
El símil más adecuado que se me ocurre es comparar a Vivien con algo que te sube por los aires hasta el cielo, para dejarte luego caer de repente, como si no fueras a pararte nunca.
(Laurence Olivier)
Un anciano mira una película antigua en el televisor. Las imágenes en blanco y negro reverberan en su rostro cansado de años. Pero su mirada mortecina todavía se ilumina y humedece cuando la ve aparecer en pantalla. Bella y desafiante. Su cuerpo joven de nuevo. Como herido por el deseo, el viejo gime más que susurra: «Esto, esto sí que era amor…». La leyenda cuenta que, en sus últimos años, Laurence Olivier repetía estas palabras cada vez que veía una película de su amada Vivien Leigh. Habían pasado años de separación, distancia y muerte, pero el actor nunca dejó de recordar su segundo matrimonio como la gran historia de amor de su vida.
Vivien y Laurence eran dos bestias de escenario. Dos actores que vivían por y para la interpretación. En cierto modo, su matrimonio fue una obra que se desarrolló a lo largo de veinte años de relación. Se conocieron en 1935. Vivien interpretaba entonces La máscara de la virtud y Laurence, según confiesa en sus memorias, quedó cautivado por «un atractivo de la naturaleza más perturbadora que yo haya visto nunca».
Poco tiempo después, Laurence interpretaba Romeo y Julieta y fue ella esta vez quien demostró su fascinación. Estaban en el camerino y besó el hombro desnudo de Laurence. Toda una declaración de intenciones. Del cálido beso pasaron a una relación adúltera que se prolongó a lo largo de dos años. Por aquel entonces, el actor estaba casado con la actriz Jill Esmond y Vivien era la esposa del abogado Herbert Leigh Holman. Ninguno de los respectivos cónyuges transigió con el divorcio y así nació el escándalo en una sociedad todavía empapada de moral victoriana. De la siguiente manera retrató el actor aquellos años clandestinos: «Dos años de vida furtiva, de mentiras. Dos años de hacer todo a escondidas. Al principio me sentía como un auténtico gusano adúltero, que se cuela entre las sábanas de otro hombre, que se presta al juego del estudio o del camerino del teatro, consagrado por generaciones de actores lujuriosos, expuesto a una intrusión repentina».
El cine les dio la oportunidad de vivir su relación libremente. El inflamado título Fire Over England, de 1937, mostró su química en pantalla. Hollywood llamó a la puerta de Laurence. Los actores ingleses cotizaban al alza en la nueva y flamante industria sonora. La adaptación de Cumbres borrascosas fue un taquillazo. El éxito de Laurence en Hollywood contribuyó a que Vivien obtuviera el papel de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó. Todas las actrices habían leído, o decían haber leído, el best seller de Margaret Mitchell. Todas querían interpretar a la insolente, caprichosa, atractiva, perseverante, valiente y fascinante Scarlett. El productor David O. Selznick montó una inteligente campaña de marketing en torno al reparto, y fueron muchas las especulaciones sobre quién se llevaría la gata sureña al agua. Sonaban nombres dispares en candelero: Jean Arthur, Lana Turner, Paulette Godard o Susan Hayward. También Selznick se había fijado en aquella bella actriz inglesa de ojos aterciopelados y boquita obstinada, pero la consideraba demasiado british para transportarla a los extensos campos algodoneros. Según Olivier —y es la versión que la leyenda del cine ha legado a la Wikipedia—, fue Myron Selznick, representante del actor y hermano del productor, quien llevó a Vivien al plató de Lo que el viento se llevó mientras se estaba rodando el incendio de Atlanta. Cuando David vio aquella mirada azul sacudida por las intensas llamas supo enseguida que estaba en presencia de Scarlett O’Hara.
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Caro Jordi , seu texto é fluído e envolvente feito roteiro de filme bom. Parabéns!