Reacciones inverosímiles en la química de Breaking Bad

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química breaking bad
Breaking Bad. Imagen: AMC.

—Quien ha infierno —respondió Sancho—, nula es retencio, según he oído decir.

—No entiendo qué quiere decir retencio —dijo Don Quijote.

—Retencio es —respondió Sancho— que quien está en el infierno nunca sale de él, ni puede.

(Miguel de Cervantes, Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha)

Perdónenme la guillotina.

En la línea de The Wire, Breaking Bad fue una serie realista. Confluyeron en ella un realismo trágico sin exceso de drama y, junto a los personajes protagonistas, hubo un abanico de personalidades cuyo perfil se trataba brevemente pero con una potencia subtextual enorme, que dejaba la serie como si fuera una maqueta en donde incluso el espectador tenía la posibilidad de situarse y situar al personaje en una movilidad casi interactiva. 

Y sin embargo, y a conciencia, en ocasiones la ficción supera a la realidad.

Como modelo de representación del mundo, en Breaking Bad hay presencia de los problemas que históricamente han preocupado a la humanidad y que han sido tratados en la literatura universal mediante diferentes mecanismos narrativos. Esta presencia es definitoria de su estructura, de su estilo y de su intención. Igual que hizo Cervantes, por mucho que tratara de hacernos creer que «no se salía un punto de la verdad», orientó a su modo la narración de los hechos, como lo haría un dios socarrón dispuesto a no escandalizarse por ese inexistente mundo al revés en el que ha colocado a los personajes. No necesita para ello hacer grandes aspavientos; le basta con dejar de vez en cuando a media luz las cosas, acudiendo a palabras con doble sentido.

En Breaking Bad ese dios socarrón es la química.

Sin embargo no existe la pretensión de representar objetiva y verbalmente una realidad de cuya consistencia se duda fundadamente, sino que se intenta colocar entre filtros de ironía. Llega incluso el creador a aplicarse esta actitud irónica a sí mismo, desdoblándose en varios narradores cuyas voces se sustituyen unas a otras. En Breaking Bad, Walter White es un exprofesor de química de secundaria que se ve en la necesidad de conseguir dinero, y hace uso de la ciencia de una manera diferente a como venía haciendo hasta ahora. Cambia de registro, se pone a prueba y con ello nos hace especular a todos.

Ante el espejo, Walter White se desdobla. Walter White se transforma. Walter White emprende un camino.

Avanzaremos cada capítulo buscando una respuesta: ¿sobrevivirá a sí mismo?

Si nosotros tuviéramos entonces que hacer un acto de fe, confiaríamos en la verosimilitud.

Cada obra literaria, cinematográfica, poética o teatral se mueve dentro de un universo propio. Ese universo está regido por una serie de normas que impone el autor mientras va planteándolo. En las primeras páginas o minutos se establece cómo es ese universo. Esas reglas y ese mundo valdrán para esa obra de creación en concreto, no para ninguna otra ni tampoco para la vida real.

Si Cervantes consigue hacer creíble esa jerga caballeresca, quien la emplea no puede «resucitar con ella la ya muerta andante caballería», pero se sirve de ella para mediar con arrogancia en la disputa, de forma que cuando se hilan sus razones y la autoridad de sus palabras no le permite imponer su interpretación de la realidad a los demás, recurre a la fuerza de esa lengua, prolongación de su brazo.

De hecho, la relación de Breaking Bad con la obra de Cervantes es casi paralela: pareja de protagonistas, con Jesse como un Sancho Panza, discípulo y conciencia que hace bien y mal a partes iguales a su maestro; la metamorfosis White-Heisenberg que también roza la locura (recordemos la risa aterradora de Walter cuando se da cuenta de que ha perdido todo su dinero), y que a medida que avanzamos le va ganando terreno; un viaje, una enfermedad, una catarsis en cada capítulo; un camino en descenso porque en descenso fue también Don Quijote, como si de un homenaje mutuo a Dante se tratara. 

Tomemos por concepto lo que decía Cervantes acerca de la verosimilitud: él lo llamaba «la verdad», que se asocia a adecuación a las leyes de la naturaleza, a la experiencia prosaica y cotidiana, a lo que suele verse u oírse de ordinario por estos lugares:

Viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase. Y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no había menester otra medicina, y así fue la verdad. (Final de I, 11, ed. Rico: 127).

Esta cura sencilla se contrapone implícitamente a los poderes milagrosos del bálsamo de Fierabrás, ponderados por Don Quijote en el capítulo anterior.

La fórmula hiperbólica

La química debe respetarse 

(Walter White, «Mas», 3×05)

Me atrevo a cuanto no desdice de un hombre; quien se atreve a más, deja de serlo.

(William Shakespeare, Macbeth)

Walter White, después de descubrir que tiene cáncer terminal, vuelca sus conocimientos en la producción de metanfetamina en colaboración con su exalumno Jesse Pinkman. Con su experiencia como profesor de química, hay escenas en las que Walt instruye a Jesse como si estuvieran en el colegio. Jesse era un mal estudiante, pero al «cocinar» el cristal con Walt, comienza a comprender y a respetar la ciencia, tan esencial para conseguir un buen producto.

¿Son correctas las lecciones de Walt desde un punto de vista científico?

1. El alma de la química

Walter White rememora una conversación con una compañera de investigación en la que entre ambos hacen cuentas sobre la composición química del ser humano, mientras intenta disolver un cuerpo en ácido fluorhídrico. 

Walter White: Vamos a analizarlo. Hidrógeno; ¿cuánto tenemos de hidrógeno?
Gretchen Schwartz: ¿En moles?
W. W.: Sí.
G. S.: Un 63 %.
W. W.: Sesenta y tres, que no es poco. Vayamos con el oxígeno.
G. S.: Oxígeno, 26 %.
W. W.: Veintiséis. Ahí tienes tu agua.
G. S.: Carbono, 9 %.
W. W.: Carbono, nueve.
G. S.: Que dan un total del 98 %.
W. W.: Así es.
G. S.: Nitrógeno, 1,25 %.
W. W.: Uno coma veinticinco…
G. S.: Esto nos sitúa en noventa y nueve y cuarto. Solo nos quedan los oligoelementos, en los que reside la magia.
W. W.: Espera un poco: ¿qué pasa con el calcio? El calcio no podemos decir que sea una traza. Ahí tienes todo tu esqueleto…
G. S.: Eso parece, ¿verdad? Pues bien, el calcio solo supone el 0,25 %.
W. W.: ¿Cómo? ¿Tan poco? ¿En serio? Nunca lo habría imaginado. ¿Y qué pasa con el hierro?
G. S.: Hierro, 0,00004 %.
W. W.: ¡¿Solo?! ¡No podemos tener hemoglobina sin hierro!
G. S.: Por lo que se ve, no necesita mucho. Pero es así. ¡Vete a saber!
W. W.: ¿Y sodio?
G. S.: Sodio, 0,04%. Y fósforo, 0,19 %.
W. W.: Cero coma diecinueve. Listo. Entonces, la suma es… 99,888042 %. Falta un 0,111958 %.
G. S.: Se supone que eso es todo.
W. W.: ¿Seguro? Falta algo, ¿no? Tiene que haber algo más en un ser humano…
[…]
G. S.: ¿Y qué pasa con el alma?
W. W.: ¿El alma? No somos nada más que química.

Debería resultarnos normal que les faltara un 0,111958 %, ya que se han olvidado de medio centenar de elementos, y solo han considerado ocho elementos químicos. ¿Dónde se les han quedado elementos tan importantes para la vida como el potasio, el azufre, el cloro, el magnesio, el flúor, el zinc o todos los demás que figuran en este cuadro de proporciones en peso —en la serie se dan las proporciones molares— que encontramos en la Wikipedia? 

Démosles un respiro: estaban especulando sobre el alma.

2. El color de la pureza

En la serie, el cristal que Walt produce es inusualmente puro y además tiene un característico y delicado color azul. Esto es útil desde el punto de vista narrativo, pero el color del cristal no indica la pureza o impureza de un compuesto químico.

Las impurezas en los minerales como el cristal de cuarzo pueden hacer que sea rosado (cuarzo rosa) o violeta (amatista) pero, en general, el color resulta de la forma en que los electrones absorben la luz en la sustancia y no es un indicador específico de pureza.

Donna Nelson, profesora de la Universidad de Oklahoma (EE. UU.) y consultora científica de la serie, señaló que es imposible y agregó que «cuando cristalizas cualquier cosa que no tenga color, como los cristales de la metilamina —un precursor para la metanfetamina— usualmente resultan con un tinte amarillo debido a las impurezas».

3. Deshaciendo —literalmente— cuerpos

La primera vez que se realiza la «operación» en la serie el resultado es una porquería. La supuesta disolución no se completa porque el ácido ataca el contenedor en el que se encuentra el cadáver, que es una bañera. Eso hace que los productos de la reacción sean masas de órganos medio corroídos y sangre. Las veces siguientes, usando contenedores de plásticos, consiguen convertir los cuerpos en líquidos rojizos.

En realidad el ácido fluorhídrico no es un ácido demasiado fuerte. Su capacidad de corrosión se debe al flúor que posee. Es capaz de penetrar profundamente en la piel antes de deprotonarse, por lo que es un corrosivo excelente y eficiente para la carne humana. Así es, se come el cuerpo de adentro hacia afuera. Más importante aún, reacciona fuertemente con el calcio y el magnesio, por lo que sería capaz de disolver eficazmente los huesos. Sin embargo, para disolver un cuerpo humano entero se necesitaría muchísima cantidad de este ácido y no cabría en un solo barril.

La controversia sirvió de argumento para un programa de Discovery Channel, que con ayuda de químicos de la Universidad de Berkeley, probaron en el laboratorio con trozos de madera, acero, yeso, una baldosa de linóleo y un poco de carne de cerdo. El yeso quedó convertido en una especie de papilla y la carne se ablandó un poco; los demás materiales no se vieron demasiado afectados.

4. Una pila galvánica para arrancar la caravana

White y Pinkman se encuentran en medio del desierto de Alburquerque sin batería en la caravana. A falta de medios, se les ocurre fabricar una pila electroquímica.

Lo que consiguen fabricar es similar a las pilas clásicas de óxido de mercurio, que mezclado con un poco de grafito, actúa como cátodo que se enfrenta a un ánodo de zinc.

Walt usa como cátodo el material contenido en las pastillas de frenos de la caravana y como ánodo el zinc del que se encuentra aleado en tornillos, arandelas, monedas, pernos, tuercas y otras piezas metálicas que consiguen reunir. Como electrolito recurren al hidróxido potásico sobrante del proceso de síntesis de la metanfetamina que están produciendo ilegalmente.

Así fabrican seis pilas que ponen en serie, formando una batería de unos ocho voltios teóricos que conectan en paralelo mediante hilos de cobre a la batería de la autocaravana, para cargarla. 

La explicación y el proceso de los protagonistas es acertado, lamentablemente la pila fabricada solo sería capaz de producir una pequeña parte de la energía necesaria para arrancar un motor.

5. Matar con ricina

1 mg de ricina es suficiente para matar a una persona.

En dos ocasiones el profesor de química Walter White la prepara con el propósito de deshacerse de sendos narcotraficantes. Obtiene esta potente toxina de semillas (granos) de Ricinus communis, las mismas con las que nuestros abuelos obtenían aceite de ricino, una sustancia proverbial por su mal sabor pero purgante excelente gracias al ácido ricinoleico que contienen.

En la serie se recuerda que los servicios secretos rusos (KGB) usaron este veneno para asesinar al disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov en 1978. Se encontraba en una parada de autobús en Londres cuando recibió en la pantorrilla lo que le pareció el pinchazo de la punta de un paraguas. La persona que lo portaba le pidió disculpas y alegó que lo había hecho por descuido. El búlgaro sintió inmediatamente quemazón y dolor en la pierna. Murió en un hospital en tres días. En la autopsia le encontraron en la pierna una bolita de platino-iridio de 1,7 mm de diámetro, dentro de la cual se descubrieron trazas de ricina.

En la ficción de Breaking Bad el uso de la ricina para matar a una persona sin dejar demasiados sospechosos es verosímil suponiendo que el químico sea capaz de aislar la toxina de los granos de ricino. Estos en sí no son demasiado peligrosos, pero recurre Walter White a la hipérbole cuando le advierte a Jesse Pinkman: «¡No las toques!», en un exceso de cuidado. Desde luego se pueden tocar. Haría falta masticar ocho o diez granos para no contarlo.

Perdónenme la guillotina, decía, porque difícilmente pueda argumentarse la debilidad de una serie que si algo saca al espectador es sus propias dudas. He aquí un puñado de ejemplos puramente narrativos, un flaco favor para la verosimilitud de la serie, que no pueden catalogarse como reyertas dialécticas al servicio de la ironía, ni como cuestiones de estilo, pues más que usos concretos de un lenguaje (fórmulas químicas, en este caso), son hipérboles o inexactitudes llevadas a la práctica en la propia trama de la serie.

Recordemos a los sofistas, a quienes se refiere esta vez Aristóteles en su Retórica, cuando sostenían que lo verosímil (tó eikós) es «el conjunto de lo que es posible a los ojos de los que saben».

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One Comment

  1. Interesante, aunque a mi entender hay varios usos incorrectos de los signos de puntuación. He pasado el texto por el editor de Word y está “de acuerdo” conmigo.
    Gracias por esta revista tan estupenda.

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