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Black metal noruego: treinta años tras la tormenta (1)

Black metal noruego: treinta años tras la tormenta

Durante un viaje a Bergen (Noruega) Salva Rubio visita la zona cero del black metal en los noventa y relata testimonios inéditos de algunos de los personajes que más silencio han guardado durante todos estos años. ¿Qué queda de todo aquello tres décadas después?

A veces, la historia se decide con una palabra. 

En el caso del black metal noruego, si una noche de principios de 1990 el productor musical Eirik Hundvin hubiera dicho «no», este estilo musical nunca hubiera existido. Al menos tal y como lo conocemos hoy en día, con su sonido, sus protagonistas y sus tragedias. 

Esa noche de ya más de tres décadas, Hundvin, apodado «Pytten» (charco), se encuentra en su lugar de trabajo, el auditorio sinfónico conocido como Grieghallen, hogar de la Filarmónica de Bergen y sede de Eurovisión 86, que cuenta con un privilegiado equipo de grabación y retransmisión de la NRK (televisión púbica noruega) para registrar las muy sutiles (por lo general) interpretaciones que allí se representan.

Suena el teléfono. Pytten levanta el auricular y escucha la voz de un antiguo compañero de colegio que le hace una pregunta, imaginamos, levemente comprometida: Tore, su hijo adolescente, tiene una banda de metal y él y sus amigos quieren grabar una maqueta. ¿Le importaría que lo hiciesen el el Grieghallen? Obviamente, al productor y al estudio les queda pequeño un encargo así. Pero Pytten responde «sí». 

Y así comienza, en realidad, la historia del black metal noruego.

La llamada de la luna de invierno

El autobús sale de Bergen a las doce en punto de la mañana, ni un segundo después; al rato circula por la autovía en dirección sur por un extrarradio moteado de las coloridas casas de madera típicas de la región. Pero a los veinte minutos el paisaje ha cambiado por completo: impenetrables bosques de abetos de negrura casi nocturna rodean como centinelas al vehículo por cada lado, dejando ver solo, de vez en cuando, distantes montañas y ocasionales granjas. La niebla acaricia las lomas y es fácil entender, de un solo vistazo, tantas letras de black metal.

Un chiste malo («Pueden desabrocharse los cinturones… de balas») rompe la solemnidad del momento; es nuestro guía anunciando la llegada al destino: el lugar donde nació y creció. Se llama Tore Bratseth y es el hijo de aquel padre que llamo su amigo Pytten hace tres décadas.

Tore es hoy en día famoso sobre todo por pertenecer a Bömbers, el supergrupo tributo a Motörhead, pero en su día se ocupó también de las guitarras de la demo Abduction of Limbs, cuando formaba parte de la banda Old Funeral: la primera grabación de black metal producida por Pytten.

Bajamos del autobús; nos encontramos en un llano cerca de un grupo de idílicas granjas. Llueve, pero a Tore no parece importarle: a sus cuarenta y nueve años viste de cuero, elásticos y melena a media espalda. Ríe, bromea, gesticula; este pionero no se corresponde ni al estoico estereotipo noruego, ni al blackmetalero serio, torturado y autodestructivo de las famosas fotos con que años después Peter Beste retrataría la escena noruega posterior a la segunda ola, como Gaahl o Nattefrost.

Tore señala a un lugar cercano: son unos muros quebrados que en su mayor parte no levantan ni un metro de altura, pero con cimientos bien trazados: el antiguo monasterio cisterciense de Lyse, fundado en 1146 y destruido en 1536 tras la conversión oficial de Noruega al luteranismo. Lo de arrasar iglesias viene, pues, de lejos. Su característica más reconocible son los restos de una arquería desde la que nos miran algunos turistas. Parecen desconcertados (¿inquietos?) por la llegada de una cincuentena de personas vestidas de negro. 

Con una sonrisa y muy animado, Tore nos informa de que estamos en un lugar clave para el black metal, el lugar donde se grabó el primer videoclip del estilo: «The Call of the Wintermoon» de Immortal, y nos anuncia la llegada de una leyenda viva: «Padden» o Jan Atle Åserød, batería intermitente de estudio y directo en las primeras encarnaciones de Immortal: Amputation y Old Funeral. 

Padden tiene cincuenta y dos años, barba y también una envidiable melena; es corpulento pero de mirada huidiza; en comparación con Tore da la impresión de ser un gigante tímido con las manos en los bolsillos. Le cuesta hablar, a lo que no contribuye un nuevo chiste de su amigo: «Quizá no le reconoceréis sin el gorro»; se refiere al gorro de brujo que lleva en el el citado vídeo.

El gorro y el vídeo que nos llevan a recordar que el estatus actual de fama mundial del black metal hoy en día se debe más a los memes que a la música, más al humor que al terror, más, para tristeza de los veteranos como Padden, a la caricatura que a su amenazante intención original.

Internet, sin duda, ha cambiado la percepción de un género que en su día era un secreto peligroso y hoy es cultura popular. La mención al videoclip me hace recordar, cuando era adolescente, la primera vez que vimos entre amigos, en reverente silencio, fascinados y emocionados, los videoclips de Immortal contenidos en el VHS Masters of Nebulah Frost

En ellos, dos figuras nerviosas y espigadas, de rostro pintado y vestidos de cuero, tocan sus instrumentos en la cima de una montaña, rodeados de niebla y con los fiordos de fondo: era 1995 y muchos de los eventos más dramáticos ocurridos alrededor del llamado «Inner Circle» se acababan de producir. El black metal de segunda ola producía sus mayores obras maestras, aún se sabía muy poco de las personas tras las máscaras y nada —en absoluto— parecía una broma. Muy al contrario, nombres como Emperor, Burzum o Mayhem nos recordaban que el black metal era una música por la que se podía morir y matar. Quizá fuese que éramos adolescentes impresionables, como ellos. O quizá, en realidad, de verdad era una música que llamaba a la muerte.

Black metal noruego: treinta años tras la tormenta

Hoy en día, una búsqueda de Immortal en YouTube nos lleva a títulos como «Top 10 Abbath Funny videos» y todo tipo de clips de reacciones, chistes, memes y parodias que nos recuerdan que internet es un mundo dominado por el sarcasmo, la crueldad y la burla, y allí donde nada ni nadie es secreto o sagrado, el black metal es ahora un movimiento caricaturizado a nivel mundial. Un estilo además condenado por el establishment en sus inicios, pero que desde hace unos años, por increíble que parezca teniendo en cuenta sus sangrientos inicios, está plenamente integrado y celebrado en la cultura contemporánea noruega. Pura cultura pop.

Era, sí un movimiento que comenzó con un suicidio, dos asesinatos, quemas de iglesias. Pero a lo que Tore, Padden y su amigo Olve fueron curiosamente ajenos. Pese a vivir en las cercanías de Bergen, Immortal no participaron en ninguno de esos actos, e incluso sus letras siempre han sido de corte fantástico, con una mitología propia que bebe de la oscuridad de los montes nórdicos, sus negros bosques y la escarcha que los cubre. Algo bastante menos incómodo que el satanismo o el anticristianismo.

Sobre el citado Olve, Tore me comenta que aún vive allí, a unos cuantos cientos de metros, en una granja cercana («Un lugar maravilloso para crecer cuando eres un niño», me dice). Se refiere, claro, a Olve Eikemo, más conocido como Abbath, antiguo batería y bajista de Immortal, y hoy miembro principal del grupo que lleva su nombre, así como rostro mundialmente conocido del black metal más parodiado.

Algo que a Abbath nunca parece haberle importado. La noche del martes ha sido cabeza del cartel del festival Beyond the Gates, que tiene lugar donde me encuentro. Sale a escena con su inconfundible maquillaje, muñequeras con clavos y una especie de armadura con hombreras. Su directo es excelente y el músico de cuarenta y nueve años está en plena forma. Sus muecas de demonio, sus gestos y convulsiones mientras toca, su mirada de ojos nórdicos son los mismos que hace tres décadas, cuando apenas tenían veinte años.

A Tore, vestido igual que cuando era adolescente, también parece darle igual. Sigue viviendo allí y su mundo ha debido de cambiar poco. Como poco probable es que, cuando de adolescente sus amigos grabaron el vídeo en esas ruinas, supieran en qué se iba a convertir esa música.

Desde entonces, el black metal debe convivir con este doble legado: un pasado de polémicas, cárceles, asesinatos, quemas de iglesias; un presente de fama, humor y lo inimaginable por ambos lados por entonces: complicidad con las instituciones.

Cenizas

Llueve mientras camino en soledad por un bosque; el murmullo quedo del agua cayendo sobre la arboleda parece inducir al trance y pienso que no debe ser casual que tenga que visitar de nuevo tierra santa otrora profanada para seguir repasando la historia del black metal

Tras la última vuelta del camino y en la distancia, aún a unas decenas de metros, aparece algo que no debería estar allí. Algo que, en realidad, no existe, pues dejó de estar ahí hace exactamente treinta años y dos meses. Estoy ante la réplica de stavkirke de Fantoft, originalmente erigida sobre 1150 (casi a la vez que Lyse) al noreste del país, trasladada a su emplazamiento actual a finales del siglo XIX y quemada, como es sabido, el 6 de junio de 1992 por un joven nacido en Bergen. Por entonces llamado Kristian Vikernes, su nombre legal hoy es Louis Cachet. Durante mucho tiempo, como sus fans saben, se hacía llamar Count Grishnackh y Varg Vikernes.

Cuando llego, aún no hay visitantes. La iglesia, más pequeña de lo que me imaginaba, casi una capilla, está rodeada por una verja de seguridad. El recinto está guardado por una mujer joven de paisano, quizá una voluntaria. Me ve venir y le noto apretar el gesto: sabe que no soy un turista ni un feligrés. Sabe por qué vengo. Y recuerdo las palabras de Tore el día anterior, cuando le pregunté por qué nuestro tour no incluía Fantoft: «Creo que no les gustaría vernos llegar». Le consulté también qué piensan los ciudadanos de Bergen del black metal y de todo lo que pasó en los noventa. Se encoge de hombros: «A los viejos, a gente mayor de unos setenta años aún no les gusta. A los demás les da igual».

Tomo fotos, medito, paseo por el área y recuerdo, o creo recordar, incluso haber visto la noticia en el telediario español en la época. Yo tenía catorce años y poco después empezaría a escuchar black metal. Vikernes tenía diecinueve.

Al día siguiente, entro en Grieghallen: es un edificio inaugurado en 1978 cuya estética moderna y brutalista, de hormigón, hierro y cristal ha envejecido bien. Parece un barco varado en óxido, algo en consonancia con la tradición pesquera del lugar. En el amplio hall esperan unas diez o quince personas; venimos a un tour privado por las instalaciones de la mano de una persona muy especial: nada menos que el mismísimo Pytten.

Entre la concurrencia, dos celebridades locales: Tarjei Ström, presentador de televisión de día y batería de noche y Finn Håkon Rødland, historiador, curador y archivista del black metal responsable de diversas reediciones discográficas con material extra, principalmente de Mayhem. Tarjei, pelo corto, afable, sonriente y acostumbrado a hablar en público, hoy ha cambiado el traje y corbata por una camiseta de Emperor. Con una ilusión difícil de disimular, nos explica que la noche anterior, antes del gran concierto en el que Enslaved, Emperor y Mayhem volvieron al Grieghallen, Pytten estuvo a punto de quedarse en casa. Quizá tenía miedo de que aquellos adolescentes no se acordasen de él. 

Pero, Tarjei nos explica, Pytten finalmente asistió a la velada y en los camerinos se reencontró con hombres rayanos en la cincuentena, algunos de los cuales con los que no había hablado en veinticinco años. Y para su sorpresa, las luminarias históricas del black metal le abrazaron con lágrimas en los ojos y celebraron el reencuentro con raras sonrisas y viejas historias. Al fin y al cabo, su talento, su generosidad (aquel «sí») y sus producciones fueron las que les han dado un futuro como músicos, como estrellas del rock y (hoy en día) como celebridades. Tienen mucho que agradecerle.

Tarjei termina su historia, y como a su señal, por las escaleras baja Eirik Hudnvind, Pytten en persona. Pese a sus setenta y dos años, camina con agilidad: es muy delgado, no particularmente alto, y luce una melena blanca desordenada bajo su nórdico gorro de lana. No sonríe mucho y tiene gestos de insomne: ojos enrojecidos, se frota la cara con frecuencia, pero gesticula con la teatralidad de quien se sabe el protagonista del día. Enseña un gastado cuaderno escolar y nos dice que ha cambiado el guion: a diferencia de otros tours, donde ha hablado de micrófonos y técnicas de grabación, a nosotros nos contará algo diferente: los recuerdos que le han venido tras reencontrarse con sus pupilos la noche anterior. 

Pytten salta escalones arriba y nos lleva, a una velocidad difícil de seguir, al segundo piso: entramos en una pequeña sala enmoquetada del tamaño de un dormitorio pequeño o un cuarto de baño grande, que ahora mismo parece poco más que un cuarto de almacenaje. Estanterías, un par de sillas y una vieja mesa son el único mobiliario de esta habitación forrada de madera y un aislamiento acústico similar a la tela de saco que produce un sonido apagado. Nuestro desconcierto finaliza cuando, las manos sobre una silla, dice: «Aquí es donde grabé los discos del conde —hace una pausa dramática— Varg Vikernes».

Miramos alrededor; el lugar ha adquirido, por arte de magia, una significación especial. Explica algunos detalles técnicos: el único componente de Burzum utilizó sus propios instrumentos y amplificadores, excepto un bajo Fender Precision del propio Pytten y una batería prestada por Old Funeral. La sala, nos dice, hoy en día se usa para que los comentaristas de las retransmisiones sinfónicas radien sus palabras. Descorre una cortina baja; en efecto, desde allí se ve perfectamente el foso donde los roadies de Mercyful Fate preparan el concierto de la noche. Pytten hace memoria: Vikernes grabó las voces junto a la puerta —señala a un lugar concreto, donde está de pie un muchacho que se sonroja, acaso consciente de pisar donde estuvo su ídolo—, pero las primeras tomas no funcionaron: el cantante no conseguía concentrarse. El conde le pidió un rato, bajó a comprar velas negras y apagaron las luces. Ya en situación, el intérprete pudo realizar las tomas finales y por supuesto, grabó él mismo todos los instrumentos.

El futuro asesino no bebió nada; era, y sigue siendo, abstemio.

(Continúa aquí)

Black metal noruego: treinta años tras la tormenta

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3 Comentarios

  1. Todo… todo lo que escribe Salva Rubio siempre es bueno. Y hay que soportar «notitas» con música de series y gente con problemas de crecimiento emocional :-)

  2. Alberto González

    Grande Salva, esperando con ansias la segunda parte.

  3. Simon Parra

    Genial, como me gustaría darme ese tour, excelente artículo Salva

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