Juan Zafra: «El reto es que no vivamos en la sociedad del bienestar solo unos pocos, sino que se extienda, porque es posible»

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Juan Zafra

No existe una única etiqueta profesional para definir a Juan Zafra. Podría ser transperiodista, por ser de los primeros profesionales en hacer la transición a lo digital, pionero en la difusión del conocimiento tecnológico, y la persona que descubrió a todo Google, desde nuestro país, el valor del periodismo local. Hoy es director de la revista Telos, del Club Abierto de Editores, y participa en muchos otros proyectos. Se define como motor de transformación, es un activista del tecnoptimismo, y un eterno insatisfecho que acostumbra a ver el futuro antes que todos los demás. Aunque eso, explica, no tiene porqué ser una ventaja. Hay que convertirlo en una ventaja.

Tienes veintitrés ocupaciones en tu perfil de Linkedin.

[Ríe] No sabía que hubiera hecho tantas cosas. Pero ha sido intencionado, lo de hacer una reinvención permanente de mi mismo. Personalmente, además, estoy convencido de que el trabajo no es lo único que da sentido a nuestras vidas, ni lo único que nos define. Por eso no me siento cómodo presentándome asociado a una profesión o una marca. En los encuentros profesionales, a veces, hago una pequeña performance, y después de que cada uno se haya presentado como fulanito de Vodafone, o de Movistar, voy y digo que soy Juan Zafra, de Torrelodones, que es donde vivo.

Esto me genera una duda. Cómo se vende uno a los empleadores o clientes sin definirse.

Desde luego, es un hándicap, porque no te van a llamar para un puesto determinado, y a la hora de optar a un empleo siempre hay personas que no lo ven muy claro. Esto sucede porque los términos profesionales están asociados a una actividad muy específica, y son definiciones que no funcionan cuando te sales de ahí. Por ejemplo, yo dirijo Telos, y todo el mundo entiende qué es ser director de una revista. Pero si explico que el número no se queda en la edición, sino que el ejemplar físico y la web se relacionan, que cada número genera un debate que luego se amplía en conferencias, jornadas, y encuentros físicos y virtuales la cosa ya no está tan clara.

Encuentro tu modelo profesional muy estadounidense, pero no parece llamado a encajar en una sociedad más rígida, empresarialmente hablando, como es la española.

El otro día salió una encuesta en Cinco Días, revelando que quien opta a puestos de la Administración lo hace en un 80 % por la seguridad en el empleo. En nuestra sociedad el carácter emprendedor no está primado. Yo siempre me he sentido emprendedor e intraemprendedor, cuando he estado en una organización he tenido siempre iniciativa propia, y si he sentido que mis iniciativas no estaban en línea con lo que se pretendía, y por tanto no aportaban valor, he procurado cambiar de lugar.

Cómo definirías tu actividad profesional a alguien que no sabe a qué te dedicas.

Todo lo que hago está dentro de un mismo marco, que es la transformación. Yo aspiro a construir liderazgos transformacionales fuertes, algo que hoy se construye apoyándose en la tecnología y la comunicación. Intento aplicarlo a mi mismo en primer lugar, desarrollando una serie de habilidades y capacidades que me permiten llevar el cambio a quienes trabajan conmigo, sean clientes, colaboradores, o entorno social. Nuestra sociedad está en proceso de transformación, y eso genera oportunidades que la gente tiene que entender. A eso me dedico, en Telos, en el Club Abierto de Editores, y con otras organizaciones.

Haces esto en un país donde es un auténtico drama buscar trabajo si tienes más de cincuenta años.

Y eso es paradójico. En una sociedad cada vez más longeva los mayores vamos a ir adquiriendo más experiencia y más conocimiento. Es una mala asignación de recursos dejarnos fuera del sistema productivo. Yo, como soy optimista, estoy continuamente aprendiendo y adquiriendo experiencias múltiples, porque creo que así siempre tendré oportunidades. Pero sobre todo espero generar siempre oportunidades para la gente con la que estoy colaborando. Un cursi diría que es un win win, pero yo soy feliz cuando la gente es feliz a mi alrededor. También digo todo esto, claro, porque vivo en pareja y con un gato.

¿No tienes hijos?

No. Y eso me da una autonomía importante.

No tener hijos te da más autonomía para ser emprendedor.

Sí.

Te das cuenta que lo dices en una sociedad donde muchos treintañeros renuncian a tenerlos, bien porque no tienen dinero, bien porque vivirán mejor sin ellos.

En este mundo hay dos grandes amenazas: una el choque entre generaciones, y dos, el choque entre los que disfrutan de una estabilidad económica perpetua y los que tienen una ambición distinta a la perpetuidad en el puesto de trabajo. El estado de bienestar, del que disfrutan sobre todo los más mayores y longevos, se está deteriorando. Vamos a una desaparición de la vieja clase media, a la vez que emerge una nueva clase media global, sin los estándares de la que conocemos. Hay unos jóvenes que quieren entrar en ese nueva clase media global, y encuentran que los mayores están consumiendo recursos. El choque entre los que quieren entrar y los que quieren conservar su sitio es una amenaza importante. Siempre ha existido, pero ahora es una cuestión de goce y disfrute. El segundo riesgo, el de la estabilidad laboral perpetua o la inestabilidad, tiene que ver con que la ciudadanía va a una velocidad de cambio infinitamente superior a la que van las administraciones públicas, que están siendo un tapón por sus obsoletos procesos y procedimientos para atender a la ciudadanía. Eso puede generar conflictos graves para la democracia. No es ninguna locura, estoy leyendo el último libro de Moisés Naín, El fin del poder, donde dice esto precisamente.

Juan Zafra

Las administraciones son la estructura, pero ¿los políticos también son un tapón?

Más bien personajes de un reality, que es en lo que se han convertido. Aspiran a conseguir el poder, y es lo que hacen para conseguirlo, en vez de meterse en una casa en la sierra se meten en la sede de un partido. Y de ahí puedes llegar a ser secretario general de la ONU, pasando previamente por un ayuntamiento, una presidencia de comunidad autónoma, y la presidencia de un gobierno nacional. Esto lo tiene muy bien analizado, aunque lo expresa de forma muy cruel, Ignacio Urquizu, un sociólogo muy bueno, discípulo de Julián Santamaría e Ignacio Sánchez Cuenca, y alcalde de Alcañiz. Si dominas una agrupación o una sede, y te presentas el día que hay que elegir los cargos con tus cuatro amigos, ganas y ahí comienza tu carrera. Como si hicieras una nominación en Gran Hermano.

¿Y hay soluciones para estas amenazas?

Toda mi confianza pasa por la tecnología, que hoy está al alcance de casi todo el mundo. Lo que tiene que haber es una voluntad de cambio, de redistribución de los recursos, porque los cambios consecuentes de la implantación de la tecnología provocan cambios económicos, y hay que redistribuir el nuevo bienestar. Yo uso tres pilares que puedan asociarse a una línea transhumanista: uno la superinteligencia, vivimos en un mundo en el que se genera una inteligencia colectiva humana, a la que las máquinas suman una artificial, capaz de desarrollarlo todo, y podemos obtener un gran éxito combinando ambas; dos la longevidad, aún en los momentos tan dramáticos que estamos de pandemia es un hecho que vivimos más y mejor; y tres el superbienestar: el reto es que no vivamos en la sociedad del bienestar solo unos pocos, sino que se extienda de manera imperiosa a África, y a otras zonas del mundo, o de nuestra sociedad, porque es posible. Y si no se hace es porque no queremos.

¿Encaja en ese transhumanismo la renta básica universal?

La respuesta es sí, porque estamos manteniendo trabajos solo para justificar el sostenimiento económico de una parte de la población. Sus tareas podrían ser mucho más eficientes aplicando tecnología, y esas personas podrían vivir mejor sin su tarea. No veamos como un drama la desaparición de los puestos de trabajo, sino como una forma de mejorar la calidad de vida. Para la RBU harían falta consensos políticos, a nivel global, pero hay que pensar que los cambios se están acelerando mucho, y lo que puede parecer algo utópico hoy puede estar aquí mañana. En la pandemia hemos descubierto todo lo que puede significar el trabajo remoto, y lo defino así para no llamarlo teletrabajo, que ahora parece que significa trabajo en casa. Resulta que con todo lo que hemos aprendido sobre cómo puede ser, y lo que puede aportar el trabajo remoto, hay capas de la sociedad y empresas obsesionadas con volver al viejo mundo. Es como si alguien cuando se inventó el ordenador estuviera empeñado en volver a la imprenta de tipos móviles. La cosa ha cambiado. Hay que pensar un poco más allá del hoy, del mañana, y de las legislaturas.

Y de las pandemias.

La pandemia ha sido un aprendizaje brutal de muchas cosas. Hace poco hablaba sobre ciberseguridad con un buen amigo que además es un cerebro. Le decía que una de las cosas que más me frustra es la cantidad de palabras que lanzamos al viento y a la nube durante el 2020, conferencias, reinventar el futuro, reinventar el mundo, y ahora ya ni nos acordamos que ayer murieron doscientas personas por el virus. Miras alrededor, y otra vez coches, combustibles fósiles, todo igual que antes. Todo eso que decíamos de que el mundo va a cambiar, qué ha sido de ello.

Supongo que es lo que contáis en Telos, la revista de la que eres director, y que es referente desde hace décadas en la narrativa de la sociedad digital. ¿Es una revista de tecnología, o de cultura?

Asistimos a una transformación tan grande en la sociedad, que ya cualquier cambio cultural está basado en la tecnología. Citando a mi maestro y amigo queridísimo Antonio Rodríguez de las Heras, el motivo por el que tenemos que insistir tanto en las habilidades digitales, y en la comprensión del fenómeno de la digitalización, es porque sin formación digital ya no se puede desarrollar una cultura. En una sociedad donde las tecnologías han tenido tanto impacto y están modificando de manera tan intensa nuestra forma de vivir tenemos que crear un espacio cívico nuevo. Para lograrlo tenemos que entender lo que significan todos los avances, y cómo nos influyen, para vivir con ello, aprender a desenvolvernos y vivir mejor. De lo contrario caeremos en el caos. De eso es de lo que tratamos en Telos.

¿Es más fácil hacer una revista como esta, que al depender de una fundación, no tiene la presión de las suscripciones y las ventas para perdurar?

Claro que existe esa presión en Telos. El problema no está ahí, sino en que los medios, todos, hemos caído en la trampa del volumen y de los usuarios únicos. Lo que necesitamos son consumidores de calidad, y no un saco de innumerables seguidores no identificados. El valor de un medio depende de conocer a la persona que le sigue, y a la interacción que establece con ella. Las cifras de la edición impresa de Telos son modestas en comparación a los grandes medios en papel, pero en online superan a medios tradicionales no asociados a una fundación o una compañía. Y tenemos bastantes artículos bien considerados en los índices de referencia académicos. Además, hemos desarrollado y asentado la idea de comunidad Telos, compuesta de colaboradores y lectores, y pese a nuestra periodicidad, la percepción es que siempre estamos ahí, abriendo debate. Y eso saliendo en papel solo tres veces al año y publicando en web dos veces por semana. La magia está en que nuestra publicación no acaba en los textos o en los contenidos que se publican en el papel y/o en la web, sino que provocan reflexiones en torno a una cuestión concreta, que luego se desarrolla en conferencias y encuentros. Por eso decimos que es mucho más que una revista, es un nodo de conocimiento abierto y de inteligencia colectiva.

Seguís haciendo ejemplares físicos. ¿La edición digital no puede vivir sin la impresa?

Yo no lo entiendo de otra manera. Uno de los últimos números de Telos se titula Fronteras, y mi editorial «Seres híbridos y fronterizos», porque cada día somos más digitales que físicos, estamos en un período de transición. Pero seguimos necesitando lo físico.

Precisamente tú hiciste la transición de lo que entonces era sobre todo un medio físico, El País, vendido por millones en los quioscos, hacia lo digital.

De hecho pedí trabajar en la edición digital recién inaugurada, elpais.com, por una inquietud que me surgió en una etapa anterior, cuando trabajé en Radio Nacional de España. Nunca sabía quién estaba al otro lado del micrófono, qué pensaba. Con la digitalización vi abierta la posibilidad de interactuar con los lectores, reconocer su existencia, y que sus aportaciones enriquecieran tanto a la información, como a mí mismo. También fue un modo de buscarme un hueco. Yo era el chavalín que empezaba, en la sección de economía, entre los grandes del periodismo económico, que tenían su nombre y sus fuentes. La tecnología, que comenzaba a despertar interés mediático, era un modo de abrirme paso. Al director, que era entonces Jesús Cebeiro, le dije: aquí me he hecho mayor, y me empiezo a sentir viejo.

Y te fuiste a una tecnológica.

Me apetecía no solo contar las cosas que estaban sucediendo, sino participar de ellas. En particular, en la construcción de un nuevo universo en el mundo de las telecomunicaciones, el germen de la sociedad de la información. Estaba naciendo Retevisión, el segundo operador de telecomunicaciones en España, que es a donde me fui como jefe de prensa. A un trabajo totalmente distinto.

Cuál era la principal diferencia.

Participar, como te he dicho. Yo acababa de regresar de una beca en Estados Unidos, donde mi tema de estudio fue el impacto de internet en la actividad de los agentes sociales, un tema que era una locura plantear aquí en aquel momento. Pero que en Estados Unidos estaba más desarrollado. Me reuní con sindicatos, medios, estuve en el USA Today, en The New Republic, y al volver además de cambiar de trabajo organicé un grupo con David Martínez, jefe de prensa de Orange, que llamamos los GIPIS. Grupo de Interés por la Información, donde también estuvo Arsenio Escolar. Tuvimos tertulias durante mucho tiempo, e invitábamos a la gente que estaba desarrollando internet.

Juan Zafra

De ahí diste el paso a la Administración del Estado.

Me ofrecieron participar en Red.es haciendo la comunicación del plan Avanza del Gobierno de España para el desarrollo de la sociedad de la información. Eso que hoy se llama digitalización. Ahora la banda ancha está extendida, pero entonces había que hacerla llegar, no solo físicamente, sino conseguir que las empresas y usuarios la incorporaran a su actividad diaria con el uso de Internet. Me pareció una aventura enorme y apasionante. Y este cambio profesional era un paso lógico para seguir formando parte del proceso. Fue en la primera etapa de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y la verdad es que me fui de allí con la satisfacción del deber cumplido.

Te fuiste a ganar un Goya.

Bueno, a mi no me lo dieron. Fue la productora para la que trabajé y, sobre todo, al equipo de la película El Greco, pero como yo estaba allí pienso que un trocito pequeñín del trofeo sí me tocará, ¿no? [Ríe]. Me interesaba mucho introducir la digitalización y sobre todo la interactividad en el mundo audiovisual, por lo que inicié esa nueva aventura. En Lavinia hicimos grandes proyectos innovadores para la época en ese ámbito.

Y de vuelta a la Administración. ¿Te habías quedado con ganas de más?

En realidad salté a la Moncloa porque el entonces secretario de Estado de Comunicación, Félix Monteira, que había sido mi mejor jefe en El País y el tipo que más apostó por mí en el periódico, me ofreció trabajar con él. No podía decirle no a mi admirado Félix Monteira ni al gobierno de mi país.

He oído que allí te llamaron loco.

[Ríe]. El trabajo me lo ofrecieron en julio de 2010, justo después de que Zapatero anunciara el plan de ajuste, así que yo llegaba en el peor momento de la crisis. Cuando entré por la puerta me dijeron: «Joé, Zafra, estás más loco de lo que dicen de ti». Pero estaba con un tipo magnífico, un equipo excepcional y trabajando para mi país en uno de los peores momentos de la crisis económica. Qué más se puede pedir.

Después de eso no has vuelto a la Administración. ¿No te tienta?

Depende de con quién y para qué. Yo creo que la Administración tiene que estar a la vanguardia de los cambios, y ser ejemplar, y para eso sí que me interesa estar ahí. Pero por el poder temporal del puesto, no. Solo que hoy, si alguien te llama desde allí y preguntas para qué proyecto, te penalizan. Vivimos un momento político en que prima el poder por el poder, que debería ser usado para transformar, liderar y hacer la vida mejor a las personas. Y si no, a tu casa.

No buscan a los más útiles.

Buscan la fe ciega, y no pasa nada. Yo aporto ideas, y no lo hago por una fidelidad ciega ni por la ambición de que me premien por haber estado ahí, sino para que las aplique el que gane.

Después de estar en la Moncloa montaste tu propio periódico digital.

De la Moncloa me echaron, entonces reflexioné, había pasado por la comunicación corporativa, la institucional y por el mundo audiovisual. ¿Qué hacía ahora? Surgió la oportunidad de hacer un diario digital, Bez.es, del que Braulio Calleja y yo fuimos fundadores y directores. La iniciativa surgió de un grupo de financieros, estábamos en la época del rescate, que se había negado que existiera, y ellos estaban preocupados por la dificultad de vender la imagen de España en el extranjero.

Os presentasteis como un medio independiente.

Fue una propuesta ecléctica y totalmente independiente, incluso de nuestro capital, que provenía del mundo financiero. Mientras estuvimos saliendo nos pusieron todo tipo de etiquetas, que si nos financiaba el PSOE, que si Ciudadanos, el PP o Podemos… Es la obsesión de este sector en los tiempos recientes: de qué lado estás. Creo que el que resultara imposible colocarnos una sola etiqueta demuestra que sí fuimos independientes. Pensamos que los tiempos estaban cambiando, y había que dar información que se adaptara a esos tiempos y a esa política nueva, multipartidista. Bueno, entonces era nueva. Dos años después cerramos porque no fuimos capaces de capear el temporal.

Nacisteis a la vez que otros digitales, como Eldiario.es o El Español, que ahora están consolidados. Quizá no abrazar ninguna ideología os perjudicó.

Si la pregunta me la hubieras hecho años atrás, te hubiera respondido que hicimos una buena gestión informativa, pero una mala gestión empresarial. Cuando Bez cerró quedé a comer con Nacho (Ignacio Escolar) y lo primero que me dijo fue: «¿qué, ya te ha dejado tirado los accionistas?». Fue lo que pasó. Tenían pérdidas, aplicaron recortes, y nosotros fuimos uno de ellos. Habíamos hecho además un mal pacto de accionistas, teníamos cero participación porque no habíamos firmado los papeles, por las prisas en lanzarlo. La típica cosa de periodistas. Pero si te respondiera desde hoy, diría que la polarización ha añadido una dificultad extra. Parte de la crisis de los medios es que cada vez somos más incapaces de reconocer y admitir los motivos del otro, tenemos que posicionarnos a un lado u otro de la mesa, y no se te perdona que te cambies de lado. Así es como los medios han perdido el respeto a la audiencia; los políticos a los medios, porque creen que pueden influir sobre ellos; los anunciantes a los medios y viceversa… Todos a todos. Y es un proceso generalizado, hoy lo sufre cualquier cabecera, profesional o formato.

En Bez.es anunciabais la Segunda Transición, un término que cuando desapareció el multipartidismo se usaba mucho. ¿Aquel proceso ha acabado en esto?

Fue un momento en que entraron aires nuevos en todo, era como si se hubieran abierto las ventanas. Pero el cierre de Bez coincidió con un portazo en la sociedad, estábamos a punto de que se aplicara el artículo 155, un hito muy importante que trastocó todas las relaciones de poder en España. Hubo un cerrojazo, se cerró todo lo que se había iniciado. De hecho, ahora solo se habla de Segunda Transición desde un ámbito muy ideologizado. Nosotros hablábamos de cambiar la Constitución para incluir, por ejemplo, los derechos digitales, que ahora ya no parece ninguna locura. Incluso España acaba de presentar su propuesta de derechos digitales, pionera en la Unión Europea. Pero en aquel entonces se paró esto, y todo. Cada momento histórico tiene sus oportunidades, y el de aquel cambio ya ha pasado.

Y el periodismo ¿ha ido a peor, o a mejor?

Ni mejor, ni peor. La única certeza que tengo es que cualquier tiempo pasado fue anterior. Como tecnoptimista convencido creo que el progreso tecnocientífico nos va a permitir ser mejores. Si sabemos aprovechar las nuevas capacidades tecnológicas, el periodismo debe ir a mejor.

Qué opinas de los tecnopesimistas.

Hay que debatir y compartir todas las visiones. A mi me gusta defender las utopías, siempre digo que los que no se sueña no se construye, en Telos tenemos autores distópicos que imaginan futuros dominados por las inteligencias artificiales y humanos subyugados. Parece que hoy día no hay nadie que no sienta que nos dominan los algoritmos de las grandes plataformas. Y yo digo: pues no; si sabes el poder que tiene el algoritmo, no te dejes subyugar.

Juan Zafra

Hablando de pesimismo, el setenta por ciento de los periodistas culturales que tenemos en España, La Vanguardia, El País, El Mundo, etc. siempre publican noticias sobre lo malo que es Google, Meta, cualquier tecnología. ¿La cultura está en contra de la tecnología?

En primera instancia, diría que se está generando una especie de espiral del silencio, que se está consolidando una corriente de opinión negativa hacia la tecnología a la que, o te sumas, o no se oirá tu voz. No señalaría a nadie en particular porque la percepción de que lo tecnológico es malo sí es generalizada. Pero a la vez pasamos medio día en el WhatsApp y usamos todas las herramientas de Google a diario. Entonces, en qué quedamos. Me mola que el coche tenga de todo, y casi aparque solo. O que Netflix o cualquier plataforma te diga qué película ver en lugar de esforzarte por estar a la última y saber qué merece la pena ver y qué no. Ha habido momentos en los que quienes nos dedicábamos al análisis de la tecnología parecía que librábamos una carrera por ver quién se subía con su tabla a la ola más grande. Hablábamos de transhumanismo, de perdurar en una máquina, o a qué planeta más lejano llegábamos para habitarlo. Esa ola ha bajado y se ha tomado la nueva, que es la de los que hablan de la sociedad vigilada, dedeterminismo tecnológico, de esclavitud digital, etc. Pues, ni una cosa ni la otra, hay que adaptarse.

Parte del pesimismo nace de ver a los gigantes tecnológicos dominar la sociedad.

Esto va a sonar duro, pero ahora dominan los gigantes tecnológicos, en los que no influimos, de la misma forma que en la época del carbón y de los combustibles fósiles mandaban otras multinacionales, en las que los mineros no influían. Estamos hablando de un cambio más importante, el del conocimiento, que es la materia prima de nuestra era. El mundo digital ha horizontalizado las relaciones, y facilita el acceso. Una vez que superas el acceso físico, el de la conectividad, puedes conectar con cualquier lugar del mundo o ámbito social, y desarrollar unas capacidades para un mundo que todavía no sabemos cómo va a ser,pero en el que surgirán nuevas oportunidades para todo el mundo. La digitalización genera oportunidades, facilita el aprendizaje, las relaciones, el trabajo y abre un nuevo horizonte de bienestar.

Siempre que tengas recursos para pasar los muros de pago.

Eso atañe directamente al negocio de los medios de comunicación. Ahí yo hago dos consideraciones. Informarse cuesta, en todos los aspectos, en el económico y en el intelectual; de la misma manera que formarse cuesta, hay que estudiar y eso tiene un coste económico. Esa cultura del aquí no paga nadie que se ha asentado en algunos sectores con la digitalización no tiene ningún sentido. Porqué unos sí y otros no. Los servicios y el conocimiento tienen un valor y, por tanto, tienen que tener un precio. Los medios de comunicación hasta ahora lo estaban regalando; se han concentrado en un solo eslabón de la cadena, la producción de información y han desatendido otros eslabones que con la digitalización se han visto modificados como la distribución o el desarrollo de nuevos productos más allá del medio tradicional . Permitiendo que otros agentes de la cadena ocuparan todos los eslabones de la cadena de valor. Ahora están descubriendo que pueden salir de ahí, dominar el dato, vender sus propios productos, y sobre todo la inteligencia que generan y eso es lo que más vale en la sociedad digital.

Hablando de medios y cadena de valor, en 2020 eras secretario de CLABE (Club Abierto de Editores), y dos años después eres director general. Algo bueno hiciste en la pandemia.

Estoy orgullosísimo, y me encanta defender los intereses de los medios de comunicación. La asociación representa a los medios nativos digitales, a las publicaciones profesionales y sectoriales, que son una herramienta muy poderosa en la sociedad, gracias a su reconocimiento por parte de las audiencias y a su engagement con ellas. Pero hay que aprender a desarrollar todo el potencial de esa herramienta. Arsenio Escolar me propuso a final de 2019 participar, se estaba valorando la creación de una nueva marca, era el veinte aniversario… Ya teníamos preparados los actos de presentación de la nueva identidad, y el impulso a la digitalización de los medios impresos que tenemos asociados. Pero en mi primer día, el 9 de marzo del 2020, lo primero que tuvimos que hacer fue irnos a teletrabajar. El veinte aniversario se convirtió en gestión de crisis para un sector que fue inmediatamente declarado actividad esencial durante el estado de alarma, y que tenía una demanda histórica por parte de los ciudadanos. Pero cuya principal fuente de ingresos, la publicidad, había caído prácticamente a cero. Y a cero se fue también la otra fuente en que estaban despuntando, los eventos y la organización de actos públicos.

¿Sois un lobby?

Somos una asociación sin ánimo de lucro que defiende los intereses de sus asociados del sector al que representa. Tratamos de dar a conocer las necesidades de nuestro sector para tratar de conseguir ayudas y apoyo a su desarrollo.

Un lobby.

Si hay que decirlo así, somos un lobby, lo somos.

No es un reproche, habéis conseguido influir a los políticos y atraerles a un campo de interés como son las publicaciones periódicas y la cultura, que no son sus favoritos precisamente.

Representamos a los editores de medios de comunicación, y eso va en defensa de todos sus profesionales. Venimos reivindicando que somos un sector esencial para la estabilidad de los sistemas democráticos, de la economía y la sociedad en su conjunto, y, sin embargo, no se nos considera un sector industrial. Es lo que siempre le repetimos al gobierno, que somos mucho más que los chicos de la prensa.

¿Por qué cuesta convencer de eso al gobierno?

El problema es que no tenemos un ministerio del ramo. Unas veces tenemos que dirigirnos a Cultura para defender los intereses de los medios de comunicación; otras a economía, otras, a Industria; otras presidencia del gobierno; otras, la secretaría de estado de comunicación. No está claramente asignada la responsabilidad sobre las líneas políticas referidas a los medios de comunicación. Además, cuando acudimos a las instituciones públicas con propuestas, la primera reacción es que hay que elevarla al máximo nivel de interlocución, porque como esto de la prensa es un asunto muy relevante, mejor que lo resuelva el jefe. Eso hace la interlocución más difícil, hace que cueste mucho más trabajo la defensa de los intereses de los medios de comunicación como parte del tejido empresarial.

De hecho habéis tenido que pelear que el nuevo bono cultural para jóvenes incluyera las suscripciones a prensa y revistas.

Es un buen ejemplo de lo que comentaba. Cultura pensó en el cine, el teatro, los espectáculos, los libros… Pero como los medios de comunicación no estamos específicamente en su ramo, tuvimos que levantar la mano y recordar que la prensa también es parte de la cultura. Pues esto es lo que hacemos, levantar la mano.

Sorprende que a nuestros gobernantes no se les ocurra que una publicación periódica tenga que estar en un bono cultural.

No es una cuestión de negación. Somos transversales, y eso hace que la pregunta de dónde está el ámbito, y quién tiene las competencias, no siempre se responda desde el sitio óptimo.

Juan Zafra

Hablando del bono cultural, que se ha extendido a Europa, hay quien dice que se ha creado porque esta industria no puede sobrevivir sin apoyo institucional.

Yo asocio esta pregunta al momento de transformación que estamos viviendo. Todo lo que viene del ámbito de la cultura, e incluyo a los medios de comunicación, ha vivido siempre muy al margen de políticas públicas. Ahora, por el impacto de la digitalización, tenemos que adecuar estos sectores culturales al nuevo entorno digital. Es lo que reivindicamos, y consideramos justo que se haga con ayuda pública. Si se aprobaron unas ayudas públicas en forma de costes de transición a la competencia del sector eléctrico, porqué no deberían aprobarse para la transformación y la digitalización de los medios de comunicación y de las industrias culturales.

Tenéis un plan para eso, para conseguir una parte de los fondos Next Generation.

Sí, va en esa dirección, y estamos llamando a todas las puertas posibles. Hemos conseguido que la propuesta sea reconocida, y vamos avanzando en algunos aspectos, con la dificultad añadida de no tener un interlocutor ministerial único. En Europa, por ejemplo, sí existen canales de ayudas públicas para la digitalización de los medios, que parten de la consideración de que los medios son clave para la sostenibilidad de las democracias.

La CEOE, en su informe de distribución de los fondos, insiste en que las PYMES tienen muy difícil recibirlos. Y ese es el tamaño de los editores asociados a CLABE.

Esto es histórico, y como tantos procesos históricos hay que hacer un esfuerzo de transformación radical. Las ayudas públicas suelen ir siempre, mayoritariamente, a las grandes empresas. Lo que reivindicamos ahora, como tantas otras asociaciones, de múltiples sectores, es que el tejido empresarial español está compuesto en su mayoría por PYMES, que tienen que ser beneficiarias de los fondos. Y reivindicamos que sea a través de políticas verticales, porque no basta desde nuestro punto de vista lanzar ayudas para implantar la inteligencia artificial en las PYME. Hay que hacerlo más específico, en nuestro caso creando una ayuda para la implantación de la IA en los medios de comunicación. Ahí sí que actuaremos como dinamizadores, ayudaremos a nuestras PYMES a hacer los trámites, y ellas entenderán que es para adecuar sus modelos de negocio específicos y no de soluciones dirigidas a la generalidad.

En CLABE habéis tenido una reivindicación histórica, opuesta al canon AEDE, que es la de que cada empresa pueda negociar individualmente con las tecnológicas. Porqué es mejor para una PYME negociar individualmente con un gigante.

Te refieres a las relaciones de los medios de comunicación con las plataformas digitales en el marco de la defensa de la propiedad, que es el punto de partida de nuestra relación. No puedo afirmar que la negociación individual sea mejor ni peor, eso lo determinarán los agentes que se sienten en la mesa: los productores de contenidos, por un lado; y las plataformas digitales, por otro. Lo que nosotros hemos reivindicado históricamente es el derecho de los editores a recibir una compensación por los contenidos sujetos propiedad intelectual, y la libertad de elección para negociarla, de manera individual o a través de las entidades de gestión colectiva. Lo que decimos es que si te sientes con suficiente capacidad para afrontar una negociación con las tecnológicas, puedas hacerlo, y si por el contrario, crees que tienes que apoyarte en las sociedades de gestión colectiva, puedas elegir ese camino también.

Pero habéis estado en contacto con Google y con otras tecnológicas. ¿No ha sido para negociar en nombre de vuestros asociados?

En CLABE no podemos hacer eso, no somos una entidad jurídica con capacidad de firmar contratos en nombre de nuestros asociados. En el año de inicio de la pandemia, caímos en la cuenta de que Google negociaba con los grandes medios pero con los pequeños no, les preguntamos porqué y nos respondieron que ellos solo prestan atención a las hard news. Respondimos que nosotros también tenemos hard news. Nos respondieron que siguen el criterio de usuarios únicos. Hubo que hacerle un escrito a un vicepresidente mundial de Google para explicarle porqué el criterio del usuario único no era universalmente válido. Parecen muy listos los de las tecnológicas, pero hay cosas que se les escapan porque están en el big view.

¿Y qué le explicábais en el escrito a la vicepresidencia de Google?

Básicamente, que la audiencia de un medio puede ser muy grande, pero la afinidad con el medio muy pequeña, y al revés. Los medios de CLABE tienen la particularidad de ir más allá de los usuarios únicos, porque tienen una afinidad y un engagement con la audiencia muy relevante. Un medio pequeño con una gran afinidad con la comunidad a la que se dirige es muy importante. Como Agronegocios, su afinidad con el medio del campo es muy grande, Gaceta Dental la tiene con los odontólogos, y no todos somos dentistas o del campo, pero si te diriges a un sector esto es fundamental. Hemos hecho ver a Google que a la hora de generar acuerdos para difundir los contenidos, el único valor del contenido no es el número de usuarios que lo consumen. Hay otros elementos que hacen que ese contenido tenga valor. Fuimos modelo en el mundo, los primeros en establecer esto.

Entonces, ¿hoy los diarios locales de todo el mundo pueden tener remuneración de Google gracias a CLABE?

Sí, lo que pasa es que ya nos han adelantado en algunos sitios. Pero fue así. Google ya nos ha reconocido los medios generalistas, los económicos y los deportivos. Solo quedan los culturales y los técnicos. El argumento que estamos utilizando es que en este nuevo mundo somos una ventana, una puerta de entrada al conocimiento y a un grupo de usuarios. Lo que te decía antes sobre qué somos los medios, pues el camino de entrada a la información. Si yo entro en Jot Down, que sois muy particulares, y eso es lo que me interesa, conecto con los intereses de un grupo de gente muy específica.

¿Y eso va a tener una repercusión relevante en las cuentas de los editores? Cuando Google News se fue de España no estaba tan asentado como para afectarlas.

Hay dos cosas distintas aquí. Una, el acuerdo comercial al que lleguen las empresas con Google Showcase para explotar sus contenidos, que generará un ingreso directo para ellos. Y dos, Google News, que es una ventana para que los contenidos de nuestros editores lleguen al conjunto de la ciudadanía. El buscador de Google es el 99% del negocio de los buscadores en España y tienes que estar en ese escaparate, es lo que decimos a nuestros editores desde CLABE. Es una oportunidad tanto para los nativos digitales como para los especializados para alcanzar audiencias en igualdad de condiciones a los grandes medios tradicionales. Es más, seremos capaces de batir a los medios tradicionales si somos capaces de usar las capacidades digitales, que tenemos que tener adquiridas, como el SEO, para movernos en esos nuevos entornos.

Con qué disfruta un tecnólogo en su tiempo libre. ¿Ciencia ficción?

No, no me gusta. Aunque con un matiz, sí me gusta la ficción científica, de futuro inmediato, me ha encantado Fitch de Tom Hanks, tiene bastante de distópica porque trata de un tipo que no confía en la humanidad, solo en su mascota, y en una inteligencia artificial que ha creado él. Me gusta también mucho, por el sentido que tiene, la serie Better than Us, los matices que aportan a la figura del robot inteligente, y por su punto transhumanista, Upload, donde vives después de la muerte en una realidad virtual que tú eliges. Y No mires arriba, aunque se me hizo larga, es una película que recomiendo a los estudiantes de periodismo, no a los científicos, ni a los políticos, pero sí a ellos.

Juan Zafra

Eres parte de una ONG, cibervoluntarios, dedicada a ayudar a quien le cuesta digitalizarse. Tendréis mucho trabajo ahora.

Sí, se ha extendido más porque antes los colectivos en riesgo de exclusión digital ya sufrían una exclusión social, y ahora son colectivos que no necesariamente están en exclusión, pero que sí necesitan habilidades básicas. Se trata de que el conjunto de la población consiga cosas como sacarse un certificado digital y usarlo en internet. Por eso la actividad se ha extendido a PYMES y trabajadores. Ahora hay un acuerdo para que los medios asociados a CLABE puedan usar contenidos de la ciberacademy, píldoras formativas a disposición gratuita de los medios. Esa conjunción de medios e instituciones que ponen el foco en formación en habilidades digitales me parece interesantísima por ambas partes. Los medios son fundamentales cuando la tecnología permite, como ahora, tanta desinformación, y además pueden sumarle una labor social que consiste en incorporar a la ciudadanía al mundo digital.

También la incorporan a la polarización.

Hay quien está en la irresponsabilidad. Pero también hay que ver dónde ponemos el foco. A mi me sorprende mucho que hablemos de la ética de la IA, ¿por qué no hablamos de la ética de que los aviones sobrevuelen un estupendo cielo azul como el que tenemos hoy?, absolutamente roto por la contaminación de los aviones. ¿Eso es ético? Ahora nos fijamos en las nuevas tecnologías, ellas son las malas.

El avión contamina pero el algoritmo decide si la policía te investiga, si te da una ayuda pública, te influye de forma determinante.

La capacidad de decisión última es del humano, pero cuesta, hay que informarse, y hay que saber cómo salir del filtro burbuja, del entorno de polarización y manipulación. Y se aprende a salir leyendo mucho. Hay que hacer un empoderamiento intelectual, abrir mucho las orejas para escuchar, interactuar con colectivos muy diversos, y a partir de ahí empoderarse tecnológicamente, cosa que solo puedes hacer cuando has entendido lo que está pasando en el mundo. Las personas sin inquietudes son carne de cañón del algoritmo, y de todo. También del vecino por la escalera que te dice a estos hay que derrocarlos, ahora te lo dice por el grupo de WhatsApp, pero es lo mismo.

Crees que para resolver los problemas de polarización y de odio habría que exigir que en las redes sociales uno se identificara con su DNI.

Igual los muchos amigos que tengo trabajando en legislación digital me corrigen o me dan un capón, pero me está pasando algo últimamente, el concepto de la autocancelación que viene del mundo audiovisual, de cancelar los programas. Es lo que acabo de hacer, preguntarme a mí mismo no sé si decir esto, no vaya a molestar a alguien. Yo en las redes sociales me cancelo cada vez más, porque ¿y si lo que digo me va a generar un problema cuando yo lo único que pretendo es debatir? Y en cambio lo que obtienes es una avalancha de críticas, un follón, un fenómeno Streisand. ¿Eso se arregla identificándose el autor? No lo sé. Y además, es tan difícil establecer procedimientos de ese tipo.

La tecnología para hacerlo, al menos, existe.

Habría que resolver el problema del anonimato en la red, y en todo. Este mundo anónimo en internet e incluso en las redes sociales nos está llevando a la confusión a todos, creando una realidad falsa donde no sabemos quién nos da la información, quién nos responde con un mensaje, o si quien nos sigue es real o no. Hay que introducir mecanismos legales.

¿Cuáles son tus proyectos inmediatos?

Estoy preparando el nuevo número de Telos, Mundo Cuántico, con Ignacio Cirac, que está en el consejo editorial. Y el Futur On de La Térmica, en Málaga, que allí lo llaman futurón, y es como hemos decidido nombrarlo. Vamos a hacer un taller de NFT y jornadas sobre ciberseguridad, y el encuentro de este noviembre, que irá sobre biohacker, transhumanismo a tope. Este tema me apasiona. En el último Futurón estuvo María López, la fundadora de Bitbrain. Comercializan el mejoramiento cerebral con unos dispositivos que entrenan tus habilidades cerebrales para ser mejor, y lo venden para ejecutivos. Empezaron a ser mejoramiento para discapacidad, y ya están en una tecnología que te hace ser mejor profesional. Acabas preguntándote para qué quiero ser mejor profesional combinado con la máquina, que lo haga la máquina y yo me dedico al disfrute.

Trabajas con el futuro. Ahora me gustaría que hicieras de gurú, para contarme cómo va a ser la sociedad dentro de cinco años.

[Ríe] Mi visión ahora mismo no es muy optimista. Vivimos una confrontación entre los que añoran la antigua normalidad y los que creemos que este es un momento para acelerar la transformación. Ayer me escandalizaba oyendo a un tipo que hablaba en la radio diciendo que él esperaba que esto acabe siendo como una gripe y que volvamos a los hospitales sin ponernos la mascarilla. No hemos aprendido nada, entonces. ¿La máxima aspiración es eliminar la mascarilla? Hay quien añora la regresión, y quienes estamos en la lucha para que todo lo pasado signifique una aceleración. A dónde nos va a llevar eso de aquí a cinco años. No lo sé. Estas fuerzas de regresión son poderosas, sus discursos potentes, se mezclan además con los discursos distópicos, que están tan a la moda. La añoranza del pasado, la retrotopía de Bauman, es muy poderosa frente a la disrupción. Pero yo soy un activista del tecno optimismo, creo que vivimos en un mundo de superabundancia y que el gran reto es el super bienestar. Si sabemos combinar la super abundancia con la super inteligencia humana y artificial podríamos llegar a un entorno de super bienestar en que el trabajo deje de ser lo único que deja de dar sentido a nuestras vidas.

Juan Zafra

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