Es final de verano y un actor deambula por el paseo marítimo de un pequeño pueblo mediterráneo. Escocés y muy conocido, valora el sol tanto como el anonimato que ofrecen algunas islas. Camina tranquilo, vacacional, se ensancha de salitre y disfruta ahora, en una terraza, de los clichés del ocio contemporáneo. Pero parece que no existe hoy sobre la tierra lugar a salvo de turistas (como si él no lo fuera). Así que alguien se aproxima y celebra: «¡Es usted Sean Connery!». El actor le mira y responde sin inmutarse, con su habitual gesto displicente: «Sí. Y usted es un francés». naufragio
Si, en vez de ser británico, Connery hubiese compartido nacionalidad con ese admirador ahora menguado, habría dicho: «Sí. Y usted es un métro». Así es como tras la época colonial —y en ocasiones aún ahora— se refieren los nativos de los territorios franceses de ultramar a los de la Francia continental, en una asimilación directa con su capital y metrópoli, París. La Francia europea, el Hexágono, uno de los incuestionables centros del Viejo Continente frente a su variada dispersión de tierra flotante: Guayana Francesa, Nueva Caledonia, Polinesia Francesa, Reunión, Guadalupe, Martinica, Mayotte, Wallis y Futuna, San Pedro y Miquelón, San Martín y San Bartolomé.
Estos son los territorios significativos y poblados de ultramar, pero la República Francesa dispone también entre sus territorios nacionales de varias islas casi legendarias. Porciones de suelo firme a la deriva dque apenas se tienen en cuenta por su diminuto tamaño o su general despoblación; una cara oculta de Francia llena de historias apenas utópicas. Nos referimos en concreto a las relativamente desconocidas isla de Ámsterdam, isla de Clipperton, isla de Posesión, isla de San Pablo e isla Tromelin, situadas en los océanos Índico y Pacífico. Lugares, estos sí, adonde (todavía) no llegan los visitantes de domingo, y cuyas singularidades aparecen dibujadas en el delicioso Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, de Judith Schalansky (Capitán Swing y Nórdica Libros, 2014).
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Una de estas islas es Ámsterdam o Nueva Ámsterdam, avistada el 18 de marzo de 1522 por Juan Sebastián Elcano en la inmensidad del océano Índico. En sus nada desdeñables cincuenta y ocho kilómetros cuadrados cuenta con unos veinticinco habitantes que nunca son los mismos: por norma general, nadie puede permanecer en la isla más de medio año. Según nos cuenta Schalansky, llegar a esta Ámsterdam no es fácil, y para ello toma el ejemplo del periodista Alfred van Cleef, que pasó allí una temporada a finales de los años noventa: los trámites que dan permiso de acceso se demoran en ocasiones hasta ocho años y el viaje desde el continente puede durar algo más de dos semanas.
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«Cabe preguntarse, al cabo, qué significa ser francés, especialmente si se trata de una Francia a la deriva.» No es tan difícil en una nación donde alguien escribió un ensayo sobre «La singularité d’ être Français». Deberíamos conocerlos mejor a estas alturas.
PD: «En ese espacio convivían tan pacíficamente que resulta tenebroso imaginar que es cierto algo que se les atribuye: tiempo atrás, un tercer hombre vivía con ellos, pero el bueno y el malo lo asesinaron y se alimentaron de su carne.» Si se lo cargaron el bueno y el malo, supongo que se trataba del feo XD
PD: «En ese espacio convivían tan pacíficamente que resulta tenebroso imaginar que es cierto algo que se les atribuye: tiempo atrás, un tercer hombre vivía con ellos, pero el bueno y el malo lo asesinaron y se alimentaron de su carne.» Si se lo cargaron el bueno y el malo, supongo que se trataba del feo XD
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