernard Moitessier, Robert Knox-Johnston, Horatio Nelson o Eric Tabarly, hombres que con el paso del tiempo acabarían por convertirse en héroes de una adolescencia llena de salitre, literas y gin-tonics a media tarde con el barco plácidamente acostado en el rumbo de través.
Gracias a todos ellos me pude enrolar como grumete en barcos legendarios como HMS Victory, Pen Duick o Joshua para descubrir lugares mágicos de las cartas de navegación como el mar de Tasmania, la Ruta del Ron, los 40 rugientes, la Fasnet Rock o el Everest del mar, el cabo de Hornos. Y entre esos «ochomiles» de la navegación surgía un nombre cercano y a la vez desconocido: el estrecho de Gibraltar. Una travesía de 80 millas, apenas 150 kilómetros, poco más de una hora en coche para quienes preguntaban por la televisión al entrar en el Cinnabar. Porque así se llamaba aquel imponente Northwind 40 de 11,70 metros de eslora y 3,70 de manga aparejado en sloop que llamaba la atención por su proa pequeña y afilada que abría en canal las olas evitando los pantocazos cuando ceñía a rabiar gracias a las 14,97 toneladas que cargaba abajo. Y sobre todo por su majestuosa cubierta de curtida teca que lijábamos con celo y acariciábamos con agua salada y dulce a la vuelta de cada travesía. Un barco que se alejaba de la obscena dictadura del blanco nuclear del kevlar. Un juego de cabos discretos y recios, como Dios manda, en los que azul y blanco teñían las maniobras con limpieza a ambas bandas pasando por el palo y muriendo en unos winches manuales en los que uno se dejaba la vida tensando los nervios del barco. La mayor se plegaba sable a sable, sin enrollador, aproada al viento; y su descomunal génova, casi gennaker, se retorcía en proa a golpe de jalada, de esas que hacen hervir las palmas de las manos.
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¡Menuda tarea de información para uno que no entiende el lenguaje marinero! “génova” no figura en la RAE. Intuyo que será un tipo de vela, que en ese accidente se sumergió, y con el agua que acumulaba estando tensa y desplegada pesaba más que la quilla. Sloop y gennaker, son perfectos desconocidos. Kevlar sospecho que es otro tipo de nave. De “winche” seguramente proviene el nuestro “guinche”. De todas formas, una amena lectura en una “singladura” de poco tiempo. Las líneas hidrodinámicas de las naves son de una belleza única. Tuve el privilegio de asistir a la idea y luego realización en el diseño de un yate de poca eslora. Era fascinante poder ver un punto de cualquier curva desde la vista superior, de costado y de frente. Los constructores eran artesanos, y para trazar una curva con puntos definidos en tamaño real, se valían de una flexible, larga y sutil varilla de madera. El trazo resultante era la coincidencia perfecta entre la geometría especulativa y la esencia de la naturaleza en un pedazo de madera. Curioso el nombre de su balandro. Tiene una raíz que creo signifique “perro, can”. Gracias por compartir su aventura.