
Viene de «Galípoli, engaño y espantada (1)»
Comienza el teatro
A finales de septiembre, la luz de los días va decreciendo. El otoño insinúa que se ha llegado a una situación de acabose. Hay que desmantelar Galípoli. El general Monro, que ha sustituido a sir Ian Hamilton al frente de la Mediterranean Expeditionary Force (MEF), apremia a abandonar este maloliente frente de guerra. Pero ¿cómo hacerlo con garantías? El icónico secretario de Estado para la Guerra, lord Kitchener (su rostro aparecía en el famoso cartel de Alfred Leete con el lema «Your country needs you»), ha viajado a los Dardanelos para comprobar in situ la situación. El 22 de noviembre comunica a Londres su veredicto: Suvla y Anzac deben ser evacuados, pero el cabo Helles aún puede aguantar algo más.
El 27 de noviembre cae sobre Galípoli una furibunda tormenta. Trincheras y primeras líneas del frente se anegan. Las escorrentías de agua arrastran soldados ahogados y cadáveres que yacían insepultos en tierra de nadie. En las playas la logística militar queda destrozada. El panorama había cambiado como paisaje del horror. Muchos de los combates acaecidos en la península tuvieron lugar bajo el calor y la sudada. Pero ahora, en el preámbulo de la gran evacuación, todo el frente se cubre del color uniforme del lodo.
La lluvia deja paso a continuación al blanco fraterno de la nieve. Soldados australianos y partidas de gurkhas de la India, entre otras tropas exóticas, contemplan la nieve por vez primera en su vida. Pero Galípoli permite poco embeleso ante el blanco. De hecho, los fusiles se encasquillan por el frío. Crecen marquesinas de carámbanos en las trincheras. Algunos hombres perecen por congelación.
A inicios de diciembre, el War Cabinet tiene ya casi decidida la evacuación. Se estima que en dicha fecha hay un total de entre 77 000 y 83 000 soldados reunidos en Suvla y Anzac (sin contar el cabo Helles). Al bulto del ejército hay que sumar 5000 cabezas de ganado, 2000 vehículos, 200 cañones y toneladas de suministros.
A mediados de mes, en la antesala de la Navidad, la meteorología discurre afectuosa. El operativo del engaño cobra entonces todo su dinamismo. El 12 de diciembre los mandos comunican a sus hombres que hay que poner pies en polvorosa. Entre la tropa surge el alivio, pero también el disgusto y no poco reconcomio en quien siente herido su orgullo. Pero lo cierto es que la primera parte de la gran farsa comienza a desarrollarse.
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