Sundown: la tormenta y el ocaso interior

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Sundown
Sundown. Imagen: Adso Films

Tormenta

El realizador mexicano Michel Franco tiene el honor de haber logrado, con poco más de una década de carrera tras las cámaras y sobre los guiones, establecerse  como un nombre capaz de polarizar por completo a la crítica y el público. Debutó con una Daniel & Ana que lo colocó en Cannes, un film de puesta en escena pausada pero repleto de sentimientos subterráneos donde un chica y su hermano eran secuestrados para protagonizar una cinta pornográfica. Toda una escabrosa declaración de ciertas intenciones que acabarían afianzándose en sus posteriores proyectos. En 2020, Franco estrenó Nuevo orden, su sexta película como director, una historia ubicada en México donde una revuelta popular saboteaba una boda de la alta sociedad mientras el gobierno instauraba una dictadura militar en el país. Dicha propuesta distanció más que nunca las opiniones de la audiencia ante la particular visión del director. Ann Hornaday de The Washington Post calificó aquella pieza como un «sueño febril distópico, diabólicamente imaginativo, de las desigualdades y corrupciones modernas». El crítico Álvaro Rosado aseguraba en el podcast Los Vitelloni que la cinta casi le impulsa abandonar el cine mientras, en el mismo programa, Harry Hausen recordaba que Nanni Moretti la calificó como una prueba de amistad al sentenciar «¿Te ha gustado Nuevo orden? Bien, entonces no podemos ser amigos». Mientras se avivaban las polémicas sobre su tono y sus formas, Nuevo orden se llevó el Gran premio del jurado en el Festival internacional de cine de Venecia. El cine de Franco, para bien o para mal, confirmaba su naturaleza salvaje, y afianzaba la percepción de que su obra se apuntalaba en pilares que pocos se atrevían a utilizar: el cinismo, la diferencia de clases y la desesperanza. Elementos que en manos de este creador resultaban crudos y estereotipados para una parte de la audiencia, mientras otros los encontraban fascinantes y osados. En 2022, Franco contraataca con Sundown, una cinta que se aleja de la anarquía guerrillera de Nuevo orden para explorar otro tipo de caos, uno más furtivo: el que habita en el interior de un hombre. La novedad es que Sundown también apuesta por sorprender ejecutando dos trucos, dos artimañas arriesgadas que al realizarse con eficacia pillan desprevenido al espectador.

Albor

La escena inicial de Sundown muestra varios peces agonizando sobre la cubierta de una embarcación, animales que al ser expulsados de su medio se asfixian de manera irremediable. Un hombre llamado Neil Bennet (Tim Roth) los contempla ensimismado, hasta que su parentela comienza a reclamarle que se una a chapotear junto a ellos en el agua. Neil se encuentra disfrutando de unas vacaciones de lujo en Acapulco acompañado de su acaudalada familia, compuesta por Alice Bennet (Charlotte Gainsbourg) y sus hijos adolescentes Alexa (Albertine Kotting McMillar) y Collin (Samuel Bottomley). Los cuatro abordan las jornadas de retiro y sosiego gozando de las comodidades disponibles para turistas opulentos,  desayunando cócteles margaritas, recibiendo masajes, cenando filetes en terrazas de postal frente a serenatas exclusivas y disfrutando en todo momento de un servicio personalizado de camareros autóctonos dispuestos a cumplir sus demandas. Observados desde el exterior, el cuarteto conforma una estirpe de ingleses adinerados de vacaciones, acomodados en un país en vías de desarrollo que abraza a los empresarios pudientes como ellos. Pero, poco a poco, una sensación extraña comienza a nacer en el espectador al contemplar el reposo de la familia. Porque hay algo, incierto e invisible, que no encaja en aquella estampa. Algo que parece estar relacionado con el continuo carácter abstraído de Neil. De repente, una llamada de teléfono anunciando una tragedia obliga a los cuatro turistas a abandonar el país de manera apresurada. Tras llegar al aeropuerto, y como consecuencia de un sospechoso imprevisto, tan solo tres de ellos logran embarcar en el vuelo. Varado en Acapulco, Neil decide no regresar al resort de lujo y opta por desertar de la burbuja de lujos en la que había estado viviendo hasta entonces: alquila una habitación en un hostalucho y se pierde entre la población local para dejar pasar los días sentado ante el mar, con un cubo relleno de cervezas a su vera y un aire meditabundo a su alrededor. Las playas donde se instala ahora son muy diferentes a las que acostumbraba a visitar, en estas arenas no existen ostentaciones de ningún tipo y recibir un disparo por la espalda tampoco supone una verdadera sorpresa para los habituales del lugar. Pero Neil no parece inmutarse por todo ello mientras ocupa su silla frente al mar. Porque, evidentemente, algo sigue sin encajar del todo.

Sundown
Sundown. Imagen: Adso Films

Calma chicha

Existe una percepción errónea y común a la hora de juzgar el valor de una interpretación en pantalla. Aquella que se basa en asumir que el histrionismo y las emociones más extremas son el único terreno donde un actor puede demostrar su valía. Sundown funciona como un notable ejemplo de todo lo contrario al apoyar gran parte de su peso en un Tim Roth que perfila su personaje de manera impecable, basándolo exclusivamente en la contención. Neil Bennet apenas tiene líneas de diálogo a lo largo de la trama, pero no necesita de un discurso para definirse. Su parquedad expresiva, su lacónica actitud ausente y su desesperanza muda reflejan un crepúsculo interior que parece inevitable y profundo, uno cuyas razones el espectador no alcanza a adivinar durante gran parte del metraje. La opacidad del personaje es el otro gran logro en la fachada construida por Roth, la figura de un ser pretendidamente difícil de leer, alguien cuya moralidad somos incapaces de acotar al no saber con certeza si está mintiendo o no cuando afirma algo. Un hombre que proyecta un desencanto infinito a través de una actuación donde el recato es la clave. Franco, realizador acostumbrado a ahogar cruelmente a sus personajes, tampoco se aleja aquí de sus obsesiones comunes: la desgracia, las diferencias sociales, la crudeza y el crimen están presentes en Sundown. Pero ahora las aborda de manera más comedida y elegante, planteando una calma chicha, sutil pero desesperante. Alejándose del caos y convirtiendo al personaje principal en un misterioso contenedor de dichos desórdenes, el autor mexicano demuestra que los abismos a los que se asoma no solo resuenan mejor, sino que además le perfilan como un director más competente. Uno que puede permitirse que el otro gran elemento de Sundown sea una jugarreta estrictamente cinematográfica. O mejor dicho, dos.

Sundown

Al margen de la estupenda interpretación de Roth, la otra pieza que sostiene a Sundown es una decisión de riesgo: la treta del plot twist, la jugarreta de la sorpresa. Porque Sundown apuesta por esconder dos giros de guion dentro de su desarrollo, utilizando el ardid de evitar enunciar que existe un misterio para permitirse pillar fuera de juego a la audiencia. El primero, y más efectivo, de dichos giros utiliza la omisión de información como salvoconducto y se desvela de manera muy tardía, a dos tercios de película. Se trata de una revelación que sorprende porque, a pesar de ser algo sencillo y sin artificios, obliga a que la audiencia redibuje desde un nuevo ángulo la percepción que tenía sobre la moralidad del protagonista. Lo mejor de todo es que dicha estratagema se antoja justa y válida cuando descubrimos que Franco se ha dedicado a diseminar pistas, que hemos sido incapaces de identificar, desde los primeros minutos de la cinta. El otro gran secreto de Sundown es aquel que contiene la justificación al comportamiento de Neil, una información que no se destapa hasta el desenlace del film. Es un descubrimiento menos asombroso, por tratarse de un lugar común explorado en muchos otros relatos, pero que también sorprende por haber sido ejecutado con premeditación: la película nos insinúa de su existencia de manera paralela al otro plot twist, utilizando un reguero diferente de pistas, que en este caso adoptan la forma de metáforas visuales, capaces de sembrar confusión entre lo real e irreal hasta que se despiezan, literalmente, durante el tramo final. Por todo ello, etiquetar a Sundown como tramposa resulta arriesgado, contiene trucos deliberados pero estos vienen acompañados de claves para descifrarlos. Jugando con este tipo de sutileza, Franco demuestra ingenio y además es capaz de distanciarse de manera madura de polémicas como las que alimentó Nuevo orden sin renunciar a la aspereza con la que su cámara retrata el mundo. El Acapulco que utiliza como escenario no es una distopía, pero sí un lugar peligroso que realmente no se diferencia de su versión en la vida real.

Sundown se presenta como una película con secretos y mecanismos internos, pero ante todo es el retrato de un crepúsculo inminente, lánguido y abstraído. Unos peces agonizan sobre la cubierta del barco al ser desterrados de su entorno natural. Un hombre, que está a punto de abandonar conscientemente su medio natural, los contempla ensimismado. Es difícil descifrar por completo sus ojos, pero en ellos se puede leer que ahogarse es inevitable.

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Sundown. Imagen: Adso Films

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