La noche en que Magic Johnson se convirtió en el hombre más odiado de Los Ángeles

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Magic Johnson
Magic Johnson. Foto: Cordon Press.

Lo único que tenían en común Magic Johnson y Paul Westhead era un cierto aire de improbabilidad. Los dos habían acabado en los Lakers por un giro del destino y juntos llevaban ya dos temporadas y once partidos. En su primer año como jugador y entrenador respectivamente, habían ganado el anillo, con aquella actuación mítica de Johnson en el sexto partido de la serie final ante los Sixers, cuando Westhead le colocó de «falso pívot» y el chico de Michigan State se fue a 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias ante la ausencia por lesión de Kareem Abdul-Jabbar. En su segundo año, los Houston Rockets se cruzaron demasiado pronto en su camino. En el tercero, directamente, no se podían ni ver.

Todo había empezado con una moneda al aire y un accidente de bicicleta entre la primavera y el otoño de 1979. El número uno del draft de aquel año se lo jugaban entre los Lakers y los Bulls. Los Bulls estaban ahí por méritos propios, eran un desastre de equipo. Los Lakers, por cortesía de los New Orleans Jazz, que le debían su elección desde que se hicieran con los servicios de Gail Gooldrich en 1976. Al haber sido Jazz y Bulls los peores equipos de sus conferencias, el desempate se haría mediante el lanzamiento de una moneda al aire en el despacho de Larry O’Brien, el comisionado de la liga y antiguo colaborador de John F. Kennedy durante su campaña contra Richard Nixon en 1960.

Si la moneda hubiera salido cara, los Bulls habrían conseguido el número uno… y Magic Johnson habría seguido un año más en la universidad. Probablemente, al año siguiente, los Boston Celtics lo hubieran seleccionado y lo hubieran juntado con Larry Bird, privándonos de una rivalidad histórica. Sin embargo, la moneda salió cruz, los Lakers pudieron elegir primero y se llevaron sin dudarlo al campeón de la NCAA de esa misma primavera. El hombre llamado a cambiar una franquicia que cambiaba a su vez de manos: el excéntrico Jack Kent Cooke pasaba el testigo al aún más excéntrico Jerry Buss, a quien todo el mundo llamaba «doctor», por sus estudios avanzados de química… pero que en realidad era un adinerado promotor inmobiliario.

El primer entrenador de Johnson en los Lakers fue Jack McKinney, un hombre de Philadelphia sin experiencia anterior como responsable de ningún equipo NBA, pero que había trabajado como segundo entrenador en los Milwaukee Bucks de Kareem Abdul-Jabbar y, posteriormente, en los Portland Trail Blazers que ganaron el título con Bill Walton en 1977. En rigor, como afirma Jeff Pearlman en su libro Showtime, McKinney fue el pionero que determinó todo lo que vendría después: el juego libre, el contraataque constante, el vendaval ofensivo… aunque solo durara catorce partidos en el banquillo de los Lakers. El 8 de noviembre de 1979, McKinney no consiguió frenar su bicicleta cuando iba camino de unas pistas de tenis y acabó golpeándose contra el asfalto, de manera que su vida peligró durante varias semanas y nunca volvió a recuperarse al cien por cien.

Ahí tenemos el segundo giro del destino. Sin sustituto inmediato a la vista —Jerry West, el entrenador durante las anteriores tres temporadas, se negaba a pasar otra vez por ese suplicio—, Buss y el general manager Bill Sharman decidieron recurrir al segundo entrenador de McKinney, otro chico de Philadelphia, cuya única experiencia como técnico se remontaba a sus años en la universidad de LaSalle. Westhead, el hombre con quien McKinney iba a jugar al tenis el día de su accidente, fue fiel a las directrices de su maestro y, con su apuesta por un juego rápido y colectivo, no solo se hizo con el equipo sino que se hizo con el título de campeón. Un negocio redondo.

La insatisfacción del príncipe mimado 

Sin embargo, poco más de un año después, las cosas habían cambiado radicalmente, y parte de culpa la tenían el propio Westhead y sus experimentos tácticos. Su empeño en consagrarse como genio de los banquillos cuando le iba mucho mejor gestionando el talento y dejándolo fluir. Hombre de carácter afable, Westhead tuvo unos choques impropios en el vestuario de los Lakers. De entrada, el primer año, se las tuvo con el irascible Spencer Haywood, una estrella de los setenta ya en su cuesta abajo, separado en la práctica de su mujer, la exótica modelo Iman, y nublado por el consumo excesivo de cocaína, cristal y crack.

Haywood acabó fuera del equipo en plenas finales contra los Sixers y no se lo tomó demasiado a bien. En medio de una de sus subidas y bajadas, decidió contactar con unos amigos del crimen organizado. Westhead debía morir. Solo una llamada azarosa de su madre le obligó a replantearse el asunto cuando todo estaba preparado para esa misma noche. Como ven, la NBA de aquellos años no necesitaba a Kyrie Irving para convertirse en una caja de sorpresas de todo tipo. Westhead chocó a continuación con Norm Nixon, que no entendía por qué tenía que ceder tanto el balón a Magic Johnson y, por último, chocó con el propio Magic Johnson, que no entendía por qué no podía correr como loco, dar pases por la espalda, asistir sin mirar y disfrutar del día tanto como disfrutaba de la noche.

Magic era por entonces un chico de veintidós años que vivía demasiado deprisa y dormía demasiado poco. Puede que eso influyera en sus cambios de carácter. El chico alegre y entusiasta que llegó al Forum de 1979 era dos años después una sombra de sí mismo. En ello, tenía mucho que ver el éxito excesivo, que siempre descoloca a determinadas edades, su confusa relación con el dueño de la franquicia, Jerry Buss, con quien compartía una agitada vida nocturna, y, probablemente en último lugar, lo que él entendía como una falta de respeto de su entrenador, empeñado en que el equipo girara en torno a Abdul-Jabbar en todos los ataques en vez de intentar involucrar a más jugadores y correr más a menudo.

En Los Ángeles, Magic lo tenía todo: un equipo competitivo, un contrato multimillonario (veinticinco millones de dólares por veinticinco temporadas, una barbaridad en aquella época), un montón de chicas con las que acostarse cada noche, acceso privilegiado a la Mansión Playboy, y la adoración de toda una ciudad y de toda una casta, la de las estrellas de Hollywood, que se plantaban cada noche en el Forum solo para verle sonreír. Hasta que dejó de sonreír, claro. Y todo el mundo entendió que algo pasaba con el entrenador y que era algo grave, lo que nos lleva al inicio de este artículo.

Aquella noche en Salt Lake City

La noche del 18 de noviembre de 1981, todo estalló en mil pedazos. Los Lakers jugaron en Salt Lake City ante los Utah Jazz y ganaron por los pelos: 110-113. Aunque fuera la quinta victoria consecutiva para los de Paul Westhead, el registro de la temporada seguía siendo pobre (7-4) y el juego, más pobre aún. Magic se mostraba desatento, huraño, con una actitud pasivo-agresiva que sacaba de quicio a su entrenador, consciente de que los tiempos habían cambiado y que los entrenadores ya no podían domar a sus estrellas como antes. Menos aún, a las estrellas mimadas que visitaban a Hugh Heffner junto al propietario del club.

Cómo el revolucionario Westhead se había convertido en un hombre conservador solo se explica mediante un nombre: Kareem Abdul-Jabbar. Probablemente, a Westhead le pasó lo mismo que a todos sus predecesores: vio a aquel gigante capaz de hacerlo todo bajo el aro y se enamoró. ¿Qué podía dar más resultados que darle la bola un ataque tras otro? ¿Qué otra táctica era más sensata que aquel volcar los balones al interior para buscar una y otra vez el gancho redentor? Para los más jóvenes —aunque no tanto—, la comparación podrían ser los Lakers de los 2000, los de Kobe y Shaquille O’Neal. ¿Cuánto tiempo tardó Kobe en darse cuenta de que el triunfo solo podía llegar abusando de la fuerza física de su compañero? ¿Cuántas trifulcas internas costó ese convencimiento? 

Sin embargo, Magic no tenía tiempo para tanto. Magic ya había ganado a su manera y no veía por qué había que cambiar las cosas. Durante el último tiempo muerto, anterior a la defensa decisiva del partido, Westhead y Johnson ya intercambiaron gritos. Una vez en el vestuario, el entrenador llevó a su base titular a un cuartito adyacente para dejarle bien claro que tenía que cambiar de actitud y que no le iba a pasar ni una más. ¿La respuesta de Magic Johnson? Decirle a la prensa, ahí mismo, en un vestuario sórdido de Salt Lake City, que se iba de los Lakers, que quería el traspaso inmediato, que no iba a volver a hablar con nadie hasta que no lo solucionara todo con Jerry Buss, su compañero de farras.

Las declaraciones de Magic salieron en los periódicos del día siguiente, pero ya se habían reproducido en radios y en la recién creada cadena deportiva ESPN, que emitía resúmenes en sus distintos «Sportscenter», repartidos a lo largo del día y la noche. Aunque los códigos internos ya habían cambiado de hecho, los externos seguían invariables: para el aficionado medio, era impensable que un chico de veintidós años se declarara en rebeldía ante la autoridad de su entrenador. Un síntoma más de una liga en decadencia que no había manera de reflotar. ¿Cómo era posible que Johnson quisiera marcharse de Los Ángeles apenas dos años después de haber llegado y unos meses después de haber firmado un contrato completamente disparatado?

En el fondo, todo el mundo sabía que el traspaso no era una petición sino una amenaza: Magic quería que se fuera Westhead del equipo y que le pusieran a alguien más acorde a su forma de entender el baloncesto. Alguien que creyera en el proyecto inicial de Jack McKinney como algo más que un recurso puntual. Exactamente lo mismo que quería Jerry Buss, por otro lado, quien, nada más levantarse de la cama, llamó a Westhead, le citó en el Forum de Inglewood y le anunció su despido. El pulso había durado unas horas. Buss ni siquiera tenía sustituto.

La torpeza de Buss y la clarividencia de West

Ahora estamos muy acostumbrados a que muchas cosas pasen muy rápido y aun así nos cuesta digerirlas. Imaginen al aficionado de los Lakers que, en poco más de dos temporadas, ha cambiado de dueño, ha cambiado de ídolos, ha ganado el anillo, ha perdido en primera ronda… y ahora cambia por tercera vez de entrenador. Imaginen, además, que ese aficionado se entera de que todo es culpa de un chico que ha decidido que no va a jugar más en su ciudad si no le cambian de «jefe», que mejor volverse a Detroit o buscar su futuro en Nueva York.

Incluso en una cultura del éxito como la que se empezaba a instalar en Estados Unidos a principios de los ochenta, determinados actos de arrogancia eran difíciles de perdonar. No ayudó en absoluto la torpeza de Jerry Buss y sus propias indecisiones. De entrada, parece claro que Buss llevaba tiempo queriendo echar a Westhead por traicionar el —llamémoslo así— «espíritu McKinney». ¿Por qué no lo hizo? Básicamente, porque no se atrevió. Delegó la decisión en sus responsables deportivos, Jerry West y Bill Sharman, y dejó a un lado sus instintos.

Una vez le estalló en la cara el chantaje de Magic —y, no nos olvidemos, Magic y Buss eran demasiado amigos como para no saber que la situación era desesperada—, el propietario de los Lakers sobreactuó. Cambió la mano izquierda por la derecha y resolvió todo de un sopapo en la cara del más débil. Eso nunca es agradable de ver. Un multimillonario cargándose a un trabajador por lo que parece el capricho de otro multimillonario. Las cosas se podrían haber hecho mucho mejor, de manera menos inmediata y con un mejor manejo de las relaciones públicas con prensa y aficionados.

Pero no, se hicieron como se hicieron. Y el caso es que, cuando Buss, unilateralmente, decidió echar a Westhead, todo el mundo entendió, lógicamente, que el que mandaba en los Lakers era Magic Johnson. Lo entendió incluso Kareem Abdul-Jabbar, el gran contestatario, al que nunca, en la vida, se le habría ocurrido algo así. Tan apresurado fue todo, que Buss se reunió con Sharman y West para evaluar los daños una vez ya había despedido a Westhead. El propietario tenía la esperanza de que West, leyenda del equipo, silueta de la liga, acudiera al rescate, pero West seguía sin estar por la labor y filtró, en cambio, el nombre de un excompañero suyo que llevaba un par de años como ayudante de Westhead: Pat Riley, el hombre que culminaría en los siguientes años el sueño ochentero de Hollywood.

La peor rueda de prensa de la historia

El problema era que, en rigor, Riley no era un entrenador. Sí, tenía la experiencia de los meses compartidos con Westhead, pero no había dirigido ningún equipo de ningún nivel. Si su elección como ayudante ya había sido una sorpresa tras el accidente de McKinney —Westhead en primera persona lo eligió, cuando Riley se encargaba de comentar partidos junto a Chick Hearn, con bastante éxito—, pensar seriamente en él como primer entrenador parecía una locura. A Buss se lo debió de parecer, desde luego, porque cuando dio la rueda de prensa, anunció solemnemente que el nuevo entrenador era… Jerry West.

Aquella rueda de prensa, como podrán ver en el vídeo inferior, es el ejemplo de una franquicia en medio de un caos sin aparente solución. El propietario balbucea, el entrenador anunciado dice que no, que él como mucho puede echar una mano a Riley… y Riley sonríe, aún sin demasiada gomina en el pelo, con gafas de intelectual, intentando quizá quitarse de encima la imagen de jugador leñero que le acompañó durante toda su carrera como profesional en San Diego, Los Ángeles y Phoenix.

Solucionados (o no) todos los problemas, Riley quedó a merced del escrutinio de los medios. Una de las preguntas a Buss había rozado, merecidamente, la crueldad: «¿Y qué pasa si a Magic Johnson no le gusta Riley?». Una vez abierta esa espita, complicado impedir que el gas se extienda por todo el equipo. Si son los jugadores y no los directivos los que contratan y despiden entrenadores, ¿cómo puede garantizar un propietario la continuidad de quien sea en el banquillo? 

Fueron horas de ira y confusión. El capitán, Abdul-Jabbar, en un ataque de candidez propia de un jugador que no se mezclaba demasiado con sus compañeros (ni con nadie, por otro lado), aseguró a la prensa que él no sabía nada del malestar de Johnson, que se enteró, como la prensa, en el vestuario de Salt Lake. No quiso comentar sobre el futuro de Riley ni sobre la decisión de Buss. «Yo estoy aquí para jugar y hacerlo lo mejor posible», dijo, el mismo hombre que en verano había pensado en volver a su Nueva York natal y retirarse tranquilamente en los Knicks.

Magic Johnson y la década prodigiosa

Y, así, llegó el siguiente partido. Y el siguiente partido se jugaba en casa, contra los San Antonio Spurs de George Gervin, el equipo que lideraba la liga. Y, obviamente, nadie quiso perdérselo. Ante un pabellón lleno hasta la bandera, Magic tuvo que aguantar estoicamente un abucheo épico. «El hombre más odiado de Los Ángeles», como escribe el propio Jeff Pearlman en su libro. El chico que había nacido para agradar a todo el mundo, el adolescente que enamoró a multitudes con su baloncesto y su sonrisa se tenía que enfrentar ahora a la incomprensión y las caras encendidas. Él había hablado (demasiado) y sus compañeros habían permanecido en un absoluto silencio. Eso y la torpeza de Buss le habían convertido en un blanco demasiado fácil.

Solo que los amores y los odios en deporte duran lo que duran los resultados. Los Lakers ganaron esa noche a los Spurs y ganaron bien. No solo eso, sino que Magic jugó de maravilla, liberado, en un claro ejemplo de lo que siempre se ha llamado «hacerle la cama» a un entrenador. Pat Riley volvió al esquema McKinney e intentó no incordiar a nadie. Así ganó cuatro títulos y jugó siete finales en los siguientes ocho años. Cuando le dieron carta blanca para jugar de verdad a lo que a él le gustaba, en los New York Knicks de los noventa, aquello parecía el Wimbledon de Vinnie Jones.

Pero esa es otra historia. Durante una noche, Magic fue el hombre más odiado de Los Ángeles, pero pronto volvió a ser el más querido. Aquella temporada terminó en anillo, por supuesto, derrotando a los Sixers, de nuevo, en la final. Cuando se retiró por primera vez en 1991, tras anunciar que era portador del VIH, Magic había ganado cinco anillos y había sido tres veces MVP de la liga. En 1994, intentó volver a la NBA como entrenador de los Lakers. Ni él sabía cómo se hacía eso ni la plantilla estaba dispuesta a hacerle el más mínimo caso. Ganó cinco partidos de dieciséis y presentó su dimisión. En 1996, quiso volver como jugador, pero ni su rol estaba claro ni pintaba mucho en un equipo que ya contaba con Shaq, Kobe y Eddie Jones.

El hombre empeñado en hacer historia como fuera

Por su parte, Paul Westhead completó la siguiente temporada con los Chicago Bulls y decidió volver a la universidad, donde más cómodo se había sentido siempre. Experto en literatura anglosajona y con una tesis escrita sobre Shakespeare, encontró acomodo en la modestísima Loyola Marymount, cuyo programa deportivo no estaba entre los más prestigiosos del país, ni mucho menos. Con Westhead al mando, todo cambió: Loyola se convirtió en una máquina de anotar, batiendo el récord de puntos en un partido del torneo nacional de la NCAA, con 149 puntos ante Michigan en 1990.

Aquel equipo se basaba en el talento de Bo Kimble y Hank Gathers. En otro giro trágico del destino, el segundo falleció de una cardiopatía durante el partido final de su conferencia, justamente el que dio acceso a Loyola al cuadro nacional del torneo. Atraídos por el juego ofensivo de los Lions, los Denver Nuggets ficharon a Paul Westhead para hacer su regreso triunfal a la NBA. En su reestreno, los Nuggets perdieron 158-162 contra los Warriors. Días después, los Suns les metieron 173. En todo el año, solo recibieron menos de 110 puntos en tres ocasiones. La broma duró dos temporadas y Westhead no volvió a dirigir un banquillo en la NBA. 

Su gran redención llegó en 2007, ya con sesenta y ocho años, cuando ganó la WNBA con los Phoenix Mercury, convirtiéndose en el primer técnico en ganar la NBA y la WNBA. Justo un año después de que Pat Riley ganara su quinto anillo, esta vez en los Miami Heat, equipo del que también era propietario. Justo tres años antes de que Jerry Buss ganara su décimo campeonato como presidente de los Lakers, gracias a Kobe Bryant y Pau Gasol. Justo mientras Magic Johnson financiaba la carrera de Hillary Clinton a las primarias demócratas de 2008. Carrera que, como todos sabemos, perdió con Barack Obama, el mismo chico que, en 1979, soñó durante un momento con que la moneda de O’Brien salía cara… y sus amados Chicago Bulls lograban elegir a Magic en el draft de 1979.

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10 Comentarios

    • Correcto: Magic vuelve para los partidos finales de la temporada 95-96. Shaq y Kobe empiezan en los Lakers la temporada 96-97.

  1. El que merece un artículo aparte es Drazen Petrovic. Acojonó a Jonhson en un partido en Madrid. Tenía a Jordan mosqueadísimo. En un deporte donde primaba el color de la piel y los kilos, aquel blanco escuchumizado no era un mero base como Stockton. Peleaba por jugar en todos lados de todo. Yo no he visto en mi vida nada semejante al croata cuando pasó por el R. Madrid. Ganaba los partidos él solo.

    • Y no veas lo que sufrimos los hinchas del Madrid cuando Petrovic jugaba en la Cibona de Zagreb. Lo odiábamos no por ser tan buen jugador sino por ser un eximio maestro simulando faltas. No pasaba lo mismo con Sabonis, que te aplastaba con su juego, pero era imposible odiarlo.

      • Era imparable. Stockton decía que sabía por el lenguaje corporal qué equipos estaban derrotados antes de comenzar cada partido. Los Nets era uno de ellos. Pero cuando vio a Petrovic, fue él quien cambió su lenguaje corporal. En la mejor época de los Bulls, engañaba constantemente a Jordan y Pippen, que nunca supieron qué hacer con él. La única manera que se les ocurrió vencer era machacar mediante estadísticas. Siendo un juego de equipo, aprovechar los momentos en que Petrovic sentado para cobrar ventaja. Jordan estaba harto de aquel blanco que redefinía noche a noche el juego, como si sólo existieran las canastas de 3 puntos.
        Fue una p.m. el tema del desmembramiento de Yugoslavia. Se decía que fue la única forma en que EEUU consiguió que Petrovic & Divac no aplastaran al Dream Team.

        • Habría que hacer un control de psicotrópicos para comentar… porque menuda burrada, colega.
          Vamos a ver: la última Yugoslavia, campeona de Europa en el 91 no creo (en serio lo digo) que le ganase a la España de Gasol en su pico (2008-2012). Futbolísticamente hablando es como comparar la Hungría del 52-54 con el Brasil de 1970. Es más, esa Yugoslavia tenía problemas serios para ganar a la URSS antes de que los lituanos se independizasen (dejaron de jugar antes de que se declarase la independencia). Dicho lo cual, ninguna selección coetánea ni ninguna selección posterior se le acerca al nivel del Dream Team. La Yugoslavia del 91 tenía mucho talento ofensivo pero el Dream Team, bajando un poquito el culo, los secaba. Es más, la que le hicieron a Kukoč entre Jordan y Pippen (y ofensivamente Kukoč sería el segundo mejor yugoslavo, ligeramente por detrás de Petrović) deja claro el roto que le harían a los plavi pisando el acelerador. Meter a Divac, el mayor bluff del baloncesto europeo de la época (que sí, jugó en los Lakers y tal), en la ecuación ya es de delito: Ewing y Robinson le darían cera de lo lindo. Al otro hipotético pívot yugoslavo, Vranković, tres cuartos de lo mismo. Sabonis cojo se los menderendaba…
          Que sí, que Yugoslavia era la repera… pero un poquito de objetividad, por favor.
          Revisa la semifinal Lituania – EE.UU. y luego la final del Eubasket 95 y te da una idea del nivel de eso yugoslavos: dos lituanos como Marciulionis y Sabonis se los cepillan vivos hasta que el árbitro rompe la baraja. Así que un equipo como el Dream Team, jugando en serio 10 minutos, los pies hubiese echo un roto.

          • Otra opción es que veas la final olímpica del 96: es una selección de los EE.UU. descafeinada comparada con la del 92, como es Yugoslavia ya solo con serbios y montenegrinos. Ni si quiera con Kukoč, Rađa y un ya fallecido Petrović le hubieran ganado a este equipo americano… ya no digamos al del 92.

        • Yo te doy la razón. El Dream Team fue lo que fue gracias a que el COI y los capos del Eurobasket se bajaron los pantalones ante la NBA para que jugadores profesionales (o sea, chutados hasta la coronilla) compitieran sin ser clínicamente analizados en contra de otros sometidos a férreos controles andtidopaje. Petrovic y Divac, dicho sea de paso, en esa época tampoco estaban limpios. A los atletas estadounidenses muchos controles no se les ha hecho jamás. Han sido los tribunales federales de EEUU los que han metido mano en el tema por el uso indiscriminado (y venta) que los atletas de élite han venido haciendo hasta hace nada.
          Lo malo es que retenemos en la memoria imágenes que parecen míticas cuando estaban todas trampeadas. El Petrovic de la Cibona era un jugador inteligente, pero el de los Nets estaba anabolizado. No hay más que echar un vistazo a la pinta monstruosa que estaba cobrando.

  2. Buen articulo Guillermo, pero me ha sorprendido mucho que no hayas mencionado un hecho clave en toda esta historia: Magic se rompe el cartilago de la rodilla izquierda en noviembre de la 80/81 y se pierde varios meses de competicion, regresando a finales de febrero, un mes antes de los playoffs.

    Durante su baja es cuando Westhead ralentiza al equipo y les hace jugar para Kareem, sea por necesidad o la excusa que necesitaba, utilizando un juego muy posicional que seguia estrictas directrices del entrenador. Cuando Magic vuelve esta fuera de forma, el equipo no sabe muy bien a que estilo jugar (el de antes o el de ahora?) y caen ante los Rockets de Moses Malone en primera ronda, que llegaban con balance negativo.

    Luego ya ocurre todo lo que has contado,

    Recomiendo muchisimo el mencionado “Showtime” de Jeff Pearlmann, uno de los mejores libros escritos sobre baloncesto y un lujo para los que les guste la NBA ochentera, especialmente los Lakers.

    Quien quiera saber mas sobre la etapa de Westhead en Loyola Marymount, os dejo este articulo

    https://dokodemodoorblog.com/2015/03/05/el-espiritu-de-hank-25-anos-de-la-muerte-de-gathers/

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