
La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad. (Castelao)
El Palermo se hundió en la costa de Muxía en 1905. El barco llevaba un cargamento de acordeones que, con el movimiento de las olas, traían a tierra una especie de cantar de los ahogados, una marcha fúnebre acuática del más allá que aterrorizó a la gente del pueblo.
Una nave de cabotaje que suelta amarras un día de temporal deambula por la ría de Bergantiños y encalla suavemente en un bajo de arena, en una maniobra casi perfecta; cuando van a rescatar la embarcación se encuentran con que solo hay un tripulante: un gato.
Dicen que a bordo del HSM Serpent iba un cofre con monedas de oro que se perdió en el naufragio. Paco de Bajeras, marinero y buzo de Camelle, contaba la historia de los pulpos que vivían en el pecio hundido y que eran capturados por las nasas con monedas de oro de una libra esterlina pegadas a los tentáculos.
Lo extraordinario no es que un barco se hunda y que la tripulación muera, sino que el propio mar llore la pérdida, que un gato sea capitán de navío o que solo los pulpos tengan acceso al tesoro. Las leyendas se forjan así, con la complicidad de la realidad, y los que viven en medio de ellas solo tienen que añadir un poco de talento narrativo.
Lo sobrenatural
El mar ha sido la primera gran frontera de lo desconocido con que la humanidad ha tenido que enfrentarse. Durante siglos la navegación ha supuesto lo mismo que la exploración espacial hoy en día, un medio hostil y fascinante que fue perdición y fortuna de miles de hombres. Una conquista, un desafío y una aventura aterradora en la que bastaba un pequeño error de cálculo para que todo se echase a perder.
Aunque hoy la idea que tenemos de naufragar se ajusta perfectamente a su significado etimológico1, las implicaciones tanto legales como místicas de un accidente marítimo no ha sido inmutables en el tiempo.
Basta recordar la Biblia, cuando el apóstol Pablo enumera los padecimientos que ha sufrido por causa de su fe y que menciona específicamente: «Tres veces naufragué, estuve una noche y un día como hundido en alta mar a punto de sumergirme»2. Resulta curioso a primera vista que estos sucesos estén narrados al mismo nivel de vivir la persecución por haberse hecho cristiano y predicar porque, a nuestros ojos, un naufragio no es más que un accidente. Pero no era así antes, igual que la idea de enfermedad era una maldición, el naufragio significó durante mucho tiempo que Dios había dejado de proteger a la embarcación: era una especie de prueba de fe y de lealtad.
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En relación al nombre de costa de la muerte, Nacho carretero en fariña (https://www.jotdown.es/2015/11/farina-un-retrato-minucioso-y-desapasionado-de-la-galicia-connection/) dice que el nombre se lo pusieron los ingleses pero no por la cantidad de naufragios sino por la costumbre de los locales de pasar a cuchillo a los supervivientes para saquear lo que pudieran. Que tratándose de ingleses del S XIX tampoco es que sea muy censurable…..
«Hasta el momento es la única necrópolis registrada en Europa dedicada específicamente a los muertos de un solo barco»
Debería leer la historia de La Semillante … https://www.dominaelmar.com/el-naufragio-de-la-semillante