Arte y Letras Literatura

Hombres de acción

Humphrey Bogart y James Cagney, hombres de acción en Los violentos años veinte. Imagen Warner Bros.
Humphrey Bogart y James Cagney, hombres de acción en Los violentos años veinte. Imagen: Warner Bros.

En mi familia nunca hubo verdaderos héroes hasta que el tío Cuco, en algunos sitios conocido como José, se hizo contrabandista. Ese día se enroló en una hermosa aventura que lo tuvo seis años durmiendo en un panteón del cementerio, plácidamente. Aquello era vida. Desde que tuvo uso de razón había soñado con ser un pez gordo, pero de los pequeños. Eran los años cincuenta, no se había inventado la abundancia, estábamos en la frontera gallego-portuguesa, y el capo di capi del negocio —don Hilario, a la sazón sacerdote y campeón de tute— buscaba tipos con agallas. Gente no tanto dispuesta a disparar en la oscuridad, para lo que solo había que ser de pasta asesina, como a encerrarse en una tumba y custodiar una mercancía valiosa toda una noche. Solo se ofreció mi tío. No tenía nada que perder. Ni siquiera tenía perro. En las fotos que atesoramos en la familia, aparece en pantalones que no tienen bolsillos. Eso lo dice todo. Cuando dio el paso al frente, y se ofreció a don Hilario, atisbó una oportunidad perfecta para vivir tranquilo, a su aire, ajeno a grandes esfuerzos y a los tiroteos. Y ganar dinero. Aquel trabajo tenía todo lo que él le pedía a la vida: que lo dejasen en paz. De pronto, existía ese lugar calmoso y feliz que Holden Caulfield había considerado imposible, porque «cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un “joder” en la pared».

El tío Cuco siempre había pensado, como el Terry Malloy de La ley del silencio, que viviría más años sin ambición, desde la cuarta fila. Rara vez llegaban tan lejos las salpicaduras. Después de todo, si no tenías miedo, y no creías en las supersticiones de la muerte, la noche del cementerio prometía solo largas horas de soledad. Enseguida se adaptó a las nuevas tareas. Por la mañana a la cama, por la tarde a la partida de subastado, y por la noche a la fosa. El abc. En realidad, se trataba de una versión de la vida todavía más anodina que aquel modelo que López Aranguren atribuía a ciertos cristianos navarros, en posesión de las verdades elementales de la vida: «Por la mañana mi misica; por la tarde mi copica; por la noche mi putica».

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4 comentarios

  1. Me ha hecho reír un rato. Gracias.

  2. Relato maravilloso, un placer de leer, gracias!

  3. Lucio Anneo

    Mi detector de retranca gallega ha explotado. Buenísimo.

  4. A los sillones mullidos les tengo algo de desconfianza, no por sus cualidades ergónomicas, esa sospechosa ciencia del confort que jamás coincide con mis huesos, sino porque cuando me abandono a sus llamados silenciosos me olvido donde estoy (ella no) encontrándome a mí mismo a través de mis espaldas en completa ignorancia, y por eso inerme, fácil diana, expuesto al caótico vuelo de una mosca con su oráculo de que todo es imprevisible y es mejor volar, al tictac del reloj, a los suspiros sin motivos, (ella no) y a las ondas gravitacionales recurrentes y nocivas de los desastres universales entre acúmulos de gas y materia remotísimas, y sin embargo continuo así, beato, (ella también) sin la más mínima percepción de que estoy sentado sobre un sillón, y éste sobre un planeta que flota y gira en lo estremecedor de un vacío sin motivo, de que pase el tiempo relativo tan rápido en mi sin darme cuenta y tan lento entre dos o más galaxias… (Pero pasa ella ocupada en sus pequeñas cosas; esta vez es el batir de una rebelde mayonesa que se niega a concretarse. Por lo visto será ella la única bienaventurada a salvarse (yo no) ya que lleva una escafandra incorruptible, indestructible, como puede ser el vestido que a su cuerpo se le adhiere… su belleza, su substancia, su fervor van y vienen descalza por la casa y bien podría ser ese chasquido que rompe las tensiones moleculares del aceite, la clara y roja yema el segundero obstinado que marca con un nuevo tiempo los momentos que escapando después de morir por un instante me devuelven al sillón para mirarla. (Ella no). Muy buena lectura, muy estimulante.

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