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Anochece, que no es poco

anochece, que no es poco
Satani Kamurj, provincia de Syunik, Armenia. (DP)

Si en su momento me marché a vivir a Armenia fue por culpa de un amigo ruso. A la hora de elegir entre una plaza de profesor universitario en Ekaterimburgo y otra en la capital del primer país cristiano del mundo, me convenció así: «Hay mejor clima y, además, hay fruta». No comí prácticamente fruta en tres años.

Las ciudades nunca me han interesado si no es para vivir en ellas y, en mi caso, vivirlas implica aburrirme de ellas. Me pasó en Barcelona y en las dos ciudades principales de Rusia, y Ereván no sería una excepción. La necesidad de escapar de la vida urbana era imperiosa, así que, cuando un amigo se atrevió a visitarme, le propuse alquilar un coche y buscar los secretos del país. Recuerdo que aquel viaje sin sentido arrancó tras una noche en un karaoke en el que había dos barras: en una bailaba una prostituta y en otra cantaba un armenio ebrio.

Antes de salir, eso sí, pedí información a mis alumnas en la universidad sobre lo que hay «más allá de Ereván». Sus caras eran un poema: «¿Adónde y para qué vas?». A cualquiera al que se lo comentaba por Ereván aquellos días me miraba con extrañeza y sin entender la causa de mi deseo de salir hacia lo que consideraban un abismo sin interés. Por nuestra parte, el objetivo principal era alcanzar la cueva de Satán (o del Diablo, para algunos), que se encuentra bajo un camino de tierra, a un lado de la caída de agua en el cañón del río Vorotán. La idea era encontrar el alma armenia, si es que eso significaba algo.

Tras varios días por caminos tétricos llegamos a un lugar, mitad valle y mitad páramo. Dejamos el coche al lado de un río y vimos bajar por la montaña a un señor, de unos cincuenta años largos, a caballo. Se nos acercó, nos preguntó en ruso de dónde éramos, y fue rápido a atar su vehículo de transporte a un poste que a saber qué hacia allí. Recordé los comentarios de los jóvenes de Ereván: «¿A qué y para qué vas?». Por lo que le entendimos, estábamos, sin querer, justo encima de la cueva de Satán, un lugar pequeño, lleno de colores, formado durante miles de años. Hay dos teorías mitológicas a propósito del lugar: una dice que Satán influía para que la gente entrara y muriera; la otra, que siempre sale más agua de la que parece entrar, cosa que causó sospechas durante siglos (es por la ubicación de las piedras). En cualquier caso, aquel individuo peculiar nos dijo que nos enseñaría el lugar y que nos quedáramos en calzoncillos. Se desvistió con rapidez y corrió hacia algo parecido a un bosque. Lo encontramos pronto en una piscina natural de un azul turquesa tan espeso como precioso. «Entrad». El frío nos hizo dudar, pero la temperatura de aquella piscina, un jacuzzi sin burbujas, era paradisiaca. El río bajaba a nuestro lado y el lugar invitaba a quedarse allí y no volver a ningún sitio. Pero nuestro amigo tenía otros planes.

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3 comentarios

  1. Buen artículo, aún quedan lugares de ensueño.

  2. Creo que Armenia está descrita a la perfección.
    Viví mil historias similares durante mi estancia en allí, algunas de ellas, surrealistas como esta. Pero así es Armenia, mezcla de niebla, brindis y despedidas a medias

  3. Tendrás la ubicacion del pueblo?

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