‘La ballena tatuada’: delirios marinos y todos sus ahogados

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La ballena tatuada Imagen Astiberri Ediciones
La ballena tatuada o una historia de la primera vuelta al mundo. Imagen: Astiberri Ediciones.

«Los mitos son primitivos y anónimos: que yo sepa, el único mito creado por un escritor individual, al menos en los últimos siglos, es el de Moby Dick». Estas palabras de Antonio Muñoz Molina, el primero de una serie de escritores e ilustradores nacionales que en Moby Dick. La atracción del abismo (Dibbuks, 2013) abordaban el clásico de Herman Melville desde un amplio estudio literario y gráfico, ayudan a descifrar una de las claves del cómic que tengo entre las manos; ese diálogo o equívoco entre la verdad y el mito, ¿cómo deslindarlos? Aquí lo que ejerce de numen es el mismo material de base —enriquecido, como veremos—: la afamada ballena, un leviatán en las retinas enfebrecidas del capitán Ahab, viene a simbolizar la realidad trastocada, que el narrador ha de poner en su sitio para nosotros, lectores, acatando su deber moral. En el caso de Darío Adanti, parece interesado en la inmortalidad del animal, pero mucho más en la del mito.

El autor y showman argentino (Buenos Aires, 1971) arribó a España a mitad de los 90 con una idea bajo el brazo que logró publicar en la extinta editorial barcelonesa Camaleón, bajo el título La ballena tatuada, donde revisitaba la historia de Moby Dick. Pese a la gravedad del tema, lo curioso es que el coeditor de la revista Mongolia, al que nos hemos habituado a ver en atavíos satíricos —si hablamos de mitología, un sátiro—, empezó a plasmar esas viñetas, aún en su país natal, en un suplemento del diario Página 12. De alguna forma, había logrado colar en esa sección jocosa un asunto que le seguiría rondando la cabeza durante años… hasta este 2021 en que, esta vez con el respaldo de Astiberri, lo rescata y redibuja, al menos en sus primeras páginas. En este otro libro, subtitulado Una historia de la primera vuelta al mundo, conecta ambas aventuras; la que emergió de la novela publicada en 1851 y la de la circunnavegación de Magallanes y Elcano entre 1519 y 1522, con paralelismos evidentes: sus personajes, obsesiones, peripecias y sobre todo sus viajes, igual de longevos e igual de devastadores.

En una serie de «relatos cortos donde conviven realidad y ficción» —como él mismo los describe—, el historietista con vocación de historiador pone a conversar las nociones de historia e Historia. Para ello se inspira, por un lado, en el «cachalote chileno con todo el lomo marcado por místicos jeroglíficos» al que alude Melville en su obra, y que actúa como testigo imperecedero de las humanas heroicidades y vergüenzas. Por otro, en el talento fabulador de los Stevenson, Poe o London, sus referentes narrativos. Pero, sobre todo, en el testimonio del explorador y cronista Antonio Pigafetta, uno de los dieciocho supervivientes del Primer viaje en torno del globo (1536): «Tal vez yo, como Pigafetta, me embarqué en este derrotero para poder contar a otros mi viaje…», escribe Adanti en un volumen de apolíneas hechuras que tiene tanto de ensayo histórico como de celebración del poder evocador de las imágenes.

Con apenas dos colores —más el negro y el blanco— y sus gradaciones, la fuerza expresiva de La ballena tatuada (que en la soberbia edición de la colección Sillón Orejero luce especialmente en las páginas a una sola viñeta) se apoya en la capacidad de síntesis y recreación, la profundidad reflexiva y la desnudez emocional que solo el noveno arte hace posibles. No en vano, cabe recordar que la figura de Moby Dick ha seducido a gigantes del cómic como Will Eisner o hasta Bill Sienkiewicz para Marvel, tal es la plasticidad que retornan sus palabras. «La fuerza de aquella imagen que ocupa tan solo una línea en un libro de casi mil páginas se apoderó de mi imaginación hasta parasitarla», confiesa Adanti, que por fortuna no teme aparear su estilo gráfico macarra con el rigor documental y la erudición; como tampoco rehúye, sino más bien al contrario, el sedimento poético de estas andanzas marinas.

La bien estribada crónica de los hechos se presenta a la manera de una canción popular salpicada de ritornelos, aliteraciones («fiddle, daddle, dee»), concatenaciones y motivos temáticos/visuales recurrentes en capítulos distintos del libro. Sencillos y deleitosos cuentos de astuta resolución, que invocan, a un tiempo, los espíritus sagrados de la tradición gráfica —por ejemplo, la tira cómica— y de la tradición oral. El tatuaje de la ballena, que no es sino dibujo, y que a buen seguro quedó marcado en la piel de Adanti con las palabras de Melville, encarna la memoria del mundo, de los vivos y los muertos engullidos por el mar («los nombres de todos sus ahogados», escribió Lorca), de los viajes de quienes se arriesgaron a emprenderlos y luego contarlos. También, acaso, resembla las cicatrices de las heridas sufridas en cada aventura, que es siempre derrota y es victoria. Y el misterio —jeroglífico— del sentido de la vida y la muerte, de la noche y las estrellas. 

La tradición oral en la que, decíamos, se inscribe de forma muy consciente La ballena tatuada, «protectora de los ahogados y madre de los huérfanos del mar», es también marinera, claro, y parte del interés de su autor, casi tan filosófico y antropológico como histórico, por las expediciones hacia las ignotas aguas australes. Aquellas historias con las que se entretiene el paso de los días en las inmensurables travesías, y que me traen a la mente la reciente lectura de La guardia (Trotalibros, 2021), del poeta griego Nikos Kavadías: «Os damos pena porque no tenemos casa, porque caminamos con las piernas abiertas, porque en el puerto vamos con las camisas arrugadas y las camisas sin planchar. Me alegro por vosotros. Lecho seguro y sueño tranquilo […] pero no cambiaría mi trabajo por el vuestro ni por un solo día». Adanti tampoco disimula su fascinación por las vidas en ultramar, ni escatima sus componentes cruentos y humanizantes.

Entre otras, nos descubre las de descollantes personajes históricos de la primera circunnavegación como la corsaria andalusí Malika Fadel ben Salvador, mujer adelantada a su tiempo que representa una vuelta de tuerca a las leyendas hegemónicas: «Salam, Malika, salam. / Tras tu bandera me iría / porque quiero ser frase en tu historia / y párrafo en tu biografía». Otros protagonistas alcanzan una segunda vida (fantasma) que sigue nutriendo el mito y las historias; como la de Pablo, uno de los «gigantes patagones» anexados a la expedición como souvenirs del Nuevo Mundo. Paradójicamente también desmitifica ciertos episodios, por ejemplo al describir, de modo conmovedor y fidedigno, la rivalidad entre Magallanes y Elcano, traidores a ojos del otro.

Son historias ancladas en el delirio, como el «propósito monomaníaco» que Melville atribuye a Ahab. El retrato que se hace en estas páginas de la vuelta al mundo primigenia y de aquellos exploradores que cartografiaban sus propias ansias de conocimiento («Es el mundo el que cambia su forma según los hombres lo dibujan en sus mapas») se emparenta con otro libro de publicación reciente, Las islas imposibles (Serie Gong, 2020), de Daniel V. Villamediana. Como este, La ballena tatuada se sitúa en un territorio entre lo factual y lo fantástico donde a menudo sus héroes, enajenados por la fascinación, solo esperan confirmar sus teorías y lecturas preliminares: «Daba la impresión de que había sido más feliz proyectando sus viajes que culminándolos», escribía Villamediana. Por su parte, la imaginación de Adanti concibe a los personajes y elementos de Moby Dick en existencias o realidades alternativas: Ahab podría ser  surfero («No soy yo el que lo quiere… me lo pide el viento… y me lo reclama el mar»); un buque vivo y sufriente («los maderos podridos son huesos que se quiebran, y el paño raído es piel que se nos desgarra»)que  se antoja casi una encarnación de la muerte.

No elude Adanti la faz oscura de la historia, como el suicidio del grumete Antonio Baresa, un hallazgo coincidente con el 500 aniversario del periplo y la publicación de ciertos documentos en torno al mismo: el aprendiz había sido acusado de prestarse a la sodomización de Salomone, contramaestre de la Victoria. En esta balada del niño muerto, su remembranza aparece como maldición que persigue al resto de la tripulación: «Desde su rostro corrompido las cuencas vacías de sus ojos nos increpaban». A fin de cuentas, quienes personificaron aquellas gestas eran hombres con todas sus debilidades y en circunstancias extremas que, en mitad de brutales luchas de poder, conspiraciones, tormentos y tormentas, llegaron a descuartizarse entre sí. Violencia y muerte aparejadas a toda conquista y, por tanto, asumidas: «Y con la redondez del mundo aprendimos que no existen ni el cielo ni el infierno, solo un purgatorio peligroso, bello y esférico».

De todos modos, el libro de Adanti dibuja tonos más luminosos a los que hoy día se suelen asociar a la colonización, poniendo de relieve la confluencia de civilizaciones y la multiculturalidad presentes en la expedición que posibilitó aquella milagrosa vuelta al mundo: «Hasta entonces, jamás tantas naciones se habían encontrado en aquel lugar perdido ni en ninguna otra parte del planeta». Tal vez por eso quien mejor puede evocar el episodio es este hijo del descubrimiento y descubridor, a su vez, de historias, que reivindica justamente el carácter transnacional de la empresa: «La mayor gesta del hombre fue en nombre de España, cierto… pero fue el proyecto de un extranjero», reflexiona, al tiempo que nos hace pensar sobre aquel imperio español plural, tejido de numerosos reinos, pueblos, lenguas y modos de vida, que compondrían el basamento de nuestro Siglo de Oro. 

Pero donde más cintila la propia obsesión del ilustrador y escritor argentino es en la forma con que traza engarces invisibles entre ambas tradiciones, la del Pequod y la de la nao Victoria; o entre ideas distintas que igualmente atraviesan siglos, como el animismo y el cristianismo (ya que las ballenas han sido veneradas, y temidas, cual deidades). Esos encadenamientos alcanzan el epílogo del libro, La maldición del estrecho, donde se asocia a Elcano y Magallanes con Francis Drake, y a este con Pedro Sarmiento de Gamboa; los dos últimos leyeron a Pigafetta, como el propio Adanti y como… Herman Melville, quien navegó aquellas mismas aguas patagónicas —que le han sido tan próximas geográficamente y tentadoras intelectualmente al autor de La ballena tatuada— a bordo de un ballenero en el que oyó la historia de la ballena Mocha Dick. Y así, tirando de un hilo de pesca histórica, llegamos a nuestro destino mítico. 

De hecho, en el desenlace de este cómic sabremos que las rutas «del último confín del mundo» se fueron ramificando, al igual que las diversas versiones de la historia, hasta que lleguemos a dudar de si la pretendida finitud del mundo es tal, o no será un mito más. Una idea que quizá no ofrezca consuelo al lector, pero sí ganas de conocer (como aquellos descubridores, como el propio Adanti y la «epistemofilia» que le diagnostica Flavita Banana en su reseña), de aventurarse a un relato que parecería no terminar de escribirse nunca.

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